martes, 6 de diciembre de 2022

Epístola semántica y constitucional

 

Hemos disfrutado en tiempos mejores de políticos muy cultos, educados y leídos, y bien que se notaba, en sus discursos y en sus comportamientos. La mayor parte de los actuales deberían leer más y mejor. Al menos algo. Eso, el que sepa leer con un razonable nivel de comprensión, que no faltan indicios que dan pie a la duda. Pero si se lanzan al vacío, que elijan bien. Dejarse unos de sobar y subrayar el Arte de la guerra de Sun Tzu y a Maquiavelo; otros, las prosas de martillo pilón del partido, ya llenas de telarañas, y todos ellos dejar a un lado sus melifluos libros de marketing y de autoayuda, es decir, esa amalgama de todo lo vano y peregrino con cuyos posos han ido asentando y apelmazando su común confusión, llenando de grumos y gasones su pensar, para pasar a estudiar seriamente algo de filosofía y de Historia. De la de verdad. Aquilatar qué es el bien y qué el mal, destilar algunos criterios éticos, hoy ausentes de algunas zigzagueantes ejecutorias, interiorizar el imperativo categórico, el principio de no contradicción, destorcer cada cual sus disonancias cognitivas, aprender a hacer silogismos y desaprender el manual de construir falacias, compartido libro de cabecera. Si no pueden prescindir del exabrupto en sus teatrillos de cachiporrra parlamentarios, al menos consulten obras sobre el arte de insultar, que ni eso saben hacer con elegancia. Cuando un número relevante de ellos, gracias a la lectura reposada, hayan alcanzado cierta costumbre y tolerancia hacia la verdad y la inteligencia, deberían ponerse a leer lo que escribieron los antiguos, cuando el mundo era joven, cuando las palabras estaban más nuevas, menos desportilladas por el uso y aún significaban lo que deben significar. Sin remontarnos dos o tres mil años, buscar libros de escritores que aún tengan un trato honrado con las palabras. Cuando Josep Pla dice que algo es importante, el adjetivo parece de estrena, brilla como moneda recién acuñada y te transmite la idea de que realmente lo es. Está muy por encima de la estruendosa vacuidad al uso.

 Partiendo de un nivel de ruido y de vileza tan elevados como los que desde hace un tiempo sufrimos, se hacía inevitable llegar a la desmesura que hoy llena el foro con el estruendo y la explosión verbal, traspasando sus pirotecnias el umbral de lo soportable y de lo admisible. Sus furores y sus inculturas —la general y la democrática— les obligan a recurrir en el fragor de sus pelarzas a palabras descomunales, hiperbólicas, desmesuradas, esa artillería verbal barriobajera que, ya de entrada, renuncia a convencer a nadie y se limita a alimentar los bajos instintos de la parroquia, una verborrea interjectiva y patibularia que sólo busca ofender y descalificar a sus enemigos. Al menos amedrentarlos con salvas estruendosas, pero sin el plomo que aportan la razón y la verdad. Es el mero retumbar de la tinaja hueca o de las ruedas del carro sin carga, que hacen tanto más ruido cuanto más vacíos están. Vocearán más fuerte cuanto menos tengan que decir. Cuanta más razón les falte, mayores serán sus gritos. Por sus rebuznos los conoceréis.

 A la hora de argumentar flaquean, entran en terreno desconocido, hostil, y se encuentran sin armas. Por eso escuchamos esas bazofias léxicas, esas chatarras y baratijas semánticas e ideológicas en boca de nuestros próceres, luego replicadas por sus huestes y corifeos. Todos los discursos y relatos de los peores y más nocivos del gremio están construidos sobre conceptos falseados y líquidos, vacíos o malversados: derecho a decidir, mandato popular, federalismo asimétrico, plurinacionalidad, derechos históricos, hechos diferenciales, equidistancias, culturas y odios surtidos y variados, franquismos, fascismos, comunismos y demás entelequias. Si se atuvieran a la palabra precisa y cabal, nadie hablaría de recuperar lo que nunca tuvo, de recordar lo que nunca sucedió y de olvidar lo que sí, falseando lo que fueron y lo que son, lo que fuimos y lo que somos, comprometiendo lo que podríamos y deberíamos ser. Como decía aquel: hoy ni el pollo sabe a pollo ni el conejo a conejo. Han conseguido que las más nobles y valiosas ideas se difuminen y tambaleen al haber devaluado previamente el significado de las palabras que las nombran, desparejando vocablos y conceptos: democracia, sexo, género, discriminación, igualdad, independencia judicial, respaldo popular, identidad, y una larga lista de monedas léxicas falsificadas, de palabras de baja ley, en las que el vaciamiento de significado se quiere extender hasta a realidades y conceptos como padre, madre, hombre o mujer. Y va a ser que no. Rebasados largamente y desde hace tiempo los límites de la razón y del diccionario, no queda sino impostura y vacuidad, que llevan al descrédito y al rechazo.

 Seguramente si leyeran más y mejor, después de comprarse un diccionario y un manual de urbanidad (un tratado de las buenas y perdidas maneras, algo que desconocen), empezarían a ser útiles, al menos no perniciosos como ahora son, y la sociedad estaría en las cosas en vez de distraída con las pelarzas artificiales que ellos y sus delirios programan como entretenimiento que tape su incapacidad para solucionar los verdaderos problemas. Ellos sólo tienen uno: ganar las próximas elecciones. Ni tienen tiempo ni capacidad para más. Pero el resto tenemos otras cuestiones y otras incertidumbres, muchos problemas, más graves y desatendidos. Y, afortunadamente, otro idioma y otras prioridades.

 Cuando ellos, al dedicarse a estudiar y a pensar en lugar de a tirarse los trastos a la cabeza —que en algunos no parece ser un órgano vital ni demasiado influyente— en esta perpetua y cansina pelea de matones de barrio revolcándose en el barro electoral, consiguieran llegar a distinguir lo esencial y prioritario de lo accesorio y circunstancial, a separar las necesidades y aspiraciones de la mayoría de sus fijaciones marginales y sus ansias de imponer sus relatos y de pasar a la Historia (cosa que algún prócer, con su habitual soberbia, afirma haber conseguido, algo cierto, aunque ni cómo ni no por lo que se figura, sino por sus mentiras y a la altura de Fernando VII o de Nerón), dejarían de marcar una agenda surrealista de temas que solo a algunos de ellos preocupaban hasta que, a base de propaganda distractora, consiguen convencer a sus parroquias de que esta o aquella es la locura que ahora toca. Dejaríamos de enredarnos en machacar a un presentador o a un artista hostil o simplemente chabacano, de debatir sobre el sexo de los ángeles y de las ángelas, de perseguir supuestos fantasmas del castillo (franquistas ectoplasmáticos) y momias descompuestas, de dedicar más tiempo a rememorar la batalla de las Termópilas que a barrer hoy la casa, y nos dedicaríamos, si ellos nos dejaran, más a construir y a unir que a derrumbar y separar.

 Dejarían de empantanarnos hasta acabar ahogados en sus meandros éticos, haciéndonos atravesar las aguas fangosas e irracionales que rodean aquellos obstáculos que son incapaces de remover y superar. Al río no le importa si su final es otro río, un lago o el mar, a algún sitio se llegará. No tiene un destino decidido, nada es mejor o peor, caer por una catarata, desaparecer sumido en el subsuelo o desembocar en el mar para disolverse y perder su nombre y su ser. No obedecen (los ríos y algunos próceres, especialmente los separatistas) a otras leyes que a la de la gravedad y a la del mínimo esfuerzo. Esa es su constitución y a sus normas se atienen. Ese caracolear sin un rumbo demasiado claro, propio del que no sabe adónde va, pero quiere llegar el primero, ser el que conduzca al pueblo de Dios hacia una tierra prometida que no sabe dónde está, ni siquiera si existe, confiando en el maná providencial, o heredado o prestado, deseando que la travesía sea larga, mejor eterna, porque solo la desesperación y la duda de los demás les mantendrá al frente del éxodo, del movimiento hacia ninguna parte. Constantemente avisan de los enemigos y peligros que acechan tras los cerros, reales o supuestos, pues eso une a las gentes que les siguen y las ata a estos falsos profetas mientras duren los miedos que ellos anuncian y provocan. Con ello se conforman, sólo a eso aspiran estos pastores, a estabular los rebaños. Si por casualidad llegaran a algún sitio no sabrían qué hacer, pues nunca han sabido administrar la normalidad, carecen de un plan para la paz, el trabajo y la concordia.

 Entre tanta polvareda, perdimos a don Beltrán. Las palabras y los significados son los instrumentos del pensamiento, del debate y de la razón. Desvirtuarlos es hacer imposible la deliberación racional, que queda sin armas e instrumentos. Privados de símbolos, mitos, Historia y valores comunes (con la lengua aún no han podido del todo), negado o puesto en duda todo aquello que nos podría y debiera unir, y desafiladas las herramientas del debate y el argumento, queda el lema, la víscera y el sometimiento a las supuestas correcciones e identidades en promoción. Llegado a ese punto, es normal que nos veamos entretenidos y pastoreados hacia lo trivial y lo imaginado, hacia lo accesorio y lo frívolo, quedando desatendido lo importante y lo cierto. Las cosas ya no se clasifican por su importancia real, en buenas y malas, en mejores y peores, en convenientes o indeseables. Ni siquiera en reales e imaginarias, todo da igual. Hay temas que dan votos y otros que no, esa es su única fe de vida. La realidad se puede acomodar a las necesidades. Y los votos, los escaños son cheques al portador. Con ellos se compra y por ellos se vende. Y no hay más. No hay que tener razón, sino poder. Sólo importa el peso que dan los escaños, magnificado o reducido por una injusta ley electoral. Si Jack el destripador tuviera en sus manos el voto decisivo, él acabaría marcando la agenda e imponiendo su relato, comprando su inmunidad, que es lo que hoy, más que nunca, estamos padeciendo.

