
jueves, 20 de marzo de 2025
Glosa vocabularia. Vocablos y venablos
viernes, 18 de octubre de 2024
Epístola de la ideología vegetal
Stefano Mantuso y otros estudiosos aseguran que las plantas, de alguna manera, piensan. Amebas, paramecios y bacterias, vistos al microscopio, también muestran una movilidad y un comportamiento que responde a unos estímulos, incluso a una estrategia, algo parecido a pensar. Si una adelfa y hasta un estafilococo, aunque rudimentariamente, pueden pensar como parece, ¿cómo no va a pensar un militante de un partido, a pesar de que entre ellos bullen los que tan bien lo disimulan que no aparentan tener actividad mental autónoma alguna? Sin duda, algo deben de pensar por su cuenta. Y no me refiero a instintos, reflejos ni a los procesos mentales relacionados con hacerse los nudos de los zapatos, poner la lavadora o elegir una camisa. Es cierto que su militancia les evita y desacostumbra a entrar en honduras y finezas argumentales, también de la vacilación y las ponderaciones para, llegadas las elecciones, elegir a quién votar. Su carnet les ahorra la necesidad de meterse en arduos y vidriosos análisis acerca de quién lleva razón, qué es verdad y qué mentira, qué está bien y qué está mal, qué le conviene al país y que no, independientemente de lo que le convenga al gobierno de los suyos, o si esta o aquella ley o medida es un acierto, un disparate o una infamia, si este partido o personaje es aceptable como socio a pesar de ser un delincuente o un antisistema sectario, pinturero o indocumentado, falsario o golpista, hasta alguien que reparte los beneficios de la herencia con unos hombres de paz a los que las manos aún les huelen a pólvora. Las plantas buscan la luz, muchos militantes y acólitos el sol que más calienta, que suele alumbrar las alturas, el calor del poder y la compañía de los justos. En lo demás, argumentalmente y en cuanto a autocrítica, encefalograma plano.
Pensar contracorriente, en el
foro y más en la parroquia, se vuelve un lastre y un peligro, fuente de incordios y pesombres, aunque esos
problemas que a otros inquietan y ocupan, ellos los tienen solucionados. También los que se
refieran al pasado, a la Historia. Sin dudas ni tibiezas, saben quiénes fueron y
son los buenos y, por descarte, los malos, que siempre son los otros. No
conciben los grises, que para el militante de izquierdas añoso siguen siendo
maderos, aunque nunca corrieran delante de ellos, no siendo posible en unos por
talante, en otros por edad, de forma que juegan a cazar fantasmas. Pero los
recuerdos ajenos también cuentan, son tan operativos como los propios, que hay
quien hereda un majuelo y quien una ideología, unos rencores, unos enemigos y
unas fábulas. Para los de derechas más cafeteros, tampoco cabe la duda ni la
reflexión, la verdad es una, inmutable, antigua y propia; entre ellos y los
zurdos se encuentran los tibios, los melifluos, los cobardicas, esos a los que los extremistas de ambos bandos llaman equidistantes. En poco se
diferencian, aunque es posible encontrar algún rescoldo de apego a la realidad
en unos que ni brilla ni humea en los otros. Hay quien siempre ha abominado de ella
viendo que el género humano y la Historia se han empeñado en contradecir sus
planes, sus análisis y sus augurios. Hay ideologías que tal vez hubieran tenido
éxito entre primates poco evolucionados y más gregarios, o en otro mundo
habitado por especies unánimes y amorfas cercanas a lo vegetal o basadas en el silicio en
lugar del carbono, sin sangre en las venas, ilusiones ni proyectos personales
en el magín, hueros de ansias de individualidad ni consciencia de la
posibilidad de la libertad.
Pero para ambos modos especulares de
soberbia y de tribalismo, entre esos extremos berroqueños cercanos al
integrismo que la gente normal (la mejor, la menos ruidosa y visceral, la más
útil y numerosa, la que permite la convivencia y la alternancia en el poder) abomina,
se hallan a su entender los mentados equidistantes, los que no se decantan con claridad hacia donde deben,
los que no entregan su alma sin peros ni distingos a uno u otro bloque compacto
de seguridades y prescripciones que conforman eso que con candor y exageración los
creyentes políticos llaman ideología.
Ante eso no tiene sentido
argumentar acerca de la inconveniencia, la maldad o la infamia de algunas leyes
y decisiones, a menudo venales, lo que ya debería llevarnos a evitar ulteriores debates,
estériles por atender a decisiones ya tomadas, mercadeadas en mostradores
ajenos a la actividad parlamentaria, cuando no en foráneas guaridas y escondrijos de delincuentes
huidos de la justicia. Han visto que el vértigo de tapar un disparate con una
aberración y una aberración con un despropósito les va bien. No les pasa
excesiva factura entre la feligresía. Perder, pierden todas las elecciones,
pero mientras tengan con qué acudir al mercado del voto, aunque sea pagando en
metálico, pueden ir comprando el cargo y el poder. Y, cosa admirable, nunca les
ha faltado quien les defienda, hagan una cosa o su contraria, les mientan o les
chuleen poniéndolos a defender lo que antes atacaban y de paso a hacer el
ridículo. Siempre están allí, en número menguante, pero suficientes para reunir,
previo pago, los votos justos (ni uno más ni uno menos), los apoyos interesados
de otras minorías con proyectos también rechazados uno a uno por la población, para
urdir unos gobiernos legítimos, sí, pero que más parecen un ornitorrinco (una
aberración de la creación) que un águila o un caballo, animales bien diseñados,
funcionales, hermosos y con fuste.
Pensar deben pensar, pero su
pensamiento siempre se detiene antes de entrar en ese cerrado intocable que
mantiene unida y segura a la tribu, enrabietada y confundida por el trampantojo de la llegada de los bárbaros, aunque tienen al enemigo más dentro que fuera. Las ideas, como las muelas, cuanto más
firmes e inmóviles, mejor. La duda es debilidad, síntoma de falta de cuajo,
rendija o herida por donde se infiltra el morbo patológico del error. Mejor desarrollar una buena costra que nos salve de la infección de la verdad. Empiezas dudando de
los tuyos y de sus dogmas y, de que das cuenta, te has descarriado, te has
hecho un perdulario descastado, un traidor, un degenerado, un hereje, un
desertor, un enemigo. Hasta un facha. Sería admisible, aunque con reservas, si
esa evolución te hubiera acercado a la verdad, que es nuestra. Al revés no es
de recibo. Nada hay peor que alguien que abandone la fe verdadera para adoptar
cualquier otra, errada, hostil, maldita. Ya lo dice el Islam, tan liberal como
ellos.
Pensar, eso que se hace en
silencio y a solas, mirando al techo, a las olas, al fuego o a la pared durante
un tiempo más o menos prolongado, cuestionándose los asuntos desde un poco
antes de donde empiezan las convicciones, las creencias y la fe, a menudo reemplazadas por la adhesión y el interés, es algo menos
habitual y extendido de lo que pudiera parecer. Eso de partir de cero es cosa
de Descartes, un pirado. Hay quienes han vivido su vida entera, tomado
decisiones, expresado opiniones con vehemencia, perdido amigos, votado,
defendido y atacado ideologías, con la fe del carbonero, más espoleados por su
entorno, su peña o su aldea, que por una reflexión personal que no todos han
llevado a cabo, ni siquiera iniciado, no sea cosa qué. En otros, proclamas aparte, el mero interés ha servido como sucedáneo del pensamiento, lo suyo no ha pasado de malta ideológica, que te conocí ciruelo. Algunos han llegado muy
lejos, muy arriba, con ese rigor mental, con un cerebro en barbecho,
desfibrado, anémico y sin tono, que no son tiempos que premien la originalidad
ni la disidencia precisamente. Ya tiene cada cual su periódico, su cadena de
televisión, su partido y sus líderes que le explican las cosas sin engañarles,
no como les ocurre a los contrarios que están en manos de manipuladores que les
llenan la cabeza de fango, de bulos y de mentiras. Hay que impedir que el poder
caiga en otras manos, sea como sea, nos dicen ellos con hechos, mientras
reprochan a los contrarios que lo sugieran con palabras. No podemos ceder el mando.
