jueves, 8 de junio de 2023

Epístola electoral, educativa y varia

    En el timo de la estampita no conseguimos simpatizar con ninguno de los dos protagonistas, ni con el estafador que se hace el tonto, ni con el estafado, que no desaprovecha la oportunidad de sacar partido económico de la simulada tontez del timador. Se necesitan dos sinvergüenzas para que el engaño prospere. En la política a menudo nos pasa igual, aunque siempre nos toca hacer de engañados. Pero el negocio se mantiene gracias a las multitudes que se dejan engañar a gusto, siempre que sean los suyos los que les hacen quedar como necios. Los más cafeteros llegan aún más lejos y se dedican a buscar razones y argumentos para justificar los timos de sus sinvergüenzas preferidos, dejándose, si alguna vez los tuvieron, el prestigio y la vergüenza por el camino, cómplices y encubridores de lo peor del gremio. Ante las imprevistas próximas elecciones, parte del personal va a la cuerda de tender a coger de nuevo una pinza, mientras otros muchos votarán a gusto en ese juego imprevisible de simpatías, rechazos, miedos y esperanzas, recompensas y castigos.

    Un ejercicio que son incapaces de hacer los más incondicionales de alguna ideología o facción, los irrecuperables para la razón, es el de intentar pensar que fueran otros, los adversarios, los que incurrieran en lo que sus defendidos cometen. Les resultaría insoportable, una dictadura. Los que proclamaban en tiempos que no merecíamos un gobierno que nos mienta, obviamente se referían a que les mintiera uno ajeno y menos de su gusto. Al parecer, ahora sí lo merecemos, pues no se les ve especialmente ofendidos ni alarmados porque los propios les mintieran al prometer justo lo contrario de lo que han acabado haciendo desde el minuto uno. Si, aprovechando las inercias, los ejemplos, el desprecio a las formas y a los tiempos en el parlamento y en el gobierno, el ataque y apropiación de las instituciones, el desprecio y descalificación de una oposición que para ellos encarna el mal absoluto, en fin, si Feijoo atravesara todas las puertas que Sánchez ha abierto con poca prudencia, pensando que gobernar es un derecho no un encargo temporal, sin duda no se quedarían cortos a la hora de calificarlo. Hay actitudes y valores sólo exigibles al contrario, pues quien goza de la razón y de tan acreditada superioridad ética y moral, ni debe ni tiene necesidad alguna de rebajarse a cumplir esas formalidades molestas. Este gobierno de Sánchez, de extrema debilidad, presa fácil de sus socios y de unos apoyos que cobran al contado, ha perpetrado a veces por encargo, otras por dejación, leyes y decretos que repugnaban hasta a gran parte de sus votantes, incluso a algunos de sus alcaldes y barones territoriales, que recientemente recibieron en sus culos las patadas dirigidas a su secretario general.

    Sin ser capaz de escenificar siquiera una cortesía, al menos fingir un saber perder y aparentar un mínimo de respeto a la democracia, virtudes ajenas a nuestro presidente, considera una humillación impropia del césar el felicitar a los vencedores ajenos ni a los escasos propios que, a base de marcar diferencias, han sobrevivido al rechazo a un personaje y a algunas leyes y medidas políticas que confiaban hacer olvidar a tiempo. Y no. Creían amortizadas y tapadas cada cesión, cada venta y cada barbaridad por el estruendo de la siguiente, una traca in crescendo que les ha arrasado en las urnas, pagando justos —pero sumisos— por pecador. Ni siquiera ha funcionado la zanahoria económica, la patada adelante de endeudarse para contentar a los que al final, mejor bajo otro gobierno como es marca de la casa, acabarán amortizando con creces lo recibido, pagando deuda e intereses. Era de justicia.

    Como los dioses, cuando quieren castigarnos, atienden nuestras plegarias, tal vez también sería de justicia económica, además de poética, que este mismo gobierno, y no otro, se viera obligado a hacer los recortes que inevitablemente será necesario hacer, cuando llegue la hora del crujir de dientes. Cuando Europa cierre el grifo, llame al orden y toque a cuadrar cuentas. Lo justo sería que Sánchez milagrosamente ganara las elecciones, aunque sólo fuera para no dejar en mal lugar a su empleado Tezanos. Tendría que apechugar con la deuda que con nuestro aval ha contraído —en parte para intentar ganar las elecciones—, con un panorama internacional y europeo que impondrá el fin de las barras libres, el inicio de los sacrificios, el rigor y los ajustes. Y, lo peor de todo, dentro del avispero que ha criado, de nuevo en manos y a merced de los mismos socios y alguno más, pero más radicalizados y rabiosos si cabe, que sabrán que quien preside el Consejo está a su servicio y que poca fuerza tendría para negarles nada. Lo que es más dudoso es que el país pueda sobrevivir a ese escenario.

    Si es un gobierno de otro signo el que tiene que apechugar con el marrón, ya tienen desde la oposición, que sería brava, la campaña siguiente hecha y las calles encendidas frente a tanta inevitable impiedad. En ese sentido, sería mejor que ellos administren los ajustes. Y que nos cuenten cómo se hace cuando Europa cierra el chorro del dinero abundante y gratis y pasa a ordenar que hasta aquí hemos llegado, cosa que le pasó a Rajoy tras las alegrías, las negaciones de la crisis, la irresponsabilidad indolente y el mutis por el foro de Zapatero. Rajoy no lo hizo bien, es cierto, incluso muy mal, aunque tampoco pudo hacerlo demasiado mejor dada la cruel postura de Europa, de Alemania y los países del norte, respecto a los del sur. Un cambio de actitud que ha marcado la diferencia. Y no hubiera estado demás entonces algo de la piedad actual, una protección que faltó hacia los más débiles y haber descartado aquella generosidad inasumible de tapar con dinero público el agujero negro de las cajas de ahorros que entre todo el gremio hundieron. Ya lo criticamos duramente en su día.

    La oposición ha pecado de ser incapaz de reconocer nada bueno en la labor del gobierno ahora en funciones. Y ni es justo decirlo, ni siquiera es posible errar en todo, ni los unos ni los otros. Paralelamente, el gobierno y su entorno no han hecho otra cosa que demonizar a sus oponentes, presentándolos con una caricatura que mezcla a Trump y Bolsonaro con Jack el destripador y el monstruo de las galletas. En contra de lo que se ha conseguido imponer como relato, el partido Popular ha apoyado con su voto buena parte de las iniciativas legislativas del gobierno saliente. Es cierto que se ha opuesto a las más vistosas, algunas de ellas meramente ideológicas, que rebasaban la capacidad de comprensión y la paciencia de gran parte de los ciudadanos, yendo hasta más allá de lo que la sociedad, hoy por hoy, considera razonable o admisible. Lo más chocante es que incluso en la reformilla laboral, que en eso quedó el cacareado anuncio de derogación de la ley del PP, anunciado entre grandes redobles de tambor, pero limitada a la hora de la verdad a ligeros y necesarios retoques, el partido Popular perdiera la ocasión de votar a favor, aplaudir como hizo la exministra que la había impulsado, y agradecer que después de tanto estruendo y descalificación, dieran por bueno casi todo lo establecido en la ley en cuestión. En otras leyes, se opuso e hizo bien, como bien hace al anunciar que las derogaría en caso de ganar, a la vez que suprimiría varios ministerios.

    Muchos de ellos nunca debieron pasar de ser una sección o una dirección general dentro de otro ministerio. Un derroche innecesario para financiar desvaríos y pagar apoyos. En Alemania, Francia, Gran Bretaña y otros países que ponen como modelo sólo cuando y en aquello que les conviene, se apañan bien con siete, diez o catorce ministerios, que son los que en España manteníamos hasta que Sánchez tuvo que convertir su gobierno en una oficina de colocación para dar cabida y mando a todas las familias de la peña, a los grupos y facciones que le sostenían para que, a su vez, estos tuvieran donde colocar, con sueldos tan desproporcionados como inmerecidos, las manadas de acólitos de las variadas curias de esa ‘izquierda a la izquierda del Psoe’.

    ‘La izquierda a la izquierda del Psoe’. Manda huevos la perífrasis eufemística y engañadora. Unos grupos variopintos que ningún ser pensante entiende por qué no llamamos extrema izquierda o izquierda radical, aunque ya sabemos, a base de que todos, obispos y feligreses, nos lo repitan como loros bien amaestrados, que extremismos y radicalismos son cosa exclusiva de la derecha. La extrema derecha y la derecha extrema, casi un palíndromo que es la letra de la última canción sacada al mercado por el director de esta banda destemplada y poco profesional, todo un éxito entre sus parroquianos, una canción del verano que no dejarán de cantar a coro en bolos, festejos y verbenas estivales, para risión de sus oponentes y del público en general. Unas derechas, ambas extremas y peligrosas que, sin que hasta la fecha hayan encontrado los científicos explicación para tan curioso fenómeno, no tienen enfrente ninguna izquierda que para estos sectarios y sus claques merezcan ese adjetivo. Vienen a ser como los vándalos, pero de extremos nada, unas almas de Dios, pura moderación. Tal vez populistas o peronistas, sería mejor decir, pues hasta dudamos que muchos de ellos se puedan considerar realmente de izquierdas viéndolos abrazados a los separatistas, lo más parecido al fascismo, con mando en plaza hoy en España.