 Para que no nos llamen equidistantes los que ni tienen argumentos propios ni entienden los ajenos, aunque es otra de las muchas cosas que hace tiempo que nos dan lo mismo, dejemos claro que no todos son iguales. Sí lo son en lo anteriormente expuesto, pero hay una diferencia esencial: Para algunos, que no para todos, la ley es su peor enemigo. Una vez que nada significa nada, si ya nadie espera ni exige que las promesas sean cumplidas, cuando ya se puede mentir sin coste haciendo justo lo contrario de lo que prometiste hacer, solo los tribunales, la Constitución y las leyes ponen coto a esos comportamientos indecentes, preludio de otros peores, ya decididamente autoritarios, a los que se pudiera acabar degenerando. Si, como hemos argumentado, ya de nada valen las palabras ni las promesas, sólo queda desconfiar y repudiar a todo aquel que descalifique las leyes y a los que las aplican. Ese es el baremo, la última frontera.

 Los enemigos de la Constitución son nuestros enemigos, los enemigos de nuestra democracia, porque las constituciones se hicieron precisamente para proteger los derechos de los ciudadanos frente al poder, para impedir los abusos de los gobernantes. Tanto como para proteger al pueblo de sí mismo, de pasajeros e inducidos acaloramientos que pudieran desmontar esas contrapesos y controles de forma irreversible. Trump dice que se suprima la Constitución y que se le restituya la presidencia que le han arrebatado las urnas, según sus delirios. Erdogán empezó desacreditando a la justicia y a los demás poderes e instituciones que se le oponían, hasta controlarlos todos. Entonces llega la reforma constitucional a medida. El recurso del método. Por eso tiene la Constitución tantos enemigos que la cuestionan, esa es la causa por la que intentan desacreditarla: para así arramblar con lo único que obstaculiza sus ambiciones y sus instintos totalitarios.

 Hoy es el día de la Constitución. Sin disimulos, sus peores enemigos no encuentran nada que celebrar y contribuyen con su ausencia al decoro de los actos conmemorativos. VOX acude a ver izar la bandera en la calle, pero no al resto de discursos y confraternizaciones dentro de la cámara. Un aquí sí, pero allí no, especular al de Podemos. Hoy en las Cortes es inevitable la sonrisa, la distensión, incluso sería posible el abrazo. Mejor no participar en esos excesos. Para evitar, según dicen, celebrar la efeméride de la aprobación de la Constitución al lado de los que en su opinión (y en la mía) la vulneran, hacen piña con los que desde sus taifas la desprecian y la rechazan. Mal negocio, mal mensaje, sin duda. Un gran error, a mi juicio, pues sus propuestas pueden ser vistas con agrado o desagrado, pero ninguna —hasta ahora— se aparta un milímetro de lo dispuesto en la constitución; incluso en sus intenciones de modificarla siempre han anunciado que, en todo caso y momento, se atendrían a la ley, cosa que les diferencia de otros, sustancialmente y para mejor. Por eso se equivocan hoy. Los demás ausentes llevan equivocados y retratados ya desde hace muchos años.

 No es necesario extenderse en defensa de nuestra Carta Magna, pues es algo constante en mis escritos y epístolas. Ha hecho posible el período más largo de paz, libertad y prosperidad que España ha conocido y, a pesar de que no pocos han trabajado en contra, echando corrupción, insolidaridad, disgregación, abusos institucionales y otras arenas, cuando no muertos, en los engranajes, es la única constitución que hemos tenido no redactada contra nadie. Aunque ingenua hasta la debilidad, desgraciadamente no militante y confiada en exceso en los que en ningún momento de nuestra historia han sido leales con la nación, lo que de forma recurrente nos ha llevado a consecuencias indeseables y disgregadoras. Dejarle la llave de la casa es una confianza que no todos los vecinos de la finca merecen. El Título VIII abría demasiadas puertas, todas ellas traspasadas, haciendo posibles algunas de las competencias transferidas de forma suicida, entre ellas la de educación, que deberían ser revertidas, a mi juicio, en una futura reforma, como un reforzamiento de las defensas de la propia Constitución, justo lo contrario de lo que desde hace tiempo, y ahora especialmente, se está perpetrando. La redacción del Título VIII es algo que más a gusto hubieran firmado Sabino Arana o Companys que el mismo Azaña.

 Sí conviene señalar las contradicciones de los que alardean de su relevante —decisiva llegan a decir— contribución a la redacción de un texto que hoy en gran parte rechazan, lo que no les impide reprochar a los que hoy más la defienden una supuesta tibieza cuando se aprobó. Llegan, difundiendo un bulo confeccionado mediante la manipulación y sustitución de carteles electorales de la época, sembrado por el exministro Ábalos, según parece, a propagar por las redes coralmente el infundio de que Alianza Popular defendió el no en el referéndum del '78, cosa falsa de toda falsedad, sin negar su pasada tibieza. Otro capítulo de esa Historia que quisieran reescribir en el BOE con la fidelidad a los hechos que les caracteriza. Sería, en todo caso, un ejemplo de lógica y acertada evolución positiva. También los habido a peor, pues hay casos de degeneración, como los sufridos por los que se apuntan hoy los tantos que, en su opinión, ganaron los líderes de sus partidos durante la transición, pero igualmente ahora les enmiendan la plana y hacen justo lo contrario de lo único bueno que sus antiguos dirigentes realmente hicieron. Cuestionan los acuerdos que sus antecesores firmaron, deshacen los abrazos que dieron y recibieron, resucitan las memorias y rencores que aquellos en común acordaron olvidar y desandan el camino recorrido en la buena dirección por políticos y partidos más nobles, decentes, tolerantes y democráticos que sus herederos, un legado de paz y concordia que algunos fanáticos y olvidadizos sucesores desprecian y tratan de demoler. Batet alude ahora mismo en su discurso a una suma de generosidades. Justo lo contrario de lo que hoy vivimos, un compendio de egoísmos irreconciliables, añado yo.

 Olvidan lo principal en sus análisis. A todos los principales protagonistas de aquel abrazo que llevó a la constitución de 1978 les separaban muchas cosas, pero gracias a una memoria aún fresca y que, como protagonistas, nadie les podía todavía manipular, les unían dos sentimientos comunes: el miedo y la vergüenza. Miedo a dar lugar, si se revivieran antiguos maximalismos, a que se llegara a repetir lo que todos ellos habían vivido, ocasionado y protagonizado. Se abrazaron avergonzados por ese pasado común que acabó en tragedia, abochornados por los excesos y crímenes en los que algunos habían participado o sido cómplices, o ellos en primera persona o los suyos, los de todos. Su intención era superar la historia, no corregirla ni reescribirla, y menos reanudar antiguos ajustes de cuentas. Contra lo que hoy nos quieren contar, deformando a su gusto un pasado para ellos elástico, la generosa amnistía, palabra de la misma raíz que amnesia, fue a sus antecesores a quienes más benefició, empezando por los terroristas de ETA, que recibieron un perdón inmerecido e inútil, fruto de una esperanzada apuesta, como siempre defraudada. Sin embargo, sus crímenes, algunos aún no resueltos y todavía homenajeados, es cosa menor, algo que hay que olvidar, ya pasado, no operativo, cuyo recuerdo y mención reprochan los, —ahora y en esto otro— memoriosos e indecentes herederos y cómplices, que ochenta años después aún rastrean franquistas por las esquinas. Para hacérselo ver.

 Los ataques a la convivencia, a la igualdad, a la libertad y a otros valores que la Constitución intentaba proteger, son atacados desde muchos flancos. Y, como analizaba en la primera parte de esta epístola, uno de los principales campos de batalla es el de los relatos, apuntalados por el fraude en los significados, en los conceptos y las palabras con las que nos entendemos y con cuyo apropiamiento y malversación los peores intentan hacer imposible el debate honrado, la deliberación democrática, el entendimiento y la misma existencia de lo común. Pues, en el fondo, ese es el principal enemigo a abatir: lo común, empezando por las palabras y la lengua. Luego viene la desmembración del territorio. Aceptaron en la Constitución el pulpo de las nacionalidades como animal de compañía y con los trileros no se puede jugar ni con su bolita ni con sus palabras. Das por bueno hablar del vino del país y de que te descuidas intentan sacar un estado de la botella, como un genio antiguo y airado. Por eso hay que tener cuidado con las palabras de garrafón.

