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sábado, 3 de octubre de 2020
Epistolilla de los cronicones
jueves, 24 de septiembre de 2020
Epístola puñetera
lunes, 21 de septiembre de 2020
Epístola discográfica

En los programas de los partidos políticos ocurre otro tanto, aunque una vez elegidos te condenas a escuchar todos sus temas, incluso algunos que no venían en la portada. Todos menos el que te llevó a comprarles el disco y el discurso, que es la política un ámbito raro en el que escasea más el singular que el plural, pues de palabra no andan sobrados. Ya dijo Lincoln que un dilema era un político intentando salvar sus dos caras a la vez. Y no estar loco. Lo que no recuerdo es quién dijo que todos sabían en el gremio lo que habría que hacer, pero también que haciéndolo no se ganan las siguientes elecciones, único horizonte de los nefastos políticos que desde hace ya demasiado tiempo tenemos la desgracia de padecer. Viendo el percal, nos los merecemos. En el long play que ofrecen al mercado como programa, saben que tendría que haber, como poco, alguna canción buena, al menos que lo parezca. A ser posible pegadiza, bailable, que se pueda tararear y dar palmas. Escuchando los temas musicales que llegan a hacerse populares, un espanto salvo raras excepciones, vemos que no triunfan composiciones que requieran muchos conocimientos musicales, temas de difícil digestión, de esos que exigen una audición atenta a los matices, las armonías y el desarrollo de su melodía. Por el contrario, mal futuro tiene en el mercado una melodía que no se pueda silbar, y al final lo que a la fuerza nos llega y nos ofende a toda potencia desde la ventanilla del buga que pasa por la calle es una frase musical breve y ramplona, repetida machaconamente y acompañada por algo similar al tam-tam de una tribu de caníbales. Si cambiamos melodías por ideas políticas, ya tenemos la base de un programa con posibilidades de triunfar. Sencillo, directo, breve, mensajes asequibles sin muchas elaboraciones, pues se despachan más para ser repetidos como lemas que analizados como propuestas. La publicidad y el club de fans se encargan del resto.
Todo programa político de entre los que se nos da a elegir como menú cerrado, o carne o pescado, tiene
una cara A, un tema de posible éxito, y muchas caras B. Ya en Mary Poppins se
nos cantaba que con una cucharada de azúcar la medicina atraviesa mejor el
galillo, the medicine goes down. Habían ya inventado lo que llaman leyes ómnibus, en las que en una disposición
transitoria o en un apartado agazapado al final del texto legal se nos endosa un
apaño que poco tiene que ver con el enunciado e intención de la ley, en tales
casos tramitada con urgencia, algo que en otros terrenos se conoce como
metértela doblada. Los programas, todos, ya lo habíamos dicho, aunque
defendidos con teatralidad y pompa, suelen consistir en una relación de brindis
al sol, poco detallados y que a poco comprometen, varios temas de postín
ideológico, carnaza para la parroquia, que de paso encorajine a la contraria,
llevando el debate a temas a veces no sólo laterales, inoportunos o
inconvenientes, sino surrealistas, distópicos y peligrosos. Nunca entran en la
almendra de los temas, a veces ni en la cáscara de los vitales.
Cuando con esos mimbres se
intenta un mínimo debate, uno siempre se encuentra frente a esa cara A, ese
tema apañado que se esgrime como escudo moral. La cucharada de azúcar que desarme al crítico
y lo muestre en pelotas éticas. Ya están aquí los que se oponen a cosa tan noble
y beneficiosa, dirán. De forma que el personal se la envaina y compra todo el
disco, que incluye 11 canciones programáticas que van desde la inconveniencia
al disparate. El sistema se replica como un fractal en cada una de las medidas
estelares del programa. Contando con que no hay ninguna persona decente que se oponga
a ayudar a sus familiares a dar una sepultura digna a quienes aún yacen en las
cunetas, te endosan en el lote una novela histórica de encargo. Y la Historia puede ser
muchas cosas, pero nunca un encargo al gusto del mecenas. Va todo en el menú. O lo tomas o lo dejas,
no se te ocurra pedir que te cambien la pizza de piña o el revuelto de
alacranes sobre lecho de brotes de bambú caramelizados por cosa más apetitosa,
al menos digerible.
