viernes, 9 de octubre de 2020

Breve químico y patriótico

Francis Mojica fue quien descubrió en las salinas de Santa Pola unas tijeras biológicas que escapan a mi comprensión, pero que sirven para editar la película embrollada del genoma. Posiblemente una de las herramientas que ójala pronto acaben con pandemias como la actual, el cáncer y otras miasmas. El Nobel de Química lo han recibido dos meritorias investigadoras que han conseguido afilar las tijeras de Mojica. No es la primera ni la última vez que ocurre algo similar con las autorías. De hecho España premió con el Príncipe de Asturias a esas mismas científicas, olvidando al padre de la criatura, algo que poco le habrá ayudado a ser, al menos, uno de los premiados por la Academia sueca.
En nuestra línea, una línea que hace que entre nosotros todo lo que rodea a la ciencia sea precario, desdeñado, pintoresco, sorprendente. La ciencia en España es la búsqueda solitaria de setas en el puto monte, pues poco se cultiva en los bancales de unos equipos científicos dejados de la mano de Dios y de las administraciones. Nosotros a cultivar turistas en altura, que es lo nuestro, y que inventen ellos, porque cuando, de una forma que entra dentro del terreno de lo milagroso dado el apoyo que reciben, algo inventa alguno de los nuestros, no nos damos ni cuenta. Ni le damos las gracias. La envidia profesional, otra de las virtudes patrias, debe andar por ahí rondando.
No habría que ser chauvinista, pero tampoco llegar al extremo opuesto en el que estamos instalados desde hace siglos. Un ejemplo muy menor fue cuando en un festival de Eurovisión, votando los últimos, dimos nuestros votos a Israel, que nos privaron del premio. Seguramente hicimos bien, unos Quijotes.
Se acerca el 12 de octubre, fiesta nacional de "Este País". Leeremos versiones igualmente penosas y desenfocadas de este peculiar relato de nuestra Historia que nada valora la épica propia, algo real, antes la desacredita, mientras babea ante los cuentos ajenos. Incluso dejamos que otros nos cuenten nuestro pasado, pues para ser un "hispanista" reconocido, la primera condición es la de haber nacido lejos del objeto de estudio. Los estepaiseños prefieren ensalzar antes a Buffalo Bill que a Elcano, al general Custer antes que a Colón o al Gran Capitán, al 7ª de Caballería frente a los Tercios. Olvidan a Leopoldo II de Bélgica y sus crímenes en su Congo (los pocos que los conocen) y nos recrearemos en los errores (si los hubo) de los Reyes Católicos para celebrar la fiesta de esta cosa en la que algunos son capaces de ver muchas naciones, menos la única que hay. Para llorar.
Desde aquí mi reconocimiento agradecido al doctor Mojica. De paso, dense por contestados de antemano todos los mandrias que el 12 de octubre no encuentran nada que celebrar y, lo que es más grave, les molesta que lo celebremos los que sí.

lunes, 5 de octubre de 2020

Epístola musical


 

A veces, para evitar fumarme otro cigarrillo, me echo un chicle a la boca. De hierbabuena o de sandía, según me da. Como suelo tener casi siempre música puesta, de que me doy cuenta me veo mascando al ritmo de lo que suena, dando dentelladas al compás que me marca la pieza. Si estoy escuchando una balada de Diana Krall o de Abbey Lincoln, algo que recomiendo hacer, la cosa va bien, pero cuando la batuta que maneja mis mandíbulas es un guitarrista de manouche es mejor tirar prudentemente el chicle a la papelera. Más de una vez me he mordido, movido por los vértigos de esos sones, la parte interna del carrillo, la de atrás de la lengua y el paladar porque no llego. Una cosa horrible.
Parece ser que incluso el ritmo cardíaco intenta acompasarse con la cadencia de lo que oímos. Si es así, el primer movimiento, allegro moderato, del concierto de Brandenburgo nº1 de Bach en fa mayor, BWV 1046, en realidad todo Bach, podría poner orden y curar las arritmias. Cuando me duelen mucho las piernas y los lomos recurro a ver el vídeo de la Vieja Trova Santiaguera interpretando "El paralítico". Infalible. Mejor que un nolotil.
Puede ser, aunque no se ponen de acuerdo los científicos al respecto, que la música escuchada también influya en el cariz de lo que vamos pensando. Si estás oyendo "I’m in the mood for love", sin duda no es igual que si lo que suena es "Va pensiero", el coro de los esclavos del Nabucco de Verdi, origen de no pocos lloros y ansias de independencia de algunos pueblos que se sienten oprimidos hasta la esclavitud, como ocurre en el Ampurdán. La música de fondo condiciona el estado de ánimo y moldea la acción del momento. Ya decían que escuchando a Wagner dan ganas de invadir Polonia, de igual forma que sabemos que los salmos, los himnos, la música de cornetas y tambores o una saeta desde un balcón, por poner unos ejemplos, nos ponen el cuerpo y la mente en distinta disposición, además de hacer a los oyentes sentirse parte de algo. Una marcha militar convierte a cientos o miles de soldados en una máquina, en un organismo infinitípedo, unánime y avasallador. En las ollas de cerámica ibérica ya podemos ver a un círculo de guerreros bailando una sardana al son de flautas dobles y panderos. También desfilando hacia la guerra precedidos por los músicos como los escoceses seguían a la gaita hacia la perdición, pero contentos.
Ayer por la mañana James Rhodes, aún en pijama y con su Steinway & sons Grand Piano, me amenizaba la mañana con Tchaikosvki. Bien, te pone en guardia, te despierta, pero diferente que si se hubiera arrancado por Debussy, lo que me hubiera impulsado a ir balanceándome a regar las orquídeas. Los directores de cine lo saben y en muchas ocasiones es la música quien crea el clima que las imágenes o las palabras por sí mismas no conseguirían transmitir. Casi todas las películas de miedo, si les quitas el sonido, se convertirían en comedias y nos reiríamos con ellas. A veces también ocurre con el sonido puesto. Efectivamente, si no existe esa correspondencia entre acción y música de fondo se puede llegar a lo cómico, cosa que ocurre en algunos discursos y declaraciones en las que se imposta un tonillo épico y una escenografía solemnes para declamar algo insustancial y de baratillo. Causa la misma impresión que las olas del mar sugeridas en el teatro por dos enormes sierras de cartón que oscilan en sentidos opuestos. Tomas nota, pero sabes que no te van a salpicar las aguas. Puigdemont y su tropa, entre sus muchas carencias, tienen la de no contar con un Elgar que les hubiera compuesto una Marcha de Pompa y Circunstancia. A veces pienso que la monarquía británica debe su permanencia a esta marcha y a God save the Queen o the King, (que no shave), según toque. Poco importa que Hændel hubiera robado la música y traducido el título del "Dieu sauve le Roi", compuesto por Jean Baptiste Lully para celebrar el éxito de una operación de fístula a Louis XVI.