Podrían llegar a hacer lo que nosotros.
Si muchos pensaran, inevitablemente habrían llegado a la conclusión de que lo que los suyos han ido haciendo entre virajes, contradicciones y renuncias a unos principios tan proclamados como inexistentes, sería inadmisible hecho por otros, por los contrarios. Resultaría insufrible, entonces sí inmoral. Hablan a veces de hacer pedagogía, pero la única lección que la sociedad aprende rápidamente de ellos es la de la arbitrariedad impune, ese es el ejemplo, su herencia. Sientan jurisprudencia imprudente y peligrosa. En un futuro podrá ser usada en contra de su partido y de toda la sociedad, como se viene hoy haciendo, pues abiertas quedan las puertas que últimamente se han forzado sin más objetivo que el de conservar el poder. Cada institución colonizada, cada contrapeso desactivado, cada medida tomada porque sí, que ellos sabrán, aceptada sin pedir explicaciones ni razones (Sáhara, por ejemplo), cada nombramiento sectario o nepotista dado por bueno, cada comportamiento dudoso, abusivo, poco ejemplar o directamente delictivo relativizado y amparado por disculpatorias comparaciones con corruptos ajenos, de atenuantes a eximentes, cada pago a cambio de votos efectuado a delincuentes, golpistas o indeseables varios, que se metabolizan con tragaderas de dragón de Komodo, lleva al ridículo y a la vergüenza a los que intentan justificarlos ante los demás, dejando en la cuneta prestigios, trayectorias y coherencias. El tiempo pasará, las circunstancias serán otras, y muchos se habrán dejado demasiados pelos en la gatera. Todos. Y andarán desollados y en pelotas argumentales.
Muchas veces habíamos dicho
con candidez que parte del problema (aparte de no saber cuáles son los
problemas reales, entretenidos en los imaginarios o creados por ellos mismos)
es que todo se lleva a las esencias, a los principios, aunque todos sepamos que es mera escenificación. Y como los principios no
se pueden negociar, nos decían, sólo cabe la rigidez, la imposición, la
rendición total del contrario. Ilusos, éramos unos ilusos. Luego hemos ido
viendo que los más exitosos caudillos del gremio han superado esos dilemas renunciando a
todo principio, moral o promesa, de forma que todo el campo es suyo, sin
vallas, límites ni más fronteras que las que haya que ir levantando para parapetarse
y para satisfacer a los desalmados de los que depende su permanencia en el
poder.
Lo más triste y
desilusionante ha sido ir viendo cómo, no sólo aquellos cuyo cargo, sueldo y
bienestar dependían de su elasticidad moral y su actitud genuflexa, sino
también sus acólitos, han ido desarrollando una inusitada capacidad de
adaptación ética. Sus listones son de goma. Los más listos callan en espera del desenlace,
algunos (pocos) suicidas más decentes critican, se oponen, salen del redil y se separan
del rebaño sufriendo el ataque de mayorales y perros pastores de la finca.
Otros, en el pelotón, mero bulto, sacuden el cencerro y se dejan oír a coro: de la noche a
la mañana, han acabado viendo bueno lo que antes era malo, conveniente lo que
consideraban inadmisible y muy puesto en razón lo que hasta el toque de corneta
les resultaba inimaginable. Tal vez eso haya sido lo más doloroso y revelador.
Tras las convicciones de que se presumía, no había nada, solo sectarismo tribal,
sumisión acrítica, miseria moral. Y sálvese el que pueda, que algunos habrá.
Pero no nos canten milongas.
Mis reproches no se dirigen a
la izquierda más extrema y telarañosa. Esos no dan más de sí y nada cabe esperar de
ellos pero, al menos, son coherentes en algunas pocas cosas, aunque su coherencia se limite a llevar siglo y medio defendiendo las mismas ideas, inmunes al fracaso y
refractarios a la experiencia y a la realidad. Nunca han creado ni producido
nada tangible, nada que se pueda comer. Sólo miseria, opresión y ruina económica y moral en los desgraciados países en los que han llegado a imponer su totalitarismo. Lógicamente me refiero a los ideólogos,
unos señoritos, no a los que sí cultivan o fabrican todo lo que nos mantienen
vivos a los demás, esos a los que los teóricos, haciendo gala a su nombre,
teóricamente defienden, aunque no pierden ocasión para mostrarles su desdén y
su desprecio. Unos gañanes sin maneras, les vienen a decir. Son enemigos de la
creación de riqueza y del comercio, pero sus discursos de repartir, mientras quede, lo ajeno que a su
pesar existe nunca han dejado de resultar agradables al oído, y aún les votan
algunos despistados. Les acaba de rematar la necesidad de apuntarse a todos los bombardeos culturetas para engrosar el caldo, hoy aguado, de su
olla ideológica. No hay movida que empiece por ‘anti-’, ‘des-’, o ‘contra-‘ a
la que no se adhieran; liquidez, vacuidad, deconstrucción o hundimiento que no
adopten con entusiasmo, ni ‘-ismo’ o vanguardia (en el sentido de último pero
no mejor) a la que no se afilien, sea woke, elitista, urbanita o pinturera.
Siempre están allí, en esas causas sustitutorias, a menudo vacuas y pasajeras, una forma de reconocer que a
la hora de solucionar los verdaderos problemas no hay que contar con su ayuda,
aunque nunca dejarán de decirnos, y de imponernos cuando y donde puedan, cómo
hemos de pensar y vivir, en un largo inventario de prescripciones. Pero, para
ellos, donde se ponga una buena demolición que se quiten las arquitecturas sólidas y estables.
Las plantas piensan flojo,
pero son sensibles y tienen un plan en sus genes. Colonizar su entorno, apoderarse de él, estorbar a la competencia acaparando la luz, el agua y los nutrientes,
envenenando si es necesario el bancal donde viven para acabar con sus rivales,
extender sus raíces lo más posible, chuparlo todo, sin límites ni remilgos. No
cabe esperar más de ellas. Y les va bien. Ese es el ejemplo, poco más hay que
pensar. Y a la vista está.
jueves, 8 de agosto de 2024
Epístola tributaria y repartidera
Así, por casualidad, muchos políticos, periodistas y opinantes acaban de caer en la cuenta de que del problema gravísimo que Sánchez, socios y apoyos nos crean al pretender pagar otra investidura con la cesión de los impuestos a Cataluña y que sálvese el que pueda, tiene la culpa Madrit. Una vez recibida la orden del día, cada feligrés en la parroquia intenta buscarle el fuste a la consigna como buenamente puede, es decir, de mala manera y con escaso éxito. Conclusión unánime: Madrid nos roba. Ese es el lema y el problema. Y, claro, hay que darle una solución a esa injusticia. Y, de paso, otra pura casualidad, nos votan al Illa.
Madrid es capital de España
desde que así lo decidió un tal Felipe II en 1586, salvo unos breves
intervalos. Pero es ahora, fíjate tú, cuando descubrimos con pasmo que el efecto capitalidad resulta
perverso. Es un efecto real, es un beneficio, del que gozan en bastante medida
todas las capitales de cada comunidad autónoma. Por contra, acarrea no pocos
gastos e incomodidades. Cuando lleguen las elecciones autonómicas, que vayan a
Madrit a explicarles lo abusones que son. Y luego a llorar, como siempre.
¡Serán gilipollas, que han vuelto a darle una mayoría absoluta a la Ayuso, con
lo mala que es!
Por otra parte, nos cuentan
que es injusto que las empresas se vayan donde les parezca oportuno. Era mejor
cuando Franco decidía que la SEAT a Martorell (Barcelona), que en Cartagena o
en Málaga no van a saber montar coches, ni tienen puerto. Maltrato secular a
Cataluña, se lamentan, ahora agravado, como nos ilustran los que saben, con la
competencia desleal por el dumping fiscal que Madrid practica para atraerlas.
