viernes, 27 de marzo de 2020

Epístola consolatriz


    Hago, como todas la mañanas, una revista de prensa y medito que, aunque los más sensatos vienen a coincidir en lo esencial, hay artículos que aportan enfoques distintos o miradas atentas a aspectos concretos a una situación de la que no creo que podamos ser aún del todo conscientes. De ella y de sus consecuencias. Hay acuerdo en que nada volverá a ser igual y todos dan por supuesto que aprenderemos la lección. Aunque normalmente tiendo al optimismo no me pondría a echar cohetes, pues mi fe en el género humano es escasa. Unas veces abundan los individuos que no están a la altura del comportamiento del conjunto; en otras es al revés, los elementos, uno a uno, son mejores que el grupo que forman, donde se diluyen las virtudes y se suman las miserias particulares.
 
    Desconfío por varios motivos. Primero, porque no hay una lección que aprender, que hay muchas, todas ellas imprescindibles. Segundo, porque la Historia lo que nos muestra es que nunca antes ningún pueblo, en ningún lugar ni época, ha acabado aprendiendo de los errores nada importante y menos para siempre. Tercero, porque podemos ver que hay al mando en algunos países, algunos de ellos inmerecidamente admirados, personajes a los que llamarles desalmados es hacerles favor. Alguno de ellos llega a pedir a los viejos que se sacrifiquen o dejen sacrificar en aras de la economía, su único dios verdadero. Cierto es que también hay muchos que piensan igual sin atreverse a decirlo, aunque terminen por actuar en esa línea. En el Japón de los samurais hubieran acompañado tal declaración de falta de principios con el harakiri, dando ejemplo, porque quien así hablaba en los Estados Unidos de Norteamérica del Norte ya no cumplirá los setenta, que ya los tiene, pero da por supuesto que para él y para los suyos si habría salvación, que allí más que en otros sitios depende del dinero. Un dinero que nunca han considerado conveniente dedicar a proteger la salud de sus ciudadanos, un derroche innecesario. He consultdo el Casares, a doña María Moliner y al DRAE y no encuentro palabra precisa y ajustada para calificarlo. Me quedaré en miserable hijo de puta, y que perdonen las hetairas que las meta en esto, pues mucho preferiría estar gobernado por una puta que por Trump, Bolsonaro o Boris Johnson. Paro por abreviar una lista extensa. Por su oficio suelen tener más conocimiento y humanidad y ninguna de ellas dejaría morir de esta forma desagradecida, cruel y despiadada a los abuelos.

    Los españoles, siempre dados a usar el cilicio y al látigo de siete colas en las carnes propias, desde antiguo miramos, con más desconocimiento que acierto, a otros países de una forma en exceso favorable. Abundan entre nosotros los soplagaitas que intentan mortificar nuestras conciencias por nuestra historia y por ella nos imponen una penitencia sin fin que no concede perdón; y también por nuestro presente y por los defectos y errores en los que caímos y caemos. Todos incurrimos en esa tentación, antes o después, de una u otra forma. Nos gusta lamentarnos y pintarnos más feos de lo que somos, cuando en general, incluso en teniente coronel, la media es guapísima, como ahora comprobamos con alivio. Siempre escasos de patentes, tampoco es nuestra la invención de esos males, antiguos y universales.

     No obstante, aunque tampoco sea mal exclusivo de España, sigue siendo la envidia y el afán de segar toda cabeza que destaque el verdadero deporte nacional, y es norma el que no dejemos nunca de lamentarnos de nuestros gobiernos de forma despiadada, sangrienta, en un partido que unas veces se juega en casa y otras como equipo visitante, no faltando insultos y penaltis vistos por unos y no por otros, también por turnos. Ni ahora paramos, cuando el lance es decisivo, que otros anteriores no dejaban de ser choques amistosos en los que poco o nada esencial se decidía, sólo la honrilla del club. Tal vez de resultas de esta tragedia nos dejemos de garambainas y de catecismos sectarios que nunca deben llegar a ser programas de gobierno, como no pocos pretenden. 

    Vemos a los próceres foráneos mentados que, como otros, sestean viéndolas venir, y cuando les lleguen poca envidia nos van a dar. Y agradeceremos estar en mejores manos y corazones que esos países grandes en tamaño y en riqueza, que no en humanidad. No hay en España partido ni líder capaz de llegar a esos abismos morales, ni en el gobierno ni en la oposición. Aunque llegará el momento de pedir cuentas a unos y a otros, que los errores y retardos se pagan con vidas, por el momento doy gracias a los dioses por esas diferencias. La situación es terrible, podría haberse aliviado en parte, y también hubiera podido ser peor, suicida como en USA, UK, Brasil y otros paraisos donde siguen los consejos de la serpiente. Algunos en el frío norte se creen a salvo. Esperemos. Por lo pronto Boris Johnson ha dado positivo en coronavirus, y no sé si eso es justicia poética o si sobra el adjetivo.

    Toca ir todos a una, que errores ha habido, hay e inevitablemente habrá, aquí y más en otros sitios. Los lamentaremos y censuraremos, aunque siempre hay que pensar que a cojón visto varón seguro. Habría que pedir a muchos que cierren la boca, tanto en los gobiernos, el central y los regionales, como en la oposición, que hoy lo que faltan son recursos y lo que sobra son palabras.

sábado, 21 de marzo de 2020

Parábola de los buitres


    Mira que me lo había propuesto, no sé si conseguido. Hablar y escribir en tono positivo, incluso intentando suavizar con humor unas circunstancias trágicas que deberían llevarnos a la unidad, a aparcar por el momento discusiones y pelarzas ideológicas que el momento hace no sólo inoportunas, sino indecentes.

    Pero resulta imposible. Hay quien no abandona su guión, quien intenta marchar por libre en sus demencias y sus infamias. Cuando hay gente que muere y gente que lucha para evitarlo, cuando el protagonismo lo toman cientos de miles de personas anónimas que atienden, curan, protegen, transportan, limpian o mantienen los suministros disponibles, hay fantasmas que siguen ahí, ectoplasmáticos, arrastrando sus cadenas y apareciendo en lugares oscuros para espantar al personal, ululando como buhos siniestros. No en los bosques, sino en despachos gubernamentales o en la BBC. 

  Aunque hay bastantes, demasiados, cuesta encontrar nada comparable en infamia al señor Torra y sus palmeros, lo que es para nota. Pocas cabezas hay capaces de hacer sitio a tanta basura moral. No queda sitio para nada más. Todo en ellos es abyección, bajeza, envilecimiento. Son un ejemplo de hasta qué cotas de inmoralidad puede llevar el fanatismo que, en su caso, llega a arramblar con todo resto de decencia y de humanidad. Faltan en sus hospitales los recursos dilapidados en embajadas, propaganda, televisiones y prensa a sueldo, carencias que como se acostumbra se atribuye a Madrid. Como pollo sin cabeza zozobra una administración que durante lustros ha dedicado personas y dineros a jugar a hacer una república, un engendro totalitario que sin duda tendría una legitimidad y decencia pareja a sus impulsores. Algo temible y, desde luego, escasamente democrático y respetuoso con quien no les baile el agua.