 

miércoles, 16 de noviembre de 2022

Epístola de la sastrería legislativa


—¿Cómo le ponemos a esto, tito? 
—Sujétame el cubata mientras escribo:
"Trasposición de Directivas Europeas y otras disposiciones para la adaptación de la legislación penal al ordenamiento de la Unión Europea y, reforma de los delitos contra la integridad moral, desórdenes públicos y contrabando de armas de doble uso". Además, lo endosamos por el procedimiento de urgencia, así evitamos los informes del Consejo de Estado y del Consejo General del Poder Judicial, un trámite necesario
 cuando se trata de una Ley Orgánica, pero engorroso. Nos hacemos lo despistados y nos los saltamos, que capaces son de ponernos pegas los de las puñetas. Andamos con prisas y no estamos para ponernos puntillosos ni estupendos.
—¿Metemos también ahora lo de la malversación y de perdidos al río? De todas formas, nos van a decir de todo menos bonito y, ya de paso, nos evitamos el cante de indultar a Griñán y el marrón con el héroe de Waterloo.
—No, paciencia. Ya presentará allí una enmienda Asens, Rufián, Echenique o el que se acuerde y les dejamos completo el ajuar de trajes a medida de la temporada de otoño-invierno. Los patrones los trae Rufián; se los cortó mosén Junqueras, que hizo un cursillo en el trullo. En el Parlamento les quitamos los pespuntes para la segunda prueba, levanta la mano el jefe de los grupos que están en el ajo y se aprueban estas costuras en un pispás. De Balenciaga van a quedar. Pura democracia pret-a-porter. Allí no bala ninguna oveja a destiempo, menos sabiendo que se están empezando a hacer las listas. Y la oposición que rabie, unos fachas, unos totalitarios, gente irrespetuosa con la Constitución, con los procedimientos y con las formas. Ni poner los jueces que queremos nos dejan, fíjate tú. Los que nos tocan, esos que, antes o después, tendrán que escudriñar y aquilatar la legalidad de estas medidas tan convenientes y tan progresistas que vamos tomando. Y, de oportunas, ni te cuento.
—¿Tú crees que colará la cosa? —dice el otro.
—Pero alma de cántaro, ¿Quién nombra al fiscal? ¿Y al juez? ¿Quién te pone o te quita en las listas en las plazas de salir? Pues eso. Aquí no rechista ni el Tato. Los barones sollozarán sus ¡Ay, qué disgusto que tengo! de rigor, que están en campaña, pero se les pasa pronto. Cada uno tiene su papel en la obra, pero el libreto lo escribe el jefe.
—¿Tú, de verdad crees que con estas sastrerías se conformarán o tendremos que resucitar el Estatut anticonstitucional o dejarles hacer un referéndum?
—Tiempo al tiempo, ya se verá. Cada día tiene su propio afán, menos el presi, que siempre tiene el mismo. Y, hasta que no tengamos al Supremo y, sobre todo, al Constitucional en el saco, no podemos echarnos del todo al monte.
¿Verdad que está la cosa más tranquila, tito?
—Pues dónde va a parar. Hay que vivir el momento. 

Así lo ven o lo quieren ver, mientras otros pensamos que siempre es mal negocio intentar apaciguar al matón. Darle algo de carnaza para que vaya comiendo. Cuando se le acabe pedirá más y mejor, vista la debilidad del que se la suministra. Siempre se pone el ejemplo extremo de Hitler. Igual con Polonia se conforma. Mira qué tranquilo que se ha quedado mientras hace la digestión. Pero es un procedimiento equivocado el de aplazar el mal definitivo admitiendo de entrada uno por el momento menor, pero avisador de lo que viene después. La insaciabilidad del que saca a base de violencia o de chantaje lo que no le corresponde. Negociar con el que abusa ya es consentir el abuso, compartir los derechos de autor. Es más, supone abonarlo, dejarle crecer con un desentendimiento cuando no un apoyo cobarde y venal. No suele acabar bien. Con los separatistas nunca ha funcionado otra cosa que la justicia y la trena, aunque también son de cartera sensible.

No hay nada que negociar bajo esos chantajes. Esa actitud dialogante con el que impone el marco y anticipa como incuestionable el resultado de unas negociaciones que no lo son, no es tolerancia, no es equilibrio, es ganar tiempo para acabar perdiendo la partida, un tente mientras cobras para continuar recayendo por esta cuesta abajo de cesiones sin fin ni retorno que nunca aplacarán a una fiera insaciable. Es rendición anticipada, es cobardía, es debilidad, es infamia.

Se agrava la cosa al maquinar una negociación como entre iguales, ya en principio improcedente, en despachos y covachas, hurtando al Parlamento su papel deliberativo y legislador. Desde los parlamentarios que han de votar las leyes hasta algunos miembros del gobierno se enteran por la prensa de qué es lo que ‘libremente’ en las cámaras deberán aprobar. Lo que unas cuantas personas hayan acordado en un despacho. Una parodia burda de la democracia y del parlamentarismo para cometer una tropelía jurídica que martiriza las leyes en potro parlamentario. Luego acusarán a otros de debilitar el sistema, se quejarán de que han heredado una democracia imperfecta, lógica degeneración, gracias a estos farsantes, del perverso régimen del ’78, en cuya demolición con tanto celo trabajan. Pocos dudan ya de que nuestra democracia es hoy, gracias a estos irresponsables, mucho más imperfecta de la que heredaron. El estado de derecho establece unas limitaciones legales al ejercicio de los poderes. Desmantelar esas barreras según convenga no es cosa que pueda nombrarse con ninguna palabra positiva o agradable. Elija cada cual la que considere adecuada.

Confunden la siempre peligrosa razón de Estado con una mezquina y circunstancial razón de gobierno. De  este gobierno. O, peor aún, con las razones y necesidades de una ambición personal dependiente de estos contratos con sus socios y apoyos, ninguno de ellos especialmente interesado en nada que sea común y que garantice la pervivencia de una nación unida e igualitaria. La mesa de sus negociaciones es un mostrador. El de una tienda, una sastrería, un taller de corte y confección, donde todo el género está en venta, y ahora en período de rebajas. Lo que unos venden y otros compran no les pertenece a ellos, sino a ese pueblo al que desprecian y estabulan en corrales identitarios cada vez más estancos. Haciendo tratos con delincuentes no es de extrañar que los acuerdos sean más que cuestionables. Sin rubor se mercadea con una anunciada desjudicialización de la política, de la suya, la de los golpistas, un eufemismo (fracasado por transparente) de la impunidad que acuerdan. Luego vienen los argumentos, las razones, las excusas.

Esto ya estaba previsto, un precio que ven asumible porque era necesario para ellos, aunque perjudicial para el país. No nos insulten con fabulaciones y patrañas como es decir que se trata de armonizar nuestra legislación con la europea, o que simplemente desean poner al día figuras legales obsoletas y antañonas, que si tal y que si cual. Entrar a rebatir tales falacias y engaños sería elevarlos a la categoría de argumentos y razones, concederles una realidad que no tienen. No hay nada que argumentar, nada que rebatir. Todo es engaño, teatro, compra y venta. El Parlamento votará lo que se les lleve acordado en otros foros menos institucionales y así se dará un barniz democrático y un amparo legal al pactado desmantelamiento de las pocas defensas que al Estado le han dejado frente a sus enemigos, muchos de ellos sentados en esas mesas de contratación, algunos dirigiendo grupos o grupúsculos parlamentarios, facciones o familias.

Da vergüenza ajena ver cómo algunas personas que algún día nos merecieron respeto acuden sin rubor a defender estas infamias. En las alturas y en las bajuras, en la prensa y en los foros. El Sánchez Cuenca, como acostumbra, es para nota. Chatarra argumental rendida a la ideología e inmune a la razón. De ahí para abajo, suduáduá. Se les esperaba, como siempre; incluso es ocioso analizar sus ya previstos discursos de argumentario. Estos mariachis y palmeros ya lo hacen sin esfuerzo, sin sentirse ridículos al interpretar ajenas partituras y cacarear las homilías escritas por sus obispos. La práctica y la costumbre ayuda mucho y no se han llegado siquiera a plantear qué pensarían si otros fueran los que obrasen con este talante y perpetraran abusos similares. Muchas armas van a dejar al enemigo. Menos que argumentos con que condenar lo mismo que ahora aplauden, cuando sean otros los que hagan cosas similares, empezando por deshacer estas, aplicando las formas y la barra libre que los suyos han creado. Nada es para siempre y muchos deberían haber escarmentado, pillados por cepos que habían colocado para los demás.

Si fuese cierto algo de lo que aducen mientras cortan y cosen un traje legal a medida de los golpistas del procés, si tuvieran la menor intención de evitar futuros pronunciamientos, si el propósito de unos, facilitado por la dejación de otros, no fuera desarmar legalmente al Estado en lugar de reforzarlo como debieran, cosa que ni siquiera fingen pretender, es decir, si fuesen unos gobernantes decentes, recuperarían en primer lugar la figura de convocatoria ilegal de referéndum, oportunamente eliminada por el principal amplificador, si no creador de estos problemas, el expresidente Zapatero, de triste recordación. Eso, entre otras mil cosas incumplidas, nos prometieron hacer.

El Supremo juzgó con las leyes que le dieron. Las que le dejaron con las uñas cortadas. Y es cierto que los jueces carecían de figuras legales adecuadas al caso, dada la inactividad suicida del pasmarote de Rajoy y la creatividad de los separatistas para dar un golpe posmoderno, no necesitando recurrir a la violencia para ocupar un poder que ya ejercían. Fue su criminal desempeño, empezando por una prevaricación continuada durante años, lo se intentaba castigar, pues fue gravísimo y totalitario, aunque hoy trabajen del brazo gobierno y otros amparadores o representantes de los delincuentes en diluir y rebajar intenciones, hechos y delitos. Es la justicia quien se excedió, nos vienen a decir.

Por eso, si pretendieran desalentar y evitar, en lugar de hacer más amplias y menos riesgosas las puertas para futuras intentonas, redactarían figuras legales que se ajustaran a lo que es necesario prevenir y, en su caso, castigar con dureza. Y podrían encontrar modelos en esa Europa a la que tan falsamente apelan ahora para enjuiciar a los que intentaran de nuevo desgajar una parte del Estado por las bravas o a los que, con esas intenciones, vulneraran la Constitución, el Estatuto de Autonomía y otras leyes que entorpecen y limitan sus planes. Alta traición entre otras, con penas que llegan a la cadena perpetua. Inconcebible sería que en esos países que quieren hacer pasar por modelo, sólo cuando y en lo que les interesa, que un presidente de gobierno negociase, por su cuenta y de espaldas al parlamento, reformas legales que modificaran las leyes que protegen al Estado contra sus peores enemigos internos, y menos a cambio de apoyos parlamentarios traficados precisamente con los partidos que los representan. Unos partidos que, por cierto, en muchos de esos modélicos países estarían prohibidos por sus leyes.