    En cuanto a las leyes, nadie deroga tanto como promete, algo que ya pasó con Sánchez y este gobierno de patchwork político tan pinturero. Si alguien ha tenido por costumbre derogar las principales leyes y medidas del gobierno saliente, empezando siempre por las de educación, ha sido el Psoe, nunca el PP, invariablemente timorato y poco resolutivo. De que te descuides, Feijoo se te vuelve plurinacional y se lía a amistosos abrazos periféricos y pelillos a la mar. Al tiempo.

    Ven indigna y perversa la pretensión  inusitada y antidemocrática de derogar o retocar lo hecho por el gobierno anterior que se considere equivocado o pernicioso. Eso indica, además de caradura, la pretensión de embaucar acerca de los más elementales principios de la democracia y de la alternancia en el poder. Alguien pierde las elecciones y otro las gana precisamente como un encargo para que haga cambios en otra dirección para corregir lo que más rechazo produce de lo que los anteriores gobernantes hayan realizado y dispuesto. Para eso les votan los que les voten y, si son más, nada que decir. Luego, ya en terrenos del cinco, menos lobos, la reforma integral del piso queda en repintar las puertas y limpiar los cristales. Ahí están, por ejemplo, los mínimos retoques a la reforma laboral, nulos a la ley llamado mordaza, vigente y bien engrasada, las devoluciones en caliente, y tantas y tantas cosas que o podían soportarse ni un día más. En lo demás, han legislado, gastado y obrado como les ha parecido bien, llegando al inexplicado e inexplicable disparate del Sahara. El mismo derecho tendrían otros, cosa que no acaba de entrarles en la pelota a los que reprochan a los adversarios que parezcan reclamar el derecho a gobernar si ganan las elecciones. Un derecho que es poco discutible, y menos por parte del gobierno saliente, es el de hacer lo mismo que ellos legítimamente han hecho. Pero en el sentido contrario.

    Algunas leyes serían derogadas, otras corregidas y nadie lloraría por ello, salvo sus impulsores y sus reducidas feligresías. Sánchez derogó la ley de educación de Wert, sin duda mala. Pero no peor que la que la sustituyó, mejor incluso, pues proponía algunos cambios en la buena dirección, cierto que ya imposibles, una vez transferidas las competencias en educación, uno de los mayores errores de nuestra democracia. Pretendía con las reválidas elevar el control sobre los niveles y evitar grandes diferencias regionales entre ellos. Dos avisperos, la igualdad y la exigencia. ¡Vade retro! Mejor dejarlo como está y renunciar a esas antiguallas centralistas y reaccionarias.

    Hasta donde yo sé, desde la Logse, los escolares y estudiantes españoles han cursado sus estudios bajo leyes de educación socialistas. En realidad todas las reformas posteriores conservan el núcleo y la inspiración de esa ley a la que el tiempo, los remiendos posteriores y la misma evolución de la sociedad han ido desgastando los aciertos y acentuando los errores y las razonables imprevisiones. Como las leyes se deben juzgar por sus resultados, no por la propaganda ideológica de sus beatíficas introducciones, no necesito extenderme en el tema, salvo decir que la última de la lista excesiva de leyes de educación que venimos padeciendo, necesita, más que retoques, cambios de fondo, más prácticos y profesionales que ideológicos. Y no sería una reforma menor el alejar del asunto a los psicólogos y pedagogos de cámara, que mejor se dediquen a escribir novelas, pues su guion se centra en la innecesaria y habitual creatividad terminológica, de farragosidad creciente, el incremento de la burocracia, el desprecio de los contenidos y las habilidades básicas, la renuncia a la exigencia y a la excelencia, en aras de una suicida igualación a la baja, con apartamiento de la realidad de las aulas y desconocimiento de los arcanos de un oficio poco o nada valorado que se siente cada vez más alejado de los discursos y del fuego amigo de estos creativos planificadores de salón. No sé, y además ignoro, si aún estamos a tiempo de arreglar el desaguisado, cedido a las autonomías el mejor y tal vez único instrumento, junto con una fiscalidad redistributiva entre ciudadanos iguales, que permitiría al Estado, si ello se pretendiera, alimentar un sentimiento de pertenencia a un país y de inculcar a toda su población una serie mínima de conocimientos, aprecios, visiones, valores y experiencias compartidas. Un instrumento del que algunas comunidades hacen un uso amplio y sectario, centradas en construir país, es decir, en hacer nacer algo que no existe, diciendo que se intenta recuperar lo que nunca se tuvo a base de ir socavando los cimientos del único país real y necesario, el común, todo ello con el beneplácito y a menudo la complicidad estúpida de los que deberían evitarlo.

    Desde hace tiempo son tabú las palabras homogeneizar o igualar, salvo si se practican dentro de cada autonomía, todas ellas dedicadas , unas más que otras, a laminar diferencias de origen a base de tener por foráneo y ajeno todo lo que es común a los españoles, mientras se exageran, se abonan o se crean hechos diferenciales locales, para así crear catalanes, vascos, gallegos, valencianos, castellanos o andaluces, entre otros modelos de españoles sin otra patria común que su aldea, pues sabido es que de un riojano por poner un ejemplo, convendría sacar algo casi de una especie distinta que un extremeño o un ciudadano de Vic. La ley Wert contenía algunos elementos que iban bien encaminados, con el gran problema de que la dirección era la contraria a la que hoy predomina: cultivar diferencias, no el sentimiento necesario de comunidad compartido, bueno si regional, perverso si se refiere a la nación, la única que existe. Su labor se centra en promover la desigualdad entre españoles, en conocimientos, en pertenencias que se quieren exclusivas, incluso en el sindiós de divulgar historias locales falsas en detrimento de la común verdadera, a menudo basadas en leyendas, listas imaginarias de agravios entre vecinos, una Historia que, inventada de encargo por desequilibrados y dementes, parece, y en gran parte lo es, escrita por nuestros enemigos.

    La visión sobre sí mismos y sobre su país que gran parte de los españoles han asimilado durante sus estudios se parece más a lo que de nosotros, sus antiguos enemigos, se opina y enseña en Bélgica, en Holanda, en USA o en Gran Bretaña que a la realidad de nuestro pasado, siempre más positiva y honrosa que lo que en ciertos casos se inculca en algunas aulas y, de lejos, más noble y decente, por quijotesca, que la de esos críticos foráneos. Por no hablar de lo inconcebible del trato que el español, la lengua común, tiene en algunos territorios. No sé si hablar de persecución les parecerá a algunos exageración, pero deberían enterarse mejor y ajustar la romana ante algunas políticas lingüísticas claramente franquistas, pues nada hay peor que los que antes miran el quién que el qué. Aquí se trata simplemente de resucitar y reforzar la Alta Inspección del Estado, hoy maniatada, para que ponga algo de orden y concierto en el tema, un mínimo de igualdad entre sistemas educativos casi estancos, revisando libros de texto, contenidos, normativas de las consejerías y esas cosas y, algo muy importante: hacer que se cumpla la ley y las sentencias de los tribunales, si no es mucho pedir, que basta ya de la infamia de hacer la vista gorda con los desmanes y abusos nacionalistas como pago a unos votos.

    De todas formas, basta con ver la extensión y profundidad de los debates parlamentarios y sociales, la presencia en la prensa y en otros medios, y el desinterés general en la educación, para comprobar que no es ni ha sido en España un tema de especial relevancia ni motivo de preocupación, aunque sí de queja. Si acaso de apropiación de un terreno acotado donde cultivar identidades y hegemonías culturales e ideológicas. Y así nos va. La ley Trans, entre otras por el estilo, han merecido mayores pasiones, debates y enfrentamientos. Y afectará al 0,0001 de la población. Hay tiempo para ocuparse de todo, pero a cada tema se deberían dedicar el tiempo, la atención y los recursos que merecen. Para qué decir más.

    La ley de Memoria, primero histórica y luego democrática, es un ejemplo claro  de cómo hacer tragar la medicina amarga acompañándola de una cucharada de azúcar, como cantaba Mary Poppins. Cuando alguien defiende a capa y espada todos los apartados de esta ley, que tan pocos conocen en su integridad, siempre esgrime como parapeto y farol que deslumbre y engatuse el tema de los muertos en la cunetas y ¡ay del desalmado que se oponga a una ley que tiene ese tema penoso como divisa y salvaguarda! El truco es que ese asunto que, para nuestra vergüenza no se ha resuelto en tantos años de democracia, pues nadie lo consideró de especial urgencia ni encontró nunca el momento adecuado para hacerlo, ni rojos ni azules, es algo trágico que nada tiene que ver con la manipulación de la Historia y su reescritura para generalizar e imponer un relato de parte acerca de nuestro pasado común. La Historia la han escrito ya los historiadores, falta enseñarla con seriedad e ir incorporando lo que la ciencia histórica vaya en cada momento aportando. Crear e imponer un relato que se quiere único y común, algo claramente totalitario, necesitaría de unos consensos que ni existen ni hoy son aún posibles, que tiene cuajo la cosa. Interesadamente sacan a pasear momias y espíritus por las esquinas y entre fantasmas vivimos. La intención pudo ser loable, pero por lo que hemos ido viendo, sobre ese botín ideológico se han arrojado no pocos sectarios y algunos criminales que deberíamos mantener alejados de un tema tan delicado. Mala cosa es que Bildu haya condicionado en parte su redacción, permitiéndole alargar el franquismo hasta 1983, consiguiendo que penosísimos y sangrientos episodios que protagonizaron sus héroes encapuchados del tiro en la nuca, sea cosa olvidable y relativa, equiparable a la lucha del Estado contra los asesinos. Esas infamias son algo que según ellos ni estudio ni memoria necesita, no como otros eventos igualmente lamentables, pero mucho más lejanos, cuyos rescoldos al parecer conviene avivar y nunca dejar que se apaguen. Sí, en esa ley hay que entrar con la tijera.