    La paranoia es sólo uno de sus muchos problemas mentales, pues se une a esa indeferencia al sufrimiento ajeno, esa falta de empatía propia de los psicópatas. Sólo eso explica algunas de sus viles manifestaciones de irónico desprecio ante la muerte de madrileños y otros seres degenerados con los que muy a su pesar comparten país. De Madrid al cielo, vomita Ponsati y comparte Puigdemont y la peña.

    Infectado por un virus que indudablemente viene de la capital del reino, este espécimen inclasificable dedica su escasa capacidad mental a intentar desacreditar a su país ante la BBC, persiste en su afán por aislar a Cataluña del resto de España, no por protegerla, sino por disfrutar de una frontera aunque sea por unas semanas. Seguramente impedir el paso de Castellón a Tarragona frenaría mucho la infección. Santes o después habrá que aislar Barcelona, Igualada, como habrá que hacer con Madrid, Valencia y otras ciudades donde se concentra la tragedia. Sobre todo si los más irresponsables de sus moradores persisten en colapsar las carreteras los fines de semana rumbo a la segunda residencia, al campo, a la playa.

    Para evitar esos comportamientos antisociales, que aceleran la extensión del problema, sin duda deberá recurrirse al ejército, pues las otras fuerzas de seguridad están siendo desbordadas. Limpia y desinfecta el ejército puerto y aeropuerto de Barcelona, cosa que, entrenidos en su monotema no habían llegado a hacer, ni siquiera a contemplar. No tardarán en tener que instalar hospitales de campaña, tanto allí como en cualquier otro sitio de España donde sea necesario. Para estos orates descerebrados se trata de una invasión militar, por tanto rechazable aunque sea imprescindible. Los ciudadanos para ellos son rehenes de una idea, la única que tienen, escudos humanos si hace falta.

    Cuando todo esto pase, que pasará, el virus habrá barrido con el procés, habrá mostrado la miseria moral de los enajenados mentales que lo inventaron e impulsan y, por el momento, deja a Torra y a todo su entorno como pasmarotes que gesticulan en un teatro vacío. Los que habitualmente llenan el aforo también deberían hacérselo ver, tanto como los que aplauden la obra desde lejos, cómplices de estos desatinos.

    Durante años, y aún hoy, abundan los que miran para otro lado, considerando que algo sacarán de ese desmantelamiento del Estado que lleva siendo la única misión de la administración catalana desde hace demasiado tiempo. O esos otros, pocos, que con escaso éxito promueven caceroladas coincidentes con aplausos solidarios destinados a gente más decente y más útil que todos ellos. Como siempre, centrados en los problemas reales y urgentes. O los que aprovechan un cargo que se muestra superior a su valía y capacidad para endosar un mitin vacuo, inoportuno, ombliguista e improcedente. Ya llegará la hora de hablar de ello con detenimiento, aunque se les puede adelantar que nunca llegará una república a España si es de su mano. Espantan más que ilusionan, como buitres revoloteando cuando huelen a muerto.

martes, 17 de marzo de 2020

Epistolilla alarmada, pero reconfortante

Queridos hermanos:

    Recluido en mi cenobio, como manda el Estado de Alarma y recomienda la Regla de San Benito, rezo mis oraciones, pongo una vela, medito y observo cómo esta crisis sanitaria hace aflorar, como suele ocurrir, las virtudes y los pecados de la congregación. Pone en evidencia sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Algunos falsos profetas también aprovechan la ocasión para propagar la herejía, poniéndose en evidencia a ellos mismos y sus miserias, tanto como a sus falsas doctrinas, algo de agradecer pues les vemos hoy y recordaremos mañana como de verdad son. No merece la pena detenerse mucho en esos personajillos, que tiempo habrá. El Señor les castigará con dura mano y arderán en los infiernos de la oposición

    El grado de responsabilidad de la población es notable, tanto como su solidaridad, nunca puesta en duda. Ya éramos y somos el primer país del mundo en cuanto a donaciones de órganos, entre otras cosas importantes.

   Nos pilla la cosa con uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo, si no el mejor. Aún así se verá comprometido, tal vez menos que el de otros países que dejan a Darwin al mando de la situación. Y no por falta de recursos, sino de humanidad. En una situación así cualquier sistema sanitario se quedaría corto pero, como los seguros, es necesario pagarlos esperando no tener que recurrir nunca a ellos, aunque deben de estar allí para cuando sea menester.

    Como ninguna ocasión se desaprovecha para arrimar estas ascuas a sardinas políticas, no deja de haber quien hable de desmantelamiento previo de la sanidad, sugiriendo un culpable claro y único. Por supuesto hablan olvidando que es competencia transferida a las comunidades autónomas, regidas por diferentes opciones políticas, algunas durante decenios, tal vez por la opción política del criticador. Miren quién desmanteló, cuánto, si es que se hizo y dónde, y si cuando la economía empezó a permitir ciertas alegrías, se ocuparon de mantelar lo previamente desmantelado. Choca escuchar a mosén Torra, heredero de fray Mas, artúrico desmantelador máxímo, echando las culpas a Madrit y al hermano Rajoy. Mire cada uno en su propio convento, bajo su alfombra, y tiren menos primeras piedras los también pecadores. Mejor aprendan y aprendamos todos de esta dura lección qué es lo importante, que mucho tiempo y recursos hemos perdido en cosas y temas que no lo eran tanto.

    Leo que en la villa y corte de Madrid el gremio hostelero ya ha puesto a disposición de las instituciones sanitarias 60.000 camas de hotel para uso hospitalario. No ha sido necesario recurrir al decreto de Estado de Alarma para intervenirlas a la fuerza, cosa que habría que hacer si otra fuera la actitud, cosa inimaginable. Sí puedo imaginar que otro tanto ocurrirá en toda España que, por cierto, tiene en algunos destinos turísticos concretos más camas que otros países enteros. Pero, desgraciadamente, nó sólo hacen falta camas, también y más importante, personas y medios.

    Todo el país enclaustrado en las celdas de sus conventos no ha puesto en compromiso la red de telecomunicaciones, a pesar del uso intensivo y continuado. Se nos pide que no abusemos del móvil, que utilicemos el teléfono fijo en lo posible para no colapsar los satélites. ¡Cabrones, no enviéis tantos vídeos por Whatsapp! Resulta que España tiene más fibra óptica instalada que Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia juntas, dato que los eternos agoreros, siempre echándonos paladas de tierra a nosotros mismos nunca cuentan.

    Todo es mejorable, empezando por que algunos creyentes descarriados dejen de sacar a pasear al radiador, acaparar papel higiénico, afan universal que escapa a mi comprensión, y otros comportamientos más relacionados con la psiquiatría que con la gestión de la crisis. Que el Señor les perdone.

    Tenemos unos buenos servicios públicos, atendidos por profesionales aún mejores. Falta cuidarlos, dotarlos de material, reforzar las plantillas, poner la industria nacional y ¡ay!, la europea a fabricar lo necesario, pues si capacidad sobra debe ser la voluntad lo que falta. Como tengan que ser los chinos quienes nos proporcionen mascarillas, respiradores y guantes, entre otras cosas, mal porvenir tiene Europa.

    No ha sido mala enseñanza para algún reyezuelo local comprobar que su poder era delegado, subsidiario de un único Estado, pastor que cuando es necesario toma las riendas del rebaño completo porque hay ovejas negras que sin perro se pierden y se van hacia el barranco soñado.