Discutimos pues, sobre palabras, sobre relatos, sobre patrañas; porque los hechos están claros, todos los vimos, sea cual sea la figura legal con que aquí o en otros países se cataloguen. Sedición, desórdenes públicos, rebelión, golpe de estado, desvío de fondos públicos para financiar iniciativas particulares e ilegales, entre otras cosas. Todas ellas y algunas más se perpetraron y corta fue su condena para lo que, en mi opinión, merecían. No se trata de modificar leyes y tipificaciones por necesidad del país, sino por interés coyuntural de los que ahora intentan cambiarlas. Todos sabemos de qué va esto, para qué, por qué y para quiénes son los trajes. No se cambia la redacción de la figura de sedición. Se suprime y sustituye por otra menos gravosa que solamente se refiere a una ínfima parte de lo que estos sujetos cometieron. Eliminada la figura, perdonado queda el delito por inexistente tras el truco de magia. Y, por ende, también las penas. Et voilá. Ya hemos torcido el brazo a los tribunales, a las leyes y a la razón. Ya que los jueces no hacen lo que nosotros queremos que hagan, dejemos sin efecto sus resoluciones y sus sentencias. Ahora, envalentonados y metidos en harina, amortizados ya los indultos, ver cortarle las uñas al delito de malversación hará olvidar, al menos por el momento, los despropósitos anteriores, que el personal no da abasto a metabolizar el vértigo de sus abusos. Su tiempo y su memoria no dan para tanto. Se enfadarán con unas medidas que, en un ciclo perverso, harán olvidar las anteriores. Y si no, ya encontraremos la forma de explotar un error ajeno en un tema de postín para tener entretenido y encorajinado al personal con la oposición, olvidándose de nosotros mientras perpetramos estas reformas. La sanidad de Madrid, por poner un caso.

Adelantándonos a los acontecimientos, preparémonos para escuchar grandes cosas. Algunas serán difíciles de digerir (y aún más de defender) y entra dentro de lo posible que haya quien no pueda estirar tanto su desvergüenza. Como pretender distinguir en la malversación la que se hace por lucro personal o la atribuible a otras causas, distinción muy jesuítica, pero infame e interesada. Robar para mí es malo. Muy malo. Indudablemente. Pero pretender que juzguemos mejor robar para el partido, sea para financiar campañas, para abonar los bancales electorales o para financiar delitos, es cosa de mérito. Hace falta cuajo. En este gremio, ya de por sí muy comprensivo con sus propios desmanes, hay quien toca fondo día tras día. Y da pasos hacia atrás, como estos que se nos anuncian. Pero, al parecer, sólo detectamos el sentido real de la marcha los que no somos cangrejos progresistas. Como avance se nos presentará el retroceso y la parroquia así lo verá, dándose cuenta ahora de que precisamente eso es lo que llevaban años pensando. Es lo que vienen haciendo con medidas igualmente problemáticas. Amén, pues; me gusta y a otra cosa. Y facha el último.

Pudiera ser incluso que lo de la malversación sea cosa de francotiradores del amasijo societario, o un señuelo. Discutiendo sobre el globo sonda, nos entretenemos con lo que tal vez no se hará, dejando de indignarnos por lo que ya se ha hecho, que es excesivo e imperdonable. No hay tiempo para procesar tanto disparate y tal vez con demoníaca astucia (y no sería la primera vez) nos pastorean para que nos pongamos a pacer donde no hay hierba, distrayéndonos por el momento de la roturación de los rodales más enjundiosos. Hasta Feijoo dice que esta sería la gota que colmaría el vaso, cayendo en la trampa de entender y sugerir que aún cabe más, de no verlo chorrear desbordado desde hace ya mucho tiempo.

Si les llamamos trileros, más debieran de ofenderse por esa igualación los que ejercen tan engañosa industria por ferias, calles y plazas que estos personajes que una vez más intentan tomarnos por tontos. Si a su feligresía les parece bien que por imbéciles les tengan, con su pan se lo coman. Pero no nos pidan a los demás que comulguemos con tales ruedas de molino.

* Fotografía de Manuel Vázquez, en El País.
https://elpais.com/elpais/2016/03/16/eps/1458129917_864596.html


jueves, 27 de octubre de 2022

Epístola censora y cancelatriz


RR.SS.

   Podríamos pensar que son malos tiempos para mentirosos, aunque siempre suelen ser peores para los sinceros. Gracián decía que el mentiroso tiene dos males: ni cree ni es creído, y de paso les recomendaba para ejercer el oficio el tener buena memoria. Añado yo que, al menos, alguna más que aquellos a los que engañan. Pero eran otros tiempos y otro el rigor de aquellos caballeros de negro.

Hoy hay una inmensa tolerancia (incluso rendida predisposición) ante la mentira, amplísimas tragaderas y medio nos enteramos de demasiadas cosas como para recordarlas todas, que los Funes no abundan. En ningún sitio pasan tantas cosas como en el mundo, que decía mi abuela Leopoldina. De forma que cada uno recuerda lo que puede, hasta donde alcanza, lo que Dios le dio a entender y, más a menudo, lo que le conviene, que muchos expurgan los recuerdos como las lentejas.

Debería predominar lo olvidado, que pocas cosas hay dignas y dulces de recordar, pero, para desgracia de embusteros y falsarios, todo queda hoy grabado, registrado; se hace eterno y notorio lo que nació para efímero y reservado. Cualquier conversación particular, producida en un ámbito muy reducido y privado puede difundirse, a veces pasado el tiempo, a menudo parcialmente y siempre obviando el contexto, situación y alcance de lo dicho. Se conservará para el futuro un inmenso banco de mentiras.

La verdad es que nadie resistiría (ni resiste) esos escrutinios, ninguno está siempre acertado ni a salvo de haber dejado escapar algún disparate, falsedad o inconveniencia en algún momento. En broma o en serio, con ironía o con una mano en la Biblia, tranquilo o airado, sereno o en poder de las uvas, por provocar o con convencimiento, ante estos o ante los otros, de joven o de viejo, en la barra de un bar o en un congreso de filosofía de la moral, hablando o por escrito, entre risas o llorando. Nunca deberían, por otra parte, tenerse en cuenta las palabras o frases cometidas durante la conversación con un tonto, un fanático o un nacionalista. Menos con alguien que sea todas esas cosas y algunas más. Siempre el nivel de un debate estará a la altura del peor y más desequilibrado de sus participantes y hay quien hace hablar, y mal, a los toros de Guisando.

   Nunca falta un mandria con un móvil y una cámara. Todo queda, todo se difunde, todo se utiliza. Si acaso, lo único que alguna vez resultó seguro, no comprometedor, era el silencio. Ahora tampoco eso. Siempre quedará el reproche del no te oí yo decir entonces, del que calla otorga, del hay silencios cómplices y demás pruebas de cargo. No hay cosa peor que dejar huellas. Por eso una presa es más fácil cuantas más ha dejado. Hoy son vídeos, conversaciones grabadas, twits y comentarios en las redes. Peor lo tienen quienes dejaron una obra escrita o reproducible por cualquier medio, hoy a merced de desocupados exégetas rastreadores de incorrecciones y de otros que sitúan el debate en el pasado, desde un presente que no saben manejar.

   Las leyes y penas no se pueden aplicar con carácter retroactivo, que cambian los tiempos y con ellos los criterios y los valores. Poco a poco o a perchones, de forma tanto más súbita cuanto menos firmes sean, pues quien carece de ellos es quien menos se resiste al cambio. Incluso de forma venal. Sin embargo, a lo más sólido y deslumbrante que nos han dejado los siglos como herencia les aplicamos un presentismo y una retroactividad moral que la ley positiva en vigor no consiente aplicar ni a un asesinato. Como no estoy muy al día en derecho, no sé si hablar de ley natural resultará ofensivo para alguien, teniendo en cuenta que hay que andar con ojo y atarse los machos antes de decir que algo es natural o normal. El romano sé que está vigente en espíritu, como lo están las Partidas de Alfons el Sabut en algunas zonas de los Estados Unidos de Norteamérica del Norte, antes provincias españolas.

   Cambian las circunstancias y con ellas las ideas y los principios que siempre, en cada momento, se consideraron inmutables, y les siguen los criterios que terminarán por acomodar a los tiempos la moral y las leyes. Son cambios lentos. Y mala cosa cuando no lo son. Hoy no reconocemos el derecho de conquista, salvo si el conquistador es invencible o resulta demasiado peligroso, que entonces sí, que no siempre la paz viene del brazo de la razón y la justicia. Pero, salvo algún perturbado, no reprochamos a los persas o a los asirios, ni a los visigodos o a los almohades y a tantos otros, que se apropiaran por las bravas de países enteros, saqueando y esclavizando a los que, pensando lo mismo que ellos, esa vez les vinieron mal dadas. Hoy por ti, mañana por mí, pensaban unos y otros. Paciencia y barajar. Salvo cuando nos referimos a nuestra propia Historia, tema en el que los más obtusos y desinformados se muestran justicieros inmisericordes y quisieran aplicar a los difuntos, muchos siglos a posteriori, el código penal vigente y lo recogido en la Declaración Universal de Derechos Humanos. Hernán Cortés al Tribunal de la Haya, por eso de los crímenes imprescriptibles, concepto bastante relativo, de aplicación selectiva, opinable y dudosa, además de imposible. Pero así andan las cabezas. No todos son tan ilusos, pues hay entre los pobladores de esos dos extremos de la política que bordean y a veces traspasan las lindes de la locura, quienes llevan otra liebre, la de apuntalar ideologías y visiones que necesitan cimentar sus variopintas y disparatadas interpretaciones con tan vaporosos y remotos antecedentes, convenientemente cernidos y sazonados.