    En cuanto a indultos, sedición, malversación, convocatoria ilegal de referéndum, bastaría con retomar y dar curso a las promesas de Sánchez cuando intentaba seducir a los votantes para, conseguido el voto, hacer justo lo contrario. Todo eso prometió recuperar, aparte de traer a Puigdemont a España de la oreja. Aunque este último punto mejor dejarlo. Está bien en Waterloo, donde la derrota, comiendo mejillones, diciendo paridas, impartiendo bendiciones, repartiendo — previo pago— carnets de patriota y viviendo a cuerpo de rey con los fondos que salen de los bolsillos de algunos amigos y de los de un país que considera ajeno y enemigo, pero buen pagador de traidores, golpistas y sinvergüenzas. Hace tiempo que va siendo como ese tío que yo tenía en Graná, que decía el refrán. Mejor dejarlo cocerse en su propia salsa, como los mejillones. Acabará siendo —ya lo es— objeto de peregrinación, será declarado de interés turístico, y algunos japoneses y unos pocos carlistas de Gerona acudirán a hacerse fotos con él, a dejar un donativo y a pedir su bendición, algún milagro, un cargo o un escapulario, que en fondo son unos meapilas, como buenos carlistas, violentos, ilusos y extemporáneos. No sería raro que, si fallan otros pactos y la cosa se les pone cruda, Junqueras se fuera también al eremitorio belga y fundaran juntos algo así como el Palmar de Troya, que ya lleva el Puchi la obra muy adelantada.

    La ley del sí es sí, tema estrella de la señora Montero de Perón, ya fue reformada a empujones de la sociedad por el mismo gobierno que, errando el cálculo de las consecuencias y reacciones sobre el desastre que inevitablemente tal chapuza había de provocar, la impulsó y aprobó. Como a todo lo legislado por las monjas morbosas de Igualdad acerca de la mujer, la familia y el género que niega el sexo, habría que pasarle el cepillo de desbastar, pues mucha de su verborrea y terminología raspa al oído y al sentido común, hasta a la misma ciencia, dada la impericia y fanatismo pinturero de esta parroquia. Sobra y ofende toda esa farfolla en neolengua orweliana que han esparcido por la legislación acerca de la progenitora gestante, la persona menstruante o el cónyuge supérstite, abstruso término notarial, así como las demás gilipolleces y desbarres que degradan figuras, conceptos y palabras hermosas como madre, mujer o viuda, al parecer ofensivas para las orejas de estas beguinas trastornadas. Sin duda necesario pulir los engendros legales en los que hayan incrustado jerga y doctrina de la secta, desde la ley Trans, hasta gran parte de lo referente a la mujer y la familia. Con hacerle caso a las feministas es suficiente, dejando a un lado las que son o quieren ser otra cosa, pero sobre todo, vivir de ello. No es que estos que vienen enviados por Trump a chafarles la guitarra amenacen con derogar y reformar. Simplemente ocurre que la gente que les votara, más o menos, suficiente o no, lo haría precisamente para eso.

    Reconforta comprobar que estos personajes tóxicos que para desgracia general y descrédito personal han llegado a formar parte desleal del gobierno, mamporreros al tiempo de otros iguales o peores, están llegando al final de sus carreras políticas, que tanta crispación, desatino y pérdida de las formas y del norte han aportado. Como un guerracivilismo que cínicamente atribuyen a los demás. De paso, han dejado al pie de los caballos al gobierno que les dejó campar a sus anchas por sus cotos de caza gubernativa. Todo se acaba pagando. Y faltan algunos plazos. Los criticamos desde que los acabamos de calar, que fue bien pronto, lo que no pocos reproches, descalificaciones e insultos nos ha acarreado de sus hoy desencantados parroquianos. Los que con más ardor que criterio y vergüenza les defendían, pues era el único clavo al que agarrarse, aunque ardiendo, han ido plegando velas. Su descrédito ya es general, y el rechazo que producen se ha ido extendiendo hasta alcanzar a los más cercanos, que hoy ya no quieren tocarlos ni con un palo. Primero se atrevieron a criticarlos los más listos y valientes, pocos; ahora todos, una vez comprobado que esta camarilla fanática y egocéntrica es un lastre. Están navaja en mano negociando la confección de las listas (pues nadie habla de programas ni proyectos) para procurar incrustarse en ellas, su única preocupación, la de asegurarse un medio y un nivel de vida que su acceso poco merecido a los cargos políticos les ha permitido conocer, algo ya irrenunciable que su escasa preparación y su toxicidad no les permitiría disfrutar en campo abierto. Desde aquí les deseo lo mejor en su vida privada, salud, éxito en sus carreras profesionales, tranquilidad, paz, que coman perdices incluso. Pero lejos del gobierno. Cuanto más lejos mejor.

 

jueves, 4 de mayo de 2023

Epístola de los temas y los humos

 

Esto de escribir epístolas era para mí (no sé si aún lo sigue siendo) un entretenimiento, un ejercicio, a veces un desahogo. Empezó la cosa desde un convento, pues siempre es muy productivo ese extrañamiento que favorece el ver las cosas como desde fuera, a través de la mirada de Gurb, el extraterrestre desconcertado de Eduardo Mendoza, o del Pequeño Nicolás de Sempé y Goscinny (que no el niñato patrio homónimo y prototípico), ese niño que todo lo interpreta con una mirada virgen, aún capaz de sorprenderse y ver con extrañeza ideas y comportamientos absurdos, supersticiosos o aberrantes, que de mayor la costumbre le hará acabar considerando normales. O la perspectiva del cambiante compañero de los paseos de Larra, un amigo, un extranjero o un visitante al que lleva de la mano en sus artículos para interpretar y describir el desmadre del Madrid y de la España destartalada y cochambrosa de cuando Fernando VII y años posteriores. Es cierto que partiendo de semejante personaje no podíamos ir más que a mejor, algo de lo que hoy no falta quien esté llegando a dudar, porque todo es perfectible, incluso un derrumbe.

La ironía siempre y el buen humor, cuando es posible —cuando no, hay que recurrir al sarcasmo—, es la mejor y en ocasiones la única forma de enfrentarse a determinadas situaciones. Unas veces cae uno en el artículo de costumbres, retratando tipos como el jubilado que mira las obras, el político dos punto cero, más encumbrado, incompetente, vocinglero y sórdido que las versiones anteriores, el dirigente nacionalista que pregona una superioridad que tanto su genética compartida con los vecinos y parientes que rechaza, como su aspecto, su discurso y su proceder desmienten, o uno, por evadirse, acaba divagando acerca de la evolución o la ortografía, el paso del tiempo o el cerebro humano fabricado con restos y trozos de animales fallidos; de los trasplantes y los injertos o sobre otras cuestiones más o menos peregrinas. Al final uno recala en la psiquiatría, único enfoque posible para intentar entender a determinados especímenes concretos o subespecies de la fauna patria, la periférica o la mesetaria.

Los árboles y los hierbajos absorben y fijan el carbono ambiental, acumulando y solidificando los humos y las miasmas atmosféricas. Una parte del actual elenco político, los peores de ellos, capaces y autorizados para provocar unos daños que poca proporción guardan con su número y su peso electoral, obran igual, como verdaderos depósitos de mierda. Filtran y metabolizan lo peor del ambiente y esparcen lo que les sobra sobre las moquetas, rezumando bilis y vitriolo entre vapores sulfurosos, supurando las ponzoñas que destilan sus magines y dejando la sociedad perdida. Su deriva evolutiva muestra que, contra lo que muchos de ellos piensan y sus libros santos defienden, la Historia y la filogenia no necesariamente siguen un guion inevitable de ascenso y perfección, como predicaban sus barbudos profetas, sino que a veces sufren retrocesos, parones y derrumbes, de los que ellos son buena y telarañosa muestra. Es ubicuo y eterno el que, en su decadencia, las sociedades se empecinen en delegar el amejoramiento y administración de la res publica en los peores del gremio, los más bestias y ambiciosos, los más fanáticos y los menos austeros y eficientes. Y así va el mundo desde la noche de los tiempos.

Algunos —seguramente muchos— de estos escritos, por limitarse a glosar efímeras actualidades, no resistan el paso del tiempo. Otros sí, porque muchos de los asuntos, pelarzas y entretenimientos actuales, como sus protagonistas, tienen de todo menos novedad. Ni los supuestos problemas ni las pretendidas soluciones, a veces sugeridas por megaterios que se creen la punta de lanza de la evolución animal y política. Son actitudes y criaturas arcaicas, a veces antediluvianas, que en su decadencia hasta la inevitable extinción, ralentizada por sus intentos inútiles de resucitación o de disfraz con otro plumaje, rebullen en unos estertores que se nos están haciendo eternos. Los ves corretear y aletear desubicados, fuera de lugar y del tiempo, engallados, que en eso acabaron sus primos los dinosaurios que se extinguieron cuando les tocaba y les llegó la hora. Ellos no, aún perviven, mostrando la degeneración del linaje, con sus pieles coriáceas de lagarto, con sus garras y sus pinchos o sus plumas coloridas, un plumero delator que exhiben con impudicia. Persiguen a sus incautas presas electorales por esos páramos de Dios hasta que los ves y los sufres ya pastando en las praderas parlamentarias, diciendo ser el último modelo de semoviente, presumiendo de encarnar el progreso a la vez que nos proponen la dieta paleolítica de los neandertales o la herbívora de los diplodocus. Parecen ignorar que si la palabra, a menudo engañosa, puede llegar a convencer, el ejemplo arrastra, y está claro que ellos han renunciado a dar ejemplo. Porque nadie en su sano juicio propondría a sus hijos como modelo a seguir precisamente a quienes han elegido para que les gobiernen o a quienes se proponen como sustitutos. Un paradójico espanto. Queda elegir entre malos o peores.