    Hoy toma el gobierno medidas económicas. Esperemos que el Señor les ilumine, y no me atrevería yo a indicarles si deben rezarle a san Keynes o a otros santos rivales, no sé si más o menos milagreros, que doctores tiene la iglesia. Pero no se queden cortos, que la supervivencia de mucha gente, mucha, está en sus manos. Esperemos, lo que es mucho esperar, que Europa esté a la altura. Mucho se juega y mucho nos jugamos. Sanos y enfermos han de comer, cobijarse y pagar sus facturas.

    Y, cuando todo esto pase, que será con bien si los gobiernos saben estar a la altura de sus ciudadanos, (Y no pocas guerras, tal vez todas, las hayan ganado más soldados y cabos que los generales que luego se apuntaron las victorias), convendría no olvidar quiénes en realidad han estado en primera línea, cómo se les había valorado y pagado antes, cómo se había cuestionado su número y su compromiso y cómo dejar de regatear recursos de forma suicida a lo imprescindible y de acordarnos de Santa Bárbara sólo cuando truena.

    Y ahí entra tanto el personal sanitario, docentes cuyo trabajo colapsa hoy las redes de la administración educativa, fuerzas de seguridad, ejército, agricultores y ganaderos, transportistas, cajeras, cajeros y reponedores de supermercados, personal de limpieza, recogida de basuras y tantos otros oficios que, al fin y al cabo, nos dan y conservan la vida. No lo olvidemos después. No lo olvidemos nunca.

    Vale.

sábado, 14 de marzo de 2020

Epístola vírica


Cuando la vida, la naturaleza, nos pone contra el espejo de nuestra insignificancia y el reflejo que vemos nos muestra como insectos soberbios ante fuerzas que nos rebasan, que en la naturaleza son casi todas, en pocos días parecen ridículas nuestras inducidas y habituales discusiones sobre si son galgos o podencos. Tal vez ahora lleguemos a considerar que pudieran ser pastores, alemanes o no. A lo mejor ni siquiera eran perros. De nuestro entretenimiento habitual desde hace demasiado tiempo, esto es, jugar con las palabras como vasos que llenamos y vaciamos de significados, pasamos a la cruda realidad, algo que veníamos dejando a un lado. Señuelos lingüísticos les llama Daniel Gascón. Algunos dirigentes, tertulianos y mediopensionistas de pronto se ven enfrentados a un problema real. No es que no hubiera otros, aunque este nuevo es inaplazable, poco dispuesto a ser toreado con palabras, como se acostumbra. Se trata de un miura vírico, poco dado a componendas. Ciertos temas y personajillos van quedando reducidos a su verdadero valor, entre el ridículo y la existencia fantasmal. Que no cunda el pánico: pasado el susto, volveremos a nuestra gilipollez habitual, que los pensamientos de velatorio duran hasta que salimos de él, y reanudaremos las discusiones sobre el género de los ángeles.Somos más frágiles de lo que habíamos llegado a creer, de lo que nos habían contado. Nuestros liderzuelos, mandantes o aspirantes al mando, que poco se llevan, tienen otra ocasión maravillosa para mostrar su altura o desmentir su bajura, aunque muchos la están desaprovechando estrepitosamente, ofreciéndonos el equivocado consuelo de mostrar que es mal común la mala gobernanza, algo mundial. Como estamos acostumbrados a que unos y otros se dediquen más a crear problemas nuevos que a resolver los existentes, uno no sabe si ante una cuestión grave y real sería mejor estar en manos de Putin o de Sánchez, de Xi Jinping, de Trump o de Johnson. Aunque no deja de ser penoso estar en manos de nadie, este último tiene la ventaja de que su nombre huele a jabón. A champú para niños. Parece ser que tan insigne prócer, en su cada vez más aislada isla, opta por dejar obrar a la Naturaleza en plan darwiniano, se decanta por propiciar que sobreviva el más fuerte, que gane el mejor con puro fair play biológico o religioso, que el Señor tiene sus designios y el virus, aunque borde, no deja de ser una criatura de Dios como la tarántula y otras alimañas. Dice, mientras se atusa las rubias greñas propias de un águila matada a cañazos, que en algo nos parecemos, que habrá que hacerse a la idea de que muchos familiares van a morir antes de tiempo, especialmente los viejos, aunque su descaro y su crueldad muestren que no piensa en los suyos. No se podrá atender a todos, dice. Un derroche estéril e inasumible para las menguadas arcas de lo que queda del imperio británico, cuatro islotes. Cada vez los consejos de ministros del mundo se parecen más a una barra de bar, o de pub en este caso, tanto en tono como en la solvencia de las propuestas. No habrá faltado quien proponga hacer una manifestación contra el coronavirus. Pero Boris, que aunque nació en New York fue luego desasnado en Oxford, no es así de zafio. Es hombre de muchas lecturas y se pone sin gran esfuerzo en modo Dickens, que esos sí que eran buenos tiempos para los suyos. Mejor declararse impotente ante el virus y priorizar la economía, según nos cuenta, aunque no descienda a aclarar de quién es la economía a la que se refiere, pues en esta función el bienestar seguro de unos pocos parece depender del malestar probable de los más, incluso del mutis por el foro de no pocos, para él prescindibles. Una pena, dice, dando por descontado que él y los suyos están a salvo. Viendo las producciones de su cabeza, como las de otros, más parece expuesto a infestarse con la filoxera o el gorgojo de la patata que a infectarse con un virus ahora adaptado a las personas. A ellos no les faltará cama en la UCI ni respirador. Al menos los Boris hablan con claridad; de forma obscena, pero transparente. Como lo cierto es que el virus se ceba con los viejos y enfermos, parece contar el Boris británico con que el mal de estos que deja a su mala suerte sea el bien que contribuya a sanear las cuentas de la seguridad social, que cada difunto es una pensión menos a pagar. No hay mal que por bien no venga. Como en el caso de Trump y otros de semejante catadura moral, es lo malo de estar desgobernados por contables y negociantes, pues no hay columna para la humanidad en los libros de caja.En Houston y alrededores también tienen un problema. Si la sanidad es algo disponible sólo para quienes pueda pagarla, resulta que los cabrones de los pobres nos van a infectar a todos, piensa el Trump, su cuadrilla y al parecer sus votantes, aunque es más caritativo pensar que ni unos ni otros piensan nada. Tiene cojones la cosa, no vamos a tener más remedio que curarles de balde las miasmas por nuestro bien, que bien hemos demostrado que poco nos importa el suyo. Un país que tiene billones para enviar naves al espacio, trillones para invadir países que ignora dónde coño están, carece de capacidad y de intención de proporcionar una sanidad universal a sus contribuyentes, que me cuesta llamar ciudadanos. Un país así, con todos sus logros indiscutibles, es un fracaso, y no solo moral. Al menos, aún hay cosas de las que uno puede estar orgulloso en el nuestro, y mal haríamos en echarlas a perder. Se acercan elecciones en USA y, como siempre, triunfará la democracia, el pueblo votará con su inteligencia y tino habituales y tal vez, como en el Brexit y otros referémdums legales o ilegales, elegirá precisamente lo que menos le conviene. Una de las grandezas de la democracia es el poder elegir el veneno que te mate. Lo que es un hecho es que una ley que prohibiera o evitara vivir en eterna campaña electoral, como nos ocurre a nosotros, apaciguaría los ánimos y arreglaría gran parte de los problemas simplemente porque evitaría que, al calor de las disputas y las meaditas ideológicas para marcar el territorio como lobos, se creen problemas nuevos, en gran parte imaginarios, que es nuestro caso. Descubrimos asombrados que las siete plagas de Egipto pueden escapar del Egipto bíblico y terminar alcanzándonos la peste, la langosta y el hambre, hasta ahora jinetes ajenos y lejanos. Algunas inundaciones, tempestades y terremotos lo habían anunciado, pero bien está que te mate algo gordo, telúrico, inabarcable. Los dinosaurios sin duda se extinguieron a gusto, sin tales humillaciones, arramblados por un pedrusco del tamaño de Irlanda. Pero coño, una mierda de virus lleno de pinchos, invisible hasta con las gafas de ver, parece más ofensivo que letal. Pero ahí está, a lo suyo, aunque no sepamos en quién viene encaramado y vivamos atemorizados y recelosos, barba en hombro. Un virus canijo y mezquino nos confina en las celdas de nuestras casas, convertidas en cenobios, y vacía hoy las grandes avenidas, los nudos de carreteras, los destinos turísticos normalmente atestados de gente y de coches. Si antes se peleaban los ganchos de los restaurantes en los paseos marítimos estirazando del turista para arrastrarle hacia sus gambas, hoy los solitarios paseantes de las playas son mirados con temeroso resquemor: ¡Hostias, un madrileño! El temor no hace distingos, no deja espacio para taxonomías precisas y ajustadas. En playas y secanos, barrancos y quebradas, cualquier semoviente, seguro portador de virus que bullen y flexionan las ancas para saltar sobre nosotros, madrileño ha de ser. Como hay muchos, estadísticamente es fácil que acierten, aunque la irresponsabilidad no es invento exclusivo de la corte. Benidorm ayer mostraba en sus bares lo que parecía ser una convención de insensatos. El caso es que, —a la fuerza ahorcan—, le damos un respiro al planeta con esta bajada de humos. Incluso cierran bares y restaurantes, como un fin del mundo en cada barrio, pequeño y pasajero, en el que nos vemos obligados a prescindir de cosas supuestamente imprescindibles. Las autoridades sanitarias han venido a recomendar más o menos mi forma de vida, cercana a la del eremita. Las gentes, recluidas en sus casas tras el toque de queda, puede ser que lleguen a conocerse un poco mejor. Entre ellas y a sí mismos. Incluso que no se gusten. ¡Joder, qué grande está el nene! Por cierto, ¿cómo se llama este niño? Tal vez, como Gila, se crucen por el pasillo con un señor de marrón que, al parecer, vivía con ellos. No parece mala gente. Seguramente el principal problema para las autoridades será tener entretenido al personal sin que caigan en la funesta manía de pensar, enfrentados a llenar el tiempo por sí mismos, obligados a recuperar —si las había— aficiones olvidadas: terminar el puzzle o la maqueta iniciada hace decenios. O bajar la guitarra del altillo y recordar antiguos acordes. Incluso llegar a leer, a dibujar o a cocinar con enjundia y sosiego, a fuego lento. En Italia, según leo, emitirán en abierto algunos canales porno, para ayudar. No sé, y además ignoro, si será peor el remedio que la enfermedad. Los más desesperados aprovecharán para pintar la casa, pues no harán otra cosa que pensar en ti y, aunque no se les ocurra nada, repararán en que, por cierto, al techo no le iría nada mal una mano de pintura; se decidirán por fin a colgar el cuadro, arreglar la bisagra de la puerta o barnizar las sillas, encolar la mesa que cojea y arreglar el grifo que gotea, limpiarán los cristales por fuera y harán sábado los martes también. Se retirarán las camisas del manillar de la bici estática, que será estrenada por fin. Quien tenga patio dejará el césped como cuero cabelludo de un marine, en todos los balcones las plantas, ahora bien regadas y abonadas, lucirán como nunca, floreciendo en marzo; deslumbrará el brillo de los suelos y todo estará ordenado, salvo los alrededores del sofá frente a una televisión que echará humo, llenos de latas de cerveza vacías. Como las desgracias nunca vienen solas, no hay fútbol, que tanto hubiera ayudado. No me atrevo a describir la situación donde, además, haya niños en edad de merecer. Ya Dante dejó mucho dicho sobre el tema y poco hay que añadir sobre tales martirios y penitencias. No pocos se determinarán a escapar a la calle, aprovechando para comprar tres cajas de Mahou, veinte barras y mucho papel higiénico, mientras les da cita el psiquiatra. Cuando termine la cuarentena, por los portales de los edificios emergerá una nueva humanidad, los supervivientes, y veremos que más habrá matado el aburrimiento que el virus. Como la cosa no podía ir a peor, nos parecía, tal vez haya que tener esperanza en los cambios.

Si de verdad aprendiéramos, si dedicáramos a pensar parte del tiempo de esta impuesta retirada a nuestras habitaciones, incluso a estrenar el cerebro en no pocos casos, nada volvería a ser igual. Muchas cosas serían cuestionadas. Poderes, valores, equilibrios, necesidades, hábitos, costumbres y discursos. Muchas épicas quedarían reducidas a escombros y muchas cuentas y ecuaciones deberían ser resueltas de forma distinta a la acostumbrada. La equis no estaba donde solíamos buscar. Otras cosas y otros logros que la rutina dio por eternos, a veces cuestionados o malbaratados, deberían salir reforzados. Tal vez nos lancemos a la revolución, a la del sentido común, valorando precisamente eso, lo común. Al menos, casi todos, estamos aprendiendo que lo más importante que tenemos en común es la vida. Y que, al final, para salvarla dependemos de los demás tanto como las de los demás dependen de nosotros. No es mala lección. Cara pero necesaria. Nuestra salvación está en nosotros mismos y en nuestros servicios públicos. Decir servicios públicos es decir funcionarios, esos de los que tan sobrados andábamos según opinión muy extendida durante la crisis, cuya disminución en número y en sueldo tantos aplausos mereció entonces. Y los servicios públicos son impuestos. Siempre hay que procurar elegir bien, pues luego nos pueden decir que no deberíamos haber elegido muerte. Vale.




lunes, 24 de febrero de 2020

Epístola artística, nacionalista y agrícola

Nacionalismo es palabra que, como todas las que acaban en -ismo, suena a exageración. Evoca este sufijo a esos efímeros manifiestos de ciertos movimientos artísticos desaforados, a cualquiera de los muchos que han aparecido alrededor de una mesa de mármol y de los vapores de unas copas de absenta, argumentaciones más grandilocuentes que razonables, más exculpatorias que constructivas. Suelen tales genios despreciar una tradición cuya excelencia les reta, cuya exquisitez les humilla, pues sus carencias les impiden igualar o mejorar los usos y técnicas del oficio que el tiempo ha ido alambicando y, a veces, caen en delirios tendentes a ganar por vía argumentativa el prestigio y el beneficio que su obra por sí sola no merece, con un programa basado en el desprecio a todo lo que los redactores del manifiesto se saben incapaces de hacer. Ni en arte ni en nada, nadie puede dar lo que no tiene.

Que los abajo firmantes desconocen los arcanos de la perspectiva, despreciémosla. Si su falta de oficio hace irreconocibles los monigotes que pintan, renunciemos a la figuración, a la copia vil de la realidad. Que la búsqueda morosa de las sutilezas cromáticas es algo fuera del alcance de su escasa ciencia, rindamos culto al color tal como sale del tubo. Hagamos lo que hagamos, siempre habrá quien se avergüence de no comprender lo incomprensible y de no descifrar en nuestras creaciones un mensaje en realidad inexistente y que, como con el traje del emperador, dedique largos párrafos a revender un humo por el que el crítico en el fondo intuye que ha pagado en exceso. Nadie está dispuesto a reconocer que es un panoli y en ese coto cerrado y elitista unos se amparan en otros. Ocurre en todas las burbujas. El tiempo acaba poniendo a cada uno en su sitio y, a la larga, mucho es lo olvidado y poco lo que permanece.

Esta forma falaz de pensar y proceder puede ser aplicada a cualquier arte, industria o actividad. También, y especialmente, a la política, donde circula impunemente la falsa moneda y se nos da gato por liebre. Cuando las palabras se van vaciando de significado, tanto en los discursos políticos como es norma en las presentaciones, catálogos y críticas de arte, mera verborrea tanto más hueca cuanto más retumbante, vamos apartándonos de la realidad, perdemos pie y empezamos a meternos en terreno pantanoso. Y en el fondo de todo pantano ideológico hay siempre un totalitarismo, con lo que entramos en terrenos del cinco.

Viene a deducirse del discurso de muchos, aunque no atinados, que hay un nacionalismo perverso y otros que no lo son tanto. Les parece el nacionalismo cosa asumible a estos finos analistas cuando el nacionalista carece de nación, aunque para ponerle los cimientos a la obra recurra a la fábula, a la tergiversación de la Historia, a la deformación interesada de la realidad y se dedique a sembrar odios y a buscar enemigos entre sus compatriotas, presentados como un obstáculo para su independencia y su prosperidad. Ahí os quedáis los pobres, que además oléis mal y tenéis taras genéticas. Para muchos siniestros, poco que objetar, sobre todo si el autor de esas finezas y sus secuaces tienen los votos que les son imprescindibles para llegar al gobierno.

Sin embargo, cuando la nación realmente existente durante siglos intenta sobrevivir a esos desgajamientos insolidarios e ilegales, recurrentes intentos oportunistas siempre procedentes de sus partes más prósperas, y se resiste a dar por bueno que se arramble con una construcción colectiva, compleja y secular, caemos en un nacionalismo bajo sospecha. Es malo el nacionalismo español, nos dicen, aunque sea algo casi limitado hoy al mero deseo de no permitir que la nación existente desaparezca. Los menos escrupulosos buscarán debajo de las piedras de la Historia esos excesos que llegan hasta el presente para mostrar el carácter opresivo y uniformador de nuestro país, perversión de origen mesetario, la zona opresora que esquilma al resto. Los menos sofisticados, simplemente dirán que eso de España, su bandera, sus símbolos, Historia y valores, son cosa de franquistas. Dense por contestados estos últimos, que ya está bien de hundirse en tales simas dialécticas intentando razonar con quien ni lo merece ni sería capaz de entender un argumento de tres líneas. Esos son irrecuperables. Que lean y luego vuelvan. Hay quienes han sido y son incapaces de proponer una sola idea que pueda abonar un imprescindible sentimiento de pertenencia a una empresa común, aunque sí muchas para desunir lo unido, tantas como para dar por buenos los argumentos y deseos disgregadores de las partes, siempre más defendibles que los de aquellos que quieren preservar el todo.

No hay que exigir que una bandera o un himno ponga al ciudadano los pelos como escarpias, cosa reservada para cuando ganamos un mundial de fútbol, pero no se debe perder de vista que una sociedad se construye y hermana alrededor de ideas simbolizadas por trapos o canciones, relatos y leyendas, mitos y recuerdos, que pasan a ser algo más cuando representan la siempre problemática unión en una empresa colectiva, algo que no se discute en los países que admiramos. Precisamente eso es lo cuestionado entre nosotros de forma invariable, lo compartido, siempre de forma interesada. Lo común carece para muchos del prestigio de lo local, de lo particular. Llega a suceder que la única de las banderas del Estado que necesita justificación y que recibe pitos, ataques y suspicacias es la nacional, la de todos. No ocurre así con ninguna de las regionales, tenidas por intocables símbolos de la libertad y de la unión, esa sí innegociable, de cualquiera de las partes de un todo siempre puesto en duda. Aunque haya casos en que la bandera regional fuera en origen la de un partido, como la ikurriña que fue creada por el PNV. Incluso la estelada, bandera de una bandería, no de una comunidad autónoma, se ve como algo inocuo por parte precisamente de los que se ven agredidos por la enseña nacional. Una bandera, la estelada, que divide y señala, que ofende a la mitad y cuya presencia en balcones oficiales ya muestra hasta qué punto hemos permitido que se llegue.

Desde que se inició la Transición, más bien desde la Constitución de 1978, no ha dejado de estar sobre la mesa la demanda insaciable de transferencias, proceso inacabable de desmantelamiento del Estado, que cedió de forma suicida competencias como la de educación que, salvo en su lado administrativo, nunca debió entregar a zonas de España de acreditada y añeja deslealtad. Hay llaves que se pueden dejar a un vecino y a otros no.
Las transferencias menos convenientes, a las que el Estado no ha dejado de resistirse, han sido siempre moneda de cambio para la formación de los sucesivos gobiernos, en un chalaneo que cuarenta años después sigue perpetrándose. Y además fuera del Parlamento, como sería menester. No es de recibo que la compra-venta de cosas tan esenciales siempre se acuerde en mesas privadas y los ciudadanos y la oposición se vayan enterando por la prensa.
Hoy tocan las cárceles, en Cataluña vemos para qué, y en el País vasco la seguridad social; para Navarra la sustitución de la Guardia Civil de Tráfico y así a cada cada uno de estos prósperos y oprimidos territorios, en función de la necesidad de sus votos para mantener un gobierno que paga sus días con lo que es de todos. Al menos lo era. La justicia afortunadamente sigue sin transferirse, gracias al Constitucional. Algunos dirán que estas cesiones no suponen un peligro para la fortaleza y permanencia del Estado. Y se equivocan. Poco a poco, cesión a cesión, venta a venta, cobro a cobro, cada vez hay más ciudadanos en España que en su día a día creen vivir ya en un país independiente, con sus fueros viejos y su clero al frente, ganando por fin las guerras carlistas con carácter retroactivo. Nunca van a solucionar esos españoles un problema, gestionar una ayuda o recibir un servicio a una ventanilla que muestre un símbolo del Estado, que sería mostrar una realidad que así se esconde, la verdad escamoteada de que es el Estado quien se los proporciona. Ha sido su ayuntamiento o su comunidad quien le ayuda. El Estado queda para cobrar los impuestos, para juzgar los delitos y para dar los disgustos. Prefieren, en cambio, ser ellos quienes multen a los conductores imprudentes antes de permitir que en sus carreteras pueda verse un tricornio, símbolo por antonomasia de lo español. Como los toros de Domeq, salvando las distancias. Si lo que hay que salvar son vidas, ya irán con gorras de tela y, además, dirán como dicen algunos consellers, que siempre viene bien en caso de catástrofe la ayuda de los países vecinos.

Hay leyes que es necesario cambiar por ser antiguas, se nos cuenta. Incluso los más sofistas llegan a argumentar que los que votaron la actual Constitución o han muerto o son ya viejos. Sin duda los fueros medievales navarros o vascos, o el derecho civil catalán, aún en vigor en parte, son más recientes y fueron votados por los tractorícolas de la estelada, esos que siguen cortando calles, acccesos y autopistas cuando les parece bien y ni siquiera son ya noticia.

Sin embargo los agricultores que lo hacen con más motivo, menos trastorno y sin violencia, son tachados de carcamales de la derechona, terratenientes latifundistas, y son elevados todos ellos a la condición de duques del olivo triste. Incluso por el sindicalista del foulard, impresentable personaje capaz de desacreditar a una izquierda en la medida en que esta última sea incapaz de desmarcarse del primero. Come gambas y calla, botarate. No han visto, al parecer, las manifestaciones y cortes de carreteras en Alemania y en Bruselas en un momento en que se negocian a la baja las ayudas a la agricultura, todos ellos sin duda unos franquistas capitaneados por el Duque de Alba que vuelve a Flandes a plantar una pica que le faltó. Tampoco parecen caer en que los olivareros están hoy intentando dar salida a su reciente cosecha de aceite y ven que en algunos supermercados se vende por menos de lo que a ellos les cuesta producirlo; que abonos, gasóleo, seguros agrarios, salarios y otros suministros suben mientras su producción se deprecia ante las importaciones de países a los que compramos tomates a cambio de que sujeten a los inmigrantes o con los que nos hemos comprometido a consumir sus frutos o sus pescados a cambio de contrapartidas sobre actividades industriales que se desarrollan en zonas más pobladas de España, vivero de votos y con mayor capacidad de amargar la vida a los gobernantes. Incluso de echarlos. No, leeremos que se trata de un improcedente asomar la oreja a destiempo, que vaya ocurrencia ir a manifestarse cuando gobiernan los nuestros, los “progresistas”. Los agricultores, las zonas rurales en general, tal vez sean conservadores, aunque pudiera ser que en los discursos de una izquierda urbanita y posturera no encuentren ningún argumento para dejar de serlo, pues no hay nada en su forma de vida y en muchos de sus valores que no sean cuestionados por muchas almas bellas que se la cogen con papel de fumar y no paran de renegarles. 
En realidad, aunque la sinrazón está muy repartida y la razón escasea, hay un problema de fondo en la polarización actual. Unos creen tener derecho incuestionable a gestionar la cosa pública, argumentando que las cuentas les salen mejor, aunque no digan quién paga el pato, que por cierto suelen ser los mismos mande quien mande. Otros, con la capa del emperador de su autootorgada e inexistente superioridad moral, nunca dejan de considerar que ser conservador es una patología, no una forma legítima de ver las cosas. Tan legítima y razonable como la contraria.

Epístola psicológica


   Suelo en facebook entrar a ciertos trapos, a muy pocos, pues sin mesa de mármol y café los debates pierden mucho. Aquellos a los que llevo la contra pueden considerar mis objeciones como una muestra de respeto, pues es tiempo que no dedico a cualquier persona ni opinión. A veces es una entrada o sugerencia mía la que da origen a debates más o menos largos, más o menos sustanciosos, como es el caso de esa frase con que se abre este artículo, y luego lamento que ese esfuerzo y esas reflexiones queden allí perdidas. A veces, alguna de estas epístolas ha sido redactada como respuesta a alguna opinión estimulante, de forma que es bueno que aquí queden.

    Esa cita resaltaba el problema de que las ideas sean refractarias a la realidad, y contestanto a un comentario en el que reconocíamos que es algo que a todos nos sucede, veo que me sale una respuesta que es una reflexión demasiado larga para dejarla escondida allí. Contesto ahora, pues, con mi brevedad habitual.
-o-o-o-o-o-o-o-
    Creo que sí, todos somos así, unos más que otros, efectivamente. Gran parte de los militantes o los forofos defensores de unos u otros partidos lo son especialmente. De una forma desesperante y sin arreglo. Almas sometidas, inteligencias (grandes, pequeñas o nulas) entregadas a la justificación acrítica de cualquier cosa. No dar armas al enemigo. Mejor no entrar en ese teatro, que es lo que cada día hago más, callarme, salvo cuando callar duele demasiado, pues te toman por tonto al pensar que no hay posible contestación.

    Ni se escucha para entender, sólo para rebatir indefectiblemente, ni se admite de antemano la posibilidad de que el otro tenga algo de razón, que siempre la tiene en parte, ni se argumenta para convencer al oponente, sino para reafirmarse uno mismo. Esa forma de no dejar resquicios, de estar de acuerdo en todo con lo que de cada uno espera su grupo de referencia, muestra en el fondo debilidad, la idea de que si dejas grietas se te desmorona un invento que sabes dudoso. Las ideas como muelas que no deben moverse. Caemos en un diálogo de sordos. Como, si acaso, escuchamos más para responder que para comprender la postura contraria, tras cada argumento del contertulio, cada cual sigue con su letanía por donde iba.

    Además el argumento no es nunca convincente, pues las ideas, que salen de los sentimientos o de la adscripción a la tribu protectora más que de una reflexión personal, (que pocas veces se produce), son así refractarias a los datos y a la realidad. Cada uno rastrea noticias, libros, artículos, memes y argumentos que le den la razón y desprecia o pasa por alto todo lo demás. En la burbuja se está calentito.

    Creo que hay que hacer más un acercamiento psicológico (a veces psiquiátrico) de por qué se tienen (tenemos) ciertas ideas y la causa de esa forma de defensa que no se para ante lo incierto ni ante lo peligroso. El pensamiento conservador casi siempre ha sido dogmático, el de algunas izquierdas antiguas, no las que cayeron y caen en totalitarismos dictatoriales que no son las menos, valoraban la crítica, el ir un poco por libre y desentonar. Hoy ya no, son igualmente ovejunas, piensan y actúan en bloque y en nada se diferencian los reaccionarios de izquierdas de los de derechas, puro clericalismo. Unas momias ambos. No hay más que ver qué acaban defendiendo. Caen las orillas de unos y otros en extremismos dogmáticos que se alimentan mutuamente. Por ejemplo el empeño de cierta derecha por hacer problema de ideas y posturas ya metabolizadas por la sociedad, una vuelta al pasado, o la postura desconcertante del "progresismo" acerca del pronunciamiento insolidario y elitista que ha sido el procés de Cataluña. O las desafortunadísimas declaraciones del líder de la UGT, que mejor estaría exterminando gambas y otros crustáceos, que es lo suyo, que ofendiendo a los agricultores. Todo sea por la causa. Una vergüenza. Y la izquierda más entregada, presta a lucir argumentario para salir apoyando lo indefendible. Ridículo y penoso. No conocen, se conoce, más agricultor que el duque de Alba y los Domecq. En el lado opuesto y con mimbres similares, damos con el pin parental y todos entretenidos. De oca o oca, ahora toca la Iglesia y las inmatriculaciones, que lo de Franco ya no da más de sí, no lo podemos desenterrar otra vez, y a la peña hay que darle tema y alimento. ¿Podría alguien tratar de algo que interese y preocupe a la mayoría?

    Lo del acercamiento psicológico no lo digo por hacer una frase. Algo había estudiado de psicología en la carrera, pero ahora he vuelto a leer cosas nuevas, por ejemplo sobre la construcción del pensamiento moral en los niños, y todos los estudios muestran que las ideas éticas y morales se forjan desde una adhesión afectiva, emocional. La reflexión viene después, siempre al servicio de justificar lo que ya habíamos elegido. Llevaba razón Hume, el razonamiento como esclavo de las pasiones. Es decir, pensamos para darnos la razón a posteriori, pues nuestras razones salen de las tripas y de las del grupo de pertenencia, un filtro coloreado del que es casi imposible desprenderse. Cerebros de derechas y de izquierdas, simplificándolo mucho, idea que vengo rumiando desde un café con mi querido y admirado maestro, Daniel Sáncuez Ortega, que me la sugirió.

   Luego está la peculiar forma que tenemos de entender la democracia. El pueblo ha dicho que... (Póngase aquí exactamente lo que nosotros pensamos, que casi nunca es lo que el pueblo ha dicho). Si prácticamente, tanto en Cataluña como en el resto de España o en el Reino Unido, la población está partida mitad por mitad, el ganador o la coalición más o menos hilvanada debería saber que lo ideal, aunque inasumible, sería reconocer que imponer su programa máximo va en contra de la opinión de la mitad de los votantes, (o del 90%, como vemos en casos de decisiones a propuesta de quien sólo obtuvo el 10% de los votos, no digamos de una minoría regional, mínima pero decisiva). Todos deberíamos ser más modestos y democráticos. Pero ahí entra eso de la superioridad ética. No sólo hemos ganado, aunque sea por los pelos y encaramados a otros, la ética y la razón están en nuestro bando, que el resto o son unos fachas o, si fuera al contrario, unos antisistema que vienen a destruírlo todo. Ni agua para ellos. Nombremos para cada puesto el sujeto a mano de pensamiento más extremo y sectario en el tema, que hay que marcar paquete ideológico y, a falta de dinero, centrémonos en medidas baratas pero de postín. Creemos la ilusión de que avanzamos, aunque gran parte de los ciudadanos se queden atrás, no se sientan concernidos por nuestras propuestas, sentidas como una agresión a quien piensa distinto, la otra mitad. Tenemos a nuestro favor, piensan, que hemos conseguido que nuestras ideas sean indiscutibles y deben ser adoptadas en su integridad, sin críticas, sin matices ni dudas. Luego, cuando otros ganen, no tendrán más remedio que hacer lo mismo, intentar desmontar imposiciones, que aquí se viene a sufrir por turnos.

Han conseguido entre todos desmontar en pocos años lo edificado en decenios, con sus enfrentamientos y descalificaciones y a menudo poniendo sobre la mesa y como problema temas que creíamos ya superados. O enfrentando entre sí variados grupos de víctimas, dividiendo así a la sociedad y desentendidos cuando no atacando cualquier símbolo, recuerdo o idea que pudiera servir de unión. Imperdonable. De nuevo estamos partidos en dos. Gobierne quien gobierne, la mitad del país pensará que se gobierna en su contra. De ellos depende mostrar que no es así.

martes, 28 de enero de 2020

Epístola judicial



     Se nos dice que la justicia no debe suplantar a la política, un buen consejo acompañado de beatíficas demandas de diálogo. Hay bastante de cierto en esas afirmaciones, pues una sociedad con salud democrática debe intentar solucionar sus problemas por medio del acuerdo político. Si malo es judicializar la política, algo inevitable cuando precisamente pisotean las leyes los dirigentes encargados de aplicarlas, peor es el extremo opuesto, esto es, politizar la justicia hasta diluir un contrapoder imprescindible. Estas y otras cosas nos llevan a añorar aquel consenso de una época pasada que no pocos quieren desacreditar, tanto en sus formas como en sus logros, precisamente en un momento en el que las formas se han perdido por parte de todos y en el que las ejecutorias y las propuestas vienen a ser, por parte de muchos partidos y activistas disfrazados de políticos, precisamente todo aquello que desmonte esos consensos que nos han proporcionado el período de paz y prosperidad más largo de nuestra historia. Afortunadamente, los que redactaron la Constitución y el pueblo que tan mayoritariamente la aprobó, procuraron blindar ese marco de convivencia contra pasajeros y ocasionales calentones, dificultando que pudiera ser modificada sin un acuerdo mayoritario, hoy imposible. Para los planes de algunos resulta un obstáculo, como la justicia. El tercero parece ser el Rey.

     En no pocos temas la única razón que algunos tienen es la que han perdido los demás, y se reprocha al contrario la apropiación de lo que debería ser común, aunque se trate de algo que quien tan amargamente se lamenta abandonó previamente. No hace falta ser un lince para pensar que la adopción de posturas ideológicas maximalistas en aquellos temas sobre los cuales no existe un claro acuerdo en la sociedad no es la forma de propiciar acuerdos básicos, espacios comunes que quedaran fuera del debate, que en la actualidad siempre resulta agrio y basado en la descalificación total del oponente y en la parcelación de la sociedad en minorías, unas víctimas de las otras, todos en deuda con ellass y todos agraviados por los demás. Hoy no importa nada el pensar, por eso se practica poco. Lo importante es ser. Una vez uno decide o sabe qué es, lo demás viene ya dado y pensado y ya sabemos quiénes son los nuestros y quién el enemigo. La única identidad en entredicho es la común, la de pertenencia a un Estado, idea bajo sospecha, tanto como sus símbolos y su nombre, cosa de fachas. La verdad es mía, completa, sin matices, sin posibilidad de cesiones pues, siendo cuestión de principios, llegamos a aquello que no se puede negociar, precisamente los principios. Esto ocurre incluso cuando quienes obran así, es decir casi todos, presenten muchos síntomas de no tenerlos, por las propias trayectorias en unos casos o por ver en otros la facilidad con que en el transcurso de días se pasa a defender lo que previamente se atacó, y viceversa. Será curioso dentro de unos años ver la firmeza de algunas convicciones hoy irrenunciables, aunque recientemente sobrevenidas, una vez la tendencia imperante las sustituya por otras que se adoptarán y defenderán con semejante ardor religioso. Pedir diálogo desde esa actitud encastillada, en la que casi todo es innegociable, es invocar un principio de autoridad superado hace siglos, un mandato supremo, la causa, que lleva a la imposición de una verdad revelada ante la que sólo cabe arrodillarse y rezar. Ver el parlamento actual donde integrismos varios, en tono crispado y barriobajero, vociferan y excomulgan al contrario, desbarrando más que argumentando de forma destemplada acerca de todo menos de lo que interesa, da pocas esperanzas. En la sociedad se propaga el desenfoque y, aunque nada arreglemos, andamos muy entretenidos y encandilados con los señuelos de unos y de otros.