    El LSD, según cuentan, permite escuchar sonidos cuadrados, o verdes, mezclando percepciones de sentidos distintos, lo que llamamos sinestesia. Tendría esto algo que ver con la forma en que la música ambiental nos condiciona para la acción que emprendemos, aunque pudiera parecer que nada tiene que ver una cosa con la otra, lo que oímos con lo que, con su escucha, nos pide el cuerpo leer, comer o visitar. Después, y menos durante la audición del aria "Ombra mai fu" del Xerxes de Haendel no hay quien se coma unos garbanzos con oreja. Cabello de ángel todo lo más. Muchos contribuyentes deben su venida al mundo a un bolero y muchas desgracias han ocurrido por los encorajinamientos inducidos por alguna copla excesivamente racial. Si elegimos un libro de la biblioteca, no elegiremos el mismo volumen si estamos escuchando a Liszt o reggaetón, aunque en el último caso no es previsible ver al semoviente en la tesitura de tener que elegir ningún libro de su biblioteca.
    La música envejece, como todo arte, como todo lo vivo. Como los vinos buenos, puede ganar con el tiempo. Hasta algunas cosas muertas envejecen, se desgastan, desgracia sobre desgracia, como las piedras. Pero sólo somos conscientes de ello cuando la piedra había sido labrada por manos humanas, que las otras hay quien piensa que Dios las hizo así y así siguen. Por una falsa concepción del progreso muchos tienden a pensar que todo se desarrolla, avanza, mejora. La experiencia nos debería enseñar que más cierto es que lo vivo se debilita con los años, degenera, muere. El olvido hace el resto, y resucita o certifica la defunción. No intento sugerir que la música actual o cualquier otro arte del momento sean despreciables comparados con lo anterior, pues mucha buena música, libros y otras obras se hacen hoy en día. Salvo los contados genios que en cada época descuellan, nada nos hace suponer que hoy no se interprete la música igual, incluso mejor, que nunca antes se había hecho; no es de razón pensar que hoy se escriba, esculpa o represente irremediablemente peor que en ese casi eterno "antes" se hacía. Por otra parte, siempre los más vetustos han hecho valoraciones semejantes pensando que cualquier tiempo pasado fue mejor, algo cierto para cada individuo, una vez llegado a carcamal, si se refiere a su fortaleza y salud, pero falso cuando intentamos extender la nostalgia más allá de lo inevitable. No es justo confrontar en ningún terreno las obras del momento contra toda la producción anterior de la humanidad, durante siglos, milenios a veces. Sólo con la ciencia sucede, pues acumula todo conocimiento anterior y sobre él edifica. El arte no funciona así, especialmente porque, siendo incapaces de añadir un peldaño más a una escalera ascendente en el que el último escalón ya supone una excelencia alcanzable por muy pocos, hay quien intenta iniciar otra escalera nueva, renuncia a la herencia anterior, que se desprecia, podríamos decir que se olvida, si no fuera porque los promotores de algunas nuevas vanguardias no siempre estaban ni están en situación de olvidar lo que no han llegado a conocer.
Con el arte ocurre que lo antiguo era joven, mientras que lo nuevo es viejo, lo que nos confunde. Conforme nos vamos remontando hacia los siglos pasados nos encontramos con que las artes tienen menos antigüedad, menos tradición, menos escombros. Nuestros ojos añaden capas de barniz que oscurecen lo antiguo, como ocurre con los lienzos, que pocas veces podemos ver frescos, relucientes, sin veladuras, como los vieron sus coetáneos. Los bisontes de Altamira o los caballos de Lascaux no son, si vemos el asunto como realmente es, un arte antiguo sino naciente, en su infancia, producto de la juventud de la humanidad. Y desde luego hablar de mejor o peor sacaría los colores a gran parte de los artistas actuales. Un arte que conocimos ya perfecto, no una probatura. Cambiaría todo lo que he pintado por haber sido capaz de dibujar un bisonte, un ciervo o un arquero de esos que perviven en cuevas y abrigos, algo que ya alcanzó la perfección hace miles de años, insuperado, insuperable, asombroso.
Si admitimos que todo lo que escuchamos, leemos o contemplamos nos condiciona para bien o para mal, nos eleva o nos hunde en la miseria estética y desde allí se desparrama al resto de nuestra conciencia y nuestros actos, sólo cabe llegar a la conclusión de que hay que poner mejor música de fondo a nuestras vidas, rodearnos de cosas hermosas, ya que es decisiva la educación artística de las gentes. No es cosa baladí ampliar la calidad y cantidad de cualquier forma de arte en el ambiente, facilitar y promover el acceso a la cultura sea de forma pública o privada, literaria, musical, escénica o expositora. Hablar de gran cultura es sin duda pecar de elitista pero, al contrario que en otros campos, en el arte no siempre lo bueno, lo mejor, tiene por que ser más caro que lo infame, a veces es al revés. No es necesario tener un Rembrandt en la pared, ni un piano de cola en casa, pero un disco de Reggaetón vale igual, incluso más que uno de Mozart, Bach o Bill Evans. Es cuestión de esfuerzo, de aprendizaje, de ofrecerle a lo más grande que es capaz de hacer nuestra especie un tiempo y un esfuerzo similares a los que estamos dispuestos a dedicar al manual de instrucciones del mando a distancia.
    Resumiendo, lo conveniente sería hacer justo lo contrario de lo que se hace, y caigo en el excesivo optimismo de pensar que se hace algo. Habrá que empezar por pagar el rescate del ministro del ramo.

  Vale.


sábado, 3 de octubre de 2020

Epistolilla de los cronicones

 

A veces se ve uno en Facebook, un antro de perdición, debatiendo sobre Historia, sobre hechos más o menos lejanos, sobre su sentido, posibles causas y consecuencias o acerca del papel de sus principales protagonistas. Hace falta ser iluso, harto de leer por esos andurriales la caricatura con que se simplifican y se deforman hechos actuales, episodios que uno ha visto con estos ojitos y declaraciones que ha escuchado con esos cartílagos que llevamos adosados a ambos lados de la jeta. Con dos palabras despachan hechos y situaciones complejas y quedan la moral y la conciencia a gusto. En el caso de tenerlas.
A veces, por hacerles el favor de que no lleguen a pensar que todo el mundo mundial piensa como ellos y sus parroquias, lo que les evitaría en ocasiones hacer el ridículo fuera de su feligresía unánime, uno pica y entra en debate. Llega así a la conclusión de que bien está como ejercicio mental, pero que nada se gana peloteando argumentalmente contra una muralla antañona y sin poternas. Las ruinas se acaban cayendo solas, para qué perder el tiempo. Caen por las granizadas de la realidad, por los vientos de la razón y por el propio peso de tanto pedrusco con tan escasa cimentación. Mejor confrontar lo que uno piensa, que no tiene por qué ser acertado, con buenos libros, que los hay, casi siempre los que los aludidos evitan leer. Y así les va.
Igual intentan, también con escaso éxito, sembrar las semillas de su verborrea deformante sobre los bancales de acontecimientos algo más lejanos, pero también vividos, disfrutados o sufridos por nuestra sociedad, interpretados y asimilados en su momento, y soportamos hoy que te cuenten algunos orates qué es lo que pasó cuando tenías veinte años. Habría que salir al quite pues la cosa es grave, convendría impedir que los más jóvenes acaben quedándose con la versión alucinada de un fanático. A veces esas continuas enmiendas a la totalidad son simplemente cara dura, que no hay que considerar incompatible con el fanatismo, muy al contrario, o es falta de cuajo mental, que todas esas virtudes y otras peores se pueden atesorar a la vez. No quiero poner ejemplos por no ofender y mucho menos iniciar debates estériles, pues es como intentar razonar con un monofisista, un arriano, o con cualquier otro tipo de creyente. El dogma propio de la rendida militancia ideológica es filtro engañador, anestesia para la autocrítica y parapeto frente a la razón y a la verdad. La parroquia está para apuntalar los desatinos con sus megustas, traducción actual de la palabra amén.
¿A quién le va a dar usted la razón, a mí o a sus propios ojos? que decía Marx (Groucho). Con estos mimbres, esos predicadores que nos quieren contar el presente, decirnos que no vimos ni vemos lo que nuestros ojos nos han ido contando, ni escuchamos lo que escuchamos, esos mismos u otros con igual fuste son los que nos quieren relatar nuestra propia historia, reescribirla, imponerla. Surrealista, aunque afortunadamente sea un esfuerzo inútil. La Historia, por ahora, no se lee en el BOE, aunque llegaran al desatino y al abuso de escribir allí algunos capítulos bien seleccionados.
A veces nos engañamos a nosotros mismos, endulzamos nuestros recuerdos, difuminamos episodios poco afortunados y resaltamos los que nos parecen más edificantes. La memoria es muy elástica; no nos podemos fiar ni de la propia. Como para dar por buena la ajena, encima de quienes ni hoy ante testigos vivos intentan someterse a los hechos reales y a la verdad.
Que sepáis que no lleváis razón, bandarras.