   Con razón o sin ella, vemos que soportan inmerecidos o desproporcionados descréditos, padecen ostracismo o sufren las condenas de esta puesta al día del Santo Oficio que hoy llaman cancelación, personajes como Woody Allen o J.K. Rowling, entre una copiosa lista de damnificados por la estupidez reinante. Se exige a los contemporáneos una total sumisión autocensora y adocenada, una ejemplaridad calvinista, mientras que con los antecesores, casi todos de la cáscara amarga, se procura identificar al autor con sus personajes, sacarlo a rastras de su tiempo y su circunstancia, a menudo más libres y, en ciertas cosas, menos tiquismiquis que los actuales, para comparecer ante el tribunal de las nuevas correcciones. Tienen la ventaja los vivos citados de que aún bullen, conservan la voz y la pluma para defenderse, y además el consuelo que cita la autora de la saga de Harry Potter, que mucho bien ha hecho a la iniciación y al gusto por la lectura, tanto que hay quien considera muy conveniente quemar sus libros. Dice la escritora que no le gustan esos ataques, pero que cada vez que recibe el cheque con los derechos de autor en su castillo, se le alivia mucho el disgusto.

    Peor lo tienen los muertos, desde Homero, un puto machista belicoso, Kipling, un imperialista sanguinario, Neruda, un mal padre, Marx un mantenido o Picasso, un maltratador. La lista es infinita, total, nadie queda fuera por una u otra culpa o flaqueza, cierta o supuesta. Me imagino que a estos también les da lo mismo ya. Más debería preocuparnos a los vivos haber dejado al mando del tamtam y el timón de la galera a los que andan con la brújula averiada, reconocerles la autoridad para marcar el ritmo y la dirección de nuestros gustos y de nuestros juicios. Yo no tengo el consuelo ese del cheque rebosante de libras esterlinas de la Rowling, pero también procuro desde mi celda pasarme por el arco de triunfo las tablas de la ley de tantos y tantos botarates, tan fanáticos como poco ilustrados, sean orgánicos, inorgánicos, de derechas, de izquierdas, de aquí o del más allá. Y menos del campus de Standford y de otros algodonosos antros elitistas, guarderías de las reblandecidas y tiernas mentes de los retoños del imperio, que desde hace decenios nos iluminan las rutas del progreso. Luego las “vanguardias progresistas”, ubicuas propagadoras de esta peste neocorrecta, reprochan retóricamente a los obreros votar a la derecha, a la populista o a la montaraz que, a su vez, también tienen sus cancelados y sus bestias negras. Que se lo hagan ver unos y otros, que resultan tal para cual. «La metad del mundo se está riendo de la otra metad, con necedad de todos», que decía Gracián. Nunca voy a cancelar de mi biblioteca por consejo o imposición de tales acémilas, más o menos ilustrados, a gente excepcional, única, mejores que los que hoy los censuran, cuyas obras han remontado contra vientos y mareas los embates de los siglos, cada uno con sus lunáticos, sus inquisidores, sus obispos, sus intransigencias, sus quemas, sus censuras y sus represiones. No sospechaban que, tras centurias de lucha y progreso hacia la libertad, iban a acabar chocando con los mismos perros con distintos collares. Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros.

   En realidad, son controversias de salón. Diatribas insustanciales y pasajeras, artificiales, aunque no inocuas. Que algunos proscriban la lectura de ciertos libros a sus feligresías no deja de ser chocante y peregrino, pues la mayoría de sus cofrades no tocan un libro ni con un palo. Pero a los predispuestos a leer, que son los menos, y a las mentes más débiles, que son las más, si les diere por leer algo, estas curias prescriptoras, con sus mezquinos raseros, les podrían privar de lo excelente para hacerles revolcarse en lo efímero y circunstancial, normalmente banal y prescindible, mera autoayuda voluntariosa y falaz, destinada a un olvido en el que se apagarán definitivamente los nuevos censores con sus libelos y recomendaciones. Obra, lo que se dice obra, van a dejar poca. Este siglo, como el pasado, como todos los anteriores, añadirá algunos escasos monumentos a un canon secular muy exigente, verdaderamente democrático, pues solo el aprecio numeroso y mantenido de los lectores salva unas contadas maravillas de las erosiones del tiempo y de los embates de críticos sectarios, analfabetos, orates y demagogos, siempre comidos por la envidia y el rencor propios del mediocre.

   Y ya no hablamos de crítica literaria o artística, a menudo reemplazada por publicidad de encargo, más o menos encubierta, y casi siempre interesada e injusta, sino del desconcierto de unos tiempos que, según Umberto Eco, dan voz y espacio público a una inmensa manada de imbéciles, que se sienten autorizados para prescribir y para censurar. Y su criterio, si es que es suyo, tiene poco fuste, siempre centrados en sus ingenierías sociales, cosa no nueva, por otra parte. Lo que es más novedoso es la insustancialidad casposa y ovejuna de los prescriptores. En sus juicios, lo cierto, lo relevante, todo lo útil, elevado y razonable, si entra dentro de lo que pudiéramos llamar normal, palabra peligrosa y en desuso en la actualidad, queda eclipsado y sustituido por lo que pudiera resultar anómalo, disparatado, sorprendente, o mejor escandaloso y conflictivo. Prácticamente a algunas peñas no les interesa otra cosa. Es su alimento, como fustigar es su oficio.

   Necesitan oscurecer todo lo ajeno para que se perciban sus luces mortecinas y desfallecientes, para mostrar algún reluzor entre las penumbras que quisieran crear a su alrededor. Aman la mediocridad y odian la excelencia, inalcanzable para ellos. Sólo rebajando lo que destaca y se eleva creen poder aparentar altura. Como las plantas, desde las rosas a los cardos, medran sobre el estiércol.  Sus ojos enfocan a la mancha, a la mota de polvo, tal vez única, en una repisa o en una tela por lo demás limpias. O en una biografía. El terciopelo les acaba arañando la mano, siempre encuentran alguna fibra al bies, algún pespunte fuera de parva que les raspa, les hiere, les ofende. Practican una delicadeza bárbara. Nadie merece la salvación salvo ellos. Pero para tasarlos en lo que realmente valen hay que mirar sus santos y sus profetas, sus ídolos y sus referentes. En todos los demás, vivos o muertos, encuentran hoy, vistos a través de la lente de sus novedosas y pujantes moralinas y censuras, algún pecado mortal que arruine su trayectoria, que oscurezca o borre cualquier otra aportación, que lo descalifique. Ya nunca verán películas de este ni leerán libros de aquel. Jamás volverán a escuchar las canciones de la otra ni a admirar las pinturas de aquel impresentable. Y estos nuevos oscurantistas harán lo posible, hasta donde su poder alcance, para que nadie lo haga.

Su rigor rencoroso no deja espacio al reconocimiento ni a la gratitud por lo recibido, por lo disfrutado. No renuncian a la herencia, pero la vituperan con la saña envidiosa del que se sabe incapaz de mantenerla y menos de acrecentarla. Siempre hay un pero, siempre hay un reproche, una tara imperdonable. A base de no mirarse, tan memoriosos para unas cosas como olvidadizos de otras, pues sus recuerdos selectivos se vigorizan con los rabillos de pasa de la conveniencia, llegan a tenerse por perfectos, por encima del bien y del mal. En los demás nunca falta un yerro o un defecto, una caída, un desacierto o un descuido que desequilibre en su fina balanza el plato de los méritos, siempre livianos, frente al peso de las culpas. No necesitan recurrir al potro para arrancar la confesión de sus reos, pues sus procesos son sumarios, expeditivos, sin eventual recurso ni posibilidad de defensa. Conocemos más sus sentencias que sus fundamentos y sus argumentaciones. Son los tiempos los que te condenan, no yo. Te has puesto contra nuestra verdad, que es la del momento, atacas nuestros dogmas, eres un peligro que hay que acallar o erradicar. Te atizaremos con la tea del descrédito, los fieles se avergonzarán de ti y pocos se atreverán a defenderte y ponerse en contra de los vientos dominantes.

Esta tropa siempre se alista para las batallas ganadas, se apunta a las causas fáciles de defender, las que se sostienen solas, pero huyendo de matices que exploren sus bordes más borrosos, esos donde habita la duda y que pudieran dar pie a deliberaciones y tomas de postura más comprometidas. En la batalla se esconden en la masa, nunca se sitúan en las alas, donde la lucha es más feroz y decisiva. Nunca los verás rondar por esas fronteras. Sus límites les vienen dados. Hasta aquí podemos llegar sin mayores riesgos. El sentir con los menos y hablar con los más, también de Gracián, que remata diciendo que «antes loco con todos que cuerdo a solas». Siempre hay un número suficiente de creyentes que saldrán en tu apoyo, mientras no seas puntilloso o pejiguero ni te aventures a sacar los pies del tiesto. Lo mejor es acudir  siempre en defensa del vencedor, que a moro muerto gran lanzada. No importa que no sepas lo que dices ni el porqué o las consecuencias de lo que defiendes. No te importe contradecirte, aunque debes procurar cambiar de opinión con el resto del coro, a tiempo y nunca el primero, que la soledad no evidencie tu voz destemplada. Acógete (mejor dilúyete) en la masa, escondido en ella, que el número te ampare, ya que no una razón que, si existe, se te escapa. Pero tú no has llegado hasta allí razonando, inédito el caletre, sino asintiendo, sumándote al grupo de más bulto. Si tantos lo dicen, razón deben llevar, como las moscas. Además, son los buenos, los míos. Por eso estoy con ellos, porque parece que hoy son más. Si tienen errores y cometen desmanes es por necesidad. Seguro que les duele. Tampoco es cosa de restregarse por el fango y mostrar los trapos sucios, dar armas al enemigo. A diferencia de los otros, cuya esencia es la maldad, una persistencia en el error que solo una patología puede explicar.

La única enseñanza provechosa que de estos personajes podemos aprender es tomar por costumbre leer, ver y escuchar precisamente lo que intentan prohibirnos, lo que ellos odian. Seguramente tenga algunos fallos la regla, pero, así a ojo de buen cubero, funciona. Nos garantiza un alto porcentaje de acierto. Al menos evitaremos ser como ellos.