La mayoría de los ciudadanos ven este espectáculo con lejanía, que bastante tienen con buscarse la vida y sobrevivir intentando salvar los retos del día a día, agravados por los obstáculos, barreras y trampas que les tienden las distintas administraciones, algunas parasitadas por desequilibrados. Es normal su desafección, absortos y ocupados en solventar como buenamente pueden los problemas reales que les afectan, siempre desatendidos en beneficio de otros de mayor postín ideológico o rentabilidad electoral. Gastan los ciudadanos sus fuerzas y su tiempo en intentar sortear el fárrago de leyes locales, autonómicas y estatales, innecesariamente redundantes, a menudo contradictorias y no pocas veces absurdas y disparatadas. Está claro que una buena ley nacional y común sería más barata y mejor que diecisiete dudosas y enfrentadas. Pero algo tienen que hacer tantísimas señorías y en el gremio se ha dado por bueno, contra toda evidencia, que la calidad de un gobierno se mide por la desmesura del número de leyes que es capaz de perpetrar. Una maraña de normas, reglamentos, disposiciones y leyes regionales que compiten, parcelan, separan y discriminan, que establecen obligaciones, derechos y oportunidades diferenciadas según código postal, pues nunca ha sido la intención de ningún mando de esta tropa promover la igualdad entre todos los españoles, sino todo lo contrario.

En esa industria es preferible, por fácil, cómodo y momentáneamente rentable, dejarse llevar peñas abajo por una corriente que ya se considera imparable, antes que limpiar y, si procede modificar sus cauces. Queda entregarse a consentir o protagonizar proyectos insolidarios, divisivos, unos contra otros, centrados en cultivar o crear diferencias amparándose si hace falta en privilegios antañones y periclitados, casi feudales, que mentes que se proclaman progresistas tienen por buenos y defendibles. Cebar y sostener a ciertas élites locales que desisten de la administración leal y de la resolución de los problemas de quienes les eligieron, empeñadas a tiempo completo en ‘construir país’, muestra evidente de que no existe tal cosa, en jugar a crear naciones donde ni las hubo, las hay ni las habrá, espejismo inducido que les permite vivir de un engatusamiento que distrae, enfervoriza y aglutina al personal de cada terruño, haciéndoles creer que ese es su problema y aquellos los enemigos, los diferentes, los compatriotas que acuden a la aldea a diluir y desdibujar sus hechos diferenciales, sus esencias tribales y a rebajar su calidad antropológica. Sin duda un proyecto progresista. Si no sois diferentes, dejadnos unos años más, que ya lo iréis siendo, es el programa. Cuando la unidad, como sus símbolos, se desprecian, cuando toda referencia a lo común es tabú, cosa de fachas, y las administraciones regionales se dedican más a cultivar la diferencia que a promover la igualdad entre españoles, no es disparatado decir que más se trabaja para desmontar que para reforzar el país.

Podríamos ponernos en estas epístolas a glosar las anécdotas del día o de la semana. O meternos en las redes a contradecir sectarismos, tarea inútil, que cada uno anda en su isla y la parroquia se te tira al cuello. Que si Ayuso y Bolaños hacen del protocolo y el figureo un nuevo y casposo casus belli, que si Feijoo se reúne con fiscales, un golpe blando, según los aspavientos impostados de algún fino analista, de esos que no reconocen los golpes duros y que ven normal tales reuniones si es Iceta o cualquier otro gerifalte afín quien asiste a ellas. En fin, miserias y chiquilladas. Mejor no perder el tiempo en esas gilipolleces, no seguir el juego a los que arrebatan el ahumador de espantar abejas a los apicultores para tapar con esas brumas y sahumerios otras vergüenzas más relevantes, de consecuencias —esas sí— tan reales como perniciosas, que los de sus parroquias protagonizan.

Lo mejor es pensar ¿se hablará de esto dentro de un año? ¿Pasará a la Historia esta estupidez? Indudablemente no, ni siquiera se acordará de ella nadie dentro de un par de semanas. Parece mentira que recurran a estas triquiñuelas y falsos espantos los que vienen provocando un incendio tras otro para, con la alarma y la humareda del último, intentar tapar y hacer olvidar el anterior en una cadena sin fin. Aún más difícil de entender es que caigamos en la trampa de entrar a esos trapos, a esos engaños taurinos y nos dejemos dar pases mientras el diestro (o el siniestro) escamotea su cuerpo y su responsabilidad.

Hay quien quisiera elevar a la categoría de hecho relevante, hasta de día histórico, cualquier episodio menor que creen vendible. Incluso los más necios hablaron de confluencias planetarias a propósito de personajillos y ocurrencias que ya habríamos olvidado si algunos de estos planetas erráticos e inconsistentes no hubieran adoptado órbitas aún más excéntricas y peligrosas, lo que debería acallar, por cierto, a tales astrólogos alucinados. No, a la Historia y a la memoria, para su desgracia, no pasarán están sandeces y estas minucias con que nos encandilan, sino cosas de consecuencias más serias y perdurables, como la astronómica deuda pública, el abandono de lo esencial en atención a lo ideológicamente vistoso, los indultos a los golpistas catalanes, la infamia continuada de hacer reformas y leyes indecentes a medida de delincuentes a cambio de apoyos parlamentarios, como los casos de la sedición y la malversación, o el blanqueamiento de indeseables herederos de asesinos. Matar ya no matan, cierto, pero Otegui sigue siendo su portavoz. Uno de ellos, pues en el Congreso lo es Mertxe Aizpurua Arzallus, antigua directora de Egin, hoja parroquial de la ilegalizada Herri Batasuna, cerrada por sentencia de la Audiencia Nacional que firmaba un tal Garzón. Aunque esa decisión se revirtió, ella fue condenada a prisión por apología al terrorismo. Luego siguió en Gara con sus beneméritos quehaceres. Esos son, al parecer de muchos, los socios deseables, que no los que andaban con escolta huyendo de ellos, un peligro. Eso es Historia, no sé si de la que hay que recordar o de a que no, que no se ponen de acuerdo los científicos al respecto.

Como pasará a la Historia, y mejor considerado sin duda, quien revierta los desatinos legales aludidos, derogando o reformando de paso algunas leyes y medidas decretadas con tanta urgencia inexistente como impericia legislativa, salvo si nos referimos a las necesidades o estrategias personales y compromisos o pagos partidistas. Reprocharle al jefe de la oposición la intención de hacerlo es echarle en cara lo único razonable y concreto que ha prometido, que vamos del indolente al melifluo, mala barrera frente a soberbios y audaces sin límites ni frenos.

¿Merecerán recuerdo (como realidad o como promesa) los cientos de miles de viviendas sociales prometidas tardía y oportunamente justo en campaña electoral o, pasado el lance, seguiremos sin construir ninguna, que es aproximadamente la media de las edificadas en los cinco años anteriores? Pasada la sequía, que pasará, como todas las infinitas sufridas con anterioridad ¿alguien reprochará a alguien que no haya sido capaz de ponerse a gastar ni la mitad de lo prometido y presupuestado en canales, obras hidráulicas, desaladoras, depuradoras y demás infraestructuras programadas bajo los espantos de la sequía anterior y que algo hubieran paliado las consecuencias de esta nueva que parece pillarles por sorpresa y de la que les falta echar la culpa a la oposición? Y hablo en general, porque quien en un sitio es o fue antes gobierno, era o es hoy oposición en otro, de forma que todos tienen qué decir, que reprochar, pero nada de que responder. De 152,1 y 58,7 millones presupuestados, Acuaes y Acuamed solo invirtieron 90,1 y 18,9, respectivamente. No debieron de considerarse hasta ayer, espoleados por las urnas inminentes, muy prioritarias las obras de infraestructuras hidráulicas, salvo la demolición de algunos embalses pequeños y medianos no necesarios ya para producción eléctrica o refrigeración de plantas energéticas, pero sí para el riego o abastecimiento de agua de boca, cosa menor. Por si queda algún salmón que no sea de academia y se le antoja subir río arriba, no vaya a acontecer que se encuentre con el obstáculo de una presa horrible. Que pregunten en la zona a los círculos, a los inscritos e inscritas del lugar, a los cuadriláteros o a quien sea, pero pregunten y no diseñen a base de manual o de catecismo desde el ático o el chalet con piscina donde vegetan. Sin duda algo oportunísimo estas demoliciones, dada la situación. Si quieren que la gente del pueblo, que alguna sigue viviendo en los pueblos, no se vayan a creer, aborrezca del ecologismo, no hay manera mejor de conseguirlo, aunque han dado con otras ideas igualmente luminosas. Lo revelador es que sólo se presupuestaran doscientos millones (cuatrocientos menos que los destinados al ministerio de Igualdad), para financiar iniciativas y campañas, mucho más razonables y perentorias que las de ese ministerio, que paliaran el problema del agua, que siendo eterno les pilla siempre en bragas o en gayumbos. Sin duda, demoler la presa de Valdecaballeros, tras haber hecho lo mismo con otras 108, es una aportación adecuada, inteligente y oportuna para paliar la sequía y garantizar el suministro a la población y al riego extremeño, siempre tan mimados por los urbanitas al mando en la península desde los romanos. Igual podríamos comentar acerca de los incendios y su prevención. Poco nos pasa, aunque no faltarán los que te cacarearán mil y un argumentos para justificar esta insensatez, este despropósito suicida y seguirán hablando del campo y de la naturaleza, cosas que conocen tanto y tan de cerca como la estrella Alfa-Centauro. Los hechos y los gastos, más que las palabras, muestran sus prioridades, sus carencias y su apartamiento de la realidad.

Lo que recordarán los historiadores es que antes, incluso durante una situación de acumulación de catástrofes, guerras y catacumbres, hambrunas y carestías, inflación, crisis económica, volcanes, tempestades, epidemias, faena de dos docenas de jinetes del Apocalipsis, la dirigencia, el parlamento, y a su impulso y posterior rebufo, los medios y las redes sociales, durante años entretenían sus ocios, malgastaban tiempo y recursos, siempre escasos, en cosas atendibles pero menores dadas las premuras y las circunstancias, distraídos de lo perentorio e inaplazable, mientras mantenían encandilado y enfrentado al personal con asuntos de tanto lustre y postín, tan apremiantes y graves, como crear el problema de reformar estatutos de autonomía, algo que nadie pedía ni necesitaba, más que los orates que lo impulsaron y alentaron, o la necesidad inaplazable de acomodar el texto constitucional al redundante e innecesario lenguaje inclusivo, se debatían peregrinas leyes ideológicas que dividen a la sociedad por carecer del mínimo respaldo —siquiera interés— entre la mayoría de los ciudadanos, o veían que era el momento adecuado de discutir si monarquía o república, si la abuela fuma, de demonizar la caza y los toros, la crianza de mascotas, de enredar con la bonita controversia del sexo de los ángeles y de las ángelas y sus innúmeras taxonomías, reescribir la Historia, perseguir al espíritu de Franco por valles, cerros y quebradas (labor de cazafantasmas desocupados, que a la mayoría no da ni frío ni calor), destrozar el código penal, desprestigiar a la justicia y a quienes la aplican, permitir que minorías antisistema compartan inexplicablemente un poder que disputan desde dentro del mismo consejo de ministros, ejerciendo de desleal oposición al gobierno del que forman parte, hasta llegar al sindiós de votar en contra de sus propias leyes, que hay que aprobar o corregir del brazo de una oposición a la que insultan y desprecian, pero con la que han aprobado más leyes que con algunos de sus teóricos apoyos. Véase estadística. Tampoco se olvidará ni perdonará que se le haya permitido a una minoría casi marginal que juguetearan a moldear a su gusto las costumbres, actitudes, valores, creencias y comportamientos de unos ciudadanos a los que tienen por bárbaros, inciviles y peligrosos. ¿Quién les dio permiso para tanto? ¿Cuándo se nos explicó antes de votar que esos eran los planes y que en manos así de sectarias se dejarían decisiones tan graves? Precisamente se nos había asegurado lo contrario, míreme a los labios, que con ellos estábamos a salvo de padecer unos insomnios que por su conveniencia nos han trasladado a los demás, demostrando qué es lo único que, en realidad, era capaz o no de quitarles el sueño.

No, mejor dejaremos de hablar de lo que quieren que hablemos. Que otros coman o compartan esas carnazas, que enreden con lo anecdótico para evitar y esconder las preguntas sobre lo sustancial, que sigan los chamanes y sus parroquianos repartiendo placebos, anestesias y recetas milagrosas, junto a los carnets de demócratas y de progresistas que esta nueva aristocracia, en su infinita e inexplicable autoestima, tiene por costumbre administrar y conceder, como títulos nobiliarios. Ni es la solución la cirugía agresiva ni tampoco la homeopatía política, la nada disuelta en agua, aunque como último disfraz del invento se nos quieran vender las dos cosas a la vez, la garra con guante de seda, lo antiguo, penoso y fracasado como nuevo, risueño y prometedor, el lobo con careta de Caperucita roja o el Che con tutú de ballet. Pero al asomar la patita por debajo de la puerta se les ven unas uñas que no son de cordero ni de recibo.

De eso habrá que hablar y escribir, de las cosas que sí hay que recordar, que ya es sabido que la libertad de expresión consiste precisamente en decir lo que no quiere escuchar el que manda.


miércoles, 15 de marzo de 2023

Epístola de la tilde o virgulilla

¡Y dale, Perico, al torno! ¿Cuál es el problema con acentuar sólo? ¿Dónde está la diferencia en cuanto a necesidad de acentuación entre sólo, dónde y qué? ¿Qué problema tienen algunos sólo con ‘sólo’ y no con quién, dónde y cuándo, entre otras palabras cuya tilde no se cuestiona? ¿Cuál es el motivo de mantener y avalar la tilde en esas otras palabras, que podrían suscitar las mismas controversias, y proscribirlo sólo en éstas? Los usuarios pueden ser obedientes y correctos o no serlo, pueden obrar caprichosamente, de hecho lo hacen, por voluntad, por ignorancia o simplemente por joder, por decirlo en términos científicos. Pero, ¿puede obrar igual la Academia? ¿Puede esta institución, tan seria en unas ocasiones como pajarera en otras, caer en esta arbitrariedad y añadir más excepciones caprichosas, acogiéndose a tiempo parcial a unos argumentos sobre diacrisis, contexto y ambigüedad que aplica a unas palabras y a otras no? Poder, ha demostrado que puede, que para Dios nada hay imposible. Y, de paso, nos está dando la oportunidad de ver qué gilipolleces tan enormes se pueden llegar a decir acerca de algo tan pequeño.

La almendra del tema para algunos es, al parecer, que para atinar al poner o prescindir de la tilde en la palabreja en cuestión (criterio que alcanza a éste, ése, aquél y sus femeninos y plurales, pero que sorpresivamente se obvia por innecesario en aún, en dónde, cuando, quién y cuál, entre otras palabras que podrían verse afectadas por iguales prescripciones y mandatos), se plantea el problema de que hay que tener los conocimientos gramaticales que nos permitan diferenciar un adverbio de un adjetivo, un pronombre interrogativo de un determinante, un adjetivo demostrativo, y otras antiguallas semejantes. Hagamos, con mayor motivo, tabla rasa con la hache, la jota y la ge, la ce y la zeta, la be y la uve, que el personal no está para reliquias y etimologías y así damos gusto a los adefesiarios. 

La utilidad de lo inútil frente la inutilidad de lo que se había considerado conveniente durante siglos. Mucho pedir, manca finezza. Quien se detiene en esas menudencias y bagatelas y se decanta por honrar y conservar la ortografía que respetan todos y cada uno de los libros que ha leído en su vida, es un elitista quisquilloso, un clasista, un carcamal, un aristócrata, un arqueófilo, un señorito, es el señor marqués que utiliza esas pequeñas puñaladas gráficas, las virgulillas, como mojones de la finca o medallas heredadas, como un monóculo, un reloj de bolsillo con su cadena o un bastón con puño de plata. Para diferenciarse, para dejar claro que es persona leída y de posibles, que ha estudiado en la pontificia de Salamanca, en Deusto o en otros similares antros de perdición. Luego y enfrente están los supuestos defensores del pueblo, del que no ha estudiado o lo ha hecho poco o en malos sitios y, con esos mimbres argumentales, acusan a los tildistas de querer que se les note y así sentirse superiores. Unos lo ven así, y han decidido no poner la tilde a la palabra 'sólo', sea o no sea adverbio, como muestra de su amplitud de miras, pareja a su talante democrático e igualador. Entre unos y entre otros, más abundan los que tildan o no tildan simplemente para que no ser a su vez tildados por su peña de quintacolumnistas ortográficos.

Las reglas ortográficas, estas superfluas finezas y distinciones con las que nos agobia y humilla el pasado, la cultura en general, incluso en teniente coronel, son sandeces que sólo sirven para quedar bien en el casino, para resolver crucigramas y para presumir. Es un instrumento más para marcar diferencias de clase y mantener agravios seculares. Si el saber discrimina, ¡viva la ignorancia! Que todos sepan lo mismo, aunque sea poco o nada, que todos hablen o escriban igual, aunque sea mal o peor. Más vale lo malo o lo poco compartido que lo bueno o lo mucho por compartir, que para eso somos progresistas e igualitarios. Renunciemos a esta elegancia gratuita que suponen la ortografía y la tradición en aras de la igualdad. Ya lo hicimos con la caligrafía y con otras muestras de cuidado y excelencia.