jueves, 24 de septiembre de 2020

Epístola puñetera

 

Una ley nunca se debe modificar bajo presión. Y menos con dedicatoria. En momentos trágicos, ante casos que han enfurecido a la población por su especial inhumanidad, asesinatos de criaturas, violaciones que terminan en muerte por ocultar el cuerpo ultrajado por el delito, atentados terroristas, se nos ha aleccionado acerca de lo peligroso de legislar en caliente, pues la acción legislativa debe ser producto elaborado tras una reflexión serena y técnica, con sosiego y con una mirada amplia, nunca condicionada por intereses o acaloramientos fugaces que nos nublan la vista.

Como tantas otras cosas, era literatura. Hay quienes encontrando algo que decir creen contar con un argumento válido. Por supuesto, siempre darán con alguien que pierda su anterior prestigio para darles la razón. Al menos podremos contar con el juez Vidal y otros similares para vestir con ropajes jurídicos cualquier despropósito. Así ya tendremos el recurso a eso de hay juristas prestigiosos que dicen que… y aquí vendría lo que ni la ley ni el sentido común dan por bueno. Por eso, cuando hablamos de renovación de la cúpula del poder judicial o del Constitucional, nos espanta pensar que los partidos sigan colocando allí sus peones para que, agradecidos a quien los nombró, estén más dispuestos a ratificar sus decisiones más sectarias. Al menos, evitemos el ridículo de discutir sobre un tema que ya viene torcido desde hace tiempo, haciendo como que creemos que se habla de buena fe sobre su independencia, algo que nadie desea ni procura.

Se nos dice, incluso por personas que me merecen gran respeto, como Gabilondo y algún amigo, que otorgar indultos es potestad del gobierno, que si se solicitan hay que tramitarlos, que es algo previsto por la ley. Llevan toda la razón, pero contra el vicio de pedir está la virtud de no dar, cuando se pide algo excesivo o poco razonable. Otros, que también creemos ser merecedores de igual respeto, pensamos como el refrán. También se nos cuenta que a los cargos públicos juzgados por sus delitos perpetrados abusando de sus cargos institucionales en Cataluña, de sus medios y recursos, se les aplican unas figuras legales poco ajustadas a la realidad actual, obsoletas y sin equivalencia en nuestro entorno europeo.
Rebelión, sedición, palabras y figuras vetustas, anticuadas y de dudosa aplicación hoy en día. No podemos decir que aquella asonada parlamentaria e institucional arropada por tumultos y sabotajes contra media Cataluña, orquestados y posiblemente financiados desde las instituciones de todos, fue una rebelión de libro, porque ni los libros ni las leyes se actualizan al ritmo de la astucia de estos y otros fanáticos. Previamente y no hace demasiado tiempo, tras el desarme legal de la oportunísima eliminación del delito de convocatoria ilegal de referéndum, a la figura de la rebelión se le habían limado las uñas, de forma que sin el recurso a las armas quedaba fuera de lugar. Bien. Pasamos a sedición. Figura antañona, mohosa, predemocrática, se nos dice. El delito de asesinato, y la figura legal que lo castiga aún lo es más. Eliminemos de nuestro ordenamiento un delito que arrastramos desde Caín, una antigualla, que hay que ponerse al día. Eso del aggiornamento es una falacia, no un argumento, cuando se actúa en la dirección de favorecer el delito más que a evitarlo. Alguna más habrá, pues haciendo memoria uno cae en que una ley que sí que es preconstitucional, la ley electoral, es antigualla que nadie tiene intención de reformar, a pesar de que es la que más cambios necesitaría, pues es la que nos lleva al sindiós que ha convertido la gobernanza en un mercado y al parlamento en su mostrador. Las leyes se despachan más que se aprueban tras deliberación, debate y acuerdo de grandes mayorías en el parlamento que simplemente da por bueno lo acordado en otros ámbitos menos iluminados. Más revelador es todavía que en sus reformas al estatuto de su autonomía los separatistas regionales al mando no tengan intención de redactar tras casi cincuenta años una ley electoral propia y se acojan a la nacional, a la que no hacen ascos. Y ellos y todos sabemos porqué.

El caso es que viendo lo obsoleto de tales figuras se anuncia que hay que reformarlas con urgencia. Es decir, con prisas, a empujones. En caliente, ahora sí. De forma que la sedición verá rebajadas sus penas y, de forma tan elegante, los condenados podrán salir a la calle para intentar hacerlo mejor esta vez frente a un Estado aún más inerme que antes. En realidad, la ley reformada podría iniciar su introducción justificatoria como aquellas entradillas de las emisoras antiguas de radio: Y cumpliendo una amable petición de un oyente, ponemos La del Soto del Parral, dedicada a Marcial, su primo hermano por parte de madre. No parece una reforma necesaria a pesar de lo que se nos explica; es un anticipo, otro plazo del pago por unos votos necesarios y un pésimo precedente para el futuro, por si hubiera que retocarle a otras leyes las costuras para que el traje quede a medida. Llevamos años amortizando esa hipoteca y no sabemos qué es lo que se están comprando con lo que no es suyo. Lo de impedir al rey asistir en Cataluña al nombramiento de puestos judiciales es otro pago a cuenta, tan infame como los plazos anteriores y los que quedan pendientes. Eliminar de forma insidiosa el delito de convocatoria ilegal de referéndum, algo que no ingenuamente abonó Zapatero a estos mercaderes insaciables, les aplacó poco. Más bien les abrió vías que Rajoy, en su inacción habitual, no cerró. Luego Sánchez anunció que lo volvería a poner en vigor, algo que tampoco cumplirá, siguiendo su costumbre. Cabe la posibilidad de que, mareado por los giros pues nos cuesta creer que él crea en algo, al final acabe sirviendo a su palabra, a alguna de ellas, antes o después, de una forma o de otra, pues lo ha prometido todo, esto, aquello y lo contrario, según las circunstancias, las compañías y sus necesidades. Cuando no sopla el viento hasta la veleta tiene carácter.

El caso es que no es de recibo que se nos vayan presentando reformas legales como mejoras de nuestro ordenamiento jurídico, algo que se debería hacer para reforzar la justicia y el Estado, para anticiparse a los delitos con el fin de evitarlos. Lo cierto es que arrancarle los colmillos a las leyes para que no arañen a los socios cortejados no las mejoran, al contrario, las debilitan, y con ellas al Estado, a la democracia. No se avanza en la protección contra posibles delitos, más bien se retrocede para propiciarlos, y da miedo pensar que eso sea lo que se pretende.

Vemos que con gran farfolla argumental y con el apoyo anticipado e incondicional de la parroquia, sea lo que sea lo que haya de venir, pues ni ellos lo saben, se nos intenta convencer de que las figuras legales aplicadas son inadecuadas, obsoletas, pero sin decirnos cuáles otras habría que aplicar, si es que hay alguna que venga al caso y, sobre todo, por qué, para qué y en qué sentido habría que modificarlas. Nos distraen sobre los supuestos errores del Estado, al que se le pide pulcritud en sus actuaciones, como no podría ser de otra forma. A la parte juzgada, la que incumple sistemáticamente todas las leyes, incluso las que ellos han aprobado, se la presenta como la parte maltratada, víctima de leyes en exceso severas aplicadas de forma cicatera. Si al juicio del procés se le llama pantomima, ¿qué calificativos les merecen los plenos del Parlament y la astracanada que le siguió? Pelillos a la mar, hay que limar asperezas, crear climas, propiciar el diálogo. No, señores. No es el Estado quien debe sacar la bandera blanca. La romana se la vuelven a dejar en casa tales argumentadores y nos engañan en la pesada. En realidad, lo que se propone es la impunidad, la invitación a reincidir con más éxito frente a un Estado desarmado de forma concienzuda, irresponsable y suicida.

Corregir una sentencia del Supremo, retransmitida urbi et orbe, torcerle el brazo vía indulto liquidando otro plazo del pago de los apoyos, mostraría de qué hablan algunos cuando se les llena la boca de independencia y respeto al poder judicial. No creo que lo concedan. Al menos no a todos. O sí. Además, es asunto que se resolverá en marzo, aprobados los presupuestos y tras las elecciones catalanas. Como para entonces, si seguimos vivos, muchas cosas habrán cambiado en el actual escenario, (dicho sea en su sentido más literal), tal vez incluso la coalición de gobierno, nos movemos hoy en el movedizo terreno de las promesas, los gestos y las declaraciones. Si habláramos del apretón de manos con que el tratante de ganado sella un acuerdo, tal vez deberíamos preocuparnos más. Pero estos señores no son tan serios.

lunes, 21 de septiembre de 2020

Epístola discográfica

 

    Tengo muchos discos que compré por una sola canción. Sólo los grandes genios, escasos y de imaginación inagotable, se pueden permitir el lujo de sacar al mercado una grabación en la que todas las canciones sean buenas. De aquellos otros discos pequeños, de siete pulgadas, que había que poner a girar a 45 revoluciones por minuto, en gran parte de las ocasiones la cara B podría haberse dejado en blanco, lo que habría evitado gastos a la editora y vergüenzas a sus intérpretes, pues pocos temas publicados en ese lado merecía la pena que vieran la luz. Pero ahí estaban. De hecho, para efectos contables, eran canciones que se vendían en igual cantidad que el tema de la cara A, el que justificaba la compra. Era algo sabido y asumido: si querías tener una canción que apreciabas, tenías que cargar con el engendro que venía por detrás. Lo bueno es que no era necesario escucharlo nunca.

    En los programas de los partidos políticos ocurre otro tanto, aunque una vez elegidos te condenas a escuchar todos sus temas, incluso algunos que no venían en la portada. Todos menos el que te llevó a comprarles el disco y el discurso, que es la política un ámbito raro en el que escasea más el singular que el plural, pues de palabra no andan sobrados. Ya dijo Lincoln que un dilema era un político intentando salvar sus dos caras a la vez. Y no estar loco. Lo que no recuerdo es quién dijo que todos sabían en el gremio lo que habría que hacer, pero también que haciéndolo no se ganan las siguientes elecciones, único horizonte de los nefastos políticos que desde hace  ya demasiado tiempo tenemos  la desgracia de padecer. Viendo el percal, nos los merecemos. En el long play que ofrecen al mercado como programa, saben que tendría que haber, como poco, alguna canción buena, al menos que lo parezca. A ser posible pegadiza, bailable, que se pueda tararear y dar palmas. Escuchando los temas musicales que llegan a hacerse populares, un espanto salvo raras excepciones, vemos que no triunfan composiciones que requieran muchos conocimientos musicales, temas de difícil digestión, de esos que exigen una audición atenta a los matices, las armonías y el desarrollo de su melodía. Por el contrario, mal futuro tiene en el mercado una melodía que no se pueda silbar, y al final lo que a la fuerza nos llega y nos ofende a toda potencia desde la ventanilla del buga que pasa por la calle es una frase musical breve y ramplona, repetida machaconamente y acompañada por algo similar al tam-tam de una tribu de caníbales. Si cambiamos melodías por ideas políticas, ya tenemos la base de un programa con posibilidades de triunfar. Sencillo, directo, breve, mensajes asequibles sin muchas elaboraciones, pues se despachan más para ser repetidos como lemas que analizados como propuestas. La publicidad y el club de fans se encargan del resto.

    Todo programa político de entre los que se nos da a elegir como menú cerrado, o carne o pescado, tiene una cara A, un tema de posible éxito, y muchas caras B. Ya en Mary Poppins se nos cantaba que con una cucharada de azúcar la medicina atraviesa mejor el galillo, the medicine goes down. Habían ya inventado lo que llaman leyes ómnibus, en las que en una disposición transitoria o en un apartado agazapado al final del texto legal se nos endosa un apaño que poco tiene que ver con el enunciado e intención de la ley, en tales casos tramitada con urgencia, algo que en otros terrenos se conoce como metértela doblada. Los programas, todos, ya lo habíamos dicho, aunque defendidos con teatralidad y pompa, suelen consistir en una relación de brindis al sol, poco detallados y que a poco comprometen, varios temas de postín ideológico, carnaza para la parroquia, que de paso encorajine a la contraria, llevando el debate a temas a veces no sólo laterales, inoportunos o inconvenientes, sino surrealistas, distópicos y peligrosos. Nunca entran en la almendra de los temas, a veces ni en la cáscara de los vitales.

    Cuando con esos mimbres se intenta un mínimo debate, uno siempre se encuentra frente a esa cara A, ese tema apañado que se esgrime como escudo moral. La cucharada de azúcar que desarme al crítico y lo muestre en pelotas éticas. Ya están aquí los que se oponen a cosa tan noble y beneficiosa, dirán. De forma que el personal se la envaina y compra todo el disco, que incluye 11 canciones programáticas que van desde la inconveniencia al disparate. El sistema se replica como un fractal en cada una de las medidas estelares del programa. Contando con que no hay ninguna persona decente que se oponga a ayudar a sus familiares a dar una sepultura digna a quienes aún yacen en las cunetas, te endosan en el lote una novela histórica de encargo. Y la Historia puede ser muchas cosas, pero nunca un encargo al gusto del mecenas. Va todo en el menú. O lo tomas o lo dejas, no se te ocurra pedir que te cambien la pizza de piña o el revuelto de alacranes sobre lecho de brotes de bambú caramelizados por cosa más apetitosa, al menos digerible.

    Ni siquiera se permite, en aras de la corrección, opinar sobre la guarnición de cada uno de los platos del menú. El solo hecho de poner encima de la mesa el tema ya te retrata. Otro de la cáscara amarga. Asunto cerrado, todo es asunto cerrado, todos mis asuntos son cerrados y tú métete en los tuyos. Así llegamos al problema de que haya partidos, personajes y bandarras que se han apropiado de una causa, de un tema o de una bandera, al menos ellos lo intentan y los demás les dejamos que vayan escriturando. Hemos escuchado y leído que sobre un asunto nada tienen que decir ni aportar tales o cuales millones de ciudadanos. Incluso escuchamos a ciertos propietarios ideológicos preguntarse qué coño pintan esos en esta manifestación de nuestro tema. A partir de ese comportamiento fanático de autocomplaciente y falsa superioridad moral, muchos llegan a la conclusión de que llevan razón, de que presentado así el disco, con tanta farfolla de relleno ideológico, el tema les es ajeno, pues abundan los que ya dudan, incluso rechazan, cualquier tema sobre el que de antemano se haya descartado la posibilidad de discrepar, opinar y matizar.

    De esa forma, problemas que son de todos, o que deberían serlo, pasan a ser asuntos de bando. Mala cosa. El personal pensante, escaso y perplejo, ve esta partida de tenis con el cuello condolido, anestesiado el pensar por falta de riego ante tanto trasiego cervical: Para ti los okupas, para mí la memoria. Me pido el feminismo y la renta básica y te lo cambio por la bandera y la seguridad. Para mí los judíos y para vosotros los árabes. Oye, que los árabes andan flojos en eso del respeto a las minorías, a las mujeres y a la cosa del votar. Tú te callas, facha. Bueno, pues me callo, pero vuestro alineamiento más se parece al de Franco, que por él fuimos el último país occidental en reconocer al estado de Israel. Eran otras circunstancias y otros motivos, cosas del pasado. Ah, bueno, bendito pasado que igual vale para un roto que para un descosido, perdone usted. Oiga usted, buen hombre, ¿me puedo acordar de unos años antes del 36? Y unos cojones, que ahora estamos en lo que estamos. ¿Y si desenterramos a Franco y lo volvemos a enterrar, esta vez peor, antes de las elecciones? Krushev, por equilibrar las citas, decía que todos los políticos son iguales, prometen edificar un puente incluso donde no hay río. No dijo si era por distraer al personal o por la comisión, cosas no excluyentes entre sí. Ni entre mi bemol.

    En ese long play que nos venden hay mucho refrito, mucho revival. Andan los cimborrios hueros de inventiva y se recurre a reeditar antiguos éxitos. Algunos programas políticos son básicamente eso, The Greatest hits del 78, del 36 o de 1492, con las coplas antañonas y castizas o los romances a gusto del intérprete o del productor. Luego está la compaña. Es importante rodearse de buenos músicos, tanto más cuanto menos enjundia y tronío atesora el figura que pone su jeta en la portada. A veces son ellos, anónimos instrumentistas de estudio,  los músicos funcionarios que salvan el producto, que por eso seguimos vivos. Incluso se han dado casos en que en el estudio de grabación no había nadie más, que el artista era casi imaginario, como la chupa del dómine Cabra, que unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca precía negra, y desde lejos entre azul. Cuando los músicos son malos, no salva la cosa ni Santa Cecilia. Ni santa Tecla si santa Blao, patrona del flamenco. No hay milagros, ni aunque encuentren las castañuelas incorruptas de la cupletista de referencia para la peña. El único y verdadero milagro, viendo la inanidad y grisura de la dirigencia actual y las pasadas, desde hace muchos años a veces rozando o alcanzando lo criminal, insisto, lo milagroso es que siga saliendo agua por los grifos, se enciendan las farolas, se recojan las basuras y se cobren las pensiones. Toco madera.

    Sobre la compaña, habría que añadir para terminar, que muchas veces han sido las malas compañías quienes han manchado carreras y arruinado futuros. Les han llevado a la droga, a la alucinación y al desastre. Le pasó a casi todas las estrellas del jazz y del pop, desde Billy Hollyday a Joe Pass; de Janis Joplin a Jim Morrison. Esto se lo deberían hacer ver. A algunos, unos sentimentales, nos desanima mucho a la hora de elegir a quién votar el ver a un político en edad de merecer dando abrazos entre sonrisas a un reputado asesino o secuestrador en una herriko taberna de uno de esos pueblos podridos por los silencios cómplices, o invitar a dar charlas en la uni a un primate que dejó tetrapléjico a un policía y que, viendo cuán barato le salió y cuántos defensores le salieron, mala gente como él, asesinó a un señor que llevaba unos tirantes con la bandera de España, un facha. O ver torturar leyes en potro parlamentario para que la sedición ya cometida sea cosa menor y puedan salir a la calle entre vítores los golpistas posmodernos catalanes a terminar el trabajo, cosa que anuncian sin muestras de arrepentimiento. Hay precios muy altos que nunca se deberían pagar a cambio de unos sillones azules, compañías que descalifican y voces que desafinan en el amasijo coral que nos gobierna. A pesar de que algunos corifeos tengan una partitura con todos los compases llenos de silencios, cosa de agradecer pues, al menos, no añaden confusión. Hay discos que resulta difícil comprar, a pesar de llevar algún tema aceptable. No sé si están a tiempo de mejorarlo y no deberían ampararse en el hecho de que en las tiendas no se encuentre mucho que merezca la pena escuchar. No se debe tirar demasiado de las cuerdas, que los guitarristas sabemos que acaban rompiéndose, oxidadas por tocarlas demás, o quebradizas por no tocarlas nunca.

Vale.

domingo, 30 de agosto de 2020

Epístola presupuestaria


 La democracia, cuando nos movemos entre extremos, acaba consistiendo en que los ciudadanos eligen el tipo de equivocación que prefieren. Nombramos a alguien básicamente para que se equivoque en nuestro nombre, lo que nos hace despreciables, acertemos o votemos al equivocador inadecuado. Al menos esto último  piensan las distintas feligresías respecto a los votantes de las otras parroquias. Los pactos son mal vistos entre nosotros tal vez porque, con esas premisas, las coaliciones o los acuerdos vendrían a resultar una suma de equivocaciones. Cuando tras votar se hacen las cuentas y se ven las posibles concertaciones, en España siempre se da por descartado, por inverosímil, aquello que aglutinaría a una gran mayoría de los votantes. Nuestro carácter y nuestra historia no consideran posible ni ven legítima una alianza entre los dos partidos más votados, cosa que sí ocurre en otros países cuando la situación es grave. No se entendería entre muchos de nosotros ese tipo de acuerdo, pues la eterna campaña electoral en que vivimos y la misma forma de oposición que alternativamente han ejercido los dos grandes partidos a través de las décadas han sido en exceso agresivas y descalificadoras. Ya se han ocupado ellos, y aún más algunos nuevos partidos desde ambos extremos, en exacerbar los ánimos y en polarizar la sociedad hasta límites peligrosos. Cada partido ha presentado al otro no como una alternativa peor, cosa lógica, sino como un peligro, cosa exagerada. Hay grupos políticos de peso variable que intentan abrirse paso a codazos pintando aún la cosa más negra. Cordones sanitarios, fascismos o comunismos bolivarianos, catacumbres, fines del mundo y otros desastres vienen de la mano, se nos anuncia, de partidos que para ellos simplemente no deberían existir. Son los extremos, radicales de izquierda o de derecha, siempre desprendiendo un tufo totalitario que intentan disipar echándose aguas de colonia en la careta o sobre una piel prestada que sigue oliendo a chotuno. Son buitres políticos, se alimentan de la descomposición.

Pero si de verdad creemos que la democracia es más que una palabra, una capa de barniz (fina y fácil de perder), una estrategia de sometimiento incómodo y a ser posible temporal, que es lo que viene a ser para algunos grupos y personajes, no cabría argumentar ningún reparo democrático a que un acuerdo entre los partidos que aglutinan a las dos grandes mayorías de votantes se considerara mucho mejor que otro pacto que conceda un poder e influencia inmerecidas a grupos menores en cuanto a respaldo electoral. Incluso a grupos muy minoritarios, sobredimensionados por una ley electoral muy mejorable, como es la nuestra, que premia una implantación firme a nivel local o regional, aunque sea irrelevante a nivel nacional. A veces unos puñados de votos que conceden la preponderancia en una provincia o comunidad de escaños muy baratos, han permitido condicionar, por no decir lo que es, chantajear, a los sucesivos gobiernos de la nación. Un gobierno soportado por el 60% de los votantes podría ser cuestionado con otros argumentos, pero no tachándolo de poco democrático, pues no cabe pensar en otro que lo fuera más.

Llegados a ese punto, los lamentos de los grupos minoritarios que con pactos entre las mayorías, o simplemente con su acercamiento a posiciones de otros situados más al centro, verían reducida su influencia y su presencia en las instituciones a su verdadero peso en la sociedad, bastante más escaso del que pretenden y a veces consiguen. No tendrían más argumento al que recurrir que a esa creencia supersticiosa que les nubla la vista y que les lleva a pensar que son los reservorios de la ética, la razón y la justicia. Pensar así es mostrar su desprecio hacia los votantes, hacia la misma democracia, pues no otra cosa es el atribuirse a sí mismos unas credenciales y un peso que no está respaldado en las urnas. Teniendo el 14% de los votos, que aun no siendo pocos, les dejan como cuarta fuerza política, anuncian con deslealtad  y ya desde el gobierno que su presencia es la palanca de todo lo bueno que de él salga,  e intentan que su programa sea el principal condicionante en el núcleo de la acción del consejo de ministros, especialmente a la hora de encontrar soportes y confluencias para elaborar y aprobar unos presupuestos para todos, con lo que muestran que no han entendido nada. Ni quieren entender en qué consiste la democracia. Lo demás son leyendas propias de monedas en las que se afirmaba gobernar por la gracia de Dios. Desde luego la gracia de los votos no les dan para tanto.

El PSOE ganó las elecciones con 6.752.983 votos. El PP obtuvo 5.019.869. 3.640.063 fueron los cosechados por VOX, y 3.097.185 por Podemos-IU. Ciudadanos 1.637.540. Al PNV votaron en las últimas elecciones casi 350.000 personas, uno de sus mayores éxitos electorales, si no el mayor. Supone el 1,57% de los electores. Los de Esquerra el 3,71, y los transformistas onomásticos de Puigdemont y los suyos, el 2,19%. Bildu el 1,15. Saquen las cuentas y vean si la cosa da para seguir gozando durante decenios del poder desmesurado de decidir si soportar o derribar gobiernos, arrancar competencias inconvenientes o blindar privilegios insolidarios, teniendo su voto siempre en venta a un precio que varía según mercado y estación. ¿De dónde sacas, pa’ tanto como destacas?, que decía el cuplé. Algunos líderes son la chica del 17 del parlamento, derrochando un poder más chuleado que ganado. Hemos visto y vemos gobiernos que, más que un socio, parecen tener una querida. O varias, los más libidinosos. La erótica del poder.

Unidas Podemos prefiere que sea Esquerra quien ponga la tercera pata al taburete presupuestario, previo pago en especie, una especie en peligro que otros queremos protegida. Y esos otros, los que no queremos pagar tan elevado precio, vemos más deseable un acuerdo con Ciudadanos, a pesar de que nunca le perdonaremos habernos privado de disfrutar en esta situación crítica de un gobierno con mayoría absoluta, centrado en solucionar problemas, no en buscar hegemonías ideológicas o culturales, inmune a estirazones, compraventas, malas compañías, chantajes y discursos extremos casi alucinatorios, especialmente con la que está cayendo. Las medidas necesarias de protección  social, de reforzamiento de la sanidad y la educación, como otras especialmente imprescindibles hoy, no son defendidas sólo por ellos, ni pueden ser la cucharada de azúcar que endulce y tape el sabor de otros tragos que a la mayoría le resultarían amargos incluso con tal anestesia. Un gobierno que hubiera dejado en su verdadero lugar a personajes y grupos que hoy condicionan nuestro futuro, cuando su peso real está cercano a la irrelevancia. Ellos verán. Los vetos son peligrosos, sobre todo cuando no se está en condiciones de imponerlos. Luego, al no poder evitar lo inevitable, se te queda cara de tonto y, aunque la peña está acostumbrada a tragar cualquier sapo, incluso a simular y predicar que aprecian su sabor y textura, todo tiene un límite. Hacer apuestas que la cartera no respalda te puede sacar de la timba. Y fuera hace mucho frío.

De todas formas, los eclesiásticos van de farol. Ninguno de ellos renunció para ser ministro a su acta de diputado. Sospechan, temen, saben, que una vez aprobados los presupuestos que, como vemos con los de Montoro, pueden durar dos o tres años, dejarán no sólo de ser imprescindibles, sino necesarios, que deseables nunca lo han sido, lo que les bajará mucho los humos. De ahí su desesperada gesticulación jaleada por su claque unánime. Tal vez después de los presupuestos o haya menos gestos levantiscos y chulescos o los echen del gobierno. Las ganas de hacerlo cada vez son más indisimuladas. Cada discrepancia, retransmitida con premura, refuerza al PSOE más centrado y, salvo ante una peña tan incondicional como poco nutrida, desnuda a Podemos ante el resto de la sociedad. Su afinidad con Esquerra, necesaria para que en las inminentes elecciones catalanas no le ocurra a su marca blanca lo mismo que en Galicia o en el País Vasco, les resta carretadas de votos en el resto de España. En todo caso, pues tontos no son y se la ven venir, ya deben de estar escribiendo el nuevo relato, una novela negra tipo Le Carré, con turbias conspiraciones, espías dobles, bajos fondos y traiciones, un relato que, pase lo que pase, para ellos no puede tener un final a su gusto.

jueves, 6 de agosto de 2020

Epístola ajedrecística

    El conocimiento de hechos ciertamente escandalosos, de ser como hasta hoy se nos dan a conocer parcialmente y por canales poco usuales, protagonizados por Juan Carlos I, culminados por un inducido traslado de residencia a un lugar por el momento no revelado, ha sido un tema con fuerza suficiente para superponerse por unos días a la pandemia y a la catástrofe económica derivada que ha apuntillado una situación previa no excesivamente boyante. Ver tiempos, mensajes y esfuerzos intentando aprovechar la situación para dar curso a ansias ideológicas, para mí inoportunas, mostrará en qué estamos. Mejor dicho, en qué están algunos que cobran por estar en otras cosas. Como es natural, aunque es bastante unánime en la sociedad el rechazo a lo poco que se sabe y lo mucho que se supone de algunos comportamientos del rey emérito, no ocurre así con las consecuencias que unos y otros quisieran derivar de ellos. Empezando por la coalición de gobierno, una mayonesa sin cuajar en la que el vinagre se quiere imponer al huevo y al aceite. Antes o después se cortará definitivamente y habrá que empezar de nuevo con la maza a dar vueltas en el mortero gubernamental a una mezcla mejor. Sobra el fanatismo tan oportunista como inoportuno que flota sin integrar en la superficie de la salsa como chorreones de vinagre, imposibles de cuajar en algo digerible y menos que sea gustoso. Maldito sea Rivera.    Saber que defienden posturas no compartidas por gran parte de la sociedad, lleva a los socios minoritarios del gobierno y a sus más desaforados acólitos en las redes sociales a hacer en la partida arriesgados movimientos sin tener en el tablero figuras ni peones que les respalden. Trucos de tahúr, jugadas de farol, apuestas suicidas alentadas por el hecho de que se juegan lo que no es suyo. Nada tienen que perder, salvo la nómina. Es el ahora o nunca; al menos el ahora mejor que nunca.

    Esa palabra “nunca” es muy fuerte, pues asegurar que algo no ocurrirá jamás es mucho decir. Nada dura para siempre, y las monarquías reinantes en varios de los países más prósperos, democráticos y decentes del mundo, entre ellas la nuestra, también saben que no deberían arriesgar demasiado en determinados lances del juego. No deben llegar a pensar que están por encima del bien y del mal, que su reino no es de este mundo y que sus actuaciones privadas deben quedar fuera del escrutinio de la ley. Que Urdangarín esté en la cárcel y que haya causas abiertas por delitos fiscales sobre las cuentas en Suiza del anterior rey, es muestra de que eso no es así. Que Pujol y otros dirigentes regionales no habiten una celda desde hace años ya no sé decir de qué es muestra.

    Los comportamientos individuales, aun siendo reprobables y perseguibles, no sirven para descalificar instituciones. De hacerlo, ninguna deberíamos conservar en nuestro país ni en muchos otros. La Generalitat de Cataluña y los partidos que la desgobiernan serían ejemplo de instituciones que habría que suprimir si fuese por nivel de corrupción, incompetencia y ejercicio desleal y partidario de sus funciones durante demasiado tiempo. Si revisamos los comportamientos de los jefes de estado de los distintos países del mundo actual podemos encontrar casos de corrupción, de regalos de diamantes o villas de recreo, lujosos coches, comisiones por compras y ventas del estado, incluso de apropiamiento por parte de las camarillas gubernamentales de gran parte de los recursos petrolíferos y económicos de algún país. Lo curioso es que todas estas cosas las encontraremos casi siempre en repúblicas o en las monarquías medievales de países del oriente próximo o lejano, pero no en las europeas. Si se trata de repúblicas nunca se apunta como solución acabar con el régimen para instaurar una monarquía. Cuando se enjuició a Sarkozy o a Chirac, por ejemplo, a nadie se le pasó por la cabeza echar mano de los sucesores del descabezado Luis XVI, último monarca de una Francia que se quitó de encima a un rey para acabar soportando un emperador semidivinizado.

    La casa real británica, que por cierto acaba de lanzar al mercado una ginebra con botánicos de los jardines del palacio de Buckingham, una institución secular que tiene propiedades territoriales del tamaño de provincias y que protagoniza escándalos que han llevado a su Graciosa Majestad a ir borrando de la nómina a la parte de la familia que no da la talla que se le exige a la institución, es escasamente cuestionada. Por no decir nada. Todas las monarquías constitucionales son sistemas que se rigen por los valores republicanos de la democracia parlamentaria, donde la cabeza coronada se limita a cortar cintas inaugurales, leer discursos redactados por el gobierno y firmar leyes aprobadas en el Parlamento. A veces conteniendo las lágrimas al firmarlas, pues la reina, que ha enterrado a varios papas, casi una docena de presidentes de USA y ha visto nacer y morir países y dictadores tras arruinar lejanas repúblicas, atesora más conocimiento, prestigio y fuste que la mayoría de los primeros ministros con los que ha tenido que despachar a lo largo de décadas, apenada por la degeneración general que ha llevado a Gran Bretaña y al mundo a pasar de estar gobernados por dirigentes como sir Winston Churchill a padecer a Boris Johnson, bufón más acorde con los tiempos. Cuestionar lo democrático del sistema sería olvidar lo esencial, que es su dependencia de los poderes que sí han sido elegidos, tanto como la capacidad del pueblo para decidir eliminar la monarquía si llegara a considerarlo conveniente, algo que está muy lejos de ocurrir, allí y aquí. Si tenemos una monarquía es porque así lo votamos mayoritariamente en 1978, aunque algunos o no leyeron lo que votaron entonces o ahora se hacen los olvidadizos en un alarde de esclerosis facial. Si alguna vez en el Reino Unido se optara por una república, lo que entraría dentro del terreno de lo milagroso, el Estado seguiría tal cual, algo que es diferente en nuestro caso. Se cuestiona aquí la monarquía como objetivo lateral, pues el botín buscado es eso que llaman con desprecio “el régimen del 78”, es decir, la época más próspera, democrática y decente de nuestra historia, a pesar de no pocas manchas, muchas de ellas provocadas por algunos de los que hoy la atacan. Algo muy apreciado por una gran mayoría de los españoles.

    La función del rey, especialmente en España, es de representación, de símbolo y garante moral de la unidad. Y si tiene tan poco poder, por decir que alguno tiene, es así porque renunció Juan Carlos al inmenso que pudo haber tenido, a mucho más de lo que quienes desearían sustituirlo se muestran dispuestos a renunciar. Puestos a elegir embajador, símbolo y figura, prefiero a un descendiente de Luis XIV o de Carlos III antes que a los candidatos que me vienen a la mente. Además, se le ha formado para ello desde niño, lo que al menos nos evita ser avergonzados por algún candidato en chanclas. Es justo reconocer que el emérito parece ser que no ha estado a la altura exigible en cuanto a escrupulosidad en algunas actuaciones, si así se probara, pero nunca hubiera podido alcanzar las altas cimas del latrocinio con la perfección y la impunidad con que muchos otros dirigentes electos nos han ofendido.

    Algunas ideologías políticas, tan acertadas en sus análisis de las situaciones injustas y necesitadas de mejora como incapaces de solucionarlas, salvo para sí mismos, tienen ese halo romántico que proporciona la utopía, lo que a cambio les acarrea el lastre de un error inicial acerca de lo que cabe esperar del género humano, del buen salvaje de Rousseau. Hablan de que el pueblo es sabio, siempre tiene razón, de nada es responsable y todo lo merece, y claro, con esos mimbres poco cabe esperar al tomar tierra. Son discursos de oposición, no de gobierno, y si gracias a sus engañosos encantos lo alcanzan, queda al desnudo su incompetencia y su desajuste con el mundo real. Lo cierto es que muchos no creen lo que dicen, pues en realidad desprecian al pueblo en cuyo nombre dicen hablar y muchas muestras dan de ese desprecio. Que las urnas les digan otra cosa y sólo una escasa parte del pueblo les apoye es algo que pasan por alto; tras contar los votos que los revelan como cuarto partido siguen presentándose como únicos portavoces de la gente, del débil, del oprimido, aunque no siempre lo sean. En último extremo parecen apelar, como los monárquicos del antiguo régimen, a un poder merecido, otorgado por la gracia de Dios, algo etéreo que no necesita otros respaldos. Tengo la razón, y basta. Si no alcanzan el poder es por turbias maquinaciones de poderes ocultos, arcanos, o de otros como el judicial, bastardos hasta que sean nobles y legítimos, es decir, cuando ellos los nombren por adhesión a sus doctrinas, como no se recatan de avisar.  

   Me refiero, como se ve y claro está, a los extremistas, a los fascistas de izquierdas, pues tanto han estirado de la palabra y del concepto que han llegado a hacer posible que incluyamos en él a muchos de sus comportamientos y protagonistas. En España, como en el resto del mundo, ambos extremos se confunden, aunque apliquen su fanatismo de forma distinta o a distintas cosas. Decir que son especulares puede hacer que parezca equidistancia, intento de blanquear un fanatismo confrontándolo con otro, pero la culpa es suya. Ambos necesitan de ríos revueltos para nacer y más para crecer. La prosperidad y la justicia los deja sin tablero para jugar su partida, incluso sin partida que jugar, pues sólo la desesperación y el desánimo permiten que sus mensajes a medida, sus lamidas de oreja a parroquias equiparables, refractarias a la realidad de las cosas, encuentren calor y calen en los cerebros menos amueblados u ocupados en otras urgencias.

    Los que provocan este escrito aman la inestabilidad, el empezar de nuevo, pues nada hay que conservar, menos que celebrar, ya que nada ven en nuestra historia que haya que enseñar a nuestros hijos, más motivo de vergüenza que de gloria, según tales personajes, algo muy distinto de lo que podemos ver en esos países que dicen admirar, procurando obviar aquellas cosas que en la comparación con seguridad nos favorecen.

    Leo en las redes, justo cuando se hace pública la carta del rey Juan Carlos cómo, por parte de los guardianes de la decencia y la verdad, poniéndose la venda antes de la herida, se nos avisa de que el facherío, la caverna mediática, la extrema derecha, los de siempre, dirán —diremos— esto y aquello, encontrarán excusas y justificaciones para defender a un rey ya condenado por ellos. Las palabras, grabaciones y manejos de Villarejo, ciertas cuando conviene, falsas cuando no, cosa que para ellos también ocurre con la bondad de los fallos judiciales, son ahora tan incuestionables como convenientes. Afortunadamente y para su disgusto vivimos en un estado de derecho en el que la ley es casi igual para todos, algo que digo sin coña pues, igual que los bancos, su redacción tiende a ser en exceso benevolente con dirigentes políticos de variado pelaje ideológico pillados con el carrito de los helados, desmanes jaleados si ajenos y callados si propios. No olvidemos que las rendijas y prescripciones por donde se nos escapan a diario delincuentes de ese y otros gremios o cofradías son obra y producto de la legislación confecccionada por ellos mismos, algo que siempre prometemos arreglar desde la oposición, pero que ya en el gobierno queda ad calendas græcas. Algo así como la supresión de las diputaciones o la reforma del Senado.

     Corrupciones ha habido muchas, algunas multimillonarias, otras pequeñas. No salpican por igual a unos partidos y sindicatos que a otros, algunos no han tenido tiempo, pero el parroquiano que justifica lo poco avisa que soportaría lo mucho, poniendo ramitas en el nido que incubará el huevo de la corrupción de los suyos, que asume de antemano. Quien es tolerante con sus propias irregularidades fiscales o laborales ya apunta maneras. Decir, como se suele, que ya salió lo de siempre, la plantilla de Echenique, que ya están los fachas aquí, y otras excusas de mal pagador, es muestra de lo que digo, todo hecho o argumento es bueno si no se aplica en mi contra. Poca decencia política y nula honradez intelectual. Tan escasa como el respeto que merecen.

    Malo es que se nos advierta de lo que no hemos de decir, de lo que tenemos que dejar de opinar, de aquello que hay que evitar pensar para no entrar en ese terreno indecente que empieza justo donde acaba la ideología del que nos avisa, pues todo lo demás es territorio facha. En mi molesta opinión, peor es aún leer que desde una vicepresidencia del gobierno se hable de huida, o desde sus aledaños, se envíe al más deslenguado de sus portavoces a pedir que se retire el pasaporte y se impida la salida de España de alguien que ni está judicialmente acusado de nada, ni encausado. Se huye en el maletero de un coche, como Puigdemont, perseguido por la justicia por sus delitos probados, personaje y hechos para ellos más defendibles. Al menos por el momento no estamos en ese caso con el rey abdicado. No es cuestión de matices ni de formas, es cuestión del concepto que sobre la justicia y el estado de derecho tienen semejante orate y su cuadrilla. Sencillamente temible, dictatorial. En ese ahora o nunca pide ya el gran coro de los más cafeteros empezar a renombrar calles y plazas, que siempre encontraremos en la peña y en sus ancestros ideológicos alguien mejor para titularlas que Juan Carlos I o Juan de la Cierva, como con tantos otros mejores que los proponentes se hizo antes. Por supuesto, es el momento de arrancar del edificio constitucional la clave de bóveda de la monarquía.

    No corráis, hermanos, que con las prisas vais a tropezar, pues tal vez algún día llegará una república y esperemos que si así ocurre sea para bien, que salga mejor que las anteriores; pero hoy sucede que uno de los sostenes de la monarquía es la indignidad de no pocos de sus más acérrimos enemigos. Si queréis una república, si queréis que lleguemos a desearla los que hoy la rechazamos, soltad lastres, que muchos tenéis. No vendrá nunca de la mano de los que montan homenajes en pueblos y villorios del País Vasco a asesinos locales cuando salen de la cárcel, ni de separatistas xenófobos e insolidarios, ni del lumpen okupa, ni de otros de vuestros amigos, que presentáis como avales y señas del régimen republicano. Gran error.

    No caeré yo en la indecencia de generalizar, como hacen muchos de ellos, de decir que todo republicano es así, ni siquiera sugerir que no quepa nobleza, honradez y sentimiento democrático en muchos de los que prefieren y defienden un régimen republicano, aunque lamento que no renuncien a ciertas compañías que manchan su propuesta. Tienen buenos argumentos, razón en algunos de ellos y, por descontado, derecho a defender sus posturas. Sólo estos últimos son los que reconocerán en mí y en otros lo que yo les reconozco a ellos: que es legítimo y decente defender una u otra cosa con la palabra, con el argumento, y no cabe hacer como los más miserables, que de antemano nos avisan y nos descalifican anticipando que vamos a decir cosas que les desagrada escuchar, intentando amedrentar para que no las digamos. Blanden en la mano la tea de quemar herejes, arrepentíos pecadores, renunciad al maligno, sólo en la fe verdadera encontraréis perdón. La jauría en las redes ataca después a los atrevidos. Para esos fanáticos totalitarios, como para cualquier otro modelo de ellos, mi desprecio más absoluto. Vaya en su descargo que, salvo escasos opinantes con criterio, que también los hay, gran parte de los que aparecen unánimes en las redes echando vapores sulfurosos por las narices, no dan para más; se trata de simples ecos, bastante abundantes en los bandos extremos, pero que dicen lo que haya que decir, defienden lo que haya de defender según soplen los aires en su peña. Esos que citan poetas que nunca han leído ni leerán, lloran lo que haya que llorar y ríen lo que haya que reír, comparten todo lo que les llega de su burbuja, que repiten lemas y consignas, pues nunca han pensado nada por sí mismos, son simples figurantes que se encaraman a una carroza que creen triunfal para recibir unos aplausos dirigidos al santo y que por sí mismos nunca llegarían a merecer. En el fondo lo saben. Sus disparates son su minuto de gloria en su parroquia y un hazmerreír para el resto.

    En la situación actual, que llamar desesperada es quedarse corto, creía que habíamos quedado que todos a una, que los esfuerzos debían concentrarse en salir del abismo dejándose de banderías, maximalismos y disputas estériles. Veo que no. Entre el amor y el dinero, lo segundo es lo primero, que diría Corinna; entre la ideología y el sentido común el orden es el contrario. Que no anuncien jaque mate tan pronto, que las fichas para esa partida ni siquiera han salido al tablero.