-o-o-o-o-

Fábula escrita en Venezuela en el siglo XIX por Víctor Manuel Pérez Perozo,
aunque la podría haber escrito hoy mismo:

 EL ASNO MANIFESTANTE

Entre ¡mueras!, ¡abajo!, silbatinas
y cáscaras de papa y de banano,
patos, gansos, conejos y gallinas
arrastran al marrano.

De paso, un asno acércase al cortejo
e inquiere a un pato viejo:
—¡Quién es? ¿Por qué le tratan de ese modo?
—No sé; Lo ignoro todo.

—¿Y a ti qué mal te ha hecho?
—Ninguno; lo veo hoy por vez primera.
—No tienes, pues, derecho
a ensañarte con él de esa manera.

El diálogo a esta altura,
indignado el palmípedo murmura:
—¡Estúpido, borrico,
mientras lo insultan todos en la calle
quiere que yo me calle,
como si no tuviese tambien pico!

¿De seguro el borrico con gran pena
se alejó de la escena?
¡No tal! A poco rato,
con cara de asesino,
y más furor que el pato,
también echaba ¡mueras! al cochino.

 

viernes, 7 de octubre de 2022

Epístola del balconing

Sobrado de amigos, perdamos otros pocos. Esto no es una tesis, ni una defensa o un ataque, simplemente un comentario, un ejercicio para mantener ágiles algunas zonas del caletre. Ustedes me perdonarán. Con estas gimnasias mentales vamos a meternos en otro jardín. En este caso colgante, abalconado, en altura, como el de Babilonia, pero con cafres locales, no ilustrados sumerios. Y no, no me gusta el episodio. Pero nada. No puedo darlo por bueno y menos imaginar mi participación en semejante exhibición de burricie académica. Siempre me han producido rechazo la blasfemia, el exabrupto, la ordinariez, el exceso, el insulto o la agresión verbal. Pero estamos en la época de la berrea, y bien que se nota. Hasta en el Parlamento. Bramidos de ciervos de once astas sentados en el escaño o asomados al balcón, como ingleses en Magaluf pero con arnés. Groseros rebuznos hormonales, relinchos equinos, aullidos cerriles y becerriles, cortejo animal y selvático en la universidad, ritos de iniciación, de pertenencia, de apareamiento o de lo que sea, coreografía asnal ensayada, representada anualmente, bienvenida, esperada y respondida a la hora prevista entre universitarios y universitarias con no demasiadas luces de los que cabría esperar otras expansiones menos soeces, burdas y vociferantes, muestra de un machismo unisex retestinado. No es la tradición disculpa, como no lo es la costumbre para la infamia bárbara de arrojar una cabra desde el campanario, la de alancear una vaca o prenderle fuego a los cuernos de un pobre y noble animal, indefenso y aterrorizado. Siempre se ha hecho así. Ese argumento no es de peso ni para ultraconservadores reflexivos. Aún estaríamos en el musteriense. Y es menos de recibo viniendo de estudiantes privilegiados que en el futuro podrían ocupar cargos de relevancia en la sociedad. Dios nos pille confesados con las levas por los arribas y por los abajos, siempre huyendo de lo mejor, lo excelente, hoy en democratizador entredicho.

Lo más certero y en proporción que he leído al respecto ha sido a un amigo argentino que, desde allí, comenta que habría que enseñarles a estas bestezuelas (el calificativo es mío) que «dado que no ayudan con el arca, por lo menos no contribuyan al diluvio». De forma que, antes de entrar en harina, como está mandado, dejemos clara mi condena, mi reprobación. Contundente, pero proporcionada. Inaceptable. Esa fue mi primera reacción al ver con sorpresa y disgusto este episodio la primera de las seiscientas veces que se me ha hecho contemplar, inoportunamente descontextualizado, interpretado y glosado, en distintos programas de tv, periódicos y ahora buzoneado por las parroquias unánimes de las tribus en las redes. Sigo pensando lo mismo, son hechos bochornosos y condenables. Pero no puedo ir más allá de mi censura, de mostrar mi desagrado. Se trata de la medida en la condena, no hablo de inocencia. La cosa, a mi acreditado escaso juicio, no da más de sí. A partir de ahí empieza otra cosa y yo me bajo antes de dejarme arrastrar al pozo de mierda en que acaban casi todas las controversias sobre señuelos, pantallas y otros espantajos, en el fondo asuntos de interesadas pelarzas más ideológicas que sustanciales. Veo, ya desde la barrera, que el arroyo de mi proporcionado disgusto desemboca en el río de la antipolítica y se encamina hacia el oscuro mar del despropósito, el artificio y la desmesura. Delito de odio, intervención del fiscal, del defensor del pueblo, de ministras y parlamentarios, hasta condenas de oficio de Feijoo y del alcalde Almeida. ¡Ahí es ná’! Y, ya puestos, nadie quiere quedarse corto. Falta enviar a la acorazada Brunete. O, sin llegar a esos extremos, a la policía de la moral, que muchos quisieran importar del Irán de los santones.

En las universidades medievales, uno de los más productivos ejercicios de retórica era obligar al educando a defender un argumento o una tesis para luego, cambiando de papel y de punto de vista, intentar rebatirlos. Ver las dos caras de un asunto, de una controversia. Era un ejercicio de elasticidad mental, de escarnio del prejuicio y de libertad intelectual, no siempre bien visto entonces y hoy lamentablemente abandonado, a menudo proscrito. No han inventado algunos una moneda con una sola cara porque, por ahora, no se puede, pero están en ello. Mentalmente hace tiempo que lo han conseguido, con ella hacen sus tratos, sus cuentas y sus pagos, y para ellos los asuntos presentan una sola cara concebible. La otra no sólo no existe, sino que les resulta inimaginable y atacan a todo el que les dice que, sin embargo, se mueve, que ahí, detrás de la cara hay algo. Pero siempre han tenido una difícil y contradictoria relación con la cruz.

No andamos hoy para tales finuras dialécticas ni razonantes. Creo que la discrepancia, la duda, la rebeldía ante las opiniones y corrientes dominantes fue patrimonio de la vanguardia, hoy o inexistente o más proclive y dispuesta al sometimiento a los vientos favorables, a seguir al pastor por los caminos más frecuentados y al consecuente pensar ovejuno. Amén, me gusta y suduá duá. ¿Para qué más profundidades?

Volviendo a la zafia y desabrida gilipollez que nos ocupa y, vista tan insistente y ubicua unanimidad, sospecho primero y luego concluyo, como me suele ocurrir, que están intentando metérmela doblada, expresión que espero no soliviante ni rasque demasiado los delicados oídos de los wokobispos y feligreses de las nuevas religiones laicas hoy dominantes. Un dato que me pone alerta es que se me informe, de paso y de forma casual y descuidada, así como el que pisa una mierda, de que en ese colegio mayor se alojó Casado. ¡Acabáramos! Pijos, machistas, cayetanos, violadores, nazis… In crescendo, que siempre hay quien suba la apuesta y no conviene quedarse cortos ante el respetable. Luego, la insistencia y la creciente bola de nieve ideológica que siempre arrambla con la mesura, acaban en hiperventilación, en uso y abuso por parte de quienes piensan que esa es la prueba definitiva que apuntala sus discursos. Llegados a ese punto en que ya se ha olvidado el asunto que dio lugar a la polémica, el tema muta en excusa para hablar de otras cosas con ilusoria y engañosa autoridad. Y, entonces, me pasa lo de siempre. Se despierta en mí el instinto de abogado del diablo, de mosca cojonera, de aguafiestas ideológico, de descreído, de cínico y de ácrata, en fin, de todas esas cosas que los menos sagaces, pero más monolíticos y vehementes enemigos del matiz y de la argumentación, tomadas así, al montón, llaman hoy equidistancia.

Leo tres o cuatro reflexiones con argumentos, datos o matices discordantes con la corrección, tan esperada como unánime, pocas más: Ovejero, Soto Ivars, Arteta, Guadalupe Sánchez, Rafael Arenas… O nada los conozco o ya asomarán la oreja de la prudencia, que suele acompañar a la duda, otros insurrectos, todos ellos fachas peligrosos, como los mentados. En el resto, indignación, sin ningún otro considerando. ¡Horror, espanto, desolación, ruina y miseria!, que decía nosequién, no sé cuándo y no sé dónde, aunque refiriéndose al caballo de Troya. Tanta y tan vehemente es la reprobación funcionarial por parte de algunos, que se transparentan la hinchazón y la impostura de oficio, la reserva mental que se trasluce en toda condena desproporcionada y teatral, siempre acertando en dar con la frase esperada y correcta, para común tranquilidad y satisfacción. Una mala conciencia tal vez nacida de la memoria de situaciones en las que el co-indignado coral dijo, cantó, coreó, contó, al menos aplaudió o rió en alguna fiesta o sobremesa cosas que hoy le avergonzarían, a veces ayudado por el zumo de uvas. Si yo os contara, podríamos decir todos. Hasta el hoy indignado y siempre excesivo Echenique toca a rebato, ahora llama a la legión, a su legión, que acude presta. Las hormonas y el calor del grupo aún ayudan y empujan más al desafuero y al disparate que los espíritus de los majuelos. Ya en la Rioja, Dominga, la de la jota de Echenique, a la que se le ofrecían la minga y la sustancia, quedó sin defensa por parte de la tribu que hoy se la coge con papel de fumar. De forma asombrosa no provocó similares espantos, angustias ni temores, y menos, condenas. Sólo risas. Viniendo de los nuestros, manos blancas no ofenden, como parecen pensar las alumnas del colegio mayor tan grosera y burdamente increpadas desde los balcones.