Competencia desleal le llaman los paladines de la lealtad. Castilla-La Mancha,
como otras, procura atraer a su territorio limítrofe todas las empresas
ubicadas en Madrid que puede engatusar a base de tratarlas bien, mejor que
Madrid. Todos lo intentan, cada cual con las armas que tiene, que son demasiado
diferentes como para que se queje quien tiene tantas como el que más. Si hay
comunidades que han conseguido con sus políticas ahuyentarlas más que
atraerlas, con su pan se lo coman y al rincón de pensar. El uso artero y
egoísta que algunas comunidades han hecho de su poder delegado ha llevado a
todos a la competencia, no a la colaboración entre españoles, que ellas
intentan hacer desiguales y recelosos del vecino. No se trata de vivir mejor
que antes, se conforman con intentar vivir mejor que los demás, siempre con el
impulso aldeano de la comparación con el villorrio vecino.
Creamos las Comunidades
Autónomas, que fueron adquiriendo más y más competencias, por lo civil o por lo
criminal, para sumarse a algunas que nunca debieron ser transferidas. Y cada
investidura, presupuesto o ley necesita de algún otro traspaso o pago en especie, sea razonable,
justo, o ninguna de las dos cosas, como es el caso.
Todo tiene un precio. No nos
quejemos si, además del País Vasco, Navarra y Cataluña, las demás comunidades
se buscan la vida en legítima defensa, pues lo que se ha cebado es el incentivo perverso de que
sólo recibe buen trato, mejor que los demás, quien tiene el poder de imponerlo.
¡Ay de las zonas despobladas, envejecidas y dejadas de la mano de Dios desde
los romanos! Ya sabemos con qué transparencia y generosidad se negocia la
pírrica aportación vasca y navarra al fondo común. En términos científicos, son
nuestros chulos. Y no hay puta bastante para otro más. Las negociaciones con
los separatistas, ya vemos que se hacen a punta de pistola. O me das esto o no
te voto. Y, si dan con la persona adecuada, se les concede lo que sea menester,
salte o raje.
Tanto Cataluña como el País
vasco son deficitarias a la hora de atender el pago de las pensiones, siendo
las suyas, como sus sueldos en activo, de las más altas de España. Los
jubilados catalanes reciben 4.000 millones más cada año de lo que cubren las cotizaciones
de los trabajadores en activo en su comunidad. Madrid tiene en ese apartado un
superávit de 3.000, con lo que cubre sus propias pensiones y aporta ese exceso
de cotizaciones a la caja común. Esta caja común, a diferencia de la
recaudación de los impuestos, no se cuestiona. Es más, se evita hablar de ella.
Ahora sí que es buena y necesaria la solidaridad entre territorios. Es decir,
que las pensiones de sus ciudadanos sean atendidas con cargo a las cotizaciones
de todos los españoles, completadas cada año de forma creciente con los
impuestos de todos y la deuda española que cada año se contrae para poder
pagarlas. No respetan más leyes que la de la gravedad y la del embudo. Y a los
‘progresistas’ les parece todo un avance. Saben que no lo es, pero mentir cada
vez les cuesta menos trabajo, viendo al jefe.
Eso, antes o después, sobre
todo si alguien quisiera abrir el melón constitucional para reformar la
estructura territorial, como por la puerta trasera y desde hace una semana pretenden hacernos
confederales a hostias, puede dar lugar a que aparezcan reivindicaciones
imprevistas y molestísimas para los defensores de ese invento falaz de la
plurinacionalidad. Igual se encuentran con una ola imparable de deseos recentralizadores
de algunas competencias cuya cesión ha creado más problemas que beneficios al
conjunto y se han usado en contra del Estado y la mayoría de los españoles,
creando unos de primera y otros de segunda.
Cada Comunidad tiene transferidas unas competencias que, salvo Cataluña, ejerce dentro de la ley como mejor cree conveniente. En las elecciones los ciudadanos juzgan y eligen gestiones y talantes. Esas competencias incluyen la regulación y recaudación de algunos impuestos y tramos de IRPF. Lo recaudado y lo recibido del Estado lo gasta en lo que responde a lo que considera sus necesidades prioritarias. En eso consistía la autonomía ¿no? A todas y cada una hay críticas razonables y merecidas que hacer. A Madrid, sin duda, también. Pero si alguna considera prioritario gastar miles y miles de millones en unas cadenas de radio y televisión afines para propagar la causa separatista, subvencionar periódicos comprensivos y complacientes, ir creando organismos paralelos a los del Estado para colocar a la peña e ir haciendo una republiqueta por la puerta de atrás o malgastar en embajadas inútiles lo que para lo necesario les falta, que no intenten pasarnos a escote esas cuentas a los demás. Todo eso posiblemente supere el presupuesto total de alguna pequeña comunidad autónoma. Los catalanes sabrán a quiénes votan y para qué.
Ni se les pasa por el cimborrio pensar que hay unas comunidades mejor gestionadas que otras. Y alguna sencillamente sin gestión alguna, que están en otras cosas, haciendo país y destruyendo nación, la única que hay, dejando el palabrerío aparte.
Pero la culpa es de Madrid, que de nuevo es la que más dinero aporta al fondo común que compensa de alguna forma desigualdades de origen, tres veces más que nadie. Incluso la malversación que rodea la intentona del procés ha recibido el beneplácito de un gobierno que llegó prometiendo acabar con la corrupción ajena, para acabar aportando la propia y modificando a medida la figura legal que la castigaba para pagar otros votos. Varias leyes han mercadeado para cambiar apoyos por impunidad. Hay muchas formas de corrupción y, como vemos, la peor no es la económica, sino la política e institucional que comete este gobierno.
No es lo mismo prestar atención médica, educativa, dependencia, comunicaciones, etc. a una población envejecida y dispersa que en una gran urbe. Eso viene a reforzar la idea de la irrenunciable necesidad de que Madrid, Cataluña, Baleares y, en general, las regiones más ricas y pobladas, aporten lo que aportan o más, nunca menos. No somos tan candorosos como para creer que este desmán favorecerá a todos, y menos que los separatistas arrancan este acuerdo para disponer, en proporción a los demás, de menos fondos, al contrario. Es algo indefendible, por mucho que la tropa del cencerro se empeñe en defender hoy lo que nunca se les había pasado por la cabeza, y menos aún que fuera posible consentir.
La solución, se nos cuenta también a coro unánime, es ceder toda la recaudación de impuestos a Cataluña y
ya, si eso, aportarán algo si los demás se portan bien. Es decir, intentan
presentar como una necesidad nacional, algo justo y conveniente para todos, lo
que, como todos sabemos y ellos también, no es otra cosa que el último pago de
otra investidura. Al parecer, siendo costumbre, la infamia es menor por ser ya
la marca de la casa.
No existe ninguna justificación decente para todo lo que se les ha venido concediendo a cambio de votos en el Congreso, incumpliendo promesas, desdiciéndose una y otra vez, forzando las leyes o reformándolas a medida. Ahora, además, tendremos que pagar entre todos cada ley que haya que negociar en Cataluña. Cero votos la moción, por mi parte. Todos sabemos que si las circunstancias lo imponen y la parte contratante de la segunda parte carece de líneas rojas y de algunas otras cosas, que con esos bueyes tenemos que arar, ordeñarán la vaca hasta que aguante, sea justo o injusto, como lo es lo que ahora se les concede. No cabe esperar de los nacionalistas lealtad, generosidad ni el más mínimo sentido de justicia redistributiva. Ni siquiera solidaridad, que es como se quiere llamar a la justicia. Nunca la han tenido, ni ellos ni sus antepasados. Lo suyo es suyo y de lo común, lo que puedan arrebañar. Un robo cometido solos o en compañía de otros. Todo queda entre 'progresistas', lo que para muchos es un consuelo. Y para el resto, la inmensa mayoría, un retrato fiel de ese sector.
martes, 16 de julio de 2024
Epístola celebrativa

El domingo pasado fue un día extraordinario para España. Alcaraz vence en Wimbledon, la roja en Alemania. Dos triunfos muy importantes a los que ya estamos demasiado acostumbrados. Es decir, que fue un día muy malo para los que son españoles a su pesar, como el Filomeno de Torrrente Ballester, aborígenes de esos que llevan el pasaporte y el DNI del reino de España como los penitenciados por la Inquisición llevaban el sambenito. No hace falta trapo ni cucurucho que los delate, ya se les ve venir, se les conoce por la jeta descompuesta ante una felicidad y una unión que les ofende y les aparta. No han faltado, como era de esperar, personajes de la farándula política que, con sus anteojeras de rigor, han intentado arrimar a su sardina ideológica un ascua que era de todos. Muchas estupideces hemos tenido que escuchar y leer, como se acostumbra. Por cierto, eché de menos una representación del más alto nivel en Wimbledon, del gobierno y de la casa real.