Ni siquiera se permite, en aras de la corrección, opinar
sobre la guarnición de cada uno de los platos del menú. El solo hecho de poner
encima de la mesa el tema ya te retrata. Otro de la cáscara amarga. Asunto
cerrado, todo es asunto cerrado, todos mis asuntos son cerrados y tú métete en
los tuyos. Así llegamos al problema de que haya partidos, personajes y
bandarras que se han apropiado de una causa, de un tema o de una bandera, al
menos ellos lo intentan y los demás les dejamos que vayan escriturando. Hemos escuchado y leído que sobre un asunto nada tienen que
decir ni aportar tales o cuales millones de ciudadanos. Incluso escuchamos a ciertos propietarios ideológicos preguntarse qué coño
pintan esos en esta manifestación de nuestro tema. A partir de ese
comportamiento fanático de autocomplaciente y falsa superioridad moral, muchos
llegan a la conclusión de que llevan razón, de que presentado así el disco, con
tanta farfolla de relleno ideológico, el tema les es ajeno, pues abundan los que ya
dudan, incluso rechazan, cualquier tema sobre el que de antemano se haya
descartado la posibilidad de discrepar, opinar y matizar.
De esa forma, problemas que son
de todos, o que deberían serlo, pasan a ser asuntos de bando. Mala cosa. El personal pensante, escaso y perplejo, ve esta partida de tenis con el cuello condolido, anestesiado el
pensar por falta de riego ante tanto trasiego cervical: Para ti los okupas,
para mí la memoria. Me pido el feminismo y la renta básica y te lo cambio por
la bandera y la seguridad. Para mí los judíos y para vosotros los árabes. Oye,
que los árabes andan flojos en eso del respeto a las minorías, a las mujeres y
a la cosa del votar. Tú te callas, facha. Bueno, pues me callo, pero vuestro
alineamiento más se parece al de Franco, que por él fuimos el último país
occidental en reconocer al estado de Israel. Eran otras circunstancias y otros
motivos, cosas del pasado. Ah, bueno, bendito pasado que igual vale para un roto
que para un descosido, perdone usted. Oiga usted, buen hombre, ¿me puedo
acordar de unos años antes del 36? Y unos cojones, que ahora estamos en lo que
estamos. ¿Y si desenterramos a Franco y lo volvemos a enterrar, esta vez peor,
antes de las elecciones? Krushev, por equilibrar las citas, decía que todos
los políticos son iguales, prometen edificar un puente incluso donde no hay
río. No dijo si era por distraer al personal o por la comisión, cosas no excluyentes
entre sí. Ni entre mi bemol.
En ese long play que nos venden hay mucho refrito, mucho revival. Andan los cimborrios hueros de inventiva y se recurre a reeditar antiguos éxitos. Algunos programas políticos son básicamente eso, The Greatest hits del 78, del 36 o de 1492, con las coplas antañonas y castizas o los romances a gusto del intérprete o del productor. Luego está la compaña. Es importante rodearse de buenos músicos, tanto más cuanto menos enjundia y tronío atesora el figura que pone su jeta en la portada. A veces son ellos, anónimos instrumentistas de estudio, los músicos funcionarios que salvan el producto, que por eso seguimos vivos. Incluso se han dado casos en que en el estudio de grabación no había nadie más, que el artista era casi imaginario, como la chupa del dómine Cabra, que unos, viéndola tan sin pelo, la tenían por cuero de rana; otros decían que era ilusión; desde cerca precía negra, y desde lejos entre azul. Cuando los músicos son malos, no salva la cosa ni Santa Cecilia. Ni santa Tecla si santa Blao, patrona del flamenco. No hay milagros, ni aunque encuentren las castañuelas incorruptas de la cupletista de referencia para la peña. El único y verdadero milagro, viendo la inanidad y grisura de la dirigencia actual y las pasadas, desde hace muchos años a veces rozando o alcanzando lo criminal, insisto, lo milagroso es que siga saliendo agua por los grifos, se enciendan las farolas, se recojan las basuras y se cobren las pensiones. Toco madera.