Más sustancial, oportuna y necesaria fue la demanda de que los teclados siguieran incluyendo la letra ñ, una n con virgulilla, que pasó a ser símbolo e imagen de marca de una lengua, de una cultura, de una civilización. Para algunos aldeanos dementes y poco ilustrados es la ñ de ñordos, la ñ de España, incluso la ñ de ¡Se sienten, coño!, y raro es que se haya salvado viendo cómo andan las mentes. (La tilde del anterior 'cómo', siguiendo la argumentación aplicada a sólo, al parecer conviene conservarla para que nadie se confunda y se ponga a salivar). Vemos que estas pelarzas absurdas y sobredimensionadas acerca de si tildar o no una palabra, están mal argumentadas y curiosamente centradas sólo en uno de las muchos vocablos a los que podríamos someter al mismo juicio y aplicar la misma sentencia. Acentuar ‘sólo’ cuando es adverbio es una provocación y una afrenta, una terquedad, un absurdo, un derroche de tinta, manía y error de exquisitos, de snobs, de tiquismiquis, de enemigos del pueblo, que se supone iletrado e incapaz de decidir, en definitiva y viendo quiénes son sus más acérrimos defensores, cosa de fachas. Acentuar cómo, cuándo, dónde y demás adverbios interrogativos ya es harina de otro costal. Nada que oponer. ¡Acabáramos o acabásemos!

En este artículo que comparto se añade otro matiz inquietante y casi demencial a esta estéril y chusca escaramuza de culturetas: Se sugiere que esa pequeña tilde, esa tenue virgulilla, ese dedillo que tan caprichosamente toca el timbre de unas letras sí y otras no (por parodiar a Ramon Gómez de la Serna, otro bandarra), como llamando la atención del conserje o del servicio de limpieza del hotel donde moran las palabras, este peligro gráfico que tanto ofende y preocupa a algunos, es una exhibición de poder, además con connotaciones fálicas. ¡Manda huevos, y mandó cien docenas! Quien eso escribe es, según afirma, licenciado en Filología y viene a decir que los escritores y poetas, mayoritariamente decantados hacia conservar la tilde en cuestión, son unos entrometidos, unos intrusos, unos zorros poco autorizados para opinar en cuanto a sexar pollos de su corral.

Ortografía moral, lucha entre usuarios y filólogos, entre progresistas y conservadores,entre removedores de obstáculos y defensores de barreras asociadas a diferencias de clase, entre la  autodeterminación acentual y  la tentación acomodaticia del igualitarismo posmoderno… Estruendos, rimbombancias, argumentarios y  esfuerzos dignos de mejor causa. Similares a las que feligreses de la misma parroquia vienen aplicando a su labor política, incluso a la hora esbozar leyes deficientes, cuya redacción apresurada y descuidada, torpe y nada precisa, con más dogma y moralina que técnica jurídica, deja rendijas por donde luego se les escapan los presos. A veces una coma, una tilde o una exclamación, de falta o de sobra, deciden una sentencia. Porque no hablan, como es natural y evidente, de ortografía, sino de otras cosas. Ellos sabrán. Otras cosas, causas e intenciones, al parecer inconfesables, que a algunos inquietan, entretienen y preocupan, según nos dicen, aunque no nos desvelan la clave de la confabulación. Mis reproches y objeciones pueden ser discutibles, pero al menos son claros. Porque lo malo es que no sé cuáles son esos otros turbios propósitos que nos reprochan a los que ponemos tilde y, aunque vienen sugeridas por profesionales del enredo y la sospecha, no capto la perversidad de mi intención y mi costumbre, y menos su gravedad. Será cosa de desocupados como yo, pero a la Real Academia le debe provocar sentimientos encontrados el verse defendida, ella y sus normas, por los que se creen revolucionarios al apoyar la sumisión a la autoridad competente y contradicha por los conservadores que apuestan por la rebeldía de dejar como están las cosas que estaban bien y que allá cada uno con sus caunadas. Unos libertarios gramaticales a la diestra frente a unos torquemadas ortográficos a la siniestra. Estos sesudos análisis sobre evocaciones fálicas, marchamos ideológicos y demás garambainas alucinatorias de identificable procedencia partidaria, tienen la ventaja de que llegan a muy pocas personas. Las más, ajenas a todas estas disquisiciones y bullangas, que afortunadamente o no les alcanzan o les resbalan, harán de su capa un sayo, como es habitual, además de legítimo y razonable. La mayoría obrarán como los pimientos de Padrón, que unos pican y otros non. Y yo seguiré acentuando como lo venía haciendo porque me repele la arbitrariedad. Tanto como la estupidez, el sectarismo y la moralina fuera de lugar.

https://elpais.com/cultura/2023-03-15/solo-o-solo-la-tilde-falica.html?fbclid=IwAR2VTFCOhzHpiemnpDPOq1mYPr4cCWaufVFoecU5dj-gt1MhDdtsuXVnJgw


martes, 14 de marzo de 2023

Epístola de las beguinas


 Podrá ser indecisa, etérea e insustancial. No sé, y además ignoro, si podrá sacar del aire cosa con sustancia, conseguir materializar la nada, pura alquimia política. En la búsqueda de la piedra filosofal, intentando convertir en oro materiales innobles o vulgares, al menos partían de algo real, espeso, que no es el caso. Sería un extraño proceso de sublimación inversa, esto es, hacer pasar algo del estado gaseoso al sólido.

Pero Yolanda Díaz será gaseosa, pero no tonta, ambas cosas probadas, de forma que los conoce bien. Que no la acosen ni la acorralen que es capaz de llegar al extremo de plantearse la posibilidad de atreverse por fin a tomar una decisión, sin que sirva de precedente. Hasta podría llegar a no invitar a las beguinas al parto de los montes. Y es un mal enemigo para sus hasta ahora socios peronistas y lacasianos, no menos imaginativos y fantasiosos; una cuña de la misma o parecida madera, aunque más dura y curada, las que más daño hacen. Y tiene (o aparenta tener) lo que a sus enemigos y hasta ahora cofrades les falta: un talante menos eclesiástico y unos ocasionales ramalazos de sentido común que la hacen tan incompatible como insoportable para esos orates, unos interesados y desleales compañeros que la apuñalarán en cuanto puedan. Van mostrando ya las facas, sólo frenados, hasta ahora, porque Podemos no puede pinchar su salvavidas. La necesitan ellos mucho más que ella a lo que queda del invento: los restos mortales de unos ilusos asaltantes de cielos que no salen de la furia, el despropósito y la táctica de inmatriculación de causas de las que vivir y con las que medrar, que van desguazando y dejando hechas unos zorros, como todo lo que tocan. Lo llevan en la sangre. En qué estaría pensando el cardenal Iglesias cuando se le torció lo de ser papa y la nombró sucesora en lugar de su santa, pasando de sínodos y concilios, tan de su gusto. No ha conseguido la cuadratura de los círculos, pero sí su laminación.

¿Dónde irás que más valgas? Aún peor, donde valgas algo. Se dirimen muchos puestos y cargos, de esos de entre 60 y 110.000 eurillos al año por intentar imponer ocurrencias y desabarrar desde secretarías de estado o ministerios, el algodonoso modus vivendi alcanzado por la amplia pandilla. Ya no les queda otra cosa que defender y disputarán las canonjías con uñas y dientes. No es cuestión de que se resigne al paro (que trabajar es lo último, posibilidad que ni se les ha pasado nunca por la cabeza) toda esa curia ensimismada y nociva, desde la papisa Irene al cardenal primado Iglesias.

No, Yolanda Díaz tendrá, como todo quisque, sus limites, sus carencias y sus mochilas (le cuesta tomar decisiones y hacer algo casi tanto como a Rajoy), pero sabe que para Sumar hay que prescindir de los que ya sólo restan. Nos queda el divertimento de ir viendo reposicionarse a los hooligans que hasta ahora eran defensores indiscriminados de un totum revolutum, de un amasijo coral destemplado, forofos unánimes que tendrán que decantarse y desdecirse de gran parte de lo dicho, empezando a ver malos, perversos y hasta fachas, donde hasta ahora todos, cada uno y cada una, eran los más mejores. Y toda la tropa de cazafantasmas, sólo unida en intentar como último recurso resucitar al PP-PSOE, centrada en procurar destruirse mutuamente, labor en la que les deseamos el mayor de los éxitos.

Abundan los que agradecerán eternamente a Ayuso, aliada con la desmesurada ambición y la infundada autoestima de Iglesias, el haber librado a la política nacional de tal personaje, engreído y nefasto, ahora dedicado a la farándula tertuliana en las empresas mediáticas de Roures, otro vándalo. Con Yolanda puede pasar igual. Propios y extraños la aplaudirían si cosecha un éxito similar y nos libra de las beguinas de Desigualdad y de toda esa parroquia desquiciada de catequistas morbosas.

Hacen falta más gestores y menos frailes predicadores, apocalípticos y desintegrados, acogidos a sagrado en los conventos de la democracia, una fe en la que no creen y cuyos ritos desprecian. 

martes, 28 de febrero de 2023

Epistolilla pendular

 

Siempre he creído que el laicismo es un avance de la civilización, algo propio de las sociedades avanzadas, libres y democráticas. Para mí el laicismo no está reñido con el respeto a las creencias individuales, todo lo contrario, es una libertad a proteger.

 Simplemente es exigible que el estado no haga suyas esas u otras creencias y evite, en consecuencia, que nadie intente que las leyes se ajusten a ellas. Ahora bien, eso es también de aplicación a las nuevas religiones, a todas esas ideologías que, desde ambos extremos, pretenden hoy obrar como las religiones tradicionales hicieron y hacen donde y hasta donde se les permita. Las sectas ideológicas o identitarias deberían sujetarse al refrán cervantino del debajo de mi capa al rey mato, pero la sociedad no debería consentir que consigan imponer sus criterios en las leyes, como palabra de Dios, fuera de toda desobediencia y contestación. Al final, muchos se conforman con cambiar de clérigos.