     Igual que ocurre entre particulares, los desacuerdos irresolubles acaban dirimiéndose ante la justicia, más cuando alguna de las partes se ha saltado la ley y ha incurrido en delitos para imponer su postura. La ley y la justicia son la última ratio, cuando todo lo demás ha fracasado. Los estados aún tienen una ultima ratio más dolorosa, recurso extremo aunque no inusual, según la Historia propia y ajena nos muestra. Hasta eso llegan a invocar algunos. La justicia es una solución civilizada cuando las partes no han mostrado un grado suficiente de civilización, y a nadie debe extrañar que sean los tribunales quienes decidan la solución que más se ajuste a lo previsto en nuestras leyes. Aunque algunas sean viejas, conviene recordar que en algunas zonas antes españolas de Estados Unidos no es insólito el recurso a las Partidas de Alfonso el Sabio, heredadas del pasado mejicano, donde siguen en vigor en aquellos aspectos en los que no han sido expresamente derogadas. Paradójicamente entre nosotros, desde posiciones que se dicen progresistas, se acaban defendiendo fueros y privilegios medievales, a la vez que se rechazan por antañonas algunas leyes que vienen a resultar incómodas para la ocasión. Como propuesta territorial deseable se llega a proponer algo que recuerda al feudalismo.

     Es la ley algo que algunos respetan cuando suponen que está de su parte, que les dará la razón. Entonces las leyes se ven justas y quienes las aplican resultan imparciales funcionarios que se limitan a ajustar a ellas sus decisiones. No es así cuando pintan bastos, pues entonces las leyes pasan a ser residuos del pasado, antiguallas incapaces de dar solución a nuevos retos, no pocas veces provocados por el imaginativo trilerismo con que algunos intentan sortearlas. Igualmente, los jueces, antes justos, pasan a ser marionetas dirigidas por las manos del oponente que propuso sus nombramientos. Como fueron propuestos tanto por unos como por otros, al compás de los vaivenes de la política y gracias a un sistema que se repudia cuando creemos que, estando en la oposición,  nos perjudica pero que se mantiene y acentúa cuando ya en el gobierno nos beneficia, estas quejas y lamentos vienen a decir que bien está que el poder judicial esté en manos de los que llevamos razón.

     La ley, como su aplicación, ha de ser justa, no oportuna ni conveniente, en el peor de los sentidos de ambas palabras, el del oportunismo o de la conveniencia sometida a intereses de parte o a las urgencias del momento. Que nadie, ni antes ni ahora, desea ni promueve la independencia de la justicia es un hecho, un lastre que, como las Diputaciones y otras cosas, sólo son mal vistas hasta que puedes tenerlas en tus manos. De ahí el sonrojo al leer o escuchar los argumentarios con que se intenta barnizar ciertas decisiones y proyectos. Tres veces he leído en las últimas semanas referencias al Arte de la Guerra, de Sun Tsu. Mala cosa es tomar ejemplo de sus principios, ni de los de Maquiavelo, pues todo vale en la guerra, dicen y, parece ser, que también el el gobierno o en la oposición.

     Hay que reformar el Código Penal, nos dicen, algo de lo que se dieron cuenta ayer, recordándonos a esas emisoras de radio que, complaciendo una amable petición, dedicaban una canción a un oyente. Reforma con dedicatoria, votada, si llega a aprobarse que esperemos que no, precisamente por aquellos a quienes, torciendo la mano a leyes, juicios y sentencias, esa reforma dudosa y acomodaticia vendría a perdonar. Mal precedente que menosprecia de forma ligera y burda a leyes y tribunales y deja indefenso al Estado, a propuesta de quienes ahora miran con lupa y escrupulosidad otras sentencias que no les agradan. Hace falta mucho sometimiento ideológico y más cinismo que vergüenza para defender algo así. Pero ahí están, intentando argumentar lo indefendible, contándonos que se trata de figuras delictivas obsoletas, por antiguas, aunque lo sean menos que las de robo o asesinato, por ahora no cuestionadas. Sería razonable pensar, si su obsolescencia fuera el motivo real de su reforma suavizadora, un traje a medida, que serán sustituidas por otras que persiguieran de forma más adecuada delitos no previstos por las leyes actuales. Antiguamente, un golpe de estado suponía tomar el control de las instituciones clave de gobierno, además de aeropuertos, fronteras y medios de comunicación. Lógicamente quien ya dirige tales cosas no tiene necesidad de tomarlas por la fuerza. Lo del Parlament y la declaración interrupta de la independencia catalana fue un tipo de golpe de estado efectivamente no previsto por sus novedosas formas en nuestra legislación actual. No cabe pensar que la intención de la reforma sea la de redefinirlo para evitar que estos delitos se vuelvan a cometer, más bien parece lo contrario. Si el delito de sedición se ve anticuado y de dudosa aplicación en este caso, como el de rebelión, sin duda serán sustituidos por otros tipos penales tendentes a prevenir y, en su caso, castigar, pronunciamientos similares, cegando las puertas que las actuales leyes dejaban candorosamene semiabiertas. Sánchez anunció en campaña electoral que recuperaría la figura de convocatoria ilegal de referéndum, suprimida por su partido bajo el mandato de Zapatero. Si eso hubiera sido dicho y refrendado con un apretón de manos por un tratante de ganado, ninguna duda quedaría al respecto, pero las promesas de Sánchez no llegan a inspirar tales niveles de confianza. De sus socios y apoyos mejor no hablar.

     Se nos dice que se trata de acomodar nuestras leyes a las de nuestro entorno. En primer lugar, cada país sabe de qué pie cojea, conoce su Historia y, parece ser que, con la excepción de algunos de nosotros sospechosamente temerarios, sabe de qué necesita protegerse con sus leyes, a menos que la intención sea la de no hacerlo. En segundo lugar, precisamente en nuestro entorno europeo abundan los países en los que intentos de independencia similares están prohibidos sin dudas ni resquicios que pudieran dejar impunes intentos tan penosos y estrambóticos como los que aquí sufrimos, y que dejan fuera de la ley los partidos o los programas electorales que los propusieren. En tercero, de producirse, serían calificados como alta traición, vetusta e incuestionada figura legal, y castigados con penas que llegarían a la cadena perpetua. En su reforma que homologue nuestras leyes con las de Alemania, Francia, Italia o Estados Unidos y con casi todos los países a quienes parece ser que deberíamos parecernos, tal vez nuestro gobierno siga esos caminos, aunque todo nos lleva a pensar que más se trata de desarmar que de armar al Estado frente a quienes atentaron y anuncian que atentarán contra él, es decir, contra todos. Este proceder de los reformadores anda cercano a la complicidad.

     Lo malo de legislar en caliente, tomando la ley por canción dedicable, es que contando de antemano con la tradicional deslealtad y astucia de los que motivan estas reflexiones y estas reformas legislativas, se abren peligrosas puertas. En lugar de intentar evitar que se vuelva a producir lo que, por imprevisto, ha mostrado los resquicios y abierto algunas costuras en nuestra legislación y nuestra convivencia, nos hacemos de forma suicida un descosido que los haga más fáciles y menos castigados.

     Como uno es un descreído, tal vez la almendra del tema sea que todo esto también resulte ser una patraña, que el plan consista en dibujar el trampantojo de una pista de aterrizaje donde pudiera tomar tierra el esperado traidor, el que cuente por fin a los suyos que todo fue un engaño. Si es así, pudiera resultar un éxito, pues ya se ha conseguido que los de Junqueras y los de Puigdemont saquen los cuchillos que mantenían ocultos en la liga, en el refajo o en la barretina, que de todo hay en la viña del Señor. Lo perverso es que se nos antoje como opción más deseable la mentira y el engaño. Al menos a eso ya estamos acostumbrados.