jueves, 2 de septiembre de 2021

Epístola de los chamanes

Cada vez dedico más tiempo a leer libros y otros escritos que se ocupan de las ideas, mejor que perder el tiempo con las ocurrencias. Ideas, su origen, alcance y evolución, no dogmas, prejuicios, tópicos o todo ese batiburrillo de discursos de baratillo, algunos totalmente disparatados, oportunistas, vacuos y peregrinos que, en realidad, son los que ocupan hoy portadas y debates, foros y mentideros. No es todo ello sino un fiel reflejo de la poca salud, bajura y enconamiento del debate político que emana de las alturas, mezquino, partidista y posturero, basado en la descalificación del contrario, la no asunción de responsabilidad alguna y en la dimisión del cargo de hacer frente a los verdaderos problemas de forma honrada y eficaz. A lo más que llegan es a aplicar tratamientos sintomáticos de urgencia, raramente van al fondo y a la causa de la enfermedad.

No pocos, los peores, practican una política entre el chamanismo y la homeopatía, que ceba y eterniza los males más que los combate, y que parece creer en el poder curativo de la sugestión, la imposición de manos y el encantamiento de conjuros y sortilegios. Pensamiento mágico. Pura verbosidad. Más que en la curación se esmeran en la apariencia del envase y la palabrería del prospecto de sus ungüentos de charlatán, literatura siempre enfocada a evadir posibles responsabilidades. Acaban vendiéndonos agua envasada con poco o ningún principio activo. Y, además, carísima.

Cuando uno cierra las páginas de un libro de Isaiah Berlin o de Chesterton, de Hanna Arendt o de Tony Judt, Orwell o Steiner, de Félix Ovejero, Trapiello o Josep Pla, de Chaves Nogales o de Julián Marías, entre otros muchos y por no citar a los clásicos, para después ponerse a leer gran parte de la prensa diaria de alquilada opinión o, peor aún, se mete en los foros a ver cómo respira el personal, a uno se le hunden los palos del sombrajo. Sabiamente y para hacerlo soportable, intercalan fotos y vídeos de gatos. Hace falta cámara de descompresión mental para no sucumbir a la intoxicación por falta de oxígeno que provocan esos cambios tan bruscos. Convendría pasar por un nivel intermedio. Primero una novela de Ágatha Christie o de Simenon, un libro de viajes, después un crucigrama, luego un tebeo o una de Corin Tellado, las noticias del tiempo para, una vez aclimatado el cerebro gracias a ese paulatino descenso, por fin  enfrentarse a los análisis de los medios y redes. No es que esperase uno encontrar por allí a Platón, a Unamuno ni a Montaigne, desilusión pareja a la de otros al dar con mis opiniones y comentarios, pero salvo honrosas excepciones, que las hay, y viendo el percal, no es extraño que las cosas vayan como van y mande quien y como manda, aquí y en el mundo. La casa no es que siga sin barrer, sino que ya estamos dejando que se nos hunda. Algunos que, al frente del estudio, nos cobran como arquitectos, aparejadores o maestros de obras, sin alcanzar a ser peones de albañil, en realidad viven de minar cimientos y rapiñar vigas, tejas y ladrillos. Y tales termitas políticas medran explicándonos que precisamente eso es lo que nos conviene. Lógicamente, como profesionales que se encargan de las demoliciones, viven de las ruinas, no de los edificios sólidos, limpios y bien mantenidos, donde ellos están demás.

No es cosa de España, como digo, que en eso también solemos ir al rebufo de otros, y no siempre de los más listos, exitosos ni competentes. Importamos las niñerías, los desvaríos y los errores de lo peor de cada casa, y no hay despropósito ni orate foráneo que quede sin calco o sosias por estos lares, poco dados a la originalidad. Hay mucha inteligencia suelta, es cierto, cerca y lejos. Pero la inteligencia suele ser molesta. En primer lugar, porque el tratamiento sanador de sus razones requiere un esfuerzo que no estamos dispuestos a hacer, suponiendo que tengamos preparación, criterio y capacidad para entenderlas. Ya se ocupan de que no tengamos tales cosas y no dan abasto redactando leyes de educación, siempre a la baja en cuanto a nivel y exigencia, no vaya y salgan los educandos mejores que los redactores. En segundo, porque lo que nos cuentan pide de nosotros algo más que atención y no estamos por los esfuerzos ni los sacrificios, pudiéndose arreglar todo con palabras y con buscar culpas ajenas.

Nunca fueron los gatos amigos de ayunos ni penitencias, por lo que huyen de dómines, fondas y comarcas donde no les den bien de comer ni les dejen dormitar a gusto en su caja. A los niños les gustan los cuentos, pero siempre los mismos, los que ya conocen. Y, antes de dormirse, prefieren ir cerrando poco a poco los ojos de la vigilia arrullados por relatos sin retos ni sorpresas, de esos que por conocidos se escuchan sin esfuerzo, sin sobresaltos ni dudas que pudieran entorpecer su paulatino y dulce amodorramiento. Antaño los niños solían tener cuatro o cinco años. O diez. Hoy, con el alargamiento de la esperanza de vida y el acortamiento de casi todo lo demás, algunos de ellos pueden tener cuarenta, sesenta o cien, con lo que no es extraño ver pulular niños canosos, con boina y garrota, renqueando en busca de su añorada revolución, siempre pendiente. Mejor que se dediquen a mirar obras.

La mejor forma de renunciar a la posibilidad de encontrar la verdad es pensar que ya se conoce. O la razón si uno cree que ya la lleva, sin matices ni otrosís. Nadie sana de una enfermedad si se resiste a admitir que la padece ni puede aprender aquello que, sin conocer, da por sabido. Nadie desea ni busca lo que ya cree tener, temiendo tal vez encontrar lo que no espera. Y eso lleva a una autocomplaciente parálisis. 

Vemos que hay legiones de personas, una variedad más de conservadores, que llevan cien o ciento cincuenta años pensando lo mismo, que tan atinados y claros encuentran su dogma y su verdad. Como una vida no da para criar y almacenar tanta fe y convencimiento, suele ocurrir que sus ideas a veces no sólo son equivocadas, sino que son ajenas por heredadas. Tienen el pensar, el sentir y el rencor que les legaron sus abuelos, junto con la casa, el bancal y un país en paz, sin haber desarrollado nada propio, ni conseguido nada igual, y menos mejor. Ni siquiera imaginado. Se enfrentan a las enfermedades del presente practicando sangrías ideológicas, con lo que a veces tienen tics de sanguijuela; o cuelgan al paciente de los pies pinchándole los ojos para que salgan los malos humores, como en tiempos de Paracelso. Sin haber llegado a conocer el Dioscórides acaban sonrojando a Hipócrates, pues las recetas de sus maestros terminaron con la vida de millones de pacientes obligados a soportar sus tratamientos de choque, pues no conocen de otros.

Que no funcionen sus remedios no les desalienta, la culpa es del enfermo que no está por la labor y además acude a otros sanadores y curanderos. Así no hay manera de sanaros, les reniegan, pues no elegís bien ni médico ni tratamiento. Siguen enredados en sus disputas gremiales, eternas y estériles, discutiendo de humores y espíritus, subdividiendo el protomedicato en escuelas chamánicas y sectas innúmeras. Que cambie el mundo, que nosotros no tenemos por qué hacerlo, pues somos los que llevamos razón. Cien billones de moscas no pueden estar equivocadas, comamos lo que ellas. Sólo les queda esperar a que la vida y sus eternas vueltas retornen a una situación tal en la que sus pócimas y ungüentos vuelvan a ser eficaces, si es que alguna vez lo fueron, que la Historia más bien apunta a lo contrario. Cosas más raras se han visto, parecen pensar. 

Por eso hay “progresismos” reaccionarios, retrógrados, que más miran al pasado que a un presente con el que no saben contender y al que pocas veces encuentran algo nuevo que aportar que sea mejor que lo ya experimentado, pues no todo lo heredado es despreciable. Por lo pronto, para no perder clientela e incapaces de remediar las enfermedades reales y conocidas, inventan otras y viven de recetar pócimas y elixires de su heredado vademecum para remediarlas. O recitan a coro sus conjuros, pues han llegado a creer que realmente sus abracadabras son eficaces, que cambian la realidad. Predican que su palabra cura, aunque lo único que se ha podido dar por cierto es que al menos adormece, cosa que a veces les basta. Les inquieta constatar que va habiendo quien llega a pensar, no sin razón, que desaparecidos ellos, desaparecerían las enfermedades escapadas de las retortas de su laboratorio social.

 


domingo, 29 de agosto de 2021

Epístola irresponsable

La política pierde sus energías en buscar culpables, labor estéril, pues de antemano se sabe que errores y culpas son patrimonio exclusivo del otro, de la oposición, del enemigo político. Es así porque no puede ser de otra forma, nos vienen a decir cada uno señalando hacia un lado, añadiendo cuatro chismes, tres verdades a medias y dos mentiras completas. Ya está. Enfrente tenemos al mal absoluto. Quod erat demostrandum. La demostración no era necesaria, y menos esa, pues nos movemos en terrenos de la fe, siempre etérea, resbaladiza e insondable, un fruto huidizo cuya almendra es precisamente creer en lo que no podemos ver ni tocar, que para lo que sí se puede, ninguna fe es necesaria. Por eso, para ser militante incondicional de un partido, hace falta mucha fe. Y un punto de cinismo. La política convertida en el arte de echar balones fuera, ars disculpatoria, refractaria a la responsabilidad y a la empatía. En aciertos y culpas  no se admiten repartos, prorrateos ni proporciones. Si es para bien, todo el mérito es del desmemoriado que corta la cinta, si es para mal se quejan de la herencia, algo que ellos nunca dejan.

Las soluciones son harina de otro costal. Tener al personal entretenido con esas carnazas que arrojan a la arena del circo es ardid que les permite a todos confundirse con el paisaje y, mientras la concurrencia encandilada persigue el vuelo de las moscas, siguen medrando y viviendo de esta industria estéril de la queja.  Se contenta a la plebe, al menos a la parroquia, con brindis al sol y con el señalamiento del supuesto y total culpable, invariablemente los partidos (y de paso los votantes) de las demás opciones. Esos que no sólo están equivocados, sino que son perversos, mienten, confabulan abrazados al mal y no tienen un trato honrado con sus ideas. Pura patología. Enfrente están ellos, guardianes de la razón, la verdad y la decencia.

Así nunca se ha arreglado nada, ni se arreglará, pero permite a unos y otros vivir más tranquilos sabiéndose inalcanzables por toda culpa o responsabilidad, mientras el personal trague.

Crean una sociedad en la que los otros son los responsables, como nosotros somos sus víctimas, nos vienen a decir, con el prestigio que eso acarrea en nuestros tiempos. No solo no debemos nada, sino que podemos extender la mano para recibir la compensación moral o económica que se nos debe a nosotros. Gozamos de una razón heredada, como nuestros rencores.

Empujados a esa confortable irresponsabilidad, los votantes son los primeros que deben de quedar a salvo de toda culpa referida a los problemas puestos sobre la mesa, asuntos que deberían decidir las elecciones decantando el resultado hacia aquel que mejor diagnóstico y proyecto presente para solucionarlos. Todos saben que nadie vota a quien le reniega, a quien le echare en cara que pudo hacer más y mejor, o le reprochase que no debió hacer lo que hizo. Menos a quien le pidiera esfuerzos y sacrificios. Todos queremos el lugar del gato. Suicidio en las urnas es sugerir al potencial cliente electoral que el cambio, en definitiva, también está en él. Así no se ganan las elecciones. Mejor evitarles reproches y regañinas, que más espantan que atraen el voto. La consecuencia, el producto, es una sociedad pasiva, infantilizada, rendida, a la que poco se pide y de la que nada se espera.

Pareciendo estar más empeñados y dispuestos a defender y promover el mal que el bien, incluso los delincuentes y los criminales son más dignos de pena y comprensión  que de castigo. Los más abyectos simpatizan y homenajean más a los verdugos que a sus vícitmas, si los primeros son de su cuerda. Será porque algunos de ellos incluso pueden llegar a ser apoyos parlamentarios, que el tiempo todo lo borra, sobre todo si se le ayuda un poco en la selección de lo recordable. Se rastrea en su infancia y en su entorno, en sus circunstancias y frustraciones (todos las tenemos), como antiguamente en la forma de su cráneo, en busca de una explicación, una disculpa, un argumento atenuante o eximente. No podía obrar de otra forma, concluyen apenados. Una irresponsabilidad aplicable a individuos y a colectivos, aunque no un argumento que resista el contraste con la realidad.  Empíricamente no cuadran esas disculpas, pues con las mismas o peores circunstancias hay infinidad de personas que no se han visto irremediablemente abocadas al delito. Los calvinistas, ancestros de nuestros orates del buenismo, ya se sabe que creían en la predestinación, como sus descendientes conocen de antemano el guion de la Historia. De todas formas, aunque todo esté escrito, mientras la Historia sigue su curso inexorable, aunque caracoleando por caminos opuestos a los previstos por el dogma predicado por barbudos profetas, no hay que perder la esperanza, que ya hoy ni los dioses tienen palabra. En cualquier momento se producirá el giro corrector. Oremos. Por no estarnos quietos mientras los dioses se dan a vistas, hay que predicar más por si acaso, no moverse del ladrillo de la doctrina que se nos despista la feligresía. Siempre vigilantes porque los oráculos suelen ser oscuros y pueden llevar al hombre, siempre débil, a la duda, cuando no a la herejía y al cisma. Qué te voy a contar. Hay que reeducar a los que aún están a tiempo de no pecar, salvándolos de su sino. Pero, mientras tanto, hagamos que se sientan culpables de antemano, con carácter preventivo, que vivan en la duda, apesadumbrados por sus culpas, las tengan o no. Ellos saben de su maldad.

Al final, huyendo de las otras religiones que al menos ofrecían perdón y posibilidad de enmienda, nos han endosado un pecado original irredimible, más gravoso que el sudor de la frente, pues suelen preferir cualquier cosa al trabajo. A falta de un dios, ellos se erigen en diosecillos vengativos y justicieros, tan quisquillosos con las deudas y las culpas de los infieles como laxos con las propias. Descreídos de un infierno en las profundidades, lo traen a la superficie del presente y aquí nos van asando con la tea de su rencor, en un perpetuo ajuste de cuentas. Hoy nace una persona y ya desde la cuna debe responder, con el desconsuelo añadido de verse obligado a renunciar a sus glorias, de los desmanes y conquistas de sus ancestros, de los crímenes de sus antepasados, de las deudas contraídas por sus genes a lo largo de la Historia. Según su ideología de testamentaría, solo queda pagarlas y a pedir perdón. Si es español a los indios, a los flamencos, a los filipinos y a los mahometanos. Entre otros. Como buen cristiano no debe pretender ni exigir apuntes contables recíprocos a aquellos mismos moros ni a otros más cercanos en tiempo y lugar; ni a fenicios, cartaginenses, romanos, franceses o estadounidenses. Pelillos a la mar. Nuestra contabilidad no tiene apuntes más que en la columna del debe, el haber siempre queda en blanco. Somos así de buenos. En realidad, el problema es del contable, que no nos lleva bien las cuentas, nos engaña, incluso nos sisa. Exagera y acrecienta algunas partidas, siempre escribe en rojo, aumentando nuestras deudas y ocultando a menudo las ajenas, con lo que nuestro libro mayor nunca puede cuadrar. Es igual, si no cuadran las cuentas se redondean, no vamos a perdernos en geometrías cuando es la Causa lo que está en juego.

Ofreciéndonos, por resumir, una irresponsabilidad compartida entre votantes y votados ante lo inmediato, lo urgente, lo que hasta cierto punto está en nuestras manos, nos llevan a un pensar insano, esquizoide. En su inconsistencia vienen a decirnos contradictoriamente que, de los grandes problemas, de los aires de la historia, de todo aquello que nos ha llevado hasta el borde de muchos abismos, todos tenemos la culpa. Más del pasado que del presente. Menos ellos, claro está. Aunque los hayamos conocido mirando al plano, disfrazados de Moisés y entretenidos con el maná.

Al final obrando así, reparten, socializan el sentimiento de culpa. Venimos a resultar culpables precisamente de todo aquello que no estuvo ni está en nuestras manos evitar. Incluso del pasado más lejano, cuyas cuentas se heredan. La conquista de América, los asesinatos de la guerra civil, la época de las colonizaciones, la opresión o desatención a ciertas minorías. Crean un mundo de resentidos, humillados y agraviados que merecen reparación y ya cada uno se apunta a un grupo de damnificados. O a varios, amparándose en la identidad o identidades que cree que más le representan o convienen. Todos estamos en deuda con todos, con lo que habría que concluir que, al final, estamos en paz.

Pero no. Hoy el agravio heredado, real o imaginario, es una renta perpetua que puede llegar a ser un medio de vida, y más para los que se adjudican el cargo de albaceas de esas contabilidades. Pero no son unas cuentas de suma cero, lo comido por lo servido. Uno, sin grandes estirazones, puede darse de alta en alguna identidad o grupo de oprimidos, de agraviados, de víctimas. Basta con creerlo, con decirlo, pues el criterio de admisión no es demasiado exigente. Lo malo es que, aunque se adscriba a dos o tres, que infinitas hay, siempre quedará fuera de muchas más, lo que nos tiene a todos en deuda, culposos, cabizbajos y avergonzados. Víctimas por tres causas y victimarios de cien. Así nos quieren. Mal apaño.

Hay ideologías imantadas para la culpa. Les caen todas las manchas y se les adhieren todas las pelusas y miasmas. Van por la historia con los hombros llenos de caspas seculares, a veces ajenas. Y no hay forma de que se desprendan. Al contrario, se acumulan, se multiplican, resaltan cada vez que son señaladas como sambenito de hereje. Otros pensares, sin embargo, parecen tener un pelaje al que nada mancha ni emporca. Los lamparones les resbalan y parecen rechazar tiznes, salpicaduras y churretes. Visten ropas de camuflaje que invisibilizan los desgarrones y yerros de la Historia y del presente. Si mataron, mataron mejor, con fuste. Si robaron, lo mismo, con fundamento. Incapaces de contender con lo esencial se centran en lo anecdótico y peregrino. Si nunca tuvieron una idea que mejorara nada si no es a costa de empeorar o destruir otras muchas, que por su resultado deben las ideas ser juzgadas, ello no es óbice, cortapisa ni valladar (Forges dixit) para seguir intentando durante siglos vender sus crecepelos ideológicos, sus bálsamos de Fierabrás, cuya ineficacia no ha conseguido desportillar su prestigio ante creyentes, cierto es que escasos, entregados a recomendar, dispensar, y si pueden imponer, tales remedios. Lo hicieron y hacen donde y cuando pueden. Curioso resulta que aún encuentren clientes, cierto es que entre los más desesperados e inermes, rendida la espada del criterio, el filtro de la razón, el contraste con la realidad, su gran enemigo.

Estamos perdidos. Por un lado se nos dice que están bien incluso las cosas que están mal y por otro que están mal incluso las que están bien. Y todos mirando más al pasado que al futuro desde un presente desatendido.

Como disfruto escribiendo, mi extensión me libra de los que no gustan de leer, que no es poco. Ya dejó Cuerda dicho que quien domestica a una cabra lleva mucho adelantado. Me extiendo en circunloquios y ringorrangos retóricos, alargando lo que podría decirse en una frase, en un aforismo: Promueven nuestra irresponsabilidad sobre lo que está en nuestra mano y nos hacen responsables de lo que no. Incluso de lo que en el ser humano viene de serie.

Es justo lo contrario de lo que podría arreglar las cosas. Pero la alta política hace tiempo que no va ya de arreglarlas, sino de administrar el rentable sindiós que ellos mismos provocan. Viven de la confusión. Es imposible que alguien entienda algo si su sueldo y su bienestar depende de no entenderlo. Ergo… Cada uno piense qué parte de responsabilidad le corresponde a la hora de obrar y a la de elegir.

sábado, 12 de junio de 2021

Epístola jacobina

La conversión de San Pablo. Caravaggio

Gentes de IU y del PSOE, entre otros, crean una plataforma a la que llaman "El Jacobino" para propiciar el nacimiento de una izquierda contundentemente antinacionalista, algo que inexplicablemente nunca hemos tenido. Bien. Nunca es tarde, si la dicha es buena. También cuadra otro refrán: a buenas horas, mangas verdes. No sé yo, y además ignoro, si esto es táctica o caída del caballo. O del guindo. En realidad vendrían a reconocer (y mira que les ha costado) la necesidad de promover una verdadera izquierda, algo esencialmente incompatible con los nacionalismos excluyentes a los que vienen decenios dando palmas. Lo malo es que habiendo dejado esa bandera, como tantas otras, en manos de un enemigo al que ya no pueden vencer sin los apoyos precisamente de los nacionalistas y separatistas, tienen que reelaborar un discurso y un relato ya muy enraizado en ellos y con el que han evangelizado a su peña. Es duro renunciar a Satanás si Satanás es precisamente quien te mantiene en el poder. A todos les pasa, cada uno depende de un socio inconveniente. O de varios. Tanto como difícil resulta que alguien entienda algo si su sueldo depende de no entenderlo. Ahora ven ese error, esa laguna, pero tienen difícil dejar esas garambainas identitarias en que llevan entretenidos tantos años y que tanto falso lustre proporcionan entre los llamados progresistas. Les van a llamar fachas. Encima han leído a Félix Ovejero y parece ser que algunos se han dado cuenta de que lleva razón. Por otra parte, están acostumbrados a apoyar incondicionalmente lo que diga el aparato. Incluso a creérselo. Veremos si estos de IU consiguen influir para corregir esa deriva reaccionaria a la que siempre alude Ovejero.

 Dicen que hay que “superar” el actual Estado de las Autonomías, porque, sostienen sus miembros, “ha demostrado ser tan ineficiente para lograr la igualdad, la redistribución entre españoles o en momentos tan decisivos como la pandemia”. Gran descubrimiento. Si ahora lo dicen ellos, va a resultar que era verdad lo que otros llevan (llevamos) mucho tiempo diciendo, que esto no se arregla con una eterna cesión de competencias, incompetencias, dineros y privilegios que calmen a un sepatarismo que siempre será insaciable.

No creo que pase la cosa de poner una vela a Dios y otra al demonio, puro florentinismo, un intento tardío de lavar la cara, bastante sucia, pero con poco que prospere, siempre será mejor que esa falsa equidistancia que les lleva a abrazar a los levantiscos periféricos, infamia que tanto rechazos provoca. Incluso entre sus filas, que en ellas aún hay quien piensa y lee, no sólo dice amén, aunque los críticos se puedan contar con los dedos de una oreja. Suelen hablar de "equidistancia" (de la mala) los que, no encontrando nada peor que decir de gentes más razonables que ellos, les vienen llamando equidistantes. Con un par.

En todo caso, sería curioso ver y escuchar a muchos de estos decir ahora lo contrario de lo que vienen aplaudiendo desde siempre. No tendrán problemas. Es su costumbre. Lo que diga el amado líder, o el comité. Pero sería un disfrute y una risión. Algo se mueve en la dirección adecuada.

jueves, 10 de junio de 2021

Breve científico y olvidadizo

Hay (siempre los ha habido), ministros y cargos públicos sin actividad conocida. Visto el percal, lo deseable sería seguir sin tener noticias suyas porque cuando conocemos las destilaciones de ciertas mentes, que en algo deben de entretener su aburrimiento, sube el pan. Dice el señor Sánchez que va a eliminar algunos ministerios, de esos que subdividió innecesariamente para hacer sitio dónde sentar tantos compromisos. Si los destituye y cierra esos ministerios que no deberían pasar de subdirecciones generales, si acaso, a menos que nos lo explique, nadie se daría cuenta. Incluso iríamos a mejor. Si acaso se ahorrarían las centenas de millones malgastados en ubicar y financiar los ocios de estos cargos, de sus subalternos y adláteres, y de paso evitaríamos algunas vergüenzas.

 Ha llegado la cosa a un punto en el que lo máximo que cabe esperar de algunos próceres es que no hagan daño, que no perpetren ningún desmán irreversible. El ministerio de Ciencia, sí, el de Ciencia, donde vegeta el señor Duque, no encuentra mejor manera de hacer algo por el gremio que borrar de los premios que concede su ministerio el nombre que homenajeaba a Ramón y Cajal, al doctor Marañón, a Juan de la Cierva y a otros de esos pocos científicos que el personal conoce. Así, pensando que para poca salud ninguna, reafirmará en la gente la idea de que sólo hemos inventado el botijo y la fregona. España nunca ha necesitado enemigos externos, con los de dentro nos apañamos. Espero que no apliquen semejante criterio al Cervantes ni al Goya, aunque malo es dar ideas a algunos que se empeñan en pasar a la historia, aunque sea por imbéciles.

 Mejor debería convocar y bautizar otros premios con los nombres de Juan de Juanes, el doctor Balmis, Severo Ochoa, Domingo de Soto, Jorge Juan, Alonso de Soto, Juan López Velasco, Agustín de Betancourt, Miguel Servet, Jaume Ferrán i Clua, Isaac Peral, Fidel Pagés Miravé, Celestino Mutis, Ángela Ruiz Robles, entre otros cientos de científicos, geógrafos, descubridores, botánicos y demás ignoradas lumbreras adelantadas a su tiempo que estos mandrias hoy intentan oscurecer. Llega uno a dudar de que siquiera tengan noticias de ellos, sin duda tan absorbidos y encerrados en la celda sin ventanas de su especialización como mal aconsejados por los sectarios que nunca dejan de pulular a su alrededor, pastando también del presupuesto.

Una vergüenza. Una más.

 

 

lunes, 31 de mayo de 2021

Epístola indultante

Mis reflexiones acerca de los indultos a los presos del procés necesariamente entran más en el terreno de las quejas y las dudas que en el de las propuestas, pues hablamos de cosa hecha, no de un plan en el que quepa matizar o influir, algo siempre fuera de nuestros cortos alcances.

Lógicamente hay posturas enfrentadas acerca de ellos. Los que se oponen cuentan con razones y argumentos de peso. A mi juicio, más y mejores que quienes los defienden, que también tienen los suyos. Por su forma de hacerlo y lo peregrino de muchas de sus afirmaciones y razonamientos, estos últimos acaban por generar más dudas y oposición que convencimiento. Si renunciaran a la argumentación de baratillo conseguirían más apoyo entre la gente, menos estúpida y olvidadiza de lo que ellos piensan.

La torpeza y mendacidad de algunas declaraciones del gobierno (venganza, revancha) hacen que lo que podría haberse interpretado como una muestra de estiramiento respetuoso de la ley, de seguridad y confianza del Estado en sus fuerzas, aparezca como debilidad y desafuero. Puede aparentar una continuación del fracaso del Estado, de los gobiernos sucesivos, del cuerpo diplomático y de todas las instituciones a la hora de construir un discurso potente y legítimo para contrarrestar el relato, falso pero eficaz, de la parte nacionalista. Tanto dentro de Cataluña como internacionalmente, el discurso necesario por parte del Estado, cuando no inexistente, ha sido desmañado. Ha habido mucha torpeza. Algunas veces ni siquiera eso, solo inacción.

La izquierda más disolvente y vocinglera, como la derecha más extrema,  en exceso catacúmbrica a mi entender, también ayudan poco a que veamos las cosas, incluso los indultos, con calma y sensatez. Para defender los indultos cuestionan algunos la sentencia, la legitimidad y desarrollo del juicio, el tribunal, la entera justicia. Inexplicablemente del brazo de los separatistas intentan desacreditar, desactivar precisamente lo que nos ha salvado: la justicia, las fuerzas del orden público y el discurso oportuno y clarificador del rey. Alrededor de juicios, sentencias e indultos, continuamente se intenta presentar la ley, tanto como a sus intérpretes y ejecutores, como un enemigo a derribar, y para ellos sin duda lo es, como para todo aquel para quien las leyes sean un estorbo. La única forma de arreglarlo es nombrando ellos jueces más afines a sus ideas. De forma que el aspecto legal es central en el debate. La resolución del Supremo acerca de los indultos limita el alcance y reduce el campo de actuación del gobierno al terreno de la conveniencia, más que al de la justicia. Nada que rascar por ahí, aunque no pocos sigan con su raca-raca.

Durante la pandemia abundan los epidemiólogos; con la justicia ocurre igual, todos son desde hace un tiempo doctores constitucionalistas o penalistas. Si no, siempre hay un magistrado que escribió un libro, hizo un pregón o que vegeta rumiando sus rencores en los arrabales del gremio, que nos da la razón. El Supremo, como el Constitucional o el TSJC, son unos señores que pasaban por allí, parece ser, y que ya que andaban por esos andurriales fueron nombrados. Lo fueron por varios partidos. Es cosa que olvidan, como que sus fallos suelen ser unánimes.

Entre los argumentos que aportan, que más debilitan que refuerzan sus posturas, está el decir que la sedición es figura vetusta, como la rebelión. No es la antigüedad cosa que deslegitime inevitablemente una ley o una figura penal. En algunos estados de USA aun hoy se atienen algunas sentencias a lo dispuesto en las Partidas de Alfonso el Sabio, heredadas del México hijo del Virreinato de Nueva España. El asesinato es figura antigua, ya desde Hammurabi y, hasta donde yo sé, no hay proyectos para eliminar tan antañona prevención de los códigos de ningún país. Como argumento para achicar las trabas legales a la sedición y a otros delitos, no diremos que es flojito; es pura chatarra. Sin embargo, de forma tan paradójica como operativa y oportuna, actual y reluciente como moneda recién acuñada, brilla la ley que regula el indulto, que es de 1870, y que apela a la gracia regia. Este equivocado argumento, pendular a conveniencia, es más utilizado que honesto, traído por los pelos, hay que reconocer. En realidad, es de esas afirmaciones que ni siquiera son falsas.

Se equivocan gravemente, como siempre, los que para defender la conveniencia de los indultos intentan desacreditar la sentencia y a los magistrados que la redactaron. Es impecable, como lo fue el juicio. Y generosa, dada la gravedad de los hechos. No debe ir por ahí la cosa. Esos que disparatan poniendo en duda la calidad democrática y limpieza del juicio son los mismos que en el Parlament, en los manejos y abusos de la Generalitat y en la prensa que cobra un sueldo pagado por todos, pero de manos nacionalistas, nada vieron inquietante o merecedor de similares espantos. Su desinterés por la democracia es patente. Su opinión es poco relevante, van a otra cosa. Sin embargo, entre sus muletillas está esa del “no te oí yo decir…”

Dicen que este bondadoso trato, este pelillos a la mar, es propiciador del diálogo. Mal vamos. Nadie, por el mero hecho, aunque gravísimo, de quebrantar las leyes y usos de la democracia, de promover un levantamiento popular desde el poder para arramblar con la Constitución y el Estatut, merece que se negocie un armisticio en el que el independentismo derrotado trate de tú a tú con el Estado para vulnerar leyes, consolidar abusos y perpetrar otros nuevos. Más bien al contrario, deberían saber que los tratados con los que se cierra un conflicto llevan al perdedor a ceder más que a ganar. Y a pagar los platos rotos, los gastos e indemnizaciones de guerra. La tradición pastelera y rendida al chantaje ha ido dando por buena la perversidad de que ellos nunca han arriesgado nada. Sus apuestas no podían ser sino ganadoras. O llevaban a una nueva cesión del contrario, es decir, de la mayoría, o al menos se conservaban los avances conquistados. Hay que empezar a hacerles saber que estas aventuras deben de tener un coste. Que pueden perder parte de lo que ya tienen, posibilidad que nunca han contemplado, ni unos ni otros. Desde competencias indebidamente traspasadas, más viendo la deslealtad con la que se ejercen, hasta la misma autonomía, que podría ser intervenida durante un período suficientemente largo y con un alcance que permitiera desmontar la red clientelar, las estructuras educativas de hacer país, muestra de que no existe tal cosa, el control dictatorial de unos medios de comunicación públicos puestos a disposición de unos partidos contra la mitad de la población, o las embajadas dedicadas a corroer la imagen internacional de España. En realidad, hasta que en la Generalitat no haya un gobierno dispuesto y capaz de hacer esas cosas, no tiene arreglo la cuestión, todo son remiendos de tente mientras cobras. Eso de la conllevanza, que en catalán procesual se dice peix al cove.

Son precisamente ciertas defensas que leemos acerca de los indultos, como los anteriores sofismas, lo que acaba por hacerlos más difíciles de digerir. Argumentos de baratillo, datos falsos o equívocos, asunción de un relato victimista, de una particular y sesgada interpretación de la Historia, contradicción ideológica con que desde los arrabales de la izquierda se dan por buenas ideas que se oponen frontalmente al que antaño fue núcleo de su doctrina, lo que desvela más oportunismo y afán disgregador que racionalidad y aprecio por los valores de igualdad, justicia y solidaridad. Malos argumentos los que utilizan los que desean y proponen más una España de territorios diferentes que de ciudadanos iguales. Tendrían que ir haciéndoselo ver.

Hacer política. Sin duda. Los independentistas no han dejado de hacerla. Siguiendo de cerca a Maquiavelo y a Al Capone, eso sí. Los indultos, como la aplicación del 155, también son política y el mayor argumento a su favor lo ha proporcionado nada menos que Elisenda Paluzie, advirtiendo a la peña que su concesión los deja en pelotas argumentales ante ese mundo que les mira, aunque menos y peor de lo que quisieran. El Puchi queda en una posición surrealista, agarrado a la brocha del exilio pero sin esa escalera de agravios imaginarios haciendo de peldaños. Intentarán que este intento beatífico de no darles razones de queja pase por demostración de que les dan la razón, algo que también escucharemos en las bocas peor conectadas a los magines que se supone las dirigen. El fugitivo languidece en un limbo con nombre de derrota, huido demasiado lejos para que le alcancen estas medidas de gracia y vendrá resultando un gasto demasiado oneroso para las menguadas y divididas arcas indepes. Ya es un estorbo fantasmal hasta para los suyos.

Cuando se le pide al Estado que haga política se le viene a exigir que ceda, que negocie, que trate de tú a tú a quien no quiere ser nosotros. Efectivamente deberían hacer política. Es decir, apurar lo que su poder legítimo y las leyes pongan en sus manos para destruir el relato independentista y acorralarlos dejando de pensar que los pagos sucesivos, la independencia a cómodos plazos, la actitud franciscana hacia el hermano lobo, son la solución. Esperamos los gestos por la otra parte, lo que resultaría inédito, si es que se producen. Nunca estarán contentos. Sólo la independencia, etapa en la que iniciarían los lloros para reivindicar ampliar el espacio vital a sus paisos. Reclamarían nuevas e inventadas deudas históricas y, como ya anunciaron, no se sentirían concernidos por las deudas del Estado ni por ninguna otra obligación. Sus dirigentes son esencialmente deshonestos y chantajistas. Carne de psiquiátrico cuando no de presidio. Combatir esos delirios sería el marco, la base de partida para cualquier política. No caben estrategias de apaciguamiento, de ahí mis dudas acerca de la pertinencia, incluso del efecto balsámico de los indultos. De producirse, no será en los indultados. Nada es ni será nunca suficiente. Toda cesión pone la base para nuevas peticiones, así ha sido siempre y siempre les ha ido bien. Hay que cambiar el panorama, las reglas de la partida. Ellos también pueden perder, no hay que dar por buena la estrategia de que ellos nada arriesgan. Cuando pone uno en el tapete unas fichas, si la jugada sale mal se pierde lo apostado. Queda uno peor. Hay peligros que asumir. Un jugador que recoge lo ganado pero nunca paga las pérdidas se ve animado a multiplicar eternamente esas apuestas sin riesgos que los nacionalistas llevan decenios practicando. Es imprescindible hacerles entender que ellos también arriesgan algo, que esa partida amañada ya no da más de sí. Sería buena cosa ir retirando las competencias que se ejerzan de forma desleal, ilegal y perjudicial para sus administrados, aunque beneficien a algunos de ellos.

No hay necesidad de mesas de diálogo, otra cesión bastarda. Para eso se inventaron los parlamentos. Reunirse en privado con los dirigentes nacionalistas, representantes de menos de media Cataluña, tratando al Estado de tú a tú como fuerzas iguales en cuanto a legitimidad, no diré que es empezar mal, sino seguir a peor. Partiendo de la ruina hemos conseguido llegar a la miseria más absoluta.

Poniéndose uno en la posición de Maquiavelo, es decir bajando a su terreno, yo estaría a favor de los indultos. En el fondo, dañan gravemente al independentismo más radical y lo desarma internacionalmente, pues la acción de los gobiernos, desde antiguo escasa, rendida y vacilante, se ha limitado a una inactividad pusilánime, sin objetivos claros, siempre a la defensiva y deficiente en sus formas, que ha dejado el relato en manos de los enemigos de la democracia, presentes en todo el país. Estaría de acuerdo con muchos matices y condiciones. Con pedagogía y claridad, explicando las cosas sin tomarnos el pelo, como una muestra de fortaleza, no de debilidad. Pero hay muchos problemas que privan de gran parte de su virtualidad curativa a estos indultos. Primero por la persona que los impulsa, una veleta movida por los aires más tormentosos, las más de las veces en la dirección que conviene a él y a sus socios más que al país. Les resultará difícil convencer a los electores de que obran más por interés público que personal y partidista, algo que sería novedad. Sin duda, Sánchez debe de tener sus principios, aunque nadie sabe a ciencia cierta cuáles son, por cambiantes y porque su patológica falta de palabra le han privado de cualquier resto de credibilidad. Segundo, por su extrema torpeza, que es la opción más favorable a la hora de valorar el desvarío de calificar de venganza o revancha el cumplimiento de la sentencia de un tribunal en un juicio justo, que todo el mundo vio, como había visto y sufrido los hechos enjuiciados.

Aunque tendrán que ser aplicados de forma individual, adaptados a las condenas de cada uno para hacerlas extinguir, en realidad es un indulto colectivo, una amnistía grupal, un engendro legal. Doctores tiene la iglesia. Nos cuentan que es una forma de salir, como sea, (es decir, de cualquier forma) de un problema que nos creó el PP de Rajoy. Hace falta rostro, esclerosis facial y desmemoria. Hay que rebobinar más: hasta los 40 años de chantajes aceptados por PP y PSOE; también recordar a Maragall y a Zapatero, promotores principales del marrón, junto al igualmente desbordado Artur Mas. Mirar atrás ayuda poco, aunque siempre es necesario. Pero para ver cómo podemos corregir el rumbo sin perder los principios, quien algunos conserve. La culpa del crimen es del criminal, no cabe atribuirla a la víctima reprochándole no haber protegido suficientemente sus bienes o su vida. Casi todo el argumentario al que se recurre es mercancía averiada. Hay penuria argumental y, en no pocos casos y personajes, ruina moral. Son los riesgos de poner al futuro por testigo, cuando el pasado resulta poco amparador de las decisiones que se toman.

Esquerra y Junts se enfrentan a un horizonte judicial grave. Hay muchos juicios pendientes, con sus previsibles penas y, lo que no es menos gravoso, dineros que devolver y multas que pagar. Judicialización de la justicia, repetirán. Piden una amnistía general, lógico, a muchos les espera la cárcel, la ruina o ambas cosas. Consecuencia del procedimiento artero y habitual de acogerse a sagrado, de parapetarse tras los muros de la política, nombrando para cargos o incrustando en listas electorales a delincuentes para luego poder decir que se persigue a políticos, no a criminales, especies a veces indistinguibles en el principado. No hay ni habrá indulto para tantos. Algunos de ellos serán los mismos ahora indultados. Y el indulto no admite reincidencia, como los delitos que perdona.

El mejor y tal vez único argumento a considerar para conceder estos indultos con una pinza en la nariz y un Valium en la boca, es ver si convienen. No intentemos argumentar nada más porque la jodemos. Sólo podríamos tolerar, y con la nariz tapada, los indultos como un mensaje a Europa y a la parte de los catalanes seducidos por este montaje pero que aún conservan una rendija mental por donde se pudiera colar la razón. Es decir, los que no cobren de la industria indepe, que los que sí viven de ella son irrecuperables, al menos hasta que dejen de cobrar. Nada cabe esperar de ese mundo ensimismado, no les es posible plegar velas, reconocer que engañaron a todos. Hacer cierto que concederlos es demostrar la fortaleza del Estado requeriría mostrar y proteger esa fortaleza de la que presumen muchos que han trabajado más para debilitarlo que para reforzarlo. Poca robustez puede exhibir un país que tiene como socios y apoyos del gobierno a varios de sus peores enemigos. Desde luego no se hace más fuerte a un Estado desarmándolo jurídicamente, modificando figuras penales más para propiciar que para evitar delitos como los que se van a indultar. Reducir penas y despenalizar la convocatoria de un referéndum ilegal no deja de ser una curiosa forma de evitar que se produzcan otros. De las funciones del cumplimiento de las penas, ni se ha dado la reinserción, ligada al arrepentimiento, tampoco hay posibilidad de resarcir a la sociedad de los daños causados, y renunciamos para colmo al ejemplo y advertencia a navegantes. Legislar por encargo de la parte contratante de la segunda parte es lo que tiene. Los discursos con que se intenta sostener estas cosas, como vemos, son simple morralla argumental. Uno puede seguir tomando drogas, reconocer la propia impotencia para dejarlas, pero no argumentar acerca de su conveniencia. No argumenten, los indultos son más fáciles de conceder que de justificar. Su conveniencia, dudosa pero posible, hay que buscarla por otras veredas. Hay que recordar que estamos entre trileros.

Lo cierto es que más tiempo están en a calle que en la celda. Dada la blandura y laxitud con que cumplen las condenas, que en presidio les falta una pérgola y un estanque con nenúfares, a lo que se añade que pronto tendrán derecho a la libertad provisional y más cuando, tomadas las medidas que se anuncian, se les haga el traje ajustado a su talla por la revisión de la figura de la sedición. Las cosas así, tal vez le convenga al Estado mostrar generosidad, aparentar fuerza dando indultos. Decía el Quijote que «Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea por el peso de la dádiva, sino por el de la misericordia». Si entramos a considerar que tal generosidad sea un pago a cambio de apoyos, que en esta decisión hay más debilidad que fortaleza y otros condicionantes similares, llegamos a la melancolía. Sabemos que la vida no es justa, pero no busquemos argumentos para encontrar bondad y justicia en que nos caiga una teja que alguien ha dejado suelta. Se sufre y se aguanta si no hay otro remedio, pero no se dicen gilipolleces.

La coherencia, el respaldo de haber seguido con anterioridad una trayectoria sin meandros ni regates que buscando la ruta más cómoda en cada momento acaban por llevarnos a un mal sitio, así como la costumbre de honrar la palabra dada, hacen previsibles y fiables a las personas. Tal vez los independentistas hayan encontrado en Sánchez una cuña de su propia madera. Haciendo del defecto virtud, los que vienen años presumiendo de astucia y de bordear las leyes por la parte de fuera (en los mejores casos), pudieran acabar siendo los burladores burlados por alguien de su misma escuela de apuestas fuertes, pero más astuto y mejor tahúr que ellos, que ya reconocieron que iban de farol. Teniendo en cuenta que la gobernanza del principado, tras decenios a merced de orates tan alucinados como bien retribuidos, no ha ido haciendo sus levas precisamente entre los más listos, pudieran acabar cayendo en las trampas argumentales que hasta ahora tan buenos dividendos les han reportado. Incluso pusieron una pica en Flandes. Si esto va de relato, si estamos entre locos, si todo es ilusión como dijo el Supremo, quizás los indultos, infumables casi sismpre desde la decencia y la justicia, pudieran ser útiles para empezar a desportillar ese relato que ha calado en las mentes más perezosas de dentro y de fuera. Sería su única virtualidad positiva. Tal vez convenga otorgarlos aunque solo sea por joder. Para los afectados es pura homeopatía. No les sanarán. Es muy difícil, además, que nadie entienda algo cuando su sueldo depende de que no lo entienda. Y hay decenas de miles en esa situación. Nada cabe esperar de ellos. Pero los indultos podrían debilitar la ponzoña del relato nacionalista, siempre basado en el impostado victimismo. Que somos mejores que estos bandarras, es algo sabido, incluso por ellos mismos. Y con diferencia. Presumamos de bondad. Si hacer de san Francisco de Asís tampoco funciona, estaríamos en la peligrosa situación de que los cartuchos que nos quedan ya no son tan de fogueo, que es tal vez adonde los más indecentes nos quisieron llevar.

Debería ser un ultimátum expreso, no un paso más en el rosario de cesiones, un rosario más parecido al de la Aurora que al de la justicia. Dicen que volverán a repetirlo, aunque cada vez más solos y con menor convicción. Átense los machos tanto los que concederán el indulto como los que lo reciben. Si, a pesar de lo dudoso de su procedencia, ese mundo levantisco volviera a las andadas ya no podríamos seguir con los juegos florales. Deben saber, habría que demostrarles para que lo aprendan que, como hemos repetido antes, en una partida también se puede perder, que esta la han perdido ya y que la autonomía puede ser legalmente suspendida y no por unas semanas. Que no olvide nadie que las cárceles siguen existiendo.

lunes, 24 de mayo de 2021

Epístola del zoco

 

Seguimos con los "equidistantes", palabra de moda. Facha pierde puestos, vista la batalla de Madrid. El trifachito y la foto de Colón son prehistoria, pues hay en la escena nuevos tríos, cuartetos y otras fotos peores. La casta, yace enterrada, tras incorporar a los que usaban el palabro como arma arrojadiza.

No es que niegue que existen los que presumen de ser equidistantes, teniéndolo por virtud; lo que ocurre es que creo que esa palabra, como tantas otras, a base de arrojarla a cabezas ajenas se ha desportillado y ya no va de la mano del concepto a que se refería cuando se empleaba en un ambiente menos polarizado en el que, sin ser sinónimos, su significado podía acercarse al de ecuánime. Todo ronda, a mi escaso juicio, alrededor de esa creencia, no sé si cierta, de que en el medio está la virtud. In medio veritas. A veces te puede poner en modo Pilatos.

Funciona para algunas cosas. Como punto de partida en la búsqueda de un equilibrio que pida argumentos y renuncias a dos partes enfrentadas puede valer. En otras es puro chalaneo. Como Brian en el zoco regateando el precio de una barba postiza. Dicen que los principios no se negocian, lo que explicaría que en algunos terrenos triunfen los que no los tienen.

 Como suele ocurrir, de poco vale discutir sobre significados, pues, cuando las palabras se arrojan con intención de descalificar al oponente, previamente se las ha vaciado de contenido alguno. Como revisionista, facha o patriota, entre otras muchas. Hasta la misma democracia, pasando por libertad, igualdad, mandato o voluntad popular y otros nobles conceptos. Destaca entre ellos por su vacuidad eso del derecho a decidir, mercancía averiada. En todos los asuntos y dilemas no es posible negociar un término medio, esperando encontrar allí la razón y la justicia. Entre la vida y la muerte no existe tal punto de encuentro, el término medio no es la enfermedad, como entre el abrazo y el asesinato no lo es un tiro en la pierna.

Es cierto que hay quien pretende situarse a sí mismo en un término medio, sugiriendo que en el centro lo podemos encontrar del brazo de la ética y la razón, y que allí nos esperan. No siempre las encontraremos en la mitad de cualquier trayecto, sencillamente porque hay cosas frente a las que uno no puede ser neutral. No se puede ser equidistante entre el asesino y su víctima, entre el que abusa y el que sufre los abusos.

Lo que pervierte el uso descalificador de esa palabra (para ellos viene a significar enemigo camuflado) es que los que la malversan así suelen ser ellos mismos equidistantes, precisamente en temas en los que nadie puede serlo sin tener que apuntalarse la cara. Previamente deben renunciar a las ideas de igualdad, justicia, democracia, y otras cosas poco negociables, de esas que admiten poco regateo.

Por poner un ejemplo, muchas personas que son tachadas de equidistantes con el reproche de crear imaginarios extremos para así presentarse como centrados, en realidad molestan a sus acusadores precisamente por su falta de equidistancia, por situarse claramente en un lado. Suelen venir los reproches de equidistancia de esa izquierda extrema, no por violenta, sino por dogmática y posturera, esa que está acabando con la verdadera izquierda, la de los valores republicanos de igualdad, justicia y solidaridad, ente otros muchos. Aunque en su confusión argumental y vital, crean o digan defenderlos.

Su comprensión hacia los separatistas catalanes puede resultar buena balanza para medir equidistancias. Aquí es donde no cabe el chalaneo, la búsqueda del término medio, la negociación de lo innegociable. Es decir, la equidistancia. Y aquí precisamente es donde los reprochadores son equidistantes, cayendo en lo que con poco fundamento acusan a otros, pues muestran su poco fuste y su impostura. Los que dan por buenos abusos supremacistas que arrasan con toda idea de igualdad ante la ley, de redistribución solidaria de la riqueza, de los impuestos aportados por personas, no por territorios, los que según su declarada ideología debieran mejor defender el internacionalismo y la difuminación de las fronteras, son los que apoyan el aldeanismo que levanta unas nuevas a costa de privar de los derechos de ciudadanía a sus vecinos en razón de su apellido y su procedencia. No menos que por su nivel económico. Los impuestos de los territorios ricos para los ricos de allí, a los pobres que los zurzan. Además de que estas gents de fora, esas cohortes de garcías, de Fernández, Pérez, Gómez son unas bestias con taras genéticas que no hablan la lengua de la republiqueta. Ni aunque la hablen o sus abuelos nacieran aquí.

Aquí si hay que ser equidistante, a su parecer. Esa equidistancia esgrimida para descalificar a otros se torna ahora virtud si la ejercen ellos, cuando no toca. Ante estos señores del procés sí que todos deben ceder, buscar un acuerdo que a todos satisfaga, al menos a los quejosos. Aunque el punto de encuentro, uno más en el trayecto, lo sea de partida para nuevos descontentos y demandas en un bucle de impostados y eternos agravios, deudas y reparaciones por satisfacer. Hay que buscar ese punto de encuentro, o mejor ir directamente al que los que no llevan razón han marcado en el suelo. Cero votos la moción. Ahora la búsqueda del equilibrio, ni para ti ni para mí, nos obliga a negociar con quien quiere continuar abusando de sus conciudadanos, hasta el punto de levantar una frontera que proteja una prosperidad que no quieren compartir, menos en épocas de crisis, momentos en que secularmente aparecen estos movimientos insolidarios de tinte étnico, de aldeanismo supremacista.

Viene a resultar que el equidistante, además cuando no puede uno serlo, es el que utiliza esa palabra para descalificar precisamente a quien no lo es, a quien pone sus argumentos y su voluntad claramente en uno de los platos de la balanza. Sin dudas, búsqueda de equilibrios injustos ni cesiones al sedicioso. Como siempre, su superioridad moral les permite manejar la romana, manipular el fiel de la báscula. Nunca han necesitado argumentos, pues las cosas de la fe no los requieren. Si ven que no los encuentran para rebatir los ajenos y hacer de padrinos en una boda morganática, o mejor en un divorcio, está la tradición de recurrir a un bautizo: revisionista, equidistante, desclasado, o directamente fascista.

El recurso del método. Pero tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe. Las palabras se gastan, pero los argumentos también. Hay nervios porque ven que sus soflamas y valoraciones, estos ataques ad hominem más que a las ideas, sólo encuentran eco ya en parroquias cada vez más reducidas. De ahí su desconcierto. La crítica ya está en casa, ya viene de los nuestros, estamos rodeados de herejes en nuestra propia capilla. Si seguimos así nos vamos a quedar solos, vamos de la excomunión al cisma en nuestro sempiterno auto de fe y las elecciones no pintan bien. Nos advierten de que hay uno que circula en la carretera en sentido contrario, pero son todos. ¿No pudiera ser que los equivocados seamos nosotros?

 


miércoles, 19 de mayo de 2021

Epístola escolar

El éxito, como la victoria, siempre tienen muchos padres. El fracaso y la derrota suelen pasar por huérfanos, aunque a veces cabe hacer una prueba de paternidad. Si decimos que, al menos en algunas de sus etapas, la educación, la actividad docente en España "ha funcionado" de forma sorprendentemente satisfactoria, que las escuelas "se han mantenido abiertas" o que en los peores momentos de la pandemia la docencia "se adaptó" a la enseñanza telemática, usamos frases casi impersonales o de una pasividad descabezada que reclaman un sujeto más explícito. Las cosas no funcionan solas. A veces ni acompañadas. Por otra parte, el éxito resulta sorprendente solo para los que no confiaban en exceso en un gremio más atacado que defendido que, siguiendo su costumbre, ha dado una lección más. Y no pequeña.

Algo "se ha hecho" bien. Sería de justicia poner sujeto a estas afirmaciones, pues la diferencia positiva respecto a otros países, que a veces miramos con una envidia no siempre justificada, es un ejemplo de cómo somos capaces de hacer las cosas cuando todos remamos en la misma dirección. A veces, que algunos dejaran de remar ya sería una ayuda.

Tras 38 años en la escuela, conociendo el percal, soy incapaz de atribuir la clave de ese éxito a la administración. Será cosa mía, pero aún no se me ha pasado el regusto amargo de mis últimos años en la empresa, tiempos de recortes en personal, recursos y sueldos. Y, lo que fue peor, de descrédito inmerecido, a veces abonado por quien cobra por defender a la educación pública, cosa que no se puede hacer contra los enseñantes. Nunca se perdió, se pierde, ni se perderá ocasión para restregarnos por la cara que tenemos muchas vacaciones y que, para lo que hacemos, demás cobramos. Nunca me he explicado cómo no se dedica toda la población a este trabajo tan fácil y cómodo como generosamente retribuido.

Más que una ayuda, durante la crisis (la penúltima) la administración educativa llegó un momento en que era vista por los docentes como un nublo por un agricultor. No sé, y además ignoro, si esta percepción habrá cambiado. En siete años, desde mi jubilación, se han urdido dos leyes de reforma de la educación, papel mojado, cambio más de palabras que de contenido. Burocracia ideológica, una mezcla perversa alejada de lo que ocurre en las aulas. Si en esta ocasión esa administración confusa, no pocas veces hostil hacia lo que administra, no ha estorbado, incluso ha ayudado con instrucciones y protocolos claros, algo inaudito en esta industria, ha confiado en los que están a pie de obra, cosa que no es lo habitual, y no ha racaneado recursos personales, algo no menos excepcional, el avance ha sido evidente. Cabe la posibilidad de que, sin que sirva de precedente, se haya dejado aconsejar por los que saben. El caso es que muchos docentes han tenido que reinventar su profesión en cuestión de días. Y ha funcionado.

Que niñas y niños iban a estar a la altura era algo acerca de lo que pocas dudas podíamos tener los que con ellos hemos trabajado durante decenios. En contra de lo que muchos pudieran esperar de su corta edad, hacen caso, huelen la gravedad en el ambiente. Aunque no lleguen a entender el peligro, lo intuyen, lo ven en las caras de los adultos. Confían en ellos y reconocen de alguna forma su autoridad, más ahora cuando, quizás por vez primera, escuchan a todos decir lo mismo. Cuanto más pequeños mejor, pues esa confianza incondicional y esos respetos son cosas que se van perdiendo al crecer, no sin ayuda de propios y extraños. Las familias, sin duda, también han hecho bien su papel, valorando el de la escuela tal vez algo más que de costumbre, tanto como el de los docentes, gremio que no está acostumbrado a cosechar demasiados reconocimientos.

Apurando los medios disponibles y las horas del día, la comunidad educativa entera, alumnado y familias, pero en especial los docentes, se reconvirtió en dos semanas al trabajo virtual, telemático.  Aplicaciones, mensajes y videoconferencias que llevaban a casa la cara y la voz de la seño y de los compañeros de clase, junto a los quehaceres habituales. Luego se abrieron las escuelas para una enseñanza presencial, pues cerradas ni vacías nunca estuvieron, permitiendo a alumnos y familias una cierta normalidad. Facilitaron a estas últimas acudir a sus trabajos quien los tenía, incluso a mantener la salud mental, quien la conservaba. Ventanas abiertas en pleno invierno filoménico, grupos burbuja, lavado de manos, hidrogeles, mascaretas, distancias, seriedad, orden e imaginación. Queda quitarse la boina, como ante otros trabajadores hemos hecho.

 El curso está a punto de terminar, para desesperación de no pocos. Llamar normalidad a la forma en que se ha desarrollado sería exagerar, pero ha sido más parecido a ella que en muchos otros países y que en otros sectores y actividades, hasta el punto de que en estos meses eternos hemos podido hablar más de bares que de aulas, cosa que tampoco es novedad. Durante la pandemia ha habido personas y actividades que, por imprescindibles, han tenido que tragarse el miedo y aparentar que nada pasaba, pues había que cultivar, comer, llenar la despensa, limpiar, apretujarse en el metro,  fabricar y transportar mercancías, educar, atender y curar. Incluso enterrar. Aunque somos olvidadizos, pasado el trance, habrá que pasar al capítulo de reconocimientos y refuerzos de lo que se ha mostrado esencial, empezando por la sanidad, la ciencia que produjo en pocos meses las vacunas, siguiendo por la cajera del super, los que cultivan y recogen las cosechas y terminando con el que barre. Espero que no se olvide a los docentes.

 Eso sí, nunca sabremos dónde se han acabado produciendo la mayoría de los contagios. Pero parece ser que no ha sido trabajando.