 Leo que en Canadá se intenta imponer un curso de reeducación al psicólogo y académico Jordan Peterson, cuyas opiniones, más que defendibles, chocan con ciertos desvaríos de la llamada cultura woke, en este caso, las más extremas políticas de género. Y se me ponen los pelos como escarpias. Eso de reeducar, dado en Ontario por bueno como castigo o solución, tiene tufos de triste recordación, aunque a muchos, precisamente las nuevas curias, siempre les hayan gustado esos aromas del oriente.

 Me alegra haber leído en otro lugar que Alfaguara, quien tiene en España los derechos sobre la obra de Roald Dahl, de acuerdo con los herederos, no censurará sus textos para acomodarlos a la hipócrita, engreída y casposa moralina de las nuevas correcciones que, ovejunamente, imitamos del mundo anglosajón.

 Una editorial inglesa, también de acuerdo con sus herederos, que por vender a todo se avienen, acuerda revisar los libros de Roald Dhal para podarlos de inconveniencias e incorreciones y, de esa forma, acomodarlos a los tiempos. Es decir, estupidizar esos libros que han entusiasmado a niños y niñas, tanto como a los adultos, durante varias generaciones. En sus libros ya no habrá gente gorda, ni nadie podrá tener cara de caballo, ni siquiera padre o madre, sino progenitores, los niños leerán Orgullo y Prejuicio de Jane Austin en lugar de Jack London. No es la primera vez que sucede un disparate semejante. Incluso de mayor gravedad, como el despido de docentes, la eliminación de libros en bibliotecas, cuadros en museos o películas en las plataformas, llegando a la cancelación de creadores díscolos o al olvido de clásicos que hace dos mil años eran machistas, belicosos y racistas. Derribo de estatuas, cambio de nombre de instituciones dedicadas a próceres de un pasado que se pretende corregir borrando supuestas incorrecciones, de la imposición del algodonamiento del lenguaje y de las ideas, en evitación de afrentas y ansiedades entre los miembros más frágiles de minorías y grupos que se sienten victimizados.

 De esta forma absurda e improcedente, damos a una minoría, los predicadores de la religión woke, un poder de censura que acertadamente y con grandes conflictos costó siglos arrebatar a otras religiones, por cierto mucho más mayoritarias que estos movimientos neopuritanos. Les damos una patente de corso para modelar la corrección de la forma de expresarse ciudadanos y autores para que no ofendan a los menos, mientras, en aras de la libertad de expresión, damos por buenas ofensas gravísimas a las creencias y valores de los más. Los mismos que ven de recibo que en una televisión pública catalana un supuesto cómico y descerebrado indudable diga que quisiera que se la chupe la reina de España, se espantan porque en un libro se diga que una bibliotecaria tiene cara de caballo, está gorda o es negra. Presidentes de esa región pudieron decir que los andaluces son gente a medio hacer, con graves déficits intelectuales o culturales, que el resto de los españoles somos bestias inmundas, personas con defectos genéticos que podrían con su mestizaje con los aborígenes del principado hacer degenerar la raza. De esto no hay que espantarse, que ellos nos irán diciendo de qué tenemos que hacerlo. Eso demuestra que en realidad no defienden lo que dicen defender, ni la corrección, ni el respeto al otro, al diferente propio ni al igual foráneo, ni a nadie. La igualdad es un valor indeseable. Quieren hacer visible lo que les gusta y hacer desaparecer lo que no, quieren imponer su valoración moral de conductas y de ideas, bueno si es propio, malo si ajeno. En fin, ya sabemos que cuando el diablo no tiene nada que hacer con el rabo mata moscas, pero la enfermiza obsesión por controlar y moldear la sociedad a su gusto que caracteriza a la izquierda más casposa, estéril y dañina, además de mostrar su congénita incapacidad para contender con éxito con los verdaderos problemas, que enuncian y describen a veces con acierto, pero nunca pasan de ahí, revela, si falta hacía, su naturaleza totalitaria y controladora. Si se les permitiera, toda la sociedad sería obligada a hacer, ver, leer, hablar, pensar, recordar y apreciar todo aquello que ellos consideran adecuado, fuera quedarían las llamas del infierno. Del infierno de la libertad, pues su problema es que no conciben una sociedad libre, aman las dictaduras aunque evitan vivir en ellas si no es al mando y se convierten en una curia retrógrada que se viste con las estolas de un progresismo que les es ajeno.

Lo único, en cierta forma, esperanzador es que, cuando se llega al disparate, punto que rebasamos hace ya mucho tiempo, no queda más camino que desandar parte de lo andado en la mala dirección, encima tenida por suma de las correcciones, y ya se va atreviendo bastante gente a decir lo que ya pensaban y callaban por no desentonar con el coro unánime y ovejuno que vienen entonando los más tontos desde hace ya muchas lunas.

 Edificios muy altos, pero asentados en cimientos débiles y construidos con malos materiales, acaban cayendo inevitablemente, a veces por el soplo del viento, cuando les llega la hora. Un criminal que no dejó ningún delito sin cometer, como Al Capone, sólo pudo ser detenido por evadir impuestos, el menor de sus crímenes. Después del pelo largo viene el corto, tras los pantalones de campana, se van estrechando hasta impedir la circulación en las canillas. En aras de la novedad y la sorpresa, tan a menudo confundidas con el progreso, la moda —argumental o indumentaria— necesita pendulear, ir de un extremo al otro. Suele ser cuando se llega al extremo, alcanzado el nivel de lo incómodo, lo peregrino y disparatado, cayendo en lo risible y lo dañino, cuando empieza el cambio hacia la otra dirección.

 En el pensar ocurre lo mismo. Eso en el caso de que se piense, pues hay más ecos que pensantes. Hay quienes dan por buenas, hasta por indiscutibles, ideas y posturas que ni siquiera se habían llegado a plantear en su ya larga vida. Se indignan, manotean y escenifican espantos hoy, por lo que hasta ayer ni se les había ocurrido. Critican y censuran hoy lo que han dicho, hecho y leído durante toda su vida. Lo hasta ahora lateral o irrelevante, se torna central e irrenunciable, lo minoritario o marginal se quiere hacer común y multitudinario y lo antes dudoso deviene en indiscutible. Como es natural, tan súbitas conversiones y sobrevenidas seguridades no pueden responder a otra cosa que a buscar el calor de la compañía numerosa y que creen dominante, a ser posible con el barniz de la vanguardia, que tanto rejuvenece. Más escenificación y fingimiento que convicción hay en esas evoluciones y muchos de los que hoy defienden una cosa con ardor hipócrita, dentro de poco defenderá la contraria, si eso es lo que se impone en su grupo de referencia. Dejarse llevar por la corriente siempre es más cómodo que bracear en contra y, cuando no sopla el viento, hasta la veleta tiene carácter.

 No es raro que, sobre todo a ciertas alturas de la vida, tras haber puesto tanta carne en el asador, de haber dicho tantas cosas con tanta superficial convicción, después de haber comprado tantas papeletas para esa rifa, cueste mucho trabajo plegar velas. Sobre todo por la cara de tonto que se te queda al reconocer para los adentros que has sido presa de la moda o de la creencia de la tribu en que ahora era la nuestra. Yendo muchos para allá parecía menos probable que no acabáramos llegando a algún sitio, si acaso al siglo XIX, como les está ocurriendo.

 No hay que echar las campanas al vuelo, que estos son pequeños éxitos de la razón y del sentido común contra la moda censora que promueve la neolengua, algo tan viejo. Pero es cierto que va en la buena dirección. Varios artículos he leído estos días indicando que el péndulo ha llegado al fin de su recorrido y que empieza a regresar hacia el equilibrio, esperemos que no hacia el otro extremo. Había que llegar hasta el desvarío, el abuso, la sinrazón, para que algo como los textos de Roald Dhal, un asunto menor comparado con infinidad de disparatates y locuras, supusiera un punto de inflexión. Pudiera ser. Al menos han hablado muchos que hasta ahora otorgaban callando. Pero hay multitud aún agarrados a la brocha sin ver que su escalera va desapareciendo, si es que alguna vez existió. Y para algunos esa escalera era the starway to heaven de Led Zeppelin, esa escalera al cielo que imaginaron, creyendo que es oro todo lo que reluce.

miércoles, 25 de enero de 2023

Epístola calendaria y magdaleniense


Otra vez cumpliendo años, uno más; unos años que siguen teniendo 365 días, dicen, pero que conforme aumenta su cifra parece disminuir su duración. Lo normal. Lo que no era mi costumbre en otros tiempos, no sé si mejores, era cumplir tantos. Siempre hay una primera vez. Sesenta y nueve. Una barbaridad. Debe de haber algún error y tal vez algún émulo del papa Gregorio, religioso o seglar, haya intercalado algún decenio en las cuentas del calendario para cuadrar algún desajuste sideral. Seguramente será eso.