En esta ocasión, y van mil, acabo viendo una reacción desmesurada y peor que el estímulo que la provoca. (Que sí, cansados, que ya lo he calificado veinte veces de deplorable). Sin duda, hablamos de una costumbre y unos comportamientos que deberían abandonarse, como tantos otros, muchos de ellos peores, que no merecen un comentario, menos una crítica y nunca una condena. A veces la sentencia resulta, por su desproporción y uso oportunista, más inquietante, dudosa y reprobable que el hecho que se juzga, como creo que va degenerando este caso relativamente menor, interesadamente sometido a juicio público.

Somos muy volubles e inconsistentes a la hora de entender, condenar, justificar, perdonar o indultar. Todo y siempre, depende del protagonista. Los juicios morales hoy en día nunca parten de un valor o una norma común, compartida; ya se han ocupado de que no los haya. Salvo escasísimas excepciones, que no conozco, la valoración de los comportamientos orienta el dedo gordo hacia arriba o hacia abajo dependiendo más de si el reo es de los nuestros o de los otros. Entrar en matices acerca de la intención, el marco, las circunstancias o las consecuencias, si las hay, como ocurre con la estadística, es cosa que procede unas veces sí, pero otras no, y nos llevaría a razonamientos filosóficos muy por encima de los abismos y ríos subterráneos por los que discurre, a oscuras y dando tumbos, el debate en la actualidad. Si es que debate puede llamarse a los sucesivos festivales de cánticos corales donde se salmodian los estupidiarios partidistas de cada peña.

Seguramente, el poco conocimiento, fuerzas y ganas que me quedan debería canalizarlos a ese tipo de reflexiones, más generales y de fondo, porque demasiado tiempo y palabras he malgastado en comentar e intentar interpretar, a menudo a contradecir cuesta arriba, empujado contra las paredes del dogma por sus menos lúcidos y brillantes defensores y corifeos, las espumas sucias de una actualidad de la que, no contentos con irnos por las ramas, elegimos las más débiles y podridas, esas que no aguantan el peso que les queremos colgar, que se rompen en cuanto las tocas.

A veces, como hoy, uno se encuentra reflexionando e intentando valorar episodios que, una vez sacados de quicio, no merecen tanto esfuerzo. Se condenan por sí mismos, sin que eso deba ahorrarnos la expresión de nuestro rechazo. La lucha ideológica, destila meadas malolientes con que marcan sus territorios de caza licántropos y lubisomes políticos sumidos en las brumas del eterno clima electoral.  Luego, con más nubes que claros, estos hechos menores se amplifican en portadas, noticieros y tertulias sucesivas, siendo a veces ya antiguos, pero que hoy resultan oportunos y pintiparados para apuntalar discursos edificados con malos materiales sobre suelos movedizos. Con comentar el desagrado y el rechazo sería suficiente. He llegado a leer que estos rebuznos son el preludio del abuso y del asesinato. Algo exagerado me parece, a menos que uno persiga otra liebre. Lo cierto es que hay que vocear mucho para adentrarse y hacerse oír en medio de estos y otros ruidos similares, fragores y retumbos propios de todo lo hueco; rebatiendo estupideces y excesos corre uno el riesgo de contagiarse y, al dedicar un par de folios y media hora de tiempo a glosar episodios ciertamente lamentables, así parece uno darles una trascendencia de la que carecen. Sobre todo en comparación con otros menos vistosos, pero más graves. Los más obtusos querrán creer que con eso justifico los livianos. Y no, no es eso. Ese ruido inducido y amplificado por corifeos banderizos acalla y esconde, que es lo que en el fondo se busca, otros episodios sin duda más peligrosos. Por poner un ejemplo, otros estudiantes universitarios, desde otros balcones, con otros gritos, otros disparates y otros motivos, se dedican a impedir, con violencia real y el visto bueno de sus rectores, el aplauso de otros sectarios y la indiferencia de sus melifluos satélites, que en su universidad hablen los que dirían cosas que ellos no quieren escuchar ni que nadie escuche, o agreden con similares permisos y condescendencias a compañeros que defienden ideas diferentes a las suyas. En ellos no ven odio los que ante esa fachada del colegio mayor se horrorizan. Aquí no opina ni interviene la fiscalía, el defensor del pueblo, el gobierno ni sus ministros, siempre tan sensibles ante las memeces que encajan en su particular agenda como desentendidos, cuando no cómplices, de asuntos de más gravedad que sí les debieran inquietar. Si el plan es conformar una sociedad acrítica, dependiente, sumisa, encandilada y desentendida de lo esencial, les está quedando de nácar.

 

jueves, 29 de septiembre de 2022

A vueltas con la equidistancia

Leo dos artículos sobre The New York Public Library y otras bibliotecas públicas estadounidenses que piden ayuda económica para enfrentarse judicialmente a censuras y denuncias por permitir la lectura de libros que los trumpistas, integristas religiosos, neofascistas y asimiliados, entre otras malas hierbas, encuentran peligrosos y censurables, condenándolos a la hoguera o al olvido. Ambos artículos, bastante similares, llevan razón. Pero no toda, pues olvidan o pasan de puntillas sobre las censuras y cancelaciones —no menos numerosas, absurdas ni mejores— que otros perpetran y que, al parecer, no merecen repulsa, ni siquiera mención. Suele ocurrir. Nos ocurre a todos; nuestros silencios son más reveladores que nuestros estruendos. 

Los primeros abominan hasta de Harry Potter, de cualquier obra en la que se aborden con libertad temas para ellos rechazables o espinosos, como el racismo, la homosexualidad, las ortodoxias religiosas, incluso la ciencia pues, al final, la realidad, la verdad, la discrepancia y, en especial, la mentada libertad, son los enemigos peores de todo integrismo, por esencia autoritarios y censores. Los nuevos puritanos neocorrectos, por sus partes, se espantan hasta de las obras de escritores y filósofos que son los pilares de nuestra cultura y de nuestro pensamiento. Desde Platón a Shakespeare, de Homero a Kipling, a Borges o a Horacio Quiroga, hasta Tintín. Para estos censores autodenominados “progresistas”, de la subespecie “woke”, en neolengua, no menos inquisitoriales que sus adversarios paralelos, poco de la literatura antigua, clásica o moderna, culta o popular, sería hoy de recibo ideológico. Ni los cuentos de hadas. Odiseo era un machista. Como su hijo, que hace tres mil años mandaba a Penélope, su madre, callar estando entre hombres y retirarse a sus habitaciones a atender sus obligaciones y sus cosas. No digamos los personajes bíblicos, los autores medievales, renacentistas o de cualquier siglo pasado y gran parte de los contemporáneos, pues nadie se salva de esta quema. ¿Qué otra cosa podrían haber sido sino incorrectos, racistas y machistas, cuando, como todos, hasta los que hoy se lo reprochan, anteayer aún lo eran? 

Buscan antiguas tribus y culturas que pudieran presentar como matriarcales para revelarnos cuándo se jodió el Perú de la humanidad con el “heteropatriarcado”, hasta el momento actual en que, por fin y gracias a esta ilusa tropa, se va a alcanzar la Arcadia feliz que ellos dicen inaugurar y cuyos desvaríos, alucinaciones y excesos quisieran imponer, junto con su ignorancia intransigente. Son adanistas y a la vez apocalípticos. Se consideran la alfa y la omega. Nada hubo válido y sensato antes de ellos y no encontrarán sucesores a su altura, por lo que conviene dejar definitivamente cerrados todos los temas. Su corrección es la corrección final, tan perfecta que, tras ellos, no hay que esperar cambios ni mejoras. Para ellos sólo resultaría encomiable y admisible la literatura «woke» (despierta, alerta), comprometida con los valores del momento, siempre efímeros y variables, contra lo que ellos piensan. Despierta, alerta hacia unas cosas y dormida y rendida ante otras. Lo malo es que a mí la literatura comprometida, será por la palabra, siempre me sugiere que ha sido escrita por compromiso. Es decir, por obligación, por agradar, por sometimiento a una causa o un dogma en boga, de forma no siempre acertada ni coherente. El tiempo, si le dejan, pone cada cosa en su sitio, por eso conviene huir del presentismo al juzgar lo pasado o nos quedamos solos, tambaleantes y en cueros. Hemos llegado al punto de dar por bueno que lo más avanzado y "progresista" sea el sometimiento y la acomodación a un dogma incuestionable, el remar a favor de los vientos. Curiosa vanguardia. Acomodación a su lecho de Procusto. Acomodar viene del latín 'accomodare', colocar algo de un modo que se ajuste a una forma o espacio previo. Modus, modo, de ahí moda. De la calidad ni hablemos. Poco o nada quedará de lo que hoy se escribe bajo esos impulsos y condicionantes.

Cruzan la calle cuidándose de mirar si viene un coche por la derecha. Y hacen bien. Peor obran al dejar de mirar también hacia el otro lado, exponiéndose a morir atropellados, y no por el carro del fascismo, sino por el de la razón. No sé con certeza quién decía eso de que cuando escuchaba la palabra cultura se echaba la mano a la pistola, pues unos la atribuyen a Goebbels y otros a Millán Astray. Al menos metafóricamente, siguen existiendo millones de semovientes que reaccionan igual ante otros estímulos. A mí me pasa con algunas palabras. Unas, nobles y deseables, han sido malversadas y casi vaciadas del significado original y compartido, como libertad, igualdad, independencia del poder judicial, separación de poderes, poner las urnas, negociación, o voluntad popular. Otras o nacieron vacías o se han ido llenando del serrín que ocupa muchas cabezas. Cuando escucho morrallas y bisuterías léxicas de tan baja ley como capitalismo heteropatriarcal, derecho a decidir, mandato popular, facha, progresista, apropiación cultural, desjudicializar, el pueblo real, identidad, hechos diferenciales, racializado, blindar competencias e incompetencias y, especialmente, equidistante, me echo inmediatamente de forma refleja la mano a proteger la cartera de las ideas y los significados. Con esas herramientas desafiladas el debate serio y limpio se enfanga, acaba resultando imposible saber de qué se habla.