Los que tienen mando en plaza entre esas parroquias y sectas
cismáticas, procuraron, hasta donde pudieron, dificultar tales celebraciones y
previsibles alegrías, de forma que hubo obispados en los que los creyentes
tuvieron que seguir las liturgias del fútbol en sus casas o en el bar de la esquina, si es que allí se
atrevían a encender la televisión, no vaya a ser que se deje caer algún propio
del ayuntamiento y los cruja, porque esa traición a la causa de la tribu no es
de recibo. Otros, más inteligentes y menos asilvestrados, se rindieron a la
evidencia y se atrevieron —o resignaron— a poner pantallas gigantes hasta en la
misma Plaza de Cataluña en Barcelona, dando lugar a que se llenara de odiosas banderas de España, toda una provocación para la CUP, para el
Lluis Llach, Puigdemones y demás illuminati. Otegui, un santo varón, no se une
a la celebración, porque ni es su país, ni su himno ni su rey —según nos cuenta
confundiendo, como acostumbran, el deseo con la realidad—, con lo que nos honra
a la mayoría, contenta de, al menos in pectore, no compartir con tal personaje
siniestro ni la vecindad ni, si me apuras, la especie, pues su falta de humanidad, entre otras cosas
importantes, es cosa acreditada. Puta selección, puta España, junto con otras
pintadas, sin faltar las cruces gamadas tan de su gusto, acusando de traidores a Mikel Merino y a Oyarzabal, hijo de una vecina
del Elorrio de las pintadas que tuvo la desfachatez de marcar para España el gol definitivo en
la final. Los promotores de estos respetuosísimos mensajes luego ayudan en Madrit
a legislar acerca de los delitos de odio, que ya sabemos que hay quien odia a quien
no debe y que esas cosas hay que dejar que las legisle quien de ello entiende.
Bueno, pues quitando a algunos desnortados que, si acaso,
sólo celebran los goles que han marcado los de su pueblo, como el Atleti, España,
una vez más, se ha llenado de banderas, esta vez rojas y gualdas, las de todos,
las únicas que molestan a los que hoy sufren viendo plazas abarrotadas de gente
contenta tarareando un himno que sigue sin tener letra, para hacer imposible que se cante y porque sería imposible
el acuerdo de ponerle una que a nadie ofendiera. Y ocurre así aunque no es la
letra lo que pudiera ofenderles, que pocos himnos nacionales, regionales o
locales hay que se puedan cantar sin rubor, por cursis, agresivos o ripiosos, a los
que estos aldeanos no hacen ascos, sino porque saben la importancia que para los
sentimientos de pertenencia y de unión tienen los símbolos, los himnos, la
Historia compartida. Provocan sentimientos que los peores de entre nosotros
procuran extirpar en el común por todos los medios.
Cada autonomía los tiene, pues
muchos defienden las partes y pocos y flojo el todo. Incluso alguna tiene por
bandera la de un partido, el PNV, una apropiación que a nadie espanta; otras
cantan himnos agresivos, marciales, llenos de hoces y guadañas, dejando la
calle llena de sangre cuando se desgañitan cantándolo, que es un primor. «¡Buen
golpe de hoz!, ¡Buen golpe de hoz, defensores de la tierra!», toda una oda a
la convivencia que cantan con su cara más beatífica pacíficos patriotas e instituciones locales en el Principado.
Seguramente ya es demasiado tarde, tras decenios de cesiones
y compraventas de votos, para corregir esa deriva disgregadora que elimina
entre los españoles de las distintas regiones y comunidades todo aquello que
fue y es común, lo que nos mantuvo unidos, esa serie de símbolos, ideas,
recuerdos y valores que cualquier otro país procura transmitir cuidadosamente a
sus ciudadanos desde la infancia.
La política de muchas comunidades ha tenido como eje el costosísimo
monocultivo de diferencias, por semilla o esqueje, por dejar de regar las plantas que consideran invasivas, abonar y potenciar las endémicas, crear algunas ex novo o, como hablamos de especies con patas, expulsar mediante la violencia, la amenaza y la extorsión, a los ejemplares discordantes, como se hizo durante decenios en el País Vasco. Decenas de miles de ciudadanos tuvieron que emigrar para conservar sus vidas. Trabajo de laboratorio,
ingeniería social que trabaja para torcerle la mano a la naturaleza y a la
historia para conseguir ejemplares adaptados a su idea de cómo deben ser los
productos uniformes de la huerta que cultivan y explotan. Buscan provocar mutaciones que hagan aflorar hechos diferenciales, a base de podas, exposición a las radiaciones nacionalistas y otros métodos de injerencias en la evolución natural, que ven poco favorable para su causa. Aplicando las
técnicas de Mendel con los guisantes o los ganaderos de bravo con sus reses, se
incentiva todo aquello que se quiere dominante, es decir, la diferencia, grande
o pequeña, imaginaria o real, irrelevante o de sustancia. Por otra parte, se va
intentando hacer recesivo, debilitar hasta su desaparición, si fuera posible,
todo aquello que desde hace mil años hemos tenido en común, que es casi todo.
No cabe en un plan que trata a la población como ganado el proteger, al menos
respetar, la bandera común, el himno, la monarquía, ni dejar a su aire
costumbres, hábitos y creencias compartidas, pues al bicho de la unidad hay que
matarlo de pequeño.
Y viene el fútbol o el tenis a joder la marrana autóctona. Como
las canciones, libros y películas que se disfrutan de igual forma y en la misma lengua común en todo el
país, los éxitos, las alegrías y los disfrutes acuden a unirse a la tortilla de
patatas, el chorizo y la paella para hacer que, al menos unos ratos, caigamos
en la cuenta de que todos somos españoles, demasiado parecidos para su gusto,
cuando no iguales como gotas de agua. Porque en esto sólo se puede ser igual o
peor. Mala cosa.
Aunque algunos parezcan desconocerlo, empecinados en celebrar derrotas y usarlas como guion y pegamento de sus rentables lamentos, todos sabemos que la victoria tiene cien padres, pero la derrota es huérfana, que los éxitos unen mucho, pues todos los sentimos nuestros y ajenos los fracasos. Y estos éxitos que a los aldeanos enfadan llevan a una mayoría a ondear banderas que otro día evitamos mostrar, porque miles de sectarios amantes de la disgregación nos han casi convencido de que los símbolos comunes son cosa de fachas. Si encima, escuchan a miles de personas, para más inri en una plaza de toros, cantar a grandes voces nuestro himno nacional sin letra, se les hunden los palos del sombrajo. Los amargados no soportan la felicidad ajena, sobre todo cuando comprueban que ellos son la minoría, la marginalidad, la excepción. Muchos negarán que se les ponen los pelos de punta, pero nadie duda de que son más los que se emocionan al escuchar el himno en estas ocasiones que los estepaiseños a los que les sale un sarpullido viendo a la mayoría unidos y contentos bajo la bandera de todos.
viernes, 3 de mayo de 2024
Epístola de la libertad de prensa
Parece una obviedad
reprochable (y reprochada) decir que los gobiernos no están para juzgar a la
justicia o para controlar a la prensa, sino que es justamente al revés. Las
constituciones se escriben y aprueban para defender a los ciudadanos, no a los gobiernos. También
sería una verdad de Perogrullo decir que no se puede proclamar que se persigue
la igualdad, mientras se dan por buenas, se promueven y se consolidan
desigualdades interterritoriales o basadas en identidades, cuando se quieren combatir los bulos ajenos difundiendo los propios, o cuando se dice defender a la prensa intimidándola. Si alguien te preguntara
acerca de qué o cómo eres respecto a algunas opciones vitales, responder que tú
te consideras normal (estadísticamente, sin entrar en valoraciones), te lleva
directamente a los infiernos. Sí, lo único verdaderamente revolucionario en
estos tiempos es aspirar a la normalidad, a la recuperación del significado de las palabras, la moderación, el sentido común y la
ecuanimidad.
