domingo, 10 de abril de 2022
Breve cínico
viernes, 8 de abril de 2022
Breve estalibano
Izquierda estalibana. Es la primera vez que leo esta palabra, en un brillante e iluminador artículo de Santiago Alba Rico. Desde la izquierda para esa otra supuesta izquierda, la más extrema, más centrada en defender e imponer disparates posturales e identitarios que en desarrollar un programa justo, eficaz y modernizador, que es lo útil y necesario. Y les da donde más duele, que es en la cara real, la verdadera, aunque la que recibe el puñetazo es la falsa y maquillada que exhiben ante sus feligreses. Me guardo el neologismo porque es muy gráfico. Retrata muy bien a una nueva y a la vez mohosa Internacional; un tropelillo de gente, un amasijo coral desafinado, unas sectillas por número marginales, aunque de estruendo, de pensar telarañoso, avejentado, fuera de lugar y del tiempo, unas curias con su correspondientes y limitadas parroquias que se autoproclaman progresistas, esgrimiendo ideas y proclamas que ya eran viejas, desacreditadas y caducas cuando aprendieron a leer. Y no muy bien, al menos no buenas cosas, por lo que se les oye decir. No pierden ocasión de hacer el ridículo, de defender lo indefendible, de cogerse del brazo de lo peor que el terreno ofrece, sin desdeñar lo podrido, cerca o lejos, siempre exquisitos y superiores moralmente, siempre rabiosos, estériles y a la greña. Como lo único que les importa en mandar para imponer sus intereses y sus delirios, y todos no pueden mandar a la vez, acaban matándose entre ellos y, de resultas, a la sociedad donde habitan y a la que odian hasta que no la moldeen a su entero gusto. Un sectarismo herrumbroso que va del rencor a la paranoia. Un peligro que necesita, y si no existe lo crea, de otro extremismo especular para tener razón de ser, al menos en sus cabezas.
Afortunadamente, no toda la izquierda es así, y ya hay quienes entre ellos se atreven a decir que el emperador estaba y sigue desnudo. Pocos, pero cada vez más. De igual forma que no toda la derecha es como esos fanáticos quisieran que fuese, como la pintan, situándola justo desde donde termina su talibanismo. Al final, acaban siendo difícilmente distinguibles de los extremos que imaginan y que encuentran, existan o no, pavores que usan para que, puesto en la balanza un mal mayor, en gran parte imaginario, aparezca como soportable el cierto y real que ellos representan. Ahora ven nazis por todos sitios, empezando por Ucrania y siguiendo por su barrio y su país. Y menos lobos.
Viendo quiénes, de una forma u otra, acaban justificando a Putin y a su comportamiento criminal, los vemos juntos y revueltos, de derechas y de izquierdas, que mierda sobra en ambos bandos. En la ONU, votan a favor de Rusia Bolivia, Cuba y Nicaragua. Se abstuvieron: Brasil, El Salvador y México. China, Corea del Norte y otros paraísos para qué decir. En España, miren y vean, admiren la colorida vistosidad de los plumeros, desplegados sin rubor, sin recato, sin vergüenza.
Hay quien escribe proclamas pacifistas, equidistantes noes
a la guerra, aunque anden tibios acerca de quiénes tienen la culpa de esta, que
al final vamos a ser nosotros, es decir, las democracias, que en definitiva es
su enemigo. El de Putin y el de todos los que, de una forma u otra, más fuerte o más
flojo, por acción o por omisión, le defienden. Y escriben sus proclamas pacifistas, sus convocatorias y rogativas, no
contra Putin, sino contra el concepto de guerra, así como el que pisa una
mierda, apuntando en el caso de Ucrania como solución y remedio la rendición
incondicional, el poner la otra mejilla. Incluso la disolución de la OTAN, precisamente ahora. En el fondo, más que comecuras son
meapilas, pero de un credo equivocado. Impostada versión degenerada e insustancial de Ghandi, escriben sus odas a la no violencia —esas
que repudian la ayuda y la entrega de armas a los ucranianos— cómodamente
sentados, con carteles en la pared que muestran a sus adorados referentes, casi
siempre vestidos de caqui. Aunque ahora algunos calcen chándal. ¡Quién te ha
visto y quién te ve! ¿Dónde quedaron los partisanos, los brigadistas, los maquis,
los revolucionarios, los tupamaros y los bolcheviques?
Si algo ha mostrado el pasar del tiempo es que lo que amaban y aman era simplemente a los regímenes totalitarios, a los líderes fuertes, incontestados, autocráticos, y a los pueblos sometidos a una idea, la suya. Su afán no era el escudo encandilante de su discurso acerca de una pretendida justicia social, una igualdad que nunca han defendido cuando han tenido mando y ocasión, y mucho menos la libertad, algo que les estorba, pues son censores que cuando mandan y pueden reprimen cualquier idea o pensamiento que no sea el suyo. Hay otros que han defendido esos valores mejor, incluso los han hecho realidad en gran parte, tarea siempre inacabada y en la que ellos más han estorbado que colaborado. Aunque difusamente digan defender tales cosas, se persiguió hasta el exterminio al discrepante, de forma invariable, allí donde sus doctrinas se implantaron, casi siempre a la fuerza y no pocas veces con las armas. Y más que esas promesas llevaron y llevan el hambre y la miseria a cualquier país que tiene la desgracia de padecerlos.
A esas mentalidades totalitarias, rígidas, ordenancistas, fanáticas, si me apuras, tanto les da Hitler como Stalin, Maduro que Putin, los Castros o Perón y sus sucesores dinásticos e ideológicos. Incluso la mafia calabresa a algunos de ellos. En cualquiera de estos sistemas criminales hubiesen vivido a gusto, y seguro que hubieran caído bien, boca arriba, como siempre, a ser posible, en posiciones de mando que es donde se vive como es menester. Y el que venga detrás que arree, que siempre ha habido clases, mande el zar, mande Lenin. Han demostrado que, desde uno u otro extremo, igualmente repudiables para las gentes de bien, lo que ellos aman son las dictaduras. Y en el fondo les da lo mismo de qué signo sean. Han pasado del amor por el estalinismo soviético a defender sibilinamente lo que Putin representa, sea lo que sea, si es que alguien lo sabe. Rusia sigue siendo para ellos la misma o parecida arcadia, fue durante demasiado tiempo su referente, su faro y su luz, como para no mirar hacia esa torre, hoy apagada, que quisieran ver brillar de nuevo. Un paraíso, un dudoso monte Sinaí de donde bajaba el profeta con las tablas de la ley, como para ahora entrar en distingos. Total, en Rusia están acostumbrados a ser esclavos, nunca han dejado de serlo. Incluso durante la era soviética fueron esclavizados por una dictadura que los proletarios creían ejercer. Al menos eso les contaban, aunque solo la dirigían mediante el terror los miembros del partido comunista, escasos y privilegiados. Y acabaron diciendo lo mismo que ahora: «No nos podemos quejar». Nunca les han dejado.
sábado, 26 de marzo de 2022
Epístola de san Cristóbal
Para mí un piquete en una huelga actual, aunque se le añada
el inadecuado y falso adjetivo de informativo, es un acto de matonismo, pues simplemente
se trata de imponer mediante la violencia aquello de lo que no se supo convencer con argumentos. Incluso a los que, por diversas circunstancias, no están en condiciones o disposición de seguirla. Me da lo mismo que ese
chantaje de o haces lo que te digo o atente a las consecuencias, se haga en
nombre de una reivindicación tenida por justa, pues está claro que no lo ven de igual forma los que solo a base de violencias y amenazas
se ven forzados a someterse a lo que les imponen unos pocos. También me da lo
mismo quién promueva o defienda esos abusos. Desde luego no es nadie que valore
en nada la libertad, pues entiende que, como la opinión, la suya es la única defendible. Un dictadura pasajera y localizada, pero dictadura. Sea con
banderas rojas, camisas pardas o metralletas de Chicago años 30. Algo mafioso,
si hay violencia e intimidación. Déjame que te proteja contra ti mismo, que lo
hago por tu bien. Frente a la capacidad y al derecho de dejar de trabajar y de
cobrar, defendiendo lo que consideras que mereces, está la de otros colegas que
lo ven de otra forma y que, si así lo consideran, tienen tanto derecho a que se
les deje trabajar como a parar los que deciden no hacerlo. Ambas libertades son
igualmente defendibles y la razón, de tenerla, en mi opinión, se pierde cuando
se recurre a estos métodos intimidatorios que rozan, cuando no alcanzan, lo criminal.
Una huelga tradicional, un derecho irrenunciable, llevaba
unos costes propios que echaban un pulso limpio a los ajenos. Yo no cobro, pero
tú no ganarás con mi trabajo hasta que alcancemos un reparto más justo de los
beneficios. De ese tira y afloja durante el que ambos perdían, se solía acabar con
un mejor acuerdo que el anterior. Todo legítimo y razonable. A veces, patronos mafiosos
alquilaban violencias para intimidar a los huelguistas. Y tampoco tienen
cabida.
Reguladas en los países democráticos, suelen estar
acompañadas del establecimiento de unos servicios mínimos, pues una huelga para mí legítima
se hace contra quien te contrata, contra quien te paga, no contra la sociedad
en su conjunto, intentando paralizar sectores especialmente sensibles, a ser
posible todos. Y eso es harina de otro costal, para eso se necesita una huelga
general, no sargento. Los que dicen ser defensores del interés común, de lo
colectivo, si lo son de verdad, no pueden anteponer intereses sectoriales,
corporativos, particulares o gremiales a los colectivos y generales, a menos
que la huelga sea más política que laboral. Siempre hay inevitables molestias y
perjuicios colaterales que se hacen sufrir a personas ajenas al conflicto de
intereses que plantea una huelga. Se intenta evitar con estas regulaciones de
mínimos que algunos, pocos o muchos, con razón o sin ella, tomen a la población
como rehén. Llegamos así al chantaje, del peor, pues los más dañados son millones
de ciudadanos que no tienen en sus manos la resolución del problema, capacidad
de negociar ni posibilidad de dar o quitar razones.