Equidistancia. Sin duda la hay, siempre la ha habido. Y es censurable. El verdadero equidistante, menos abundante tal vez de los que algunos contabilizan y censan, paradójicamente sin ser capaces de percibir que ellos a veces caen en el defecto que critican, es alguien que se engaña a sí mismo y quiere engañar a los demás. Es un simulador que intenta tapar su parcialidad bajo la capa de una ecuanimidad de la que a menudo carece. No siempre el término medio es aceptable. Sería dar por bueno que te quiebren una pierna, si eso resulta el término medio entre un insulto y un asesinato. Sería una falsa y extrema equidistancia.

En último término, todo el que generaliza en exceso lo acaba siendo. La cumbre de la equidistancia es: «Todos los políticos son iguales». Además de no ser cierta, esa frase invariablemente viene a intentar esconder que los suyos son peores. Y, más peligroso aún, en el fondo se sugiere que están demás, como los partidos, una de esas creaciones imperfectas que están en la esencia de la democracia, que es lo que en realidad se ataca. Esta pose, uno de las muchos trajes de la impostura, usada hasta por los peores de los equidistantes censados, viene a ser como el declararse apolítico cuando y donde los tuyos mandan, equivalente durante el franquismo a ser de la derecha más afecta y satisfecha, o ser un estalinista cómodamente integrado en el sistema y a gusto en la Rusia de Stalin. No se puede ser tal cosa. Tampoco equidistante ante cualquier otra dictadura.

El problema con tal palabro, como ocurre con tantos otros, es que últimamente se usa mucho —y de forma artera—para intentar desactivar por la vía del descrédito a quien mira a los dos lados de la calle antes de cruzarla. Es proceder habitual de los que, huyendo del argumento y del espejo, usan y abusan de un adjetivo tan vidrioso y versátil, malversando su significado y su utilidad. Su único sentido apropiado y justo, como antes hemos apuntado, sería emplearlo para referirse a aquellos que, queriendo defender a los suyos y no encontrando argumentos, buscan en los contrarios algo que pudiera asemejarse a los desmanes de los propios, un parapeto para poder decir que todos son iguales, creyendo así que haber logrado un pretendido encandilamiento que haga pasar por buenos y decentes a los que no lo son. A los suyos. Ese es el único uso legítimo que reconozco a esta palabra usada contra alguien. Lo que la envilece y vacía de todo valor y significado es que sus más asiduos usuarios ni siquiera llegan a ser equidistantes, y menos ecuánimes, algo a lo que desde siempre han renunciado ser.

Los que así defienden sus opiniones y adhesiones, escudados en ese reproche fraudulento, esgrimiendo la chatarra dialéctica de la equidistancia como argumento, pretenden quedar ellos y sus ideas fuera de toda comparación, como algo impoluto, evidente, incuestionable. Ven, a veces con acierto, los peligros de un lado, el que está frente a ellos. Pero ahí acaba su capacidad y su intención de examen. Como los vampiros, tienen una relación conflictiva con la luz y con los espejos y evitan mirarse en ellos por si no les gusta la imagen que les devuelven. Parten de la imposibilidad metafísica de que en su mente o en su parroquia pudiera cobijarse el mal, el error o el abuso. Para ellos, si son de izquierdas, se puede cruzar la calle con seguridad mirando sólo hacia la diestra, ningún peligro puede aparecer por la siniestra. Y viceversa. Y los extremistas de ambos bandos mueren atropellados por la realidad, al menos argumentalmente, y tanto su credibilidad como su ética quedan aplastadas, sólo reconocidas dentro de sus parroquias de lisiados morales.

Uno lee estos artículos sobre la persecución de libros por parte de la extrema derecha en USA. Y se indigna, claro, pues lo que cuentan es indignante, peligroso y cierto. Los que, sin más reflexión ni duda, se quedan ahí, reconfortados al comprobar que están en el lado bueno, son los que acusarán de equidistantes a los que, dando ese paso más que ellos se prohíben, reflexionemos y dudemos, sospechando que por el otro extremo pudieran amenazarnos peligros semejantes. Hacerlo te convierte en su enemigo, aunque se contengan y sólo te tilden de equidistante. Así arguyen muchos de los que ni eso están dispuestos a ser, limitándose a ser simplemente sectarios. En sus variedades, no excluyentes, de tuertos, hemiópticos, escleróticos faciales, banderizos, parciales o tramposos. De la peor y más absurda de las trampas, que es la que uno se hace al solitario. Sin la figura del abogado del diablo la nómina de canonizados sería innumerable. Por eso en algunas parroquias laicas abundan tanto los santos que no lo fueron, adorados por feligresías que tampoco lo son, y en esas capillas minoritarias y estancas se siguen venerando muchos 
ángeles caídos, súcubos y demonuelos.

Leí un libro muy revelador acerca del largo y casi amigable descenso de Turquía de la mano de Erdogán a los abismos del totalitarismo: «Cómo perder un país», de Ece Temelkuran. Y se ponen los pelos de punta al reconocer lemas, hechos, mantras, estrategias y procesos que resultan familiares y cercanos, para, aprovechando sus libertades, sus fisuras y sus debilidades, ir haciendo degenerar una democracia, tal vez imperfecta,  hasta convertirla en una perfecta dictadura. Cuenta la deriva totalitaria de Erdogán, su paulatino y plebiscitario acaparamiento de todos los poderes, contrapoderes y controles, puestos en entredicho hasta su descrédito, antesala de su supresión, para convertirse en un sátrapa de la misma ralea que Putin, Trump, Maduro, Ortega, la dinastía castrista, el líder surcoreano que no me merece el esfuerzo de buscar su nombre, o el dictador que reina en China. El proceso de Erdogán, como otros, es básicamente hacer que el pueblo se comporte como las langostas, confiadas y hasta contentas cuando el agua se va poniendo tibia, hasta el punto de no retorno de la ebullición que las cuece. Demasiado familiares me resultan ciertos reproches, descalificaciones y aspavientos hacia instituciones clave. Como la continuada erosión de su independencia, el afán de controlarlo todo, incluyendo los contrapoderes que están precisamente para controlarlos a ellos. La ley y la justicia son nuestra línea Maginot, la última defensa. Desconfiemos de quienes las cuestionan, desacreditan e intentan escriturar a su nombre. 

Me importan poco los libros de cabecera de los autócratas in péctore, si resultan ser mamoncillos ideológicos de Mao, de Stalin, de Hitler o de Mussolini. Hablamos de dictadores totalitarios y señalar paridad entre ellos no creo que resulte ser un equivocado y estéril ejercicio de equidistancia, sino rendirse a las evidencias que nos obligan a permanecer alertas. No hacerlo, tratar de dar con tranquilizadoras diferencias que hagan mejores a unos que a otros es el rasgo que iguala a quienes de entre esos criminales defienden a unos sí y a otros no. Se encontrarían a gusto en cualquiera de esos paraísos de los amantes del pensamiento único, de la organización férrea que esclaviza y supedita una sociedad a una ideología, para mí igualmente perversas e indeseables, pero que ellos consiguen diferenciar hasta el punto de encontrar defendibles las de su gusto. Lo que me espanta de muchos cazadores de equidistantes, así, a bulto, a los que no siempre llaman fachas aunque piensen que lo son todos los que piensan distinto, es que, en el fondo y a veces también en la superficie, no conciben ni admiten la discrepancia. Si pueden, tratan de imponer sus visiones y de censurar o prohibir las ajenas. Y, como decía Muñoz Seca en «La venganza de don Mendo»:

`[...] «Y me anulo y me atribulo
y mi horror no disimulo,
pues, aunque el nombre te asombre,
quien obra así tiene un nombre,
y ese nombre es el de …chulo.»

   Lamentablemente, tal vez no sean la chulería o la soberbia el único ni el mayor de sus defectos. Y, esa es la diferencia, señores, una diferencia que algunos cazadores de equidistantes y de fascistas, sólo en casa ajena, son incapaces de entender, y menos de ejercer. Gentes como ellos son las que desde dentro hacen posible la pervivencia de esos regímenes abominables y a sus caudillos. Desde fuera los blanquean, los quieren presentar como baluartes y paladines anticapitalistas y antifascistas, como sus opuestos con las dictaduras de derechas, amparables por su anticomunismo, por tanto, regímenes más deseables que las democracias en las que viven, critican y desprecian. Nunca entenderán nada, menos soportarán que les muestran las vergüenzas, que muchas son, aunque no decimos con ello que sean los únicos que tienen que rectificar. No aciertan con la palabra y yerran con el tiro, se equivocan de adversario, si es que tienen otro que no sea la libertad, pues ponen en la diana a los que no somos defensores ni de las dictaduras parafascistas ni de las comunistoides, como tampoco de este capitalismo feroz e inhumano, cuya maldad es tan evidente que se critica solo. Repudiar la dictadura castrista no equivale, como ellos quisieran hacer creer, a dar por buena la de Pinochet, aunque ellos sí lo hagan invirtiendo los términos de esa comparación.  Ocurre que, a nosotros, a los que, con mayor o menor acierto, intentamos pensar, discernir, comparar, a diferencia de los extremistas del pensamiento único, se nos exigen preámbulos, considerandos y explicaciones previas, explícitas renuncias a Satanás, que hagan perdonables nuestras reflexiones. Ellos nacen perdonados y avalados por la Historia. Al menos eso quieren pensar y hacer creer, demostrando que o no la conocen o que les estorba y contradice. Nuestro rechazo visceral a toda dictadura nos hace recelar de ellos, de sus referentes y amigos y de su ideal de sociedad, como nos ocurre con su descalificación de la monarquía parlamentaria, que, sin despertarnos excesivos entusiasmos, no vemos en ellos una alternativa. Escohotado los retrató y definió con acierto en su monumental obra “Los enemigos del comercio”. También son los enemigos del matiz, de la moderación y, a menudo, de la libertad y del pensamiento.