Lo penoso de la situación que
nos hacen vivir es que se haga necesario argumentar, discutir y soportar ser
llamado facha, en compañía de la mitad de los españoles, por exponer lo obvio, por
llamar a cada cosa por su nombre y atrevernos a decir que, sin dudas
razonables, hay unas cosas mejores que otras. Me refiero a la igualdad, la paz,
la democracia, la pluralidad, el respeto al contrario, el mérito, el valor del
esfuerzo, la separación de poderes o las libertades, entre ellas la de prensa, junto
a otros valores deseables frente a sus contrarios. Partiendo del indiscutido
principio de no contradicción, ese que dice que no pueden ser verdad a la vez
una cosa y su contraria, es imposible que algunos de ellos, por mucho que se
proclamen con palabras, sean defendidos por los que con sus actos los
menoscaban o procuran hacerlos imposibles. Para este este tipo de mentes sólo
operan a su satisfacción en el mundo dos leyes, la de la gravedad y la del
embudo. Nada me parece justo en siendo contra mi gusto.
La Verdad, escrita con
mayúsculas, aparte de un periódico de Murcia, así en abstracto es cosa muy
escurridiza. Tanto como la realidad, siempre vidriosa y poliédrica, con
demasiadas caras para que una misma persona pueda contemplarlas todas a la vez.
El que está enfrente o al lado ve otras, tan ciertas y reales como las que nos
es dado observar a cada uno de nosotros. Se impone la modestia, la duda, la
tolerancia, una cierta relatividad, el respeto al que ve las cosas de otra
forma. Y sobran los dogmas, las afirmaciones incuestionables y las
descalificaciones.
Sólo la pluralidad de puntos
de vista da lugar a descripciones más ajustadas a la realidad. No basta con un
solo libro o un solo periódico. Ya sabemos que el mismo suceso, contado por diferentes
testigos, a menudo parecen cosas distintas y que en el mismo partido, unos ven
el penalti y los contrarios no. Realmente unos no lo ven, otros se niegan a
verlo. Si entramos en el tema de las memorias y los recuerdos, la verdad aún es
más elástica y manipulable. Es el conjunto de visiones lo que mejor nos puede
acercar a ella, frente a la mirada única. Y es la pluralidad de criterios y la
discrepancia el abanico que mejor puede recoger esa diversidad que se dice
defender, aunque ciertos supuestos defensores pretendan limitarla si se refiere
a las opiniones ajenas, siempre molestas, que se quisieran unánimes. Defender
la pluralidad no supone creer que todos lleven razón. Y menos en todo lo que
piensen y sostengan. Claro está que todos creemos llevarla, cosa que no puede ser, y
además es imposible. Es justo y necesario admitir que más que una razón, hay
razones, y que la única forma de conciliarlas es el contraste de pareceres, el
compromiso con la verdad, el reconocimiento de la parte de razón que, sin duda,
defiende el otro con tanto derecho, convicción y honradez como nosotros. Para
eso parece condición imprescindible que, al menos, reconozcamos al contrario el
derecho a defender lo que defiende, y previamente el de existir, sin más límites que los que la ley establezca, remilgos estos que no cabe esperar de ningún fanático de un signo
o del opuesto, por mucho que predique, pontifique o escenifique. El pensamiento
totalitario no da para más.
Una consecuencia que
podríamos deducir de esas premisas es que, cuanto más monolítico, definitivo e
incuestionable sea el corpus de creencias y postulados de una ideología o del
partido político que la defiende, a veces una herencia incuestionada, más
alejado estará de la realidad y de la posibilidad de acertar, perdida toda
posibilidad de adaptación y rectificación. Cuanto más rígido, estrambótico y
autoritario sea su talante y su programa, menos posibilidades tendrían de recabar
clientela ideológica, a menos que se trabaje a fondo para manipular su memoria
y moldear su percepción de la realidad. Y menos capacitada estará su ideología con
este talante totalitario para la convivencia y el acuerdo, hasta que al final, puede
verse convertida en una religión.
Como en todas las religiones,
los creyentes, los fieles, los militantes, tendrán que refugiarse en la fe del
carbonero, hacerse a defender los misterios que no comprenden y someterse a la
obediencia ciega a un principio de autoridad fuera de toda duda y contestación.
Siempre acaba apareciendo un papa al que se le reconocerá infalibilidad, y al
creyente ya sólo le queda someterse, aprenderse el catecismo, respetar los
dogmas, ajustar vida y pensamiento a la doctrina, participar en las liturgias,
repetir las letanías y evitar que su pensar y su obrar le saquen del carril hasta correr el riesgo de ser excomulgado. Y, claro, entre sus obligaciones está el combatir
a los descreídos, herejes y relapsos. Los peores enemigos para ellos son los renegados de la fe, los conversos a otras creencias, los que ya piensan por su cuenta.
El único antídoto conocido y
eficaz contra los integrismos e ideologías totalitarias, sea cual sea su
signo, grado o alcance, es la cultura, la información diversa y veraz, el
contraste libre de opiniones y puntos de vista, el debate abierto, limpio y
sincero. También es imprescindible la existencia de contrapesos en las
instituciones y de independencia y respeto a las leyes y a quienes las aplican.
Sin eso, nos deslizamos poco a poco hacia la arbitrariedad, el abuso, la
imposición, y por fin hacia la dictadura. Dura o blanda, de las mayorías o de
una minoría, unipersonal o colectiva, con elecciones o sin ellas, que de todo
hay en la viña del señor.
El colofón o la moraleja
sería que hay que desconfiar de todo aquel que sistemáticamente descalifique a
sus adversarios, les niegue el derecho a defender lo que defienden, incluso a
existir. O el que siembre dudas acerca de esos contrapoderes que son las
barreras que la sociedad construye para defenderse de intentos indeseables de
abusar del poder, siempre delegado y pasajero, de hacerlo inmune al control o a
la crítica, de apropiarse de él, de dificultar con malas artes, hasta hacer
imposible o siquiera imaginable una alternancia en su ejercicio. Me refiero,
claro está, a los ataques interesados al poder judicial y a la prensa. Se puede
y se debe criticar, incluso castigar, un artículo difamatorio, una noticia intencionadamente
falsa, o una sentencia injusta o arbitraria, incluso señalar a una
individualidad que traspasa lo que la ley permite a los periodistas o exige a
los jueces. Hay sinvergüenzas, incluso delincuentes, en todos los gremios y
colectivos. La ley lo tiene previsto, pone límites a los excesos y abusos y
establece penas para castigarlos. Cuando se produzcan desafueros son los juzgados los que
deben de poner remedio. No caben las censuras previas, las limitaciones
arbitrarias a la libertad de expresión, las sentencias extrajudiciales, las
penas de telediario ni el no reconocimiento de la presunción de inocencia.
Por tanto, no son de recibo
las campañas interesadas de descrédito de jueces o periódicos intentando
igualar y meter en el mismo saco a la inmensa mayoría de los que ejercen con
decencia unos contrapoderes imprescindibles, igualando a todos con la
excepcionalidad reprobable de alguno de sus peores miembros. Es decir, no se
puede defender la verdad mintiendo ni combatir los bulos haciendo circular
otros. Al final acaba oliendo mal esta actitud, propia del que tiene algo que
temer de los poderes que desacredita e intenta controlar y someter. El principio del proceso es la intimidación. De igual
forma, no se puede predicar, y menos exigir la concordia y el respeto, insultado
y demonizando a los adversarios precisamente desde el púlpito de un cargo público, intentar
expulsarlos del paraíso de la democracia, construyendo un muro alrededor del
jardín de su edén sectario, donde pretenden instalarse aislados y al mando los
autonombrados elegidos de Dios.