Sobre la compaña, habría que
añadir para terminar, que muchas veces han sido las malas compañías quienes han
manchado carreras y arruinado futuros. Les han llevado a la droga, a la alucinación y al
desastre. Le pasó a casi todas las estrellas del jazz y del pop, desde Billy
Hollyday a Joe Pass; de Janis Joplin a Jim Morrison. Esto se lo deberían hacer
ver. A algunos, unos sentimentales, nos desanima mucho a la hora de elegir a
quién votar el ver a un político en edad de merecer dando abrazos entre sonrisas a
un reputado asesino o secuestrador en una herriko taberna de uno de esos pueblos
podridos por los silencios cómplices, o invitar a dar charlas en la uni a un
primate que dejó tetrapléjico a un policía y que, viendo cuán barato le salió y
cuántos defensores le salieron, mala gente como él, asesinó a un señor que
llevaba unos tirantes con la bandera de España, un facha. O ver torturar
leyes en potro parlamentario para que la sedición ya cometida sea cosa menor y puedan
salir a la calle entre vítores los golpistas posmodernos catalanes a terminar el trabajo,
cosa que anuncian sin muestras de arrepentimiento. Hay precios muy altos que
nunca se deberían pagar a cambio de unos sillones azules, compañías que descalifican y
voces que desafinan en el amasijo coral que nos gobierna. A pesar de que algunos corifeos tengan una partitura con todos los compases llenos de silencios, cosa de agradecer pues, al menos, no añaden confusión. Hay discos que resulta difícil comprar, a pesar de llevar
algún tema aceptable. No sé si están a tiempo de mejorarlo y no deberían
ampararse en el hecho de que en las tiendas no se encuentre mucho que merezca
la pena escuchar. No se debe tirar demasiado de las cuerdas, que los
guitarristas sabemos que acaban rompiéndose, oxidadas por tocarlas demás, o
quebradizas por no tocarlas nunca.
domingo, 30 de agosto de 2020
Epístola presupuestaria
La democracia, cuando nos movemos entre extremos, acaba consistiendo en que los ciudadanos eligen el tipo de equivocación que prefieren. Nombramos a alguien básicamente para que se equivoque en nuestro nombre, lo que nos hace despreciables, acertemos o votemos al equivocador inadecuado. Al menos esto último piensan las distintas feligresías respecto a los votantes de las otras parroquias. Los pactos son mal vistos entre nosotros tal vez porque, con esas premisas, las coaliciones o los acuerdos vendrían a resultar una suma de equivocaciones. Cuando tras votar se hacen las cuentas y se ven las posibles concertaciones, en España siempre se da por descartado, por inverosímil, aquello que aglutinaría a una gran mayoría de los votantes. Nuestro carácter y nuestra historia no consideran posible ni ven legítima una alianza entre los dos partidos más votados, cosa que sí ocurre en otros países cuando la situación es grave. No se entendería entre muchos de nosotros ese tipo de acuerdo, pues la eterna campaña electoral en que vivimos y la misma forma de oposición que alternativamente han ejercido los dos grandes partidos a través de las décadas han sido en exceso agresivas y descalificadoras. Ya se han ocupado ellos, y aún más algunos nuevos partidos desde ambos extremos, en exacerbar los ánimos y en polarizar la sociedad hasta límites peligrosos. Cada partido ha presentado al otro no como una alternativa peor, cosa lógica, sino como un peligro, cosa exagerada. Hay grupos políticos de peso variable que intentan abrirse paso a codazos pintando aún la cosa más negra. Cordones sanitarios, fascismos o comunismos bolivarianos, catacumbres, fines del mundo y otros desastres vienen de la mano, se nos anuncia, de partidos que para ellos simplemente no deberían existir. Son los extremos, radicales de izquierda o de derecha, siempre desprendiendo un tufo totalitario que intentan disipar echándose aguas de colonia en la careta o sobre una piel prestada que sigue oliendo a chotuno. Son buitres políticos, se alimentan de la descomposición.
Pero
si de verdad creemos que la democracia es más que una palabra, una capa de
barniz (fina y fácil de perder), una estrategia de sometimiento incómodo y a
ser posible temporal, que es lo que viene a ser para algunos grupos y personajes,
no cabría argumentar ningún reparo democrático a que un acuerdo entre los
partidos que aglutinan a las dos grandes mayorías de votantes se considerara
mucho mejor que otro pacto que conceda un poder e influencia inmerecidas a
grupos menores en cuanto a respaldo electoral. Incluso a grupos muy
minoritarios, sobredimensionados por una ley electoral muy mejorable, como es
la nuestra, que premia una implantación firme a nivel local o regional, aunque
sea irrelevante a nivel nacional. A veces unos puñados de votos que conceden la
preponderancia en una provincia o comunidad de escaños muy baratos, han permitido condicionar, por no decir lo que es, chantajear, a los sucesivos gobiernos de
la nación. Un gobierno soportado por el 60% de los votantes podría ser
cuestionado con otros argumentos, pero no tachándolo de poco democrático, pues
no cabe pensar en otro que lo fuera más.
Llegados
a ese punto, los lamentos de los grupos minoritarios que con pactos entre las mayorías, o simplemente con su acercamiento a posiciones de otros situados más
al centro, verían reducida su influencia y su presencia en las instituciones a
su verdadero peso en la sociedad, bastante más escaso del que pretenden y a
veces consiguen. No tendrían más argumento al que recurrir que a esa creencia
supersticiosa que les nubla la vista y que les lleva a pensar que son los reservorios
de la ética, la razón y la justicia. Pensar así es mostrar su desprecio hacia
los votantes, hacia la misma democracia, pues no otra cosa es el atribuirse a
sí mismos unas credenciales y un peso que no está respaldado en las urnas.
Teniendo el 14% de los votos, que aun no siendo pocos, les dejan como cuarta fuerza política, anuncian con deslealtad y ya desde el gobierno que su presencia es la palanca
de todo lo bueno que de él salga, e
intentan que su programa sea el principal condicionante en el núcleo de la
acción del consejo de ministros, especialmente a la hora de encontrar soportes y
confluencias para elaborar y aprobar unos presupuestos para todos, con lo que muestran que
no han entendido nada. Ni quieren entender en qué consiste la democracia. Lo
demás son leyendas propias de monedas en las que se afirmaba gobernar por la
gracia de Dios. Desde luego la gracia de los votos no les dan para tanto.
El
PSOE ganó las elecciones con 6.752.983 votos. El PP obtuvo 5.019.869. 3.640.063
fueron los cosechados por VOX, y 3.097.185 por Podemos-IU. Ciudadanos 1.637.540.
Al PNV votaron en las últimas elecciones casi 350.000 personas, uno de sus
mayores éxitos electorales, si no el mayor. Supone el 1,57% de los electores. Los
de Esquerra el 3,71, y los transformistas onomásticos de Puigdemont y los
suyos, el 2,19%. Bildu el 1,15. Saquen las cuentas y vean si la cosa da para seguir
gozando durante decenios del poder desmesurado de decidir si soportar o derribar
gobiernos, arrancar competencias inconvenientes o blindar privilegios insolidarios, teniendo su voto siempre
en venta a un precio que varía según mercado y estación. ¿De dónde sacas, pa’
tanto como destacas?, que decía el cuplé. Algunos líderes son la chica del 17
del parlamento, derrochando un poder más chuleado que ganado. Hemos visto y
vemos gobiernos que, más que un socio, parecen tener una querida. O varias, los
más libidinosos. La erótica del poder.
Unidas
Podemos prefiere que sea Esquerra quien ponga la tercera pata al taburete
presupuestario, previo pago en especie, una especie en peligro que otros
queremos protegida. Y esos otros, los que no queremos pagar tan elevado precio, vemos
más deseable un acuerdo con Ciudadanos, a pesar de que nunca le
perdonaremos habernos privado de disfrutar en esta situación crítica de un gobierno con mayoría
absoluta, centrado en solucionar problemas, no en buscar hegemonías ideológicas o culturales, inmune a estirazones, compraventas, malas compañías, chantajes y discursos
extremos casi alucinatorios, especialmente con la que está cayendo. Las medidas necesarias de protección social, de reforzamiento de la sanidad y la educación, como otras especialmente imprescindibles hoy, no son defendidas sólo por ellos, ni pueden ser la cucharada de azúcar que endulce y tape el sabor de otros tragos que a la mayoría le resultarían amargos incluso con tal anestesia. Un gobierno
que hubiera dejado en su verdadero lugar a personajes y grupos que hoy
condicionan nuestro futuro, cuando su peso real está cercano a la irrelevancia.
Ellos verán. Los vetos son peligrosos, sobre todo cuando no se está en
condiciones de imponerlos. Luego, al no poder evitar lo inevitable, se te queda cara
de tonto y, aunque la peña está acostumbrada a tragar cualquier sapo, incluso a
simular y predicar que aprecian su sabor y textura, todo tiene un límite. Hacer
apuestas que la cartera no respalda te puede sacar de la timba. Y fuera hace
mucho frío.
De todas formas, los eclesiásticos van de farol. Ninguno de ellos renunció para ser ministro a su acta de diputado. Sospechan, temen, saben, que una vez aprobados los presupuestos que, como vemos con los de Montoro, pueden durar dos o tres años, dejarán no sólo de ser imprescindibles, sino necesarios, que deseables nunca lo han sido, lo que les bajará mucho los humos. De ahí su desesperada gesticulación jaleada por su claque unánime. Tal vez después de los presupuestos o haya menos gestos levantiscos y chulescos o los echen del gobierno. Las ganas de hacerlo cada vez son más indisimuladas. Cada discrepancia, retransmitida con premura, refuerza al PSOE más centrado y, salvo ante una peña tan incondicional como poco nutrida, desnuda a Podemos ante el resto de la sociedad. Su afinidad con Esquerra, necesaria para que en las inminentes elecciones catalanas no le ocurra a su marca blanca lo mismo que en Galicia o en el País Vasco, les resta carretadas de votos en el resto de España. En todo caso, pues tontos no son y se la ven venir, ya deben de estar escribiendo el nuevo relato, una novela negra tipo Le Carré, con turbias conspiraciones, espías dobles, bajos fondos y traiciones, un relato que, pase lo que pase, para ellos no puede tener un final a su gusto.
jueves, 6 de agosto de 2020
Epístola ajedrecística
El conocimiento de hechos
ciertamente escandalosos, de ser como hasta hoy se nos dan a conocer parcialmente
y por canales poco usuales, protagonizados por Juan Carlos I, culminados por un
inducido traslado de residencia a un lugar por el momento no revelado, ha sido un
tema con fuerza suficiente para superponerse por unos días a la pandemia y a la
catástrofe económica derivada que ha apuntillado una situación previa no
excesivamente boyante. Ver tiempos, mensajes y esfuerzos intentando aprovechar
la situación para dar curso a ansias ideológicas, para mí inoportunas, mostrará
en qué estamos. Mejor dicho, en qué están algunos que cobran por estar en otras
cosas. Como es natural, aunque es bastante unánime en la sociedad el rechazo a
lo poco que se sabe y lo mucho que se supone de algunos comportamientos del rey
emérito, no ocurre así con las consecuencias que unos y otros quisieran derivar
de ellos. Empezando por la coalición de gobierno, una mayonesa sin cuajar en la
que el vinagre se quiere imponer al huevo y al aceite. Antes o después se
cortará definitivamente y habrá que empezar de nuevo con la maza a dar vueltas
en el mortero gubernamental a una mezcla mejor. Sobra el fanatismo tan oportunista
como inoportuno que flota sin integrar en la superficie de la salsa como chorreones
de vinagre, imposibles de cuajar en algo digerible y menos que sea gustoso.
Maldito sea Rivera. Saber que defienden posturas no compartidas por gran parte de la sociedad, lleva a los socios
minoritarios del gobierno y a sus más desaforados acólitos en las redes
sociales a hacer en la partida arriesgados movimientos sin tener en el tablero
figuras ni peones que les respalden. Trucos de tahúr, jugadas de farol, apuestas
suicidas alentadas por el hecho de que se juegan lo que no es suyo. Nada tienen
que perder, salvo la nómina. Es el ahora o nunca; al menos el ahora mejor que
nunca.
Esa palabra “nunca” es muy
fuerte, pues asegurar que algo no ocurrirá jamás es mucho decir. Nada dura para
siempre, y las monarquías reinantes en varios de los países más prósperos,
democráticos y decentes del mundo, entre ellas la nuestra, también saben que no
deberían arriesgar demasiado en determinados lances del juego. No deben llegar
a pensar que están por encima del bien y del mal, que su reino no es de este mundo
y que sus actuaciones privadas deben quedar fuera del escrutinio de la ley. Que
Urdangarín esté en la cárcel y que haya causas abiertas por delitos fiscales sobre
las cuentas en Suiza del anterior rey, es muestra de que eso no es así. Que
Pujol y otros dirigentes regionales no habiten una celda desde hace años ya no
sé decir de qué es muestra.
Los comportamientos
individuales, aun siendo reprobables y perseguibles, no sirven para
descalificar instituciones. De hacerlo, ninguna deberíamos conservar en nuestro
país ni en muchos otros. La Generalitat de Cataluña y los partidos que la desgobiernan
serían ejemplo de instituciones que habría que suprimir si fuese por nivel de
corrupción, incompetencia y ejercicio desleal y partidario de sus funciones
durante demasiado tiempo. Si revisamos los comportamientos de los jefes de
estado de los distintos países del mundo actual podemos encontrar casos de
corrupción, de regalos de diamantes o villas de recreo, lujosos coches,
comisiones por compras y ventas del estado, incluso de apropiamiento por parte
de las camarillas gubernamentales de gran parte de los recursos petrolíferos y económicos
de algún país. Lo curioso es que todas estas cosas las encontraremos casi siempre
en repúblicas o en las monarquías medievales de países del oriente próximo o
lejano, pero no en las europeas. Si se trata de repúblicas nunca se apunta como
solución acabar con el régimen para instaurar una monarquía. Cuando se enjuició
a Sarkozy o a Chirac, por ejemplo, a nadie se le pasó por la cabeza echar mano
de los sucesores del descabezado Luis XVI, último monarca de una Francia que se
quitó de encima a un rey para acabar soportando un emperador semidivinizado.
La casa real británica, que
por cierto acaba de lanzar al mercado una ginebra con botánicos de los jardines
del palacio de Buckingham, una institución secular que tiene propiedades
territoriales del tamaño de provincias y que protagoniza escándalos que han
llevado a su Graciosa Majestad a ir borrando de la nómina a la parte de la
familia que no da la talla que se le exige a la institución, es escasamente cuestionada.
Por no decir nada. Todas las monarquías constitucionales son sistemas que se
rigen por los valores republicanos de la democracia parlamentaria, donde la
cabeza coronada se limita a cortar cintas inaugurales, leer discursos
redactados por el gobierno y firmar leyes aprobadas en el Parlamento. A veces
conteniendo las lágrimas al firmarlas, pues la reina, que ha enterrado a varios
papas, casi una docena de presidentes de USA y ha visto nacer y morir países y dictadores
tras arruinar lejanas repúblicas, atesora más conocimiento, prestigio y fuste
que la mayoría de los primeros ministros con los que ha tenido que despachar a
lo largo de décadas, apenada por la degeneración general que ha llevado a Gran
Bretaña y al mundo a pasar de estar gobernados por dirigentes como sir Winston Churchill
a padecer a Boris Johnson, bufón más acorde con los tiempos. Cuestionar lo democrático
del sistema sería olvidar lo esencial, que es su dependencia de los poderes que
sí han sido elegidos, tanto como la capacidad del pueblo para decidir eliminar
la monarquía si llegara a considerarlo conveniente, algo que está muy lejos de
ocurrir, allí y aquí. Si tenemos una monarquía es porque así lo votamos
mayoritariamente en 1978, aunque algunos o no leyeron lo que votaron entonces o
ahora se hacen los olvidadizos en un alarde de esclerosis facial. Si alguna vez
en el Reino Unido se optara por una república, lo que entraría dentro del
terreno de lo milagroso, el Estado seguiría tal cual, algo que es diferente en
nuestro caso. Se cuestiona aquí la monarquía como objetivo lateral, pues el
botín buscado es eso que llaman con desprecio “el régimen del 78”, es decir, la
época más próspera, democrática y decente de nuestra historia, a pesar de no
pocas manchas, muchas de ellas provocadas por algunos de los que hoy la atacan.
Algo muy apreciado por una gran mayoría de los españoles.
La función del rey,
especialmente en España, es de representación, de símbolo y garante moral de la
unidad. Y si tiene tan poco poder, por decir que alguno tiene, es así porque
renunció Juan Carlos al inmenso que pudo haber tenido, a mucho más de lo que quienes
desearían sustituirlo se muestran dispuestos a renunciar. Puestos a elegir
embajador, símbolo y figura, prefiero a un descendiente de Luis XIV o de Carlos
III antes que a los candidatos que me vienen a la mente. Además, se le ha
formado para ello desde niño, lo que al menos nos evita ser avergonzados por
algún candidato en chanclas. Es justo reconocer que el emérito parece ser que
no ha estado a la altura exigible en cuanto a escrupulosidad en algunas
actuaciones, si así se probara, pero nunca hubiera podido alcanzar las altas
cimas del latrocinio con la perfección y la impunidad con que muchos otros
dirigentes electos nos han ofendido.
Algunas ideologías políticas, tan acertadas en sus análisis de las situaciones injustas y necesitadas de mejora como incapaces de solucionarlas, salvo para sí mismos, tienen ese halo romántico que proporciona la utopía, lo que a cambio les acarrea el lastre de un error inicial acerca de lo que cabe esperar del género humano, del buen salvaje de Rousseau. Hablan de que el pueblo es sabio, siempre tiene razón, de nada es responsable y todo lo merece, y claro, con esos mimbres poco cabe esperar al tomar tierra. Son discursos de oposición, no de gobierno, y si gracias a sus engañosos encantos lo alcanzan, queda al desnudo su incompetencia y su desajuste con el mundo real. Lo cierto es que muchos no creen lo que dicen, pues en realidad desprecian al pueblo en cuyo nombre dicen hablar y muchas muestras dan de ese desprecio. Que las urnas les digan otra cosa y sólo una escasa parte del pueblo les apoye es algo que pasan por alto; tras contar los votos que los revelan como cuarto partido siguen presentándose como únicos portavoces de la gente, del débil, del oprimido, aunque no siempre lo sean. En último extremo parecen apelar, como los monárquicos del antiguo régimen, a un poder merecido, otorgado por la gracia de Dios, algo etéreo que no necesita otros respaldos. Tengo la razón, y basta. Si no alcanzan el poder es por turbias maquinaciones de poderes ocultos, arcanos, o de otros como el judicial, bastardos hasta que sean nobles y legítimos, es decir, cuando ellos los nombren por adhesión a sus doctrinas, como no se recatan de avisar.
Me refiero, como se ve y claro está, a los extremistas, a los fascistas de izquierdas, pues tanto han estirado de la palabra y del concepto que han llegado a hacer posible que incluyamos en él a muchos de sus comportamientos y protagonistas. En España, como en el resto del mundo, ambos extremos se confunden, aunque apliquen su fanatismo de forma distinta o a distintas cosas. Decir que son especulares puede hacer que parezca equidistancia, intento de blanquear un fanatismo confrontándolo con otro, pero la culpa es suya. Ambos necesitan de ríos revueltos para nacer y más para crecer. La prosperidad y la justicia los deja sin tablero para jugar su partida, incluso sin partida que jugar, pues sólo la desesperación y el desánimo permiten que sus mensajes a medida, sus lamidas de oreja a parroquias equiparables, refractarias a la realidad de las cosas, encuentren calor y calen en los cerebros menos amueblados u ocupados en otras urgencias.
Los que provocan este escrito
aman la inestabilidad, el empezar de nuevo, pues nada hay que conservar, menos
que celebrar, ya que nada ven en nuestra historia que haya que enseñar a nuestros
hijos, más motivo de vergüenza que de gloria, según tales personajes, algo muy
distinto de lo que podemos ver en esos países que dicen admirar, procurando
obviar aquellas cosas que en la comparación con seguridad nos favorecen.
Leo en las redes, justo cuando
se hace pública la carta del rey Juan Carlos cómo, por parte de los guardianes
de la decencia y la verdad, poniéndose la venda antes de la herida, se nos avisa
de que el facherío, la caverna mediática, la extrema derecha, los de siempre,
dirán —diremos— esto y aquello, encontrarán excusas y justificaciones para
defender a un rey ya condenado por ellos. Las palabras, grabaciones y manejos
de Villarejo, ciertas cuando conviene, falsas cuando no, cosa que para ellos
también ocurre con la bondad de los fallos judiciales, son ahora tan incuestionables
como convenientes. Afortunadamente y para su disgusto vivimos en un estado de
derecho en el que la ley es casi igual para todos, algo que digo sin coña pues,
igual que los bancos, su redacción tiende a ser en exceso benevolente con dirigentes
políticos de variado pelaje ideológico pillados con el carrito de los helados, desmanes
jaleados si ajenos y callados si propios. No olvidemos que las rendijas y
prescripciones por donde se nos escapan a diario delincuentes de ese y otros gremios
o cofradías son obra y producto de la legislación confecccionada por ellos
mismos, algo que siempre prometemos arreglar desde la oposición, pero que ya en
el gobierno queda ad calendas græcas. Algo
así como la supresión de las diputaciones o la reforma del Senado.
Corrupciones ha habido muchas, algunas
multimillonarias, otras pequeñas. No salpican por igual a unos partidos y
sindicatos que a otros, algunos no han tenido tiempo, pero el parroquiano que
justifica lo poco avisa que soportaría lo mucho, poniendo ramitas en el nido
que incubará el huevo de la corrupción de los suyos, que asume de antemano. Quien
es tolerante con sus propias irregularidades fiscales o laborales ya apunta
maneras. Decir, como se suele, que ya salió lo de siempre, la plantilla de Echenique,
que ya están los fachas aquí, y otras excusas de mal pagador, es muestra de lo
que digo, todo hecho o argumento es bueno si no se aplica en mi contra. Poca
decencia política y nula honradez intelectual. Tan escasa como el respeto que merecen.
Malo es que se nos advierta de
lo que no hemos de decir, de lo que tenemos que dejar de opinar, de aquello que
hay que evitar pensar para no entrar en ese terreno indecente que empieza justo
donde acaba la ideología del que nos avisa, pues todo lo demás es territorio
facha. En mi molesta opinión, peor es aún leer que desde una vicepresidencia
del gobierno se hable de huida, o desde sus aledaños, se envíe al más deslenguado
de sus portavoces a pedir que se retire el pasaporte y se impida la salida de
España de alguien que ni está judicialmente acusado de nada, ni encausado. Se
huye en el maletero de un coche, como Puigdemont, perseguido por la justicia
por sus delitos probados, personaje y hechos para ellos más defendibles. Al menos por el
momento no estamos en ese caso con el rey abdicado. No es cuestión de matices
ni de formas, es cuestión del concepto que sobre la justicia y el estado de
derecho tienen semejante orate y su cuadrilla. Sencillamente temible, dictatorial.