Se cuenta con que hay molestias, pérdidas, trastornos y
desarreglos que sufren multitud de actores que no tienen papel con frase en esa
función. Pasa con las huelgas en los servicios públicos, trenes, controladores
aéreos, educación, sanidad, transporte, y no se puede hacer una tortilla sin
romper algún huevo. Pero todo tiene un límite. Hay sectores, a veces no muy numerosos,
que pueden paralizar un país. Y se convierten en un arma política que todos,
cada uno cuando le toca o le peta, intentan capitalizar.
Y ya sabemos, que cuando una cosa entra dentro del terreno
de la política, un mundo religioso de buenos y malos, de santos y de herejes,
de ellos y nosotros, ya se ha perdido toda posibilidad de razonar. Puede
ocurrir, como ocurre hoy con la huelga de camioneros —y no digo que como ocurre siempre, aunque lo pienso—, que alguien pretenda
sacar tajada electoral del problema, incluso que azuze el conflicto y confíe en
que el malestar empuje a bastantes votantes hacia sus candidaturas. Sin duda
ocurre esto, ahora y siempre. En un colectivo tan grande hay también intereses
distintos, incluso enfrentados. Hay trabajadores del gremio que son obreros de
una empresa. Hay muchos autónomos, hay empresarios de grandes flotas y hay
plataformas que son las que captan los portes y los subcontratan a otras
empresas menores o a transportistas autónomos. Y que abusan de su posición de
dominio para imponer unos precios que recortan las ganancias de los
trabajadores hasta límites de supervivencia.
Si unimos a todas esas circunstancias los desmesurados
precios de los combustibles, llegamos a una situación en la que muchos de los
que se pasan días y noches al volante, a miles de kilómetros de sus casas y sus
familias, malviviendo y arriesgándose en las carreteras, cobran unos sueldos de
miseria o, si son autónomos, trabajen a pérdidas. ¿Cómo no va ser legítimo y
comprensible que en esas circunstancias se queden en su casa y dejen aparcado
el camión? Lo que no lo es tanto es coger la navaja y rajar ruedas de los que
han decidido trabajar, colapsar carreteras, salidas de polígonos industriales, puertos
y fábricas. Eso es inadmisible. Granjas que ven agonizar a sus animales por
falta de pienso, miles de litros de leche vertidos porque unos pocos no permiten
que nadie vaya a recogerla, leche que va faltando en los supermercados cuando
los almacenes están llenos, entre los problemas citados y el acaparamiento irracional
de algunos mandrias. Fábricas que paran su actividad por falta de suministro de
componentes, materias primas, envases, o por tener el almacén lleno sin posibilidad
de hacer llegar sus productos a los consumidores. Si le sumamos que los costes
de la electricidad y de las materias primas son prohibitivos, tenemos la
tormenta perfecta. Podemos cargarnos la economía del país, que no anda para
echar cohetes. Nunca hay razón parcial ni argumento que merezca tanto.
Eso nos lleva a buscar soluciones a muchas cosas a la vez.
A los huelguistas, a las plataformas que gestionan y reparten los portes, al
gobierno, a los partidos y a todo aquel que algo de cordura pueda aportar. El
gobierno, lento hasta la desesperación, tarda once días en recibir a los
portavoces de los más empecinados de los huelguistas. Por lo pronto, como primera providencia, nos cuenta que todos los camioneros
son unos fascistas, empezando por los iniciales promotores y seguidores de la
huelga, cuatro gatos. Ni es cierto ni ayuda nada decir tal disparate. Cuando ya
se escuchaban demasiados maullidos, y no todos los maullantes podían ser unos
fachas, tenemos que ir moderando el discurso que acabó encabronando al gremio
entero, y con razón, y haciendo que, enfadados e insultados, se sumaran a la huelga
muchos que no lo hicieron al principio. No digo que no se puede ser más torpe,
porque todo es mejorable. Se ha hablado en España, y en todos sitios, hasta con
terroristas y sediciosos, incluso se consideran aceptables animales de compañía.
Ucrania acabará negociando con el Putin que hoy los masacra, de hecho ya lo está haciendo durante los bombardeos. Pero estos camioneros
no son de recibo. Hasta ahí podíamos llegar. No están entre los representantes legítimos del gremio, donde
sí están presentes precisamente los contratistas que han llevado a la ruina a
la mayoría de los camioneros del país. Ahora se les recibe, casi dos semanas
después, cuando ya nos estamos asomando al abismo. Las concesiones anunciadas y
prometidas, que se pudieron y debieron hacer mucho antes, esperemos que
satisfagan lo suficiente al gremio y calmen a gran parte de él, para que esto
acabe antes de que el quebranto sea más trágico. Seguramente, como decía, ya
habría terminado hace muchos días si no se hubiera criminalizado e insultado a
gran parte de los camioneros, que malas son siempre las generalizaciones y
peores las etiquetas.
Quién te ha visto y quién te ve. Con los papeles cambiados, unos y otros. Hace
poco se despenalizaron los piquetes, pensando que nunca se habrían de utilizar
contra los que así legislaban. Hoy se les vuelve en contra y ya no es lo mismo.
Si echamos mano de hemereoteca, nos hinchamos de ver plumeros. Vemos a la
izquierda en pleno, obispos y feligreses, descalificando a los huelguistas,
cuestionando la legitimidad de la huelga, haciéndose cruces de los excesos y
violencias, así como de las consecuencias de esta movilización que no fueron
capaces de prever, de encauzar, ni de parar a tiempo, por ser cosa de fachas,
no de trabajadores. Porque un trabajador como Dios manda y la Iglesia nos
enseña debe ser de izquierdas. Y si no nos da la razón y se nos
pone en contra, ni es de izquierdas e incluso cabe dudar de que sea un
trabajador. Y, por el contrario, con asombro vemos a la derecha, paradójicamente,
como defensores hoy del sagrado derecho a la huelga, incluso a la más extrema justificando a los piquetes y a los más encastillados y dudosos promotores del conflicto que, recibidos y atendidas muchas de sus reivindicciones, deciden seguir paralizando el país, salte o raje.
Llegados a este punto, a mi escaso juicio, no cabe otra cosa que pensar que aquí los más cargados de razón son gran parte de los camioneros, y me refiero a los que no tienen más partido que su familia y su camión, sin llegar a ser tan ingenuos como para pensar que entre ellos, y se ve claramente quiénes son, hay agitadores sorprendidos de la audiencia conseguida y que se ven en la política, si es que no están ya en ella. Tras las últimas negociaciones y medidas, la huelga debería haber acabado ya. Un gobierno se debe ganar con argumentos y en las urnas, no en las calles, que tan bien arden. Hay que deslindar, no decir gilipolleces y pensar que en otras circunstancias casi todos hubieran dicho y defendido exactamente lo contrario de lo que hoy dicen y defienden. Da vergüenza ajena leer y escuchar algunas de las cosas que se dicen y escriben, en las tribunas, en la prensa y en las redes sociales. Y se avergonzarán, y se arrepentirán, y negarán haber dicho lo dicho, cuando cambiados los papeles de la tragedia, tengan que, una vez más, justificar lo que hoy condenan. Y viceversa.
jueves, 24 de marzo de 2022
Epistolón taxonómico, desértico y memorioso
En
las películas del oeste el bueno siempre saca más rápido. El que agoniza en el
suelo muere porque no lleva razón. Representa el mal; por eso fue más lento, de
forma que bien está lo que bien acaba. Los dioses no permitirían que las cosas
ocurriesen de otra forma, pensamos. Aunque no siempre conviene echar a Dios la culpa de los desafueros de unas criaturas de las que ni siquiera su omnipotencia consigue sacar partido. Porque hay que ver qué bonito que es ese tema del libre albedrío. Tal vez, más que de los dioses, se trate de los
guionistas, que alguna liebre suelen llevar, pues, además de entretener,
siempre nos intentan convencer de algo. Como muchos políticos —una profesión
muy cercana, sin salirnos del mundo del espectáculo—, necesitan fabricar un
relato que deforme y lubrique los hechos para hacerles pasar hasta por donde no
caben. En los westerns, entre otras cosas, nos convencen de que los verdaderos
malos eran los indios. Unos salvajes estos pieles rojas. La fuerza de las
palabras, de las imágenes, que si se repiten lo suficiente acaban
sobreponiéndose a las razones. Señalado el malo una y otra vez, si cuela,
pasamos a ser los buenos. El que acusa, y a menudo la acusación suele tener mucho de autoexculpación preventiva, es el que saca más rápido y sus disparos dejan al otro muy perjudicado para responder. Por eso conviene poner en cuarentena los jucios sumarios sobre la maldad ajena, especialmente cuando la condena aporta algún beneficio al fiscal. Si nos presentaran a los apaches chapurreando un
español raro y mestizo y persignándose al salir de la ermita con los dedos aún
mojados de agua bendita, que eso hacían y así eran, a muchos nos daría más pena
verlos morir. Porque no todas las muertes nos producen la misma desazón.
Los
guerreros antiguos, antes de entrar en batalla, intentaban leer los oráculos,
la predisposición de los dioses a darles la victoria o a desentenderse del
pleito y así condenarlos a perder vida y hacienda. En realidad, más que leer,
dada la oscuridad de sus mensajes, creían descubrir en ellos un reflejo de sus propios
deseos. Porque los de los dioses, como los del pueblo, son muy difíciles de
descifrar, a menudo inquietantes, y es más fácil acabar escuchando en ellos
nuestra propia voz, justo lo que deseábamos oír. Lo de los oráculos ha decaído
mucho, desplazados por encuestas y profecías ayudadas a autocumplirse por los
mismos profetas que las anuncian. Sin embargo, ese modo de pensar que consiste
en tener decidido lo que hay que ver antes de mirar ha triunfado plenamente.
Aquellas guerras eran de artesanía, flechazos, lanzadas lejanas y al final el cuerpo a cuerpo. Duraban poco y los contendientes, además de por número, ganaban o perdían por lo acertado de la estrategia, potenciada por la moral y el valor de sus tropas. Soldados enfrentados que contaban con armas similares, que se mataban o herían de uno en uno y tan de cerca como para ver la cara del enemigo, siempre tan parecida a la propia. Si las cosas salían mal y acababan encadenados como esclavos, intentando en la fila de cautivos no pisar los cadáveres de los que tuvieron peor —o mejor— suerte, tenían el consuelo de pensar que los dioses así lo habían querido. Hoy, descreídos y resabiados, más que intuir, sabemos que llegaron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son más que los buenos. La Historia nos podría ayudar mucho, pues nos deja esas lecciones, siempre olvidadas. Aparte del eterno afán por adaptarla a gustos y conveniencias del momento pues, como todas, la tahona de la Historia hace el pan con la harina que le damos y todos quieren que el suyo salga blanco y tierno.
La
memoria es un líquido que se va acomodando a la forma del frasco donde cada persona o época
la guarda. Siempre hay quienes recuerdan solo lo que otros quisieran hacer olvidar, mientras olvidan lo que sus contrarios pretenden fijar como memoria de todos. Hay muchas memorias, muchas historias. Mientras sigan vivas, como
las palabras con que las contamos, seguirán cambiando, sea por avances de la ciencia histórica o por triunfo de relatos de parte. Como en un árbol, unas frondas
crecen y otras se secan, y pervive mientras las raíces sigan alimentadas por
el suelo del presente, un hortelano que unas veces abona y otras poda, pero que
siempre intenta guiar las ramas. La otra cara de esta moneda es el olvido,
siempre en lucha con la memoria. No podemos recordar todo, ni todos lo mismo,
y menos para siempre. La abundancia del hoy hace pronto olvidar las hambres del
ayer; cada uno vivió la feria de una manera y así la recuerda y la cuenta. Una
generación que solo ha conocido la paz descree de la posibilidad de que pueda
haber una guerra, cosa de los bisabuelos, gente rústica, rara y violenta. Esa
falsa idea del progreso como una línea continua, siempre ascendente, un camino hacia
la perfección sin pausas ni retrocesos, es idea tan común como engañosa. Nada
está garantizado, nada es eterno, nada es seguro y cierto, salvo la decadencia
y la muerte. Hay regresiones y no son excepcionales las cosas y casos en los
que avanzamos hacia atrás.
Nos
aplatanamos con las paces largas, hasta creerlas definitivas, algo tan deseable
como incierto. Lo mejor es ser pacifista. Es lo más noble, lo más humano. Se
llega a proponer hasta la renuncia a defenderse. No tiene más problema que,
como conducir por la derecha, solo funciona si todos obran igual. Con solo uno
que no comparta tan nobles principios circulatorios se lía parda en la
autopista. Por muy pacifista que uno sea, si un kamikaze anda fuera de parva
veríamos bien incluso que lo pararan con un misil antes de llegar a
encontrarnos de frente con el conductor díscolo. Es cuestión de perspectiva, de
detalles y de circunstancias, y a veces los buenos principios nos llevan a
malos finales. La no violencia, como todos los principios, solo funcionan cuando son
compartidos por todos. Incluso, sin salir del cerebro propio, vamos adaptando
los buenos propósitos a la situación. Al salir de la consulta, si los análisis
han salido bien, nos concedemos en el primer bar que encontramos lo que antes
de conocer los resultados, que preveíamos adversos, habíamos evitado, incluso
prometido no volver a catar. Promesas e intenciones de tanatorio. El miedo guarda
la viña. Hasta que se pierde el miedo, y con él, a menudo, también el majuelo.
Y de paso la vergüenza, incluso el oremus. Es mejor pasarse de prudente y saber
que existen peligros y que, llegado el momento, habrá que enfrentarse a ellos
con las armas que tengamos preparadas por si un casual.
Por
eso, cuando niños, en las películas de sesión doble, aún no maleados por los nihilismos
o las deconstrucciones y relatividades de Foucault y otros vainas posmodernos,
pataleábamos contentos y jaleábamos a los que acudían bien armados a hacer
justicia, machacando a los que, entonces sin dudas, eran los malos. Hoy todo es
más líquido, la verdad, la moral, la justicia y otras cosas importantes, hasta
el punto de vivir en la contradicción de cultivar la irresponsabilidad
individual y, a la vez, hacernos sentir culpables colectivos de los desastres y ataques
que sufrimos. Hasta nos quieren hacer heredar culpabilidades retroactivas.
Encandilados
por un optimismo antropológico, un "to’ er mundo es güeno" que nos desarma, ocultamos
la realidad, que es un espanto, hasta que ya es imposible y a veces tarde. Ni
puto caso, colega; que se joda la realidad, a ver si van a venir los malditos
datos y los hechos a estropearnos el relato. Mejor Walt Disney que el
Serengueti. Luego si el cocodrilo le arranca un brazo al nene, que así son de bestias
los animales, los de verdad, ya aprenderá en sus carnes que esas enormes
lagartijas solo sonríen en las películas. Hasta entonces, mejor que no sufra. Solucionamos
ese problema puntual buscando una palabra o una frase dulce que suene mejor que
manco y arreglada la cosa. ¡A ver qué cuentos les dejas leer a las criaturas,
que lo del lobo no le dejó dormir a gusto y me ha pegado la noche! ¡Se va a traumatizar!
Nada de inquietarles, nada de abrumarles con los peligros de la vida, ya
tendrán tiempo de padecer, de enterarse de lo que vale un peine. Y en ellas
estamos. Así hemos llegado hasta aquí, yendo de la desenfadada e inconsciente alegría al
llanto, por el camino de la confusión y del buenismo.
Además,
ahora la infancia dura mucho y la adolescencia prácticamente toda la vida. Ese desenfoque vital da lugar a que se pueda
llegar a ministro, casi con el chupete aún en la boca, creyendo que se sigue de
delegado de curso. O, con poco más de las cuatro reglas, a dirigir un país. Ahí
tienes a Trump, a Maduro o a tantos otros primates empoderados, lejos y cerca. En
este mundo de adolescentes talludos, airados y dueños de un rencor telarañoso en
busca de culpables, no es necesario saber; el caso es explicarse uno, si no
bien, al menos deprisa, acertando a decir lo que la audiencia desea escuchar. Aparentar, más rentable que ser; corroborar, reafirmar, mejor que dudar, pensar o descubrir. Más vale un gramo de
imagen que dos toneladas de eficacia. Se puede salir airoso, aunque el orate no
se explique, porque a la gente se le pide adhesión personal, pasión o enfado, no
inteligencia ni asunción de un proyecto ni de unas ideas, porque no las hay. Enfado, victimismo, indignación, vana ilusión, para apuntalar lo que sin las emociones no se
tendría en pie. Si hay quien sigue creyendo que la Tierra es plana ¿no te van
a creer a ti si les dices que, por el hecho de nacer lo merecen todo, que no tienen culpa de nada y que nada se les exige,
mientras callas que de ellos nada se espera tampoco? Con la emoción basta.
Méntales lo malos que son esos o aquellos, aún peores que nosotros. Háblales de
sus derechos, omite sus obligaciones. Lo importante es buscar un buen enemigo;
si no lo hay se le inventa. Esos son; ahí los tenéis: unos extremistas, un
peligro.
Los
primeros que hemos de aparentar creerlo somos nosotros, que el personal no
detecta —incluso consiente— la mentira, pero intuye y rechaza la debilidad. Dudas, ninguna. ¿Para
qué leer o atender a nada que nos haga dudar? ¿No sabemos ya que llevamos
razón, que somos los buenos? Una nueva clase de aristocracia que, en lugar de los castillos y latifundios del marquesado, hereda títulos de superioridad moral, aunque la estirpe vaya degenerando. Con ellos basta. No tenemos que demostrar
nada, que la razón ya nos viene de herencia, de casta. Hoy hay quien dice que es de esta
o de otra corriente ideológica como quien dice que viene de los Alba, De la
Cerda o de los Medinaceli. No faltaba más que, a estas alturas, necesitar
hacernos preguntas o demostrar el valor que se nos supone. Las ideas hay que conservarlas, como las fincas, como las muelas.
Para algunos son tan inmutables como los lemas y emblemas que antes las grandes familias grababan en
escudos, estandartes y blasones. Muchos están convencidos de que ser progresista consiste
básicamente en pensar y defender lo mismo que sus bisabuelos, incluso sus
equivocaciones y sus desmanes. Y, si cuaja, cobrar deudas, reparaciones y recompensas por los
agravios y derrotas que sufrieron, ciertas o imaginadas. Nunca ha sido cierto
lo que la etimología nos indica cuando hablamos de aristocracia. No hay nada que nos lleve a pensar que
alguna vez hayan gobernado los mejores, salvo excepciones que no conozco, pero al menos eso se pretendía aparentar.
Ahora es la medianía, la democrática y destructiva igualación del que sabe con
el que ignora, el que aporta lo que puede y debe con el insolidario que se desentiende del bienestar general, el que trabaja con el que se escaquea y el que se esfuerza con
el que descansa. Igualar es lo deseable, pero estirando hacia arriba de los que
están abajo, no propiciando un mundo de enanos envidiosos del que despunta,
prestos a cercenar las gaitas que sobresalen.
Los
dogmas del clan, de la tribu, de la casta, son la venda cuando se infecta la
cosa. No son un antibiótico, no curan, pero al menos tapan la llaga. Hay que estar
seguro de la incomparable bondad de lo que se intenta vender. La mejor forma es
no plantearse siquiera la posibilidad de que haya algo mejor ni más cierto. La gente huele la
duda, la toma por tibieza y estás perdido. A la oposición de cabeza. La
escalera para asaltar cielos no tiene como peldaños las verdades, sino las dulces
promesas, las indignaciones y los miedos a lo que podría venir sin nosotros. Fuera
medias tintas, sobran matices y otrosís, términos medios y considerandos; lejos
quede la equidistancia, que la ecuanimidad no entusiasma, no vende. Ante los
extremos no tiene nada que hacer y nosotros somos el extremo bueno. Salomón era
un bandarra, a punto estuvo de partir en dos a la criaturica. Nosotros no
tendríamos inconveniente en dejar que lo hiciera, el otro cederá. Y si no cede,
ya le echaremos la culpa del crimen. De la destrucción nacerá lo nuevo, lo
bueno. A menos, eso dice el manual.
No
hace falta demasiada ciencia. Igual que había libros con modelos para escribir
cartas a la novia o plantillas de correspondencia comercial para llevar la
tienda, con aprenderse ocho o diez lemas y frases para gritarlas muy deprisa
con el ceño fruncido, ¿para qué más ciencia ni experiencia? Ya procurará el
líder incendiario rodearse de otros tiernos infantes, gente de fiar, ni tan
tontos como para no ser capaces de memorizar los lemas de la tribu, ni tan
listos como para hacerle sombra a quien los nombró. El aplauso y el amén de la parroquia están garantizados. El caso, la almendra del
tema es lo que decíamos: un buen enemigo. Bien dibujado. Un fascista de libro: Martínez
el facha. Con su bigotillo, sus gafas de sol, su bandera de España con el aguilucho y su Seat
1500. Una vez que la gente ha aprendido quién es el enemigo, ya está el trabajo
hecho. Arrojando indiscriminadamente a toda oposición a los abismos del
extremismo, así, a granel, confundiendo e igualando a los extremistas con los
que no lo son —los más de ellos—, nuestro propio fanatismo extremo pasará por cordura
y moderación. Hasta algunos asesinos o golpistas pasarán así por buenas compañías,
por socios convenientes, mientras alertamos de los lobos infiltrados en rebaño
ajeno. Cuando el enemigo haga lo mismo —o menos— que nosotros, la feligresía verá con
claridad que no es igual, que nuestros motivos son más nobles, nuestra fe más verdadera, que nuestros criminales
son buena gente y que todo lo hacemos por su bien. Aunque les cueste entenderlo.
Si
los piquetes nos ayudan a alcanzar el poder son buenos; si actúan contra
nosotros y amenazan con sacarnos de él, son perversos. Es de aplicación a
manifestantes, acosos, escraches, huelgas y otras “legítimas y necesarias
manifestaciones de la libertad y de la democracia”, decíamos. Con la reserva de que solo lo son
si van contra el adversario. Si operan contra nosotros hace falta estar ciego para
no ver que todos esos desmadres y algaradas son un contubernio, cosa de fascistas. Podría
aplicarse igualmente señalando como demonios a populistas o a comunistas, según quien hable,
es cierto, pues las dictaduras, aun siendo de signo distinto, obran y
argumentan igual. En unos sitios la dictadura viene de la mano de Erdogán, en
otros de Putin, y en otros de los Castros, los Maduros, los Ortegas o los Kin
Jon-Uns. Todos ellos tienen quien los defienda, indicador muy útil para
reconocer los verdaderos peligros, que pueden atacar por babor o por estribor. Cada
uno de los extremismos se alarma de un modelo de tiranía, aunque la libertad sea
su enemigo común. Sus afanes totalitarios y autocráticos los igualan, como la Historia nos muestra. Juega a su
favor que cada vez son más difíciles de distinguir, que muy desportilladas
andan las palabras y muy hueras las cabezas. El único criterio que funciona es rechazar
enérgicamente a todos aquellos que argumenten en favor de alguna de las
variedades de totalitarismo criminal que asolaron el mundo en el pasado y lo
siguen haciendo en el presente. Porque para no pocos, solamente el fascismo fue
y es rechazable. El comunismo no fue ni es mejor. Claro que el fascismo es nefando, pero eso no hace bueno ningún otro modelo de
dictadura más de su gusto, alegando que, mientras no alcancen el poder, sus defensores se
resignan a aparentar ser demócratas. Ninguno de ambos totalitarismos es compatible con la democracia.
Lo
malo de estas clasificaciones, tan interesadas como falsas, es que hace aumentar
el número de los supuestos enemigos, esa masa indiscriminada y sin fuste que han
venido inventando. La gente se puede preguntar si en verdad hay tantos fascistas.
Si fuera cierto, que no lo es, como tampoco es real el respeto por la
democracia de quienes así argumentan, habría que rendirse a la evidencia y, con el corazón en un puño, dejarles gobernar, sean lo que sean, pues habíamos quedado que eran las urnas
las que legitimaban a los partidos, incluso cuando se hayan quitado el pasamontañas
hace unos días o les hayan sacado de la cárcel sin cumplir sus condenas por
sediciosos. De forma que —van reculando— vamos a moderar un discurso que se nos
está volviendo en contra y pasemos a decir que los ciudadanos están engañados,
mientras se nos ocurre algo. Todo menos ponernos a arreglar las cosas. No hay
mejor forma para calmar indignaciones o descontentos y orillar extremismos que solucionando
los problemas que los causan y desmontando con buenos argumentos los relatos que los sostienen. Pero nuestras
recetas y nuestros lemas no dan para tanto. Neguemos la realidad, demonicemos a los ajenos,
aunque sean más que los propios, y avisemos de que o nosotros o el caos.
La
Historia dice —y con verdad—, que un Franco agonizante y una camarilla
acojonada por Marruecos, presionada y aleccionada por el imperio yanqui, vendió
a los saharauis, que tenían carnet de identidad de españoles —que eso eran o al
menos eso les hicimos creer—. También dirá la Historia con no menos acierto
que, casi cincuenta años después, otros intereses y otros apremios hicieron que
la traición fuese consumada por un gobierno formado por socialistas y
comunistas, secundados por sus conmilitones, un amasijo populista y verborreico
que, pasados los años, nadie recordará cómo se llamaba y menos cómo coño
consiguieron llegar hasta allí. Desde luego no alcanzaron tales cielos
prometiendo hacer casi nada de lo que acabaron haciendo o dando por bueno con su
presencia.
En
tiempos de turbación no hacer mudanza, dijo san Ignacio, repitiendo el saber
antiguo. Si no se quería tener abiertos dos frentes a la vez, creo que el jefe del ejecutivo, haciendo de su capa un sayo y sin encomendarse ni a Dios ni a la
Virgen, con el giro sahariano más haya abierto uno nuevo que cerrado ninguno de
los muchos que tenía y tiene, que hay que reconocer que a este gobierno parece que lo
haya mirado un tuerto. Sobre lo de solucionar todos los problemas que sufrimos,
muchos de ellos compartidos con Europa, no creo que puedan dar lecciones de
previsión ni de eficacia. Unos se alegran de que este cúmulo de tragedias y
catacumbres nos hayan encontrado con Sánchez y la compaña al frente. Tal vez
lleven razón. A nadie más se le hubiera consentido hacer ni la
mitad de lo que ellos han hecho y hacen. A todos estos problemas, unos
sobrevenidos e inevitables, otros paliados (aplazados a base de deuda) y no pocos agravados, cuando no creados por los que venían a solucionar los existentes, habría que
añadir el fuego de las calles que sin duda hubieran promovido los que hoy se
quejan de la oposición que tienen. De los sindicatos, poco que decir, sus
enfados o sus silencios oscilantes, según quien mande, los retratan. Cuando hoy
desde el poder ven en el país protestas que suponen una mínima expresión de las
que ellos por mucho menos habrían patrocinado, se alarman, ven fachas por todos
sitios, manipulación y violencia. Un abuso que hay que reprimir, ¡A mí la
guardia!, que los piquetes violentos que despenalizamos hace meses, ahora se
usan contra nosotros. Y hasta ahí podíamos llegar. La calle es nuestra, que
dijo Fraga, los separatistas y algunos más. ¡Quién te ha visto y quién te ve!
El caso del abismo entre pasados y actuales discursos indignados sobre el
precio de la luz, los abusos en los precios, los impuestos sobre la energía, la
inflación, la pobreza energética de los más desfavorecidos, es tan paradigmático
como vergonzoso.
El
cambio histórico sobre el Sáhara, del que ciudadanos, oposición, Parlamento,
parte del gobierno y posiblemente Argelia nos tuvimos que enterar nada menos
que por boca del rey de Marruecos, es, al menos por las formas, una
irresponsabilidad, un abuso, propio más de un autócrata que del presidente de
un país democrático. El fondo, simplemente por inexplicado, resulta
inexplicable. Lo único claro, una vez más, podríamos decirlo en palabras de
Muñoz Seca, en la Venganza de don Mendo:
pues aunque el nombre te asombre,
quien obra así tiene un nombre,
y ese nombre es el de... chulo.»
Hay ciertos desacuerdos, sobre el Sáhara, sobre la guerra, sobre muchas cosas importantes, ante los que no basta con poner cara de enfado y seguir en el sillón ministerial. Se otorga y se comparte o no se sigue donde se firma lo que uno considera que va contra sus principios. Claro, para eso hace falta tener algunos, tan a menudo confundidos con los intereses, las estrategias y las ambiciones. Lo demás son milongas, excusas de mal pagador. Peor que cobrador de suculentas e irrenunciables nóminas, que fuera hace mucho frío y a ver dónde coño voy yo que más me quieran, ahora que ya todos me conocen. Aunque sería demasiado sencillo pensar que solo están allí por defender un buen sueldo. No es eso. Hay más, claro está; no mejor, pero hay otras cosas. Preferible el ridículo y la irrelevancia que la desaparición. Del ahora o nunca, viendo que va a ser que nunca, algo habrá que salvar, aunque aún no sepamos exactamente qué. Y menos con quién, que ya vivimos barbilla en hombro.
Por
todo eso, de vez en cuando, hay que reescribir la Historia que, contada tal
cual, le pasa como a los cuentos, que asustan a los niños. Y como nos quiten
las hojas del BOE que el cupo nos autoriza a escribir, miedo me dan los
cronicones. Si no mienten, que no podrán mentir, en el inicio de esta traición
al pueblo saharaui, aparecerán Franco, José Solis —la sonrisa del régimen—, y
el gobierno de aquel entonces. Como colofón de la infamia aparecerá este otro
gobierno, quien lo preside y quienes lo forman, partidos y personas. Todos y
todas. Por acción o por omisión. Ellos verán, que los demás ya lo hemos visto.
domingo, 6 de marzo de 2022
Epístola guerrera y postsoviética
Hay quien ve defendible defender que no se defienda quien
es atacado. Mejor no armarlo. Déjate invadir lo más rápidamente posible, no
ofrezcas resistencia, no te metas en guerras, con lo bonita que es la paz; ríndete o deserta y no seas tonto, que te
lo decimos por tu bien. Sin ser belicistas —ninguna persona decente puede estar
a favor de las guerras—, resulta difícil apuntarse a esa clase de
pacifismos —o suicidas o vicarios— que igualan al agresor con el agredido, al
matón con su víctima. Parece mentira que gentes dedicadas a convencer a todo el
mundo de que es víctima de alguien o de algo, victimólogos empeñados en dividir la sociedad
en minorías victimizadas —a veces imaginariamente— y azuzarlas para enfrentarse entre sí, siempre en
demanda de reconocimiento circular y reparación mutua, ante el espectáculo de la destrucción y de la sangre inocente de víctimas reales, las desamparen, limitando su aportación a
un lema: «No a la guerra». Y a los agredidos que les den. Es un buen lema y, en principio, nadie podría
oponerse a él, aunque sí a algunos de los que lo promueven para evitar que se
diga lo que realmente es: no a la invasión, no al avasallamiento de Ucrania por el
dictador ruso. La duda es si, plegada la pancarta o puesta la vela, podemos ya
ir tranquilos a casa o al bar a tomar unas cañas, satisfecha la conciencia, contentos
y reconfortados por nuestra solidaridad —inane— y a otra cosa. Intentan
ridiculizar a una persona que en un programa de televisión dice que rezará por
los ucranianos. Como el Papa, como muchos creyentes en dioses distintos. Mal no hacen, desde luego.
Los que dudan de la efectividad de estos rezos, al parecer están convencidos de
que es mayor la de poner velas en la plaza de su pueblo, igual que los
aborígenes que danzan para atraer la lluvia o los cofrades que sacan al santo en
rogativa con el mismo fin. No dejan de ser manifestaciones diversas de carácter
religioso o mágico, pensando que una frase puede ser tan performativa como el
primordial hágase la luz. Por no añadir que muchas de estas cosas se hacen más
para uno mismo que para los demás, más para sentirse uno bien que para
solucionar nada. Al menos, rezar es algo que se hace en privado, donde no hay
nadie que te vea y se pasme del grado a que llega tu compasión, tu solidaridad
y tu compromiso.
Allá cada uno con su conciencia, sus creencias y sus consuelos. Pero,
puestos a elegir, me quedo con el “A Dios rogando y con el mazo dando”. Una
cosa no quita la otra y se puede uno manifestar, poner velas, rezar, pero
también ayudar a los ucranianos a defenderse, cosa que, independientemente de
las personales creencias, es cosa demostrada que uno se defiende mejor con un
arma que a pedradas, que poniendo el pecho o la otra mejilla que, al parecer,
es lo que algunos sugieren, mostrando, al paso que su solera cristiana, la exuberancia del colorido de sus plumeros.
Igual que hay anticapitalistas que juegan en bolsa, conferencias contra el alcoholismo que se clausuran con un vino español, predicadores de la virtud a la vez que pederastas y vegetarianos que cuando nadie los ve se aplican un chuletón más que mediano —no demasiado hecho, por favor—, viven muchos que se dicen pacifistas —y algunos bastante bien— de encabronar a todos los demás y a enfrentarlos entre sí, intentando sacar votos de esas pelarzas. Los hay que todos los que consiguen acarrear para su negocio proceden de esos inducidos enojos. Después de convertir en oficio esa peculiar defensa de las imaginarias víctimas, cuando ven unas ciertas y reales, que soportan bombardeos injustificables, personas pacíficas e inocentes despanzurradas por las calles, sin piernas o llorando a una criatura destrozada, llegan a la conclusión de que lo mejor es la no resistencia, el dejar hacer y el desamparo; preferible no darles armas para defenderse para que termine pronto la cosa. Cuanto antes acaben con ellos mejor, antes llegará la paz. Sólo una indignidad tan difícil de entender como imposible de superar permite —a la vez y no estar loco— mantener semejantes posturas y seguir formando parte de un gobierno que, con mejor criterio, envía granadas anticarro, balas y metralletas para que se defiendan los que no se resignan a dejarse matar. Cuanto antes desaparezcan de la política gentes de esta calaña, mejor será para todos. Porque no son Gandhi, no. La no violencia es una opción muy honorable, pero no admite intermitencias, que la convierten en impostura. Suelen ser los mismos pacifistas que en tiempos fueron subvencionados por algunos de los que llevaron la crueldad y el crimen a la perfección en aras de una causa fracasada y pervertida que algunos aún hoy defienden. Son de la estirpe de los que siempre han idealizado y aplaudido guerras y guerrillas, partisanos y resistencias, revoluciones y tumultos; pero solo cuando se perpetraban para defender las causas e ideologías en las que militan. Esos son los suyos, pues muy claramente nos han mostrado con quién están, siempre al lado de dictadores violentos, cuando no asesinos. Demasiadas violencias y muertes han intentado blanquear y hacer olvidar, recientes o antiguas, lejanas o en casa. Y leyendo un libro no puedes pasar unas páginas y dejar otras sin pasar, a menos que descuartices la encuadernación, una forma de destrozar la realidad y el texto, a ver si barajando las páginas y eliminando algunas sale un relato más apañadito y conveniente.
Demasiadas ideas y causas nobles se han visto y se ven desfiguradas y entorpecidas
por elementos ajenos a la racionalidad y a la justicia de lo que se dice
defender. Unas veces se utiliza una causa que podría concitar un apoyo casi
unánime para endosar de rondón a toda la sociedad flecos y adherencias
ideológicas muy particulares. Defendamos esto, pero desde mi doctrina, desde mi
punto de vista, con mis addendas y suplementos. Esta causa es mía, que es tanto
como decir que o me compras completo el producto de mi extremismo minoritario o
eres un enemigo declarado de la causa, usada como excusa. Eso desmoviliza a
gran parte de los posibles apoyos, espantados por esos abusos, siempre con
regusto totalitario.
En otras ocasiones, pues llueve sobre mojado, la excesiva ideologización, el aprovechamiento partidista, que todo lo politiza hasta la polarización y el despropósito, hace que apoyar la causa, que muchos matizan pero no rechazan, presuponga la adhesión no a la causa, sino a la ideología que, como decíamos antes, la escrituró, se apropió de ella, y que presentan como la única que la ampara. Si una determinada postura se identifica como algo exclusivo de un sector y soldada a sus desvaríos ideológicos, resulta ya imposible que sea asumida por todos. Ese abuso, esa injustificable patrimonialización de las causas, ese torpe qué hacéis vosotros aquí, divide a la sociedad, produce más rechazos que adhesiones. Llegado a ese punto de fanatismo sectario, podrá reportar votos a unos o a otros, pero se ha perdido la ocasión de que se convierta en algo mayoritariamente compartido, como desea quien la defiende sin otros intereses, que otros ocultan por poco presentables. Y, como hoy absolutamente todo se quiere interpretar como prueba de adhesión a una u otra opción política, no como una postura individual respecto a cada uno de los temas en cuestión, producto de la libre reflexión, el abanico de libertad individual se va cerrando hasta una asfixia propia de la secta. Llegamos así a lotes de posicionamientos y corrrecciones, kits ideológicos estancos sobre esto y aquello, que acaban siendo una regulación de todos los aspectos de la vida. No hablamos ya de ideas, posturas y conclusiones a las que libremente llega uno, cierto o errado, sino de una ideología sectaria, que es otra cosa. Un totalitarismo de pensamiento único, pura esclavitud mental. Hay que tomar partido, nos dicen. O una cosa u otra, sin medias tintas, pues hay que decantarse sobre todos los temas; pero no uno por uno, sino eligiendo un kit que ya ha reunido todas y cada una de las opciones correctas: Del cambio climático al gasoil, de la mujer al hombre, pasando por todas las posiciones intermedias o supraorbitales, de la monarquía a la república, de la energía nuclear al turismo, del toro a la vaca, del pollo a la perdiz, de la unidad a la disgregación nacional, de Almudena Grandes a Pemán o a Pío Baroja, del Real Madrid al Barça, del lenguaje a la peatonalización de las calles, de vivir en España a vivir en Este País, del nada que celebrar al Santiago y cierra España, de ver y mostrar la bandera nacional con normalidad o a ocultarla con asco, de la alcoba a la chuleta. Si galgos o podencos, si religiosos o laicos, si moros o cristianos, si judíos o palestinos, y ahora si guerra o invasión. Saber con una sola pregunta qué es lo que —sin posibilidad de matices ni considerandos— piensa una persona acerca de todas esas vidriosas —y a veces perversas e innecesarias— disyuntivas es comprobar que realmente no ha pensado por sí mismo sobre ninguna de ellas. El militante sectario no falla a ningún palo. Piensa lo que debe pensar, lo que se espera de él, siempre acierta. Pero ni sorprende ni convence en cuanto sale de la parroquia. Un buen ejemplo sería la preferencia por un régimen monárquico o republicano. Si se sobreentiende, como en España se asume, que un régimen republicano solo puede ser de izquierdas, preferentemente reeditando lo peor de la segunda, que no fue poco, quiere decir que en España nunca habrá república o que si la hay será algo impuesto a la mitad o más de la población. Por eso muchos rechazamos por ahora tal posibilidad. Gran parte de los que hoy la defienden son un pésimo aval como para decantarse por esa opción. Aunque uno no sea monárquico.
Los que están tan seguros de haber acertado en todas las respuestas, de protagonizar el milagro de haber sido capaces de elegir siempre la opción correcta, deberían preguntarse cómo es posible disfrutar de tamaña inteligencia y oceánico conocimiento, cómo es posible alcanzar tales cimas de perfección ética e intelectual. Sin mancha, sin errores, sin dudas, ni tibiezas. Sin complejos ni vergüenza. En resumen: o se autorpoponen para un proceso de beatificación o van a hacérselo ver acudiendo a Freud o a Lacán, orates tan de su gusto, a ver si alguien puede hacer algo con su soberbia. Como tal excelsitud suele venirles de familia, estos adanes deberían adoptar como siglas de su partido "S.P.C", Sine peccato concepit, como proclaman los estandartes que preceden a la Virgen, a la Inmaculada Concepción, en las procesiones de Sevilla.
Todo se
quiere ligar a una determinada opción política que dice atesorar todo lo noble, lo
justo, lo correcto, inmune y ajena a las circunstancias, creencias y
reflexiones individuales, que están demás. Por supuesto, para cada uno es la propia. Fuera de ella todo es desatino y carcundia. No busca ni defiende la libertad quien
intenta limitar la funesta manía de pensar. Porque todo sectario no ve necesario que, salvo el caudillo, nadie piense, medite, y menos que decida. Ni ellos ni los demás. Al contrario, es
un peligro. Y leer, poquito, no la vayamos a joder, que ya sabemos por el Francisco Humillo de
Cervantes que es cosa poco recomendable: «¿Sabes leer? —No, por cierto, / Ni tal se probará que
en mi linaje / Haya persona tan de poco asiento, / Que se pongan a aprender
esas quimeras / Que llevan a los hombres al brasero /Y a las mujeres, a la casa
llana». Y, si no lo podéis evitar, a ver qué me vais leyendo y pensando que os estoy viendo
venir. La cuestión no es ser o no ser, que sobran las filosofías, sino ¿y tú con quien vas? ¿Tú de quién
eres? Lo demás ya viene dado. Se trata de una única elección vital que hace
innecesarias dudas ulteriores: la de decidir a qué orate o camarilla entregar tu alma y
ya te irán ellos diciendo qué es lo que está bien y cuál es el enemigo.
Millones de personas actúan así, y bien que se les nota. Entre otras cosas,
porque pocas veces escucharás de sus labios un razonamiento, un argumento; y nunca
uno propio. Lemas, consignas, falacias, excusas; o simplemente el recurso a supuestas pero
inexistentes superioridades éticas que hacen innecesarios datos, reflexiones y engorros
argumentativos.
Algunas causas, siendo nobles y ampliamente compartidas, no se extienden como
principios comunes a toda una sociedad por alguno o varios de los errores y
abusos anteriores. A veces uno piensa que no falta quien trabaje a la contra,
pues si una inmensa mayoría hiciera suyo lo que ahora algunas parroquias esgrimen e inmatriculan como de su propiedad, se les acababa el negocio. No solo debe ser noble lo
defendido, sino también la forma de defenderlo. Otras ideas fracasan
simplemente por la indignidad de quienes las defienden, que o dan risa o vergüenza ajena, pues se percibe que su
liebre es otra y que nos hacen correr tras un señuelo. Leo hoy en Facebook una
frase puesta en boca, nada más y nada menos, que de Che Guevara: «La vida de
un solo ser humano vale más que todas las propiedades del hombre más rico de la
tierra». Un sarcasmo. Sería de Gila si no fuese trágico saliendo de boca de
un asesino que le tomó gusto al gatillo y que, contradiciendo esa frase, que ni
siquiera creo que tuviera la lucidez — ni el cuajo— de pronunciar, precisamente a esos ricos de
la tierra que tenía a mano les quitaba la vida para después quitarle los bienes,
ilegítimos a su entender y cuya propiedad justificaba su muerte. Pero a un
asesino, si es de los buenos, de los nuestros, le llamamos guerrillero y ya
tenemos al héroe de una noble causa.
Por esas cosas descritas y algunas más, no todos los “No a la guerra” son creíbles, ni
nobles, ni desinteresados. Son más decentes los convocados que los convocantes.
Una de las tragedias y rémoras de ciertos pacifismos es que se sabe quién los
impulsó y financió durante la guerra fría. También sabemos para qué y contra
quien. Muchas cosas han cambiado, pero la desinformación y el aprovechamiento de
temas conflictivos para dividir, desorientar y desestabilizar las democracias,
aprovechando como en el judo los impulsos y fuerzas del oponente, siempre han
sido procedimientos utilizados por las dictaduras para ayudar a los
quintacolumnistas a destruir desde dentro las sociedades libres, siempre menos
protegidas, pues la libertad siempre lucha con una mano atada contra quienes no
se ven coartados por los 'remilgos' de la democracia. Gran parte de estas injerencias y utilizaciones de militantes, simpatizantes o de incautos han venido llegando a Europa desde la madre
Rusia, la de Lenin, la de Stalin o la de Putin. Discutir si siguen siendo
comunistas o no es entrar en nominalismos. Lo que no han dejado es de ser totalitarios,
dictadores, imperialistas y criminales. Y esos son los referentes y mentores de los más
desnortados y peligrosos activistas locales. Imperialismo es palabra que, como Inquisición o dictadura, no
necesita gentilicio. Ya sabemos de cuál se habla.
Se reprochan unos a otros la cercanía con Putin, que hoy
apesta. ¡Eh, tú! ¡Pues anda que tú! Se buscan fotos y, de no existir con el
dictador, se demuestra la afinidad por persona interpuesta. Y hacen silogismos:
Salvini está aquí con Abascal. Putin está allí con Salvini. Luego Abascal
está con Putin. No tenemos foto, pero está. Iglesias aparece aquí sonriente y abrazado a
Otegui, y aquí con Chaves, aquí con otro narcodictador, y aquí con Sucesores de
Castro, Comunidad de Bienes… ¡Para, para, que eso no es de lo que estamos
hablando! ¡Cómo me vas a comparar! Aparte de la desinformación urbi et orbe, seguramente,
de haber financiado a algún partido español no sería a uno solo. A Putin le da
lo mismo. Ya Puigdemont y sus secuaces intentaron pedirle ayuda, incluso 10.000
soldados, así como el que pisa una mierda. Podemos, ERC, Bildu, junto con lo más despreciable del gremio, vota en Europa en contra de que se investigue la trama de desinformación promovida y financiada por Putin en el procés y en España. Algo intentan que no se sepa, algo temen. Putin lo que financia es el enredo, la
división, el enfrentamiento interno, la desestabilización de la democracia.
Para eso le vale cualquier populismo, cualquier extremosidad, cualquier
disparate, cualquier caudillo aspirante a emularlo, siempre apelando al “pueblo
real”, del que dicen ser oráculos. Si entiende que le ayuda a enmerdar la
política de un país, lo mismo le da impulsar a Vox, a Podemos, a Trump, al
separatismo catalán, a Erdogán, a Bolsonaro, a Bashar al-Ássad que al Ku-Klux-Klan. Y, de haber seguido ETA en acción, no hubiera dudado en financiarla, como antes hicieron sus predecesores en el Kremlim y posiblemente él mismo como jefe de la KGB. Al final
las más de las ideologías radicales se pueden resumir como rechazo a toda libertad que les impida ejercer un poder sin límites, odio a los contrarios, desprecio por la vida ajena y amor por el papel moneda. Luego ya
se va entrando en detalles, adornando el programa. Un poco de aquí, un poco de
allá, pon este párrafo que queda muy bien, no te olvides de resaltar la altura de nuestros principios, de mentar la igualdad,
la democracia, el “pueblo real” y esas cosas. Putin los mira, recuerda los buenos
tiempos como jefe de la KGB y les dice: Tomad estas navajas y ya, entre
vosotros, os vais matando. Mientras estáis en ello, yo sigo por donde iba. Ya
lo decía aquel: «Todos van a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío».
La única aportación positiva de este avasallamiento criminal de Putin sobre Ucrania es que ha puesto difícil a los occidentales decadentes y hedonistas, en especial a los aplatanados europeos, el no tomar partido. Por la libertad y la democracia o por la dictadura y el totalitarismo. No hay más opciones, medias tintas ni equilibrios. Nos han empujado a pensar que esto no puede seguir así, a menos que continúe. Visto lo que el mundo totalitario odia a las democracias no hay necesidad de que estas se odien a sí mismas, que en esas estábamos. Después de decenios de autoflagelación, del trabajo de los más necios en convencernos de que hemos sido y somos peores que un dolor de muelas, nos han mostrado que, aun siendo muy mejorables, pues el género humano no da para más, las democracias liberales de occidente y asimilados, son lo mejor que la Humanidad ha sido capaz de parir. Y que hay que protegerlas y defenderlas por todos los medios, tanto de los ataques desde las afueras como desde los adentros, que sus enemigos cada vez son más fáciles de distinguir. Y, hasta donde sea posible, intentar extender la democracia. Se empieza por arrinconar los populismos, de los que no hay ninguno bueno, monedas acuñadas en la misma ceca, y por supuesto, por desenmascarar a sus caudillos y a sus huestes.
Decíamos a menudo que no sabemos si somos de los nuestros; hoy hay menos dudas y muchos despistados ya van volviendo a ser de los suyos, pues el verdadero enemigo va asomando las orejas y las zarpas y ya resulta imposible ser indiferente. Los que vienen pontificando y dando certificados de buena conducta sin más argumento que acusar de ser equidistante a todo el que piensa, matiza y duda, son los que ahora intentan mantener una equidistancia imposible. A veces ni eso, pues, como solución, los más tontos y totalitarios, ministros con la foto de Lenin en el despacho y chándal de la sovietizada República Democrática de Alemania, unos tiempos, regímenes y referentes que añoran, apuntan como solución al conflicto disolver la OTAN. Iglesias, amante de otros partisanos pero no de los del país invadido y masacrado por Putin, para no dejarnos con dudas acerca de con quién va, tuitea que la UE no puede apoyar a los neonazis del gobierno de Ucrania. Como su campaña contra Zozulia, algo que ahora encaja y se entiende mejor. Su santa igual propone solucionar el caso inscribiendo a Putin a un curso sobre nuevas masculinidades y de Belarra ni merece la pena detenerse en sus ecos. Y así toda la parroquia. Sánchez, aunque no llega a esos extremos, pues con poco, es más listo y algo debe haber aprendido cuando se reúne con líderes internacionales con más fuste que él y muchísimo más que sus socios, en alguna de las muchas desafortunadísimas declaraciones que lo revelan como una veleta poco de fiar, con menos palabra que un alacrán, antes de llegar al gobierno llegó a decir que se debería suprimir el ministerio de Defensa, desbarre dedicado a lo más extremo de la parroquia que entonces quería seducir y hoy le acompaña en el banco azul. ¡Lo que llega a producir el cinismo, la ambición de poder, la demagogia y las malas compañías! Hoy, a rastras, pero rindiéndose a la evidencia y a las exigencias de Europa y de lo que de razonable queda en su partido, envía armas ofensivas a Ucrania. Bien está lo que bien acaba, que ya sabemos lo que dijo Groucho Marx acerca de los principios. No sería el primero de los suyos que después de decir "No a la OTAN", acaba siendo su presidente. Iría a la guerra en carne mortal si le dejaran alistarse como generalísimo.
Y no se me escapa que en una situación de guerra, pues en ella estamos, la información y la verdad peligran. No creo mucho de lo que veo, leo o escucho. No sé —y además ignoro— hasta dónde alcanza el nivel de censura y desinformación que siempre se sufre en estas situaciones. No haría santo a nadie, que pocos ángeles pisan la tierra, nos habrán dejado por imposibles, pero esta vez, al menos, tengo más claro que en otras ocasiones quién está más cerca de ejercer de demonio.
viernes, 25 de febrero de 2022
Del injustificado espanto
Pedir a la politica que sea humana, echarse las manos a la cabeza como descubriendo ahora que aquí se juega, ¡qué indecencia!, resulta enternecedor. Sobre todo, dicho desde un casino. En los últimos episodios nacionales, protagonizados esta vez por el Partido Popular, nada nuevo ni original hay; simplemente hemos visto ahora en directo lo que normalmente se nos oculta, hasta cuando y hasta donde se puede, que luego todo se sabe. De ahí los impostados espantos. Le diu el mort al degollat: ¿qui t’ha fet eixe forat? Ya habíamos visto muchas veces borrados de la foto a otros Trotskys y Kámenevs patrios. Que otras escenas semejantes se produjeran con menos publicidad, no quiere decir que los navajazos fuesen menos sangrientos. La política, las leyes y las salchichas son cosas que es mejor no ver cómo se fabrican. La política es fratricida y no hace prisioneros. Tampoco hace falta ser "un equidistante" para añadir que lo es siempre, salvo excepciones que no conozco. De algunas fotos, que en poco tiempo resultan ya antiguas, por ejemplo las del “núcleo irradiador”, sólo quedó el caudillo, el macho alfa, el ángel exterminador, para acabar desapareciendo también. Ahora se manifiesta como un ectoplasma zumbón, un martinico que sigue dando consejos y dictámenes desde ultratumba. En otros cielos distintos a los que quería asaltar espera las almas de lo que queda de su partido, flor de un día. La lealtad es virtud rara en el gremio, es más usual y rentable el mero interés por la carrera personal. Todo lo más, de la cuadrilla.
Entre el amor y el dinero, lo segundo es lo primero. Y
no suele haber mucho más en esas alturas, salvo soberbia y ambición de poder,
en ese mundo paralelo y mezquino que se extraña de los rechazos y desafecciones que su comportamiento barriobajero y su inoperancia provocan entre el resto de los mortales.
Hay, más abajo de esta nata agriada que flota sobrevolada por moscas verdes,
unos cuadros más profesionales, menos conocidos e influyentes, pero más útiles
y necesarios, con una formación y capacidad a años luz de los que, más arriba,
están centrados en sus pelarzas. Son los de más abajo quienes hacen las cosas, los que trabajan, esos que a duras penas van consiguiendo que lo esencial funcione y salga agua de los
grifos. Y miles de ayuntamientos, presos del día a día, donde se gesticula
menos y se hace más y mejor. Ideas en las alturas, pocas, y no muy buenas ni
relevantes. Lealtad, en Montesinos y poco más hemos visto en este caso, en
otros, ni el Tato. La victoria tiene mil padres, la derrota es huérfana. Poder, poder y poder. Cada camarilla o caudillito desbroza
el camino para alcanzarlo con las armas, informaciones y venenos de que
dispone; varía poco el sistema, solo la artillería utilizada, y todas sus
carreras dejan tras de sí una larga senda de cabezas cortadas. El debate dentro
de cada peña, escaso dada la habitual sumisión ovejuna que las caracteriza, resulta estruendoso o
acallado, según se haya conseguido amordazar más o menos a la feligresía, con
el concurso de prensa y activistas en redes afines. El poder principal, aparte
claro está de el de administrar y repartir los dineros públicos, es el de
conceder puestos y cargos, prebendas y presencia en las listas en puestos de
salir. Por él se riñe, por él se apoya, por él se traiciona, por él matan;
sobre todo los que no tienen a donde volver, que no son pocos en esa industria.
Ideas, las justas, que esto son cuatro días. Y no, no es cosa de los otros, ya
que, si no es general, al menos es teniente coronel.
Desde el “a moro muerto, gran lanzada”, pasando por “el
todos acudieron en ayuda del vencedor”, para terminar en el “ya lo decía yo”,
son procederes propios del gremio y las militancias, a los que ya estamos
acostumbrados los que opinamos libres de tales jaulas mentales, obediencias y ataduras, pero ya prescindimos hasta de la tradición española del buen
entierro.
Lo que está claro es que, visto lo visto y leído lo
leído, comprobamos que Feijóo les resulta más temible electoralmente a los que ahora empiezan
la labor de descalificarlo, sea como sea. Igual hubieran hecho con cualquier otro candidato con posibilidades electorales. Porque lo temible es que los
oponentes fueran serios y razonables, creíbles, moderados. Las virtudes que les
exigimos, aunque tampoco las tengamos, serían nuestra ruina. La política
funciona así. se trata de vivir de los errores del contrario, reales o
supuestos. (Enemigos y errores). Antes decían que querrían algo así como
Feijoo. Juanma Moreno aún les preocupa más, por eso hablan poco de él. Los
andaluces comparan y luego eligen. De forma que poco creíbles sus lemas y
argumentarios, antes y ahora, por previstos y anticipables, fuere cual fuere el
sucesor.
Queremos una derecha civilizada, mienten los que le
reprochan a la derecha simplemente que no sea de izquierdas, como sería menester.
Sí, queremos una derecha civilizada, dicen; pero lejos, en Singapur como muy
cerca, piensan y callan. No quisieran, no conciben siquiera que nadie piense de
otra forma, algo que todo sectario considera una patología.
Quieren hacer a la oposición competir con una mano atada a la espalda, jugar con la ventaja de exigirles la aplicación de unos cordones sanitarios que ellos no consideraron conveniente aplicar a socios y apoyos que ningún dato o argumento puede hacer pasar por mejores. Algunos a los que no han hecho ascos manchan para siempre al partido que se haya fotografiado sonriendo de su brazo, y manchados siguen los que exigen a los demás lo que, beneficiándoles, ni se aplicaron ni se se aplican a sí mismos. Si las malas compañías, como la corrupción, se pagaran electoralmente, y se van pagando, que Dios les pille confesados. Esa fragmentación de la que algunas minorías tan contentas están, pues acaba con el bipartidismo y les otorga una presencia y un peso que por votos no merecen, hace ya, y hará por un tiempo, inevitables pactos y acuerdos dudosos en unos casos, infames en otros, y nadie puede exigir al contrario que renuncie a pactar con algo similar a lo que ellos aceptan como animal de compañía. Es decirles, sólo nosotros podemos gobernar, sólo nuestra ideología tiene carta blanca para pactar con Jack el Destripador. Han alimentado una derecha más extrema que la anterior, que acogía todo ese campo y ese electorado, algo amorfa, tan extrema y populista (no más, en todo caso) como la clase de izquierdas, separatismos y otras malas compañias que, aun rozando lo criminal, dan por buenas. La han hecho crecer, aunque culpen precisamente a los perjudicados, por el expediente de decir que fuera de ellos todo era una masa indiferenciada de fachas. El trifachito. Mientras no acceda a puestos de gobierno relevantes y decisivos Vox puede permitirse vivir con la lengua suelta y desenfrenada, dando lametones ideológicos a todo tipo de descontentos, indignaciones y hartazgos, como para medrar hicieron otros, hoy al borde de la extinción. Tiempo al tiempo. Ya se aplatanarán, como viene ocurriendo, que el poder modera mucho, pues nunca es ilimitado. Algunos, al alcanzarlo, simplemente no han sabido qué hacer con él, salvo el ridículo. Es la tentación y la ventaja que tiene el vivir en las nubes de la oposición sin presencia institucional, donde se habla gratis. Si mucha gente no discrimina dentro del campo liberal conservador, si les han aleccionado para no ver diferencias dentro de la derecha, ámbito ideológico tan digno, legítimo y necesario como el contrario, bastante más que ciertos grupos, es gracias al poco tino clasificador que interesadamente ejercieron algunos orates y palmeros de la izquierda. Exigen una moderación que no practican, dicen echar de menos una centralidad que han hecho todo lo posible por desacreditar y destruir. Llegados aquí, con estos bueyes tenemos que arar, debemos concluir, pues así habéis encastado la cabaña entre todos. Y que Dios reparta suerte. Ahora, gracias a la polarización incentivada por los que, ya tarde, de ella se quejan, es decir, por todos, san Joderse caerá en jueves, de forma que menos aspavientos.
Llega Feijóo, algo así como lo que decían preferir tener
enfrente. Vemos que no; llevan demasiado tiempo viviendo de decir que, salvo
ellos, todo era espantoso. Los coros van ensayando, ya se escuchan y pronto se
popularizarán en sus capillas salmodias y gregorianos unísonos, repetitivos,
dirigidos, previsibles, vacuos. Es simple temor a tener que contender con
alguien con mejores armas que el anterior enemigo. Y otro que les va creciendo,
bien alimentado por ellos.
De lo que se lee y escucha, todo es mentira, salvo alguna cosilla. Uno, a veces, por no decir siempre, no sabe exactamente cómo son las cosas en realidad. Sólo está seguro de que son de cualquier forma menos como nos las cuentan. Sobre todo si nos las interpretan algunos, sean medios, particulares o activistas, esos que no necesitarían hablar, porque ya antes sabemos qué van a decir. Simple ruido en espera de los ecos previstos. Aplausos de la parroquia y ahí queda la cosa. Todos contentos salvo las estupideces que pueda alegar alqún bandarra. Como yo. Se le llama equidistante y arreglado. Y si las cosas se complican, los más tontos recurren a llamarte facha, algo definitivo, a su entender.
lunes, 21 de febrero de 2022
El retablo de Maese Pablo
—¡No puedo!, ¡No puedo! Exclamó airado Pablo mientras daba
un fuerte puñetazo en la mesa. Alrededor, con caras apesadumbradas, su mano
derecha, su mano izquierda y una pequeña corte de acólitos y asesores, entre ellos algunas
de las mentes más brillantes de la política española, asentían con gravedad.
—Ya lo sabéis. Todo el mundo me conoce y sabe que yo no
puedo con la corrupción; por pequeña que sea. Fue la excusa que dio pie a esa
moción de censura que nos quitó el gobierno. Para dar aliento y mando en plaza a la pandilla de
delincuentes que apoyan al gobierno de este trepa sin palabra ni vergüenza. La
limpieza que emprendí en el partido apartó de cualquier puesto visible a todo resto
de esa vieja guardia que, perpetrando o consintiendo corruptelas, llevó al
partido al descrédito y a la ruina. No dejé, como sabéis, ni uno. España y el
partido están por encima de cualquier otro interés o ambición personal. No
podemos perdernos en estrategias, riñas de familia y eternizar este desangramiento del pulso
con la Ayusa, cosa que me reprochan, como si hubiera otro remedio, si queremos mantener
prístina e inmaculada nuestra marca. Toma aire y brama: ¡Hasta ahí podíamos
llegar! ¡Hay que darle la puntilla! Que si barrió en Madrid, que si tiene carisma, que si ella tiene más
huevos que yo y que ella sí que puede con VOX, que si, cuando Iglesias dejó la
vicepresidencia del gobierno y dijo ¡dejadme solo! retándola a un duelo
singular, hizo tal ridículo que se tuvo que retirar del negocio, que si patatín
que si patatán. ¡Engreída! Otro puñetazo en la mesa, que empieza a agrietarse.
¡Soberbia! Otro puñetazo. ¡Ingrata! Sale despedido el reloj, que se estampa en la cabeza a Egea, contento de que no le haya alcanzado ningún órgano vital ¡Corrupta! Eso es lo que es: una corrupta. Y por ahí sí que no
paso. Nos cueste lo que nos cueste.
—¿Te refieres, jefe, con eso de la limpieza y la depuración
a nuestros mentores y maestros de toda esta camada criada las Nuevas
Generaciones? —dice uno. Siguen todos en nómina.
—¿Y Pío?, —incide otro. ¿Y Arenas, y Hernando? O Esperanza,
Rajoy, y doscientos más. Llevan aquí desde que tomaron la primera comunión.
Como nosotros.
Casado da otro puñetazo sobre la mesa y se levanta, tirando
la silla. —¡Pero ostias!, ¿estáis aquí para ayudar o para joder aún más la marrana?
¡Que parecéis gilipollas! Lo cierto, como decía, es que no podemos consentir
ningún caso más de corrupción, ni pequeño ni grande. Ni siquiera la duda o la
sospecha. Aunque le afecte a la hijaputa esta. Más lo siento yo; es tristísimo
tener que decir a la prensa, con el corazón partido, lo que no hemos tenido más
remedio que explicar. La he criado en mis pechos, la propuse yo para ese
cargazo y así me paga, moviéndome la silla. Pero ya lo dijo Bono, que de esto sabe: Bolsillos de
cristal. Tenemos que tener, tienen que tener, los bolsillos de cristal. La
mujer del césar…
—Es que —le interrumpe otro, hablando flojito— si este mont…,
digo este caso de corrupción, tan gravísimo como excepcional en la casa, se
lleva por delante a la Ayuso, detrás va el partido. Vamos todos a la puta
calle. Yo no sé a qué os dedicabais vosotros antes; yo, la verdad, tengo crudo
lo de incorporarme a la vida laboral, a mis años. Y del apartamento y el Audi
aún me faltan años que pagar.
—Intereses espúreos. Los asuntos personales en el bar. Aquí
se habla de principios. Lo primero es el poder… (se rasca tras la oreja) …ir
por calle con la cabeza bien alta, —termina la frase mientras se mira las uñas.
Todos amamos al partido, compañero, pero (elevando la barbilla) ¿Desde cuándo un político español pone
por delante los intereses del partido a la verdad, a la honradez, a España, en
definitiva? ¡Que le den por el culo al partido si lo que está en juego es la
conciencia! ¡Zaaas! (Después de este puñetazo, la mesa empieza a resquebrajarse).
¡Me la cargo, por estas que me la cargo! ¡Salte o raje! El más tonto, puesto
muy reñido en la sala, mira la mesa creyendo que a ella se refiere.
—Yo no veo esto claro —dice uno mientras se atusa una ceja—. Estas facturas y esos datos de Hacienda, que vosotros sabréis cómo habéis conseguido, quién las buscó y porqué... No sé, no sé. Lo único que pillo es para qué. Porque, lo del detective no acabó de cuajar, ¿verdad, Egea? ¿Quién coño os facilitó esos datos confidenciales? Egea le responde escupiéndole un hueso de aceituna que le acierta en todo el ojo.
—¡Recoge el hueso, coño, que se va a escurrir alguien —ordena
Casado. Joder, Teodoro, no ganamos para esguinces con tus putos huesos de
oliva.
—Pablo, —le susurrra conciliador Egea a Casado arrimado al cartílago
auditivo—, estamos rodeados de gilipollas. No dan una a derechas. Si salimos de esta con bien, hay que
cambiar de equipo. Te dije que no había que elegirlos muy listos, pero nos
hemos pasado.
—¿Habéis escuchado a Feijoo pedir cabezas. Y las más
gordas, además, —pregunta Almeida, asomándose por la puerta que entreabre
mientras pasaba por allí. A mí ya me estáis quitando de portavoz porque ya no
sé qué decir y me da la risa. Me vais a arruinar la carrera, bandarras. Y
cierra de un portazo.
—Mala cosa, jefe. Ya empiezan a huir las ratas.
—Pues espera a mañana, cuando vengan los barones a poner
orden. Llevan todo el día afilando las navajas. Veremos. Como Feijoo se haya hartado de lluvia, nuestras horas son llegadas.
-o-o-o-o-
En la política pocas cosas son lo que parecen ser, aunque
en esta ocasión la irresponsabilidad nos haya mostrado en directo, sin
intermediarios, lo que han querido que veamos, jugando a la ruleta rusa.
Algunos miran comiendo palomitas, pensando que Dios los ha venido a ver tras
varias elecciones empeorando los resultados. Ni se habla de eso, ni de la
pandemia, ni de la guerra, ni de los EREs, la independencia ya se olvidó, los socios languidecen esperando que la muerte sea dulce… Otros pensando que lo mejor es
callar, que ya les van haciendo la campaña estos mandrias. Ya recogerán los
despojos. Y otros pensando cómo sacar tajada de estos espectáculos, aunque ya no
haya en sus partidos quien salga a cosechar.
—Adelanta elecciones generales, Pedro, ahora que están distraídos dándose ostias. Ponemos de lema “PSOE, 143 años de honradez”, y barremos.
—Calla, gilipollas. ¿Tú no eres de Sevilla, alma de cántaro? Ponle una vela
a san Judas para que dejen a estos inútiles al mando. Como se anime Feijoo o la
Ayuso con Cayetana, acabamos la mitad en el paro. No te digo si resucitan a Aznar, que tendríamos que llamar a González. Y si no vienen los socorros y estos panolis desaparecen, pintan bastos porque ya nos hemos encargado de engordar un enemigo peor. Reza, hermano, reza, porque a veces los dioses, para castigarnos, atienden nuestras plegarias.