Lea en la Wikipedia quien no
tenga a mano un buen libro de Historia la ley de Defensa de la República, que habilitaba al gobierno para suspender las libertades públicas sin intervención judicial, también la de prensa, lo
que permitió censurar artículos, cerrar periódicos y otras lindezas
democráticas, por supuesto en defensa de la única libertad que entienden y
defienden: la suya. No hay duda que hay quien tiene en la cabeza algo así, y no
se esconde para proponerlo pues, de esa Segunda República que unos pocos quisieran
reeditar, sólo parecen interesados en replicar sus errores, renunciando a sus
aciertos.
Debatir opiniones, contradecirlas,
intentar rebatirlas con datos y argumentos es una actividad tan legítima como necesaria,
otra cosa es denigrar indiscriminadamente a las personas que las defienden o a
los medios que las publican. Porque, una vez denigradas, todo es posible de
justificar con esa sola falsedad. Cualquier apropiación partidista de
instituciones clave, esas que se crearon para actuar como contrapoderes, acaba justificándose
con el argumento artero de que peor estarían en manos de la oposición. Y los
que previamente habían comprado el producto de la maldad radical del
adversario, tan insoportable que haría inadmisible la alternancia en el poder, dan
su visto bueno a esta deriva iliberal.
Que circulan y se publican bulos, es cierto y difícilmente evitable, salvo
haciendo un destrozo en la libertad de expresión y de información, es decir, de
prensa, de imprenta, logros centenarios. Pero no lo es que la mayor parte de
las noticias publicadas sobre la cuestión que más ha preocupado a Sánchez y
provocado su astracanada lo sean. Lo perverso es ampararse en que los bulos
existen (también los suyos, como sabemos) para hacerse inmune a las críticas, desacreditar
en bloque a toda la prensa, especialmente a la digital, primer paso para
intentar condicionarla, atemorizarla, si fuera posible controlarla, cuando no
prohibirla selectivamente, como, sin reparos ni medias tintas, le piden sus
socios de la extrema izquierda. Y la carne es débil. Hoy, día de san Ángel de
Sicilia y de san Teodoro obispo, es también el día de la Libertad de Prensa.
Gran cosa que todos los demócratas debemos defender, por nuestro bien.
En realidad, el fondo del asunto, la intención de recientes aspavientos, teatralizaciones y alarmas, me temo que pudiera ser el intento de presentar una situación tan grave, tan extremadamente peligrosa para la democracia, que haga primero cuestionables, luego paso a paso, posibles, razonables, admisibles, necesarias, imprescindibles y, al final, vitales y urgentes, posibles ocurrencias para someter prensa y judicatura, vistos por algunos como sus peores enemigos, junto con la verdad. No hay más remedio que actuar, vienen a decir. La ventana de Overton. El peligro cierto para la democracia, según lo veo, es simular que la democracia se defiende así, sobre todo una vez nos han hecho saber que ellos y sólo ellos son la democracia. Llegados a ese punto y a ese discurso irreal y sectario, tal vez el principal peligro para la democracia lleguen a ser los que dicen y pretenden actuar así para protegerla.
Como decíamos al principio respecto a las constituciones, la libertad de prensa existe para proteger a los gobernados y no a los gobernantes.
domingo, 28 de abril de 2024
Epístola sanchezca
No es un estadista. Para serlo hay que tener al menos algunas ideas claras, estables y consistentes acerca del Estado, que no puede ser el mero ámbito o instrumento de una ambición, incluso parcelable si fuera menester. Y, de tenerlas, no cabría en un estadista el adaptarlas para aliarse con los enemigos del propio Estado (que hasta que necesitó sus votos también eran los suyos), en aras de defenderse a sí mismo, no diremos su proyecto, porque nunca duró tal cosa más de unos meses o semanas, hasta el siguiente dondedijedigo. No podemos llamar proyecto a un recorrido caracoleante, contradictorio y voluble, compendio de cesiones y pagos, mera adaptación permanente y arbitraria de las ideas pregonadas y los planes prometidos al albur de la necesidad del momento o de imposiciones de sus socios y apoyos. Le da lo mismo adónde llegar, con quién ni contra quién, con tal de llegar él al frente.
Las circunstancias le han
sido adversas, es cierto, aunque siempre lo son para todos. Una pandemia, un volcán,
incendios, guerras y la herencia de los desmanes y desafueros de dirigentes
levantiscos, desleales y pajareros que ha intentado desactivar temporalmente
por el curioso sistema de darles la razón, rehabilitarlos y perdonar sus delitos, hacerlos socios o
apoyarse en ellos, proporcionándoles de forma irresponsable un escalón más alto
desde donde empezar por enésima vez su proyecto —este sí inmutable— de rotura del país. Llega a ir
de la mano de extremistas de izquierda y de derecha, siempre que esta última sea
separatista, la única buena, para hacer imposible una alternancia que diera paso, si así lo decidieran las urnas, a una derecha
nacional que falsamente engloba sin distingos en lo que llama fachosfera, es decir, media
España, los malos, donde no puede haber buena gente, como sólo ellos pueden ser. Un supuesto peligro frente al que hay que construir un muro, pues
pensar que llegara a gobernar no sería malo, sino inimaginable, inadmisible.
Curiosa forma de evitar la polarización, respetar al que piensa distinto y
aplacar los ánimos, más viniendo de quien acusa al adversario de considerar suyo el poder e ilegítimo el contrario.
Si no se hubieran dado esas
circunstancias anómalas él hubiera creado o escenificado otras también
excepcionales, pues gobierna a base de golpes de efecto y prefiere andar al
borde del abismo en su afán por pasar a la Historia. Es y se sabe incapaz de
brillar en la normalidad, en la mera gestión de los problemas reales del día a
día, a menudo desatendidos, más ocupado en otros, a veces irreales, pero de más
prestancia y rentabilidad electoral a corto plazo, el único que tiene en mente
y maneja. Sólo en el fragor de la batalla se podría ejercer de general y de
estratega, en la paz y en la calma su grandeza se diluye, porque no
existe, y él no puede rebajarse a gestionar la normalidad. Necesita un escenario de tensión, de enfrentamiento, cuanto más
disparatado mejor —ya lo dejó dicho Zapatero, su mentor, maestro y más conspicuo defensor—, pues sólo en él tienen cabida
sus efectos de magia, sus trucos, cabriolas y contradicciones. Y en el fondo
sólo queda su ambición, su narcisismo endiosado, que procura rodearse de una
tropa mediocre, sumisa y dependiente que le permita brillar por contraste. Para
ello ha desmantelado el partido, se ha deshecho de toda contestación y alternativa, lastrando
el futuro y malbaratando el pasado de una organización centenaria. Los más preclaros ejemplares de entre sus acólitos cercanos, su corte hoy pasmada, no
desentonarían en Corea el Norte.
Tiene labia y fachada, ya que
no ideas ni fondo. No se siente sujeto a ninguna ley o norma, tradición ni
costumbre, promesa o compromiso y, como tantos otros, padece ese desarreglo que
le lleva a ver y reprochar a los demás su propio comportamiento y actitud,
creando en su imaginación enemigos a su medida, que luego presenta como de
todos. Una enfermedad que ha contagiado a los suyos y a una parte de la sociedad. Desactiva a sus peores competidores
haciéndose igual que ellos; combate las ideas contrarias haciéndolas suyas y
cree superar los problemas diciendo que ya no lo son, convertidos en
oportunidades y vías de escape, viendo deseable hoy lo que decía combatir ayer,
demostrando que nunca ha creído en nada aparte de en la providencialidad de su
persona. Es más un Napoleón que un Churchil, un aventurero que un estadista, un
chamán que un médico, un populista que un demócrata, un caudillo que un
presidente.
Forma parte de una de las peores cosechas de políticos que España ha tenido que soportar a lo largo de la Historia, que no es poco decir. Si enfrente hubiera habido una oposición inteligente y sólida, hace tiempo que tendría que haber dejado el oficio, pues poco habría que exagerar, y menos mentir, para desnudar y ganar en las urnas al personaje, a su tropa y a unos aliados tan poco de fiar.
A estas horas andará en palacio leyendo los auspicios en los posos del café, en el vuelo de los pájaros o en las vísceras de una cabra que se habrá hecho sacrificar. Hoy, día de san Prudencio de Tarazona, no parece que haya, en principio, malos augurios. Veremos mañana, día de san Pedro Mártir. Al menos su meditada decisión acabará con el martirio al que ha sometido a sus cercanos y feligreses, inquietos por saber si tendrán que adorar a este santo o a otro, en el caso de que conserven la peana. En todo caso, entre el amor y el dinero, lo segundo es lo primero.
Sólo él sabe en realidad de que va esto. Por supuesto no de la apertura de diligencias contra su esposa, cosa a la que nadie había dado suficiente recorrido ni entidad hasta que se les cuenta que el señor presidente las ve de gravedad suficiente como para plantearse si le merece la pena seguir en el cargo. Muchos han pasado ya por esto y por cosas peores. Hace pocos días su vicepresidenta disfrutaba desde la impunidad del banco azul acusando a Feijoo de haber dado una subvención a su mujer, a lo que Sánchez añadió que aún había más, que ya nos irían contando. No diremos que era un bulo, pues era un error en una noticia de prensa, la que a su impulso busca por allí, igual que hay otra, esta perversa y pagada por los fachas, que busca por allá. Pero no es lo mismo. ¡Cómo va a ser lo mismo, coño, que van por nosotros! ¡Meterse con la familia, nada menos que con la familia! —solloza Zapatero con el tonillo o soniquete que usa para mentir—. Precisamente los que defienden a la familia, algo que debería ser intocable, privado, una línea roja —añade. Claro está que me refiero a las nuestras, que los demás no tienen familia, honor ni corazoncito. ¡Hasta le han hecho llorar a Almodóvar, pobrecico mío! También dice que cada uno haga lo que pueda, poco o mucho, de una forma o de otra, lo que pueda. Lo mismo que dijo Aznar, aunque tampoco sea lo mismo.
Lo peor no es eso. Lo peor que que, desde salir a manifestarse hasta hacer lo que puedan, son cosas que se les pide a militantes, simpatizantes y público en general, para defender, nada más y nada menos, que a la democracia. No a Sánchez, ni al Psoe, ni al gobierno de coalición. No, a la democracia, que viene a ser lo mismo. No diremos que es una confusión, sino un disparate revelador de qué es la democracia para estos señores. La democracia son ellos, fuera de su parroquia no cabe buscarla. Llamarlo desvergüenza y despropósito es todo un ejercicio de contención.
La prensa canallesca viene publicando algunas informaciones que, al menos, merecerían haber recibido una explicación, que no se ha producido. Como en otros casos, más se reprocha la imprudencia, la falta de ética y de estética y lo dudoso de ciertos comportamientos por parte de quien está cercano al poder. Nadie habla de enriquecimiento personal ni le acusa, por ahora, de que esas cartas, recomendaciones y mediaciones con empresas, siempre cercanas a un tal Koldo, supongan un tráfico de influencias punible por la ley. Nos tranquiliza el señor presidente al decirnos a cara de perro que él, a pesar de todo, confía en la justicia. Nosotros también. De forma que todos tranquilos al respecto, menos los jueces que tengan que aplicarla en según qué casos.
Unas denuncias, para más inri, fundamentadas en recortes de noticias publicadas en la prensa. ¡Fíjate tú! Encima, de la prensa canallesca, la de la ultraderecha, como El Confidencial y The Objective. Seguramente olvidan que el Watergate también empezó por un "recorte de prensa". Como el caso Gal y el Gürtel y tantos otros. Para eso, entre otras cosas, está la prensa, para fiscalizar, cosa que con estas escenificaciones y veladas amenazas se quiere evitar por lo civil o por lo criminal, sobre todo en opinión de sus socios. La verdad o la mentira no dependen de la cercanía del medio que informa, al menos no siempre. El juez va llamando a los periodistas que firmaron esas informaciones, no bulos como repiten a coro, para que se reafirmen en ellas, cosa fácil porque, salvo una errónea, ya desmentida por el propio periódico que publicó la réplica de la afectada, las reuniones, contactos e intermediaciones, cartas firmadas recomendando a empresas luego generosa y merecidamente subvencionadas, son cosa cierta y probada. Lo que no lleva a pensar que sean delictivas, cosa que en otras familias, parejas, hermanos y parientes por parte de madre, se ha dado por supuesto. Quien a hierro mata a hierro muere, parece ser que han pensado en plan preventivo y, como primera providencia, antes de dar explicaciones, que parecen sencillas, se opta por esta astracanada, esta performance, este drama colectivo de un país en espera de los humores del señor presidente, que duda si le merece la pena seguir en el cargo ante tanta ingratitud. Muchos, por no ser menos, nos preguntamos si nos merece la pena tener de presidente a alguien así de imprevisible y adolescente.
Aunque la carta, más que al país o a la espantada militancia, está dedicada a los jueces, a la prensa y a una camarilla que, a su juicio, no ha puesto la suficiente carne en el asador para defender a su señora. Aunque también la ha recibido la prensa internacional. Al final, dada la irrelevancia de los motivos alegados, es universal la creencia de que tras el humo de estos fuegos fatuos, lo principal no se nos ha contado ni se nos contará. Y la imaginación es libre.
Esta espantada inédita e improcedente le deja pocas salidas y ninguna airosa. O decir que todo ha sido un aberrunto pasajero, o pedir la confianza de la cámara, cosa con la que hasta ahora contaba, o dimitir. Sabe que decida lo que decida, sus fieles dirán que los oráculos han acertado, que eso es justo lo que había que hacer, por estas y aquellas razones, aunque elija la puerta que elija, él saldrá de esta situación esperpéntica peor que cuando nos metió en ella. También podría anunciar la convocatoria de elecciones cuando sea posible, es decir, en junio, pasados los comicios ya convocados y un año de su investidura. Él siempre ha confiado en los conejos que saca de la chistera, pero si ha llegado a pensar que esta escenificación obscena de sentimentalismo y fingida victimización le iba a reportar alguna clase de salida o beneficio, tal vez haya errado el tiro, que el problema de los magos y prestidigitadores es que, tras muchas funciones repetidas, se les conocen los trucos.
Mañana, antes y después de los redobles de tambor y tras una noche de insomnio de no pocos, a la hora imprevista, las fábricas y los talleres seguirán funcionando, las bibliotecas prestando libros, los trenes y camiones seguirán sus rutas de costumbre, los agricultores andarán en su labor, los sastres con sus paños y patrones, los repartidores en sus repartos, los artistas en sus artes, los alumnos en sus aulas y cada cual en lo suyo. A la vez, en otro mundo, rodeado de periodistas y parroquianos, observado por creyentes y gentiles, atentos los frikis de la política, algunos desocupados y bastantes jubilados, el señor presidente del gobierno de todas las Españas, la autoridad competente, cuando tenga a bien comparecer, nos dirá lo que va a ser. Y en el país, cada uno seguirá en su faena, salvo los damnificados por su decisión, que se preguntarán qué hay ahora de lo mío.
viernes, 29 de marzo de 2024
Epístola palabrera y vocabularia
Habría que meterse en muchas honduras y filosofías para analizar la fe que muchos (y no los mejores) tienen en el poder de las palabras para transformar la realidad de forma rápida y casi mágica para adaptarla a su relato. Hay muchos que, como yo, creen que lo mejor que podemos hacer con ellas es dejarlas vivir por su cuenta, pues no tienen dueño ni pastor al ser una destilación secular de la sociedad. Dejar que signifiquen lo que venían significando y no jugar con las cosas de entenderse para amparar desvaríos, cobijar falacias, enmascarar ideas de difícil digestión, malversar conceptos para camuflar realidades incómodas, imponer visiones, rebautizar todo aquello que los tergiversadores son incapaces de transformar, y demás perversiones del lenguaje de sus tribus, una neolengua que intentan imponer como primer paso para conseguir la hegemonía ideológica, antesala del poder absoluto e indiscutido que tanto les gusta. Vacían el significado de muchas palabras, a menudo las más importantes, que quedan hueras y desabridas, para rellenarlas con interesadas y novedosas significaciones y sugerencias, hasta llegar a que nadie sepa ya a qué nos referimos cuando hablamos de libertad, de igualdad o de democracia, de legalidad, de concordia o de justicia. Las palabras, nacidas para entendernos, son usadas para confundir y enredar, para dividir y para enfrentar, para estabular identidades, para esconder o modelar la realidad, con un uso entre tautológico y performativo, pero siempre engañador.
Ya la constitución de 1812,
la Pepa, establecía con más ingenuidad que efecto, que el amor a la Patria es
una de las principales obligaciones de todos los españoles, y asimismo el ser
justos y benéficos. Dicho y hecho, unos santos varones y hembras, como desde entonces hemos podido comprobar.
Ese artículo, estrictamente aplicado, habría llevado a presidio a gran parte
de la población, lo que ciertamente hubiera evitado muchos males. Como
resultaría arduo, costoso y problemático, se acaba optando por poner la cárcel
fuera, encerrar al personal en una celda mental que usa las palabras como
barrotes.
Hay muchos orates y chamanes que viven en un perpetuo hágase la luz, confiando en que sus conjuros y abracadabras modifiquen la realidad, creando una nueva. Usan las palabras como encantamientos o polvos mágicos, como especias y aderezos que disimulen lo indigesto, insípido y diluido de su caldo ideológico, un cocimiento de su cocina adanista que tiene por ingredientes la demolición de toda costumbre, uso o tradición de un pueblo al que desprecian, la falta de respeto a las leyes y la descalificación de los que las aplican, la renuncia a la verdad y el desdén a la palabra dada, el desprecio por las formas, su falta de sustancia, sus grumos y la falta de limpieza con que se ha cocinado el guiso. Ni las manos se han lavado. No es raro que estas cocciones y adobos lleguen a ser infecciosos, pura salmonela verbal que acaba afectando al cerebro de los que se habitúan a alimentarse con ellos en el recogimiento de sus conventos.
Derecho a decidir, así a
granel, eufemismo que enmascara el inexistente derecho de autodeterminación; voluntad
o mandato popular, como carta blanca para el mesías de turno que se considera
su único intérprete y depositario; restablecer o recuperar, para referirse a
conseguir lo que nunca se tuvo, a volver a ser por fin lo que nunca antes se fue; llamar
nación a lo que sólo es una pequeña parte de la única existente,
plurinacionalidad por disgregación, federalismo asimétrico por institucionalizar
la desigualdad y el privilegio entre ciudadanos antes iguales, referirse a los
bancales o a las lenguas como sujetos de derechos que se arrebatan a las personas,
decir que se persigue la concordia dividiendo al país en dos bandos
irreconciliables separados por un muro que ponga a unos, los condenados, a la
derecha y otros, los salvos, a la izquierda de Sánchez, un dios menor encastillado en su olimpo monclovita; el ver
como mayor expresión de la democracia y respeto a la voluntad popular el hacer
ley de las aspiraciones y desvaríos de grupos marginales electoralmente, es decir hacer
suyos a cambio de apoyos parte de programas ajenos y antes combatidos que han
sido rechazados mayoritariamente en las urnas, creyendo que cincuenta hombres
forman un ciempiés en el que quien acaba mandando no es la cabeza, sino los pies
que andan cada uno hacia un sitio diferente. La cabeza, con tal de marchar
delante, se deja llevar y ni le preocupa la ruta ni se molesta en mirar hacia dónde
le empujan los de atrás. ¿Qué podría salir mal?
No he entrado en escritos anteriores
a argumentar en contra de algunas leyes y medidas porque hacerlo sería
aparentar que realmente se debate algo, cuando ya está todo el pescado vendido,
metáfora muy apropiada para el caso. No cabe el argumento, ni a favor ni en
contra, cuando estamos ante una simple e indecente transacción de impunidades a
cambio de permanencia en el gobierno. Como no hay nada más, todo lo que se pudiera
añadir sobra, como el discurso urdido a posteriori por los promotores y defensores de tales desafueros. No cabe jugar con las palabras, aunque poco más pueden hacer para
defender sus súbitos cambios de rumbo y sus rendiciones, siguiendo los pasos y el guion de la ventana de Overton. Hacemos lo que nos conviene o se nos impone, lo que nos parecía inconcebible y prometimos que nunca haríamos, y luego ya se nos ocurrirá alguna explicación. La parroquia ya está acostumbrada y los acólitos también han perdido la vergüenza. Con su pan se la coman y las urnas dirán, cuando toque.
Tal vez una de las palabras más equívocas, maquiavélicas y arteras de las que se nos imponen y que muchos nos negamos a dar por buenas, sea la de progresista. Aquí tendríamos un problema de petición de principio. Cualquier discusión en la que se admita sin rechazo ese señuelo es estéril por tramposa. Porque exige dar a una de las partes la razón de antemano, incluso antes de enunciar su idea o su propuesta. Si en Tebas lo dicen, en Tebas lo deben de saber. Roma locuta, causa finita. Si nosotros somos el progreso, los buenos, claro queda todos los demás sois los malos, los enemigos de avances y mejoras. Todo aquello que a nosotros, los ‘progresistas’, se nos pase por el magín, por definición, es lo acertado, la luz, lo benéfico, lo moral, lo conveniente, lo que traerá el progreso, como nuestros títulos indican. A los otros os queda el error, la oscuridad, la mala intención, la estupidez, la incultura, la indecencia y la maldad. Pensamiento religioso en estado puro: la fe verdadera frente al error culpable de los idólatras, la gente del libro frente a los paganos.
Sobran argumentos, datos, realidades, medias tintas
y matices. La verdad es una e indivisible, y la tengo yo, de forma que poco
queda que debatir. En cualquier conversación en la que aparezca ese embeleco
habría que parar y preguntar a quien se ampara en esa capa cuándo, cuánto, cómo y en
qué ha contribuido al progreso. Tanto la persona que habla como la ideología
que defiende y representa, por supuesto refiriéndonos a los resultados. A los
éxitos y a los fracasos, a las consecuencias, no a las teorías, los discursos y
las palabras. Quedaría claro quién en la historia, con sus luces y sus sombras,
ha dado lugar a espacios de libertad, de justicia y de progreso cierto y
verdadero y quien, contradiciendo a sus dulces palabras y promesas invariablemente incumplidas, ha creado
infiernos de opresión, miseria e injusticia. Si nos referimos al fascismo, al
de verdad, una inmensa mayoría, que casi se acerca a la totalidad, lo rechaza
con abominación. Sin embargo, otra ideología igualmente totalitaria y criminal, más paralela que opuesta, aún
parece que puede engallarse y mostrar nombre, símbolos y proyectos sin
vergüenza, dedicándose a veces con relativo éxito a intentar retocar una Historia
de la que no tienen ningún motivo, ni uno solo, para estar orgullosos. Sólo
pueden recordar sin sonrojo aquellos cortos episodios en que algunos
antecesores dejaron de ser lo que siempre han sido, efímeros aciertos que precisamente
es lo único que sus sucesores hoy les reprochan y procurar corregir. Cuidando
las palabras, poniendo pie en pared cuando nos quieran engatusar con ellas, evitaríamos
tener que seguir hablando por hablar, enredados y perdidos en las nieblas de un
debate teológico de imposible resolución.
Sólo faltaba el sindiós de
los nuevos puritanismos, las palabras de las tribus identitarias, de los
populismos de uno y otro lado, lo woke y lo política y supuestamente correcto.
Ahora ya estamos todos.