En ese ahora o nunca pide ya el gran coro de los más cafeteros empezar a renombrar
calles y plazas, que siempre encontraremos en la peña y en sus ancestros
ideológicos alguien mejor para titularlas que Juan Carlos I o Juan de la
Cierva, como con tantos otros mejores que los proponentes se hizo antes. Por
supuesto, es el momento de arrancar del edificio constitucional la clave de
bóveda de la monarquía.
No corráis, hermanos, que con
las prisas vais a tropezar, pues tal vez algún día llegará una república y esperemos
que si así ocurre sea para bien, que salga mejor que las anteriores; pero hoy sucede
que uno de los sostenes de la monarquía es la indignidad de no pocos de sus más
acérrimos enemigos. Si queréis una república, si queréis que lleguemos a
desearla los que hoy la rechazamos, soltad lastres, que muchos tenéis. No
vendrá nunca de la mano de los que montan homenajes en pueblos y villorios del
País Vasco a asesinos locales cuando salen de la cárcel, ni de separatistas
xenófobos e insolidarios, ni del lumpen okupa, ni de otros de vuestros amigos, que
presentáis como avales y señas del régimen republicano. Gran error.
No caeré yo en la indecencia
de generalizar, como hacen muchos de ellos, de decir que todo republicano es así,
ni siquiera sugerir que no quepa nobleza, honradez y sentimiento democrático en
muchos de los que prefieren y defienden un régimen republicano, aunque lamento
que no renuncien a ciertas compañías que manchan su propuesta. Tienen buenos
argumentos, razón en algunos de ellos y, por descontado, derecho a defender sus
posturas. Sólo estos últimos son los que reconocerán en mí y en otros lo que yo
les reconozco a ellos: que es legítimo y decente defender una u otra cosa con
la palabra, con el argumento, y no cabe hacer como los más miserables, que de
antemano nos avisan y nos descalifican anticipando que vamos a decir cosas que
les desagrada escuchar, intentando amedrentar para que no las digamos. Blanden
en la mano la tea de quemar herejes, arrepentíos pecadores, renunciad al
maligno, sólo en la fe verdadera encontraréis perdón. La jauría en las redes
ataca después a los atrevidos. Para esos fanáticos totalitarios, como para cualquier
otro modelo de ellos, mi desprecio más absoluto. Vaya en su descargo que, salvo
escasos opinantes con criterio, que también los hay, gran parte de los que aparecen
unánimes en las redes echando vapores sulfurosos por las narices, no dan para
más; se trata de simples ecos, bastante abundantes en los bandos extremos, pero
que dicen lo que haya que decir, defienden lo que haya de defender según soplen
los aires en su peña. Esos que citan poetas que nunca han leído ni leerán, lloran
lo que haya que llorar y ríen lo que haya que reír, comparten todo lo que les
llega de su burbuja, que repiten lemas y consignas, pues nunca han pensado nada
por sí mismos, son simples figurantes que se encaraman a una carroza que creen
triunfal para recibir unos aplausos dirigidos al santo y que por sí mismos nunca
llegarían a merecer. En el fondo lo saben. Sus disparates son su minuto de
gloria en su parroquia y un hazmerreír para el resto.
En la situación actual, que llamar
desesperada es quedarse corto, creía que habíamos quedado que todos a una, que
los esfuerzos debían concentrarse en salir del abismo dejándose de banderías,
maximalismos y disputas estériles. Veo que no. Entre el amor y el dinero, lo segundo
es lo primero, que diría Corinna; entre la ideología y el sentido común el
orden es el contrario. Que no anuncien jaque mate tan pronto, que las fichas para
esa partida ni siquiera han salido al tablero.
martes, 21 de julio de 2020
Epístola censora y floral
Abundan los que no leen prensa o
escuchan noticiero que no sea afín a sus ideas. Así se anticipan al peligro de
que alguien les lleve la contra, cosa inaceptable e inútil, pues forman parte
de esos grupos privilegiados que han conseguido atesorar todas las certezas, todas
la verdades. De leer libros sospechosos de sostener doctrinas contrarias, tenidas
por heréticas y perseguibles, para qué hablar. La fe de un buen cristiano
peligra leyendo el Corán o el Talmud. Los Index Librorum et Periodistorum
Prohibitorum de cada peña son más amplios que el de la Iglesia en la edad
media. Inabarcable es la lista de excomulgados que van dejando a su paso, ora
como fachas, ora como comunistas bolivarianos, según el entender y talante de cada
feligresía desde ambos extremos.