Hace poco, en un control de alcoholemia, la agente de la autoridad que me mandó apartarme de la fila y pararme iluminado por las inquietantes luces azules intermitiendo, me preguntó, muy amablemente por cierto, cuántos años tenía, después de saludar y de haberme preguntado, también con una curiosidad entre la indiscreción y la impertinencia, pues no habíamos sido presentados, acerca de si había bebido o no, mientras acercaba su nariz a mi cara, husmeando como hace mi gato. En el médico me preguntan directamente el año de nacimiento y así me ahorro los arduos cálculos que me tuve que poner a hacer con los dedos ante la mirada inquisitiva y analítica de la uniformada, que comparaba los dudosos resultados de mis pesquisas con la fecha remota que señalaba el permiso de conducir. El caso es que no me cuadraban las cuentas porque me parecían años demás. No puede ser, me decía. Y eran las dos cosas ciertas: la cifra y la demasía. Estas preguntas tan sencillas, deduje, son para ir ella haciéndose una idea del grado de abuso de espíritus y licores, si lo hubiere, tanto por los efluvios como por la rapidez y coherencia de las respuestas. Mal vamos, me dije. Casualmente no había bebido nada durante la cena, sabiendo que iba a tener que echarme después a la carretera. Al no notar vapores alcohólicos ni nada demasiado sospechoso en mi comportamiento me dijo que buenas noches y que podía seguir. Si llega a pedirme que diera unos pasos como prueba definitiva de mi inocencia, me hubiera detenido por falta de garbo y poderío. El caso es que me llevé un disgusto. Ya puestos, viendo que ni un chupito había trasegado la única vez que me han parado a tasar los whiskies y riojas ingeridos, con el miedo que me han hecho pasar otras veces al ver de lejos algún control, insistí en demostrar mi no cuestionada abstinencia ante el pasmo de la guardia.

—¿De verdad quiere soplar, alma de cántaro?

—Sí, para una vez que puedo presumir de la virtud de la templanza, no habiendo soplado antes en la mesa, déjeme usted que sople ahora al volante.

Cero coma cero, risas y comentarios entre la patrulla por ser la primera vez que un contribuyente les pedía soplar.

Lo cuento por eso del raro asombro ante una edad ya sabida, pero que el cerebro parece ser que se niega a asumir. Y también por que el contarlo, el disperse, la disgresión, la batallita, son claros síntomas de que, por mucho que le joda a mi cerebro, tiene la misma edad que yo. Y bien que se le nota. De forma que ya puede ir haciéndose a la idea. Y si tiene dudas, que le pregunte a las piernas, que tiene línea directa y entre los tres me están amargando la vejez.

Madrugo, como de costumbre, me siento al ordenador provisto de un termo de café, porque la cocina está en el quinto carajo, y me pongo a leer las noticias con el riesgo de arruinarme un día tan señalado. Pero hoy soy refractario a las nuevas. Porque hace tiempo que las nuevas suelen ser viejas y porque tengo el magín en otro sitio, en otras cosas y todo me conduce a lo mismo. Empezando por eso, por las cosas, por mis cosas y, sobre todo, por el tiempo. Mirando alrededor está gran parte de mi vida: los libros, los cuadernos, nuevos o rellenos de dibujos y de estupideces, unas publicables y otras no, las estilográficas, las cajas y cajones con tubos de acuarelas, los botes con pinceles, lápices y palilleros con sus plumillas, los cientos de discos, las dos guitarras que tengo a mano, las paredes llenas de cuadros, propios y ajenos, antiguos o recientes, estanterías repletas de objetos y papeles y vitrinas con el arcoiris de mis tinteros, el chibalete con mis tesoros, la mesa llena de macetas y el sol entrando por la ventana, aunque fuera hace un frío que pela.

De todo eso, lo más viejo es el sol, obviamente. Le sigue la Tierra, algo más joven, aunque desde aquí no la veo, pero sé que está ahí, detrás de los bloques de pisos. Luego viene el culo de un mortero que, si no recuerdo mal, me encontré en la la subida a la ciudad ibérica de Meca cuando iban limpiando de los sedimentos de dos mil años los caminos hasta sacar a la luz los surcos profundos de los carros que llegaban allí desde la vía Heráclea, después por el Camino de Aníbal, luego por la vía Augusta y ahora por la A-31, que son una misma cosa, aunque cada vez peor cimentada y construida, llenando el cerro de escombros y tierra mechada con miles de trozos de cerámica, alguno de ellos con la huella dactilar del artesano ibero impresa. No sabría decir si aún más viejo o simplemente medieval, un clavo de forja de a palmo que uso de pisapapeles, cuadrado, seguramente de barco, porque lo encontré en el mar buceando entre unas rocas plagadas por aquel entonces de erizos, hoy desaparecidos porque los turistas se los comieron in situ sin dejar uno ni para simiente. Ahora ya no me puedo tumbar en la arena al sol porque los de Greenpeace me devuelven al mar como a un cachalote varado. Luego vendrían dos arcones antiguos que compré hace casi medio siglo y algún objeto o mueblecillo de algún rastro, desde una corneta a unos renos de bronce. Salvo alguna estilográfica de las que he adquirido usadas, más viejas que yo, algunos libros heredados de mi padre o comprados de viejo, cuarenta cajas de IKEA llenas de plumillas metálicas entre las que hay algunas que están más cerca de tener dos siglos que uno, luego a luego y ordenando los objetos y los trastos por edad, debo de aparecer yo. Dejando aparte a las personas de la familia, entre los seres vivos se encuentra alguna planta que ya vivía con nosotros en la casa anterior y vivimos en esta desde hace unos treinta años. Mi gato Adenauer, un gatazo hermoso, romano, atigrado, pobrecico mío, con once años se nos murió el pasado primero de noviembre, día con mal fario, como saben los portugueses desde el día del terremoto de Lisboa de 1755. Luego, Gracián, un gato negro oscuro con ojazos verdes, que es de lo más joven de la casa, con siete años, salvo algunas plantas, unas botellas de vino y el contador del gas, que me lo han cambiado hoy. 

Veo con una nostalgia magdaleniense, no sé si de Proust o del Paleolítico superior, que hay cosas que, como digo, nos tenemos cuarenta o cincuenta años, si no más, porque ya estaban en casa de mis padres, cuando yo era un crío. Entre ellas un retrato a carboncillo de mi padre que le dibujó un compañero en una de las dos milis que hizo, una como soldado de la república, otra con el enemigo, con una guerra en medio de ellas y un sable de mi abuelo que sería de otra, o simplemente de gala. Libros, y discos con casi sesenta años hay mas de alguna docena de ellos. 

Al ponerme otro café, conforme voy rellenando la taza, reparo en que es la misma desde los años ochenta del pasado siglo. Bueno, la misma no. Las originales doce de la vajilla de la Cartuja han ido muriendo una tras otra en acto de servicio. Cada seiscientos u ochocientos cafés, se me rompe una. Las he ido reponiendo y ya habré roto quince o veinte. Me duran poco más de dos años de media, no está mal. Las dos que me quedan son iguales a sus parientes originales, con esa inmortalidad de las especies, como los tigres de Borges. Aunque sea otro ejemplar, otro individuo cerámico sevillano indistinguible, es la misma taza, mi taza. Poniéndonos platónicos, es la imagen de lo que una taza es y cómo debe de ser una taza como Dios manda. De forma que en ella he bebido miles y miles de cafés, siempre del mejor, que para eso viví muchos años encima de un tostadero. Como ocurre con las guitarras, las que tengo aquí, una Alhambra acústica y una Stratocaster, y las que están guardadas, que en ellas han renacido miles de canciones y juntos hemos recorrido, si no tantos kilómetros como el baúl de la Piquer, sí bastantes más de los que hoy puedo recordar, la verdad es que con más pereza que nostalgia. Algunas de esas canciones están en los vinilos vetustos de cuando apareció la editio prínceps, de forma que podemos llorar a David Crosby escuchando Helplessly hoping casi con el mismo asombro y en el mismo disco con que lo hicimos la primera vez, cosa que podríamos repetir con gran parte de la música de esa época gloriosa, mi música.

Porque a estas alturas los cumpleaños van consistiendo más en recuerdos que en planes; y las cosas, nuestras cosas, junto a nuestras benditas rutinas, a menudo igualmente absurdas, nos abrigan y nos protegen. Son cimientos, anclas y ventanas. Son parte de nuestra vida y por eso, aunque estén desportilladas nos resistimos a tirarlas a la basura y a comprar unas impersonales tazas nuevas de IKEA. No digamos la estantería que me hizo un carpintero en Alpera en 1980, con madera de árbol y lejas de dos dedos (de los míos) de gordas, llenas de libros, voladas, con sus casi dos metros de ancho sin combarse. Hubo una época en que con muebles, enseres, libros y vajillas la gente hizo algo parecido a lo que se perpetró en Albacete con el viejo y hermoso edificio del Banco Central, que ya se edificó derruyendo el palacio del Conde de Pinohermoso,  como se ha venido haciendo con lo poco antiguo y valioso que había, palacios, conventos, sanatorios, edificios modernistas, todo derrumbado y arrasado para levantar en sus solares amontonamientos informes de ladrillos del cuatro, como en tantas otras ciudades y pueblos. Todo sea por el progreso. El Nueva York de la Mancha, que hay que ser gilipollas, para hacer esos esperpentos de veinte pisos como el que a media mañana me tapa el sol.

Entre café y café, sumido en tan hondas meditaciones, desentendido hoy de los desafueros y excesos habituales que tanto me encorajinan, leo de forma distraída algunos artículos interesantes. Uno de ellos está dedicado a una serie de libros acerca de otros tantos pecados capitales, que en principio fueron ocho, luego siete y ahora, según cuenta, vamos por nueve. Me sobra más de la mitad de los antiguos siete. Me detengo en una cita en la que Woody Allen sitúa en el infierno de Dante al inventor de los muebles de metacrilato. Sería muy largo escribir las reflexiones a las que me llevan ciertas engañosas máscaras del progreso, o rumiar los peligros de los siete pecados capitales, que allá en el horno nos vamos a encontrar, que decía Discépolo. Lo dejaremos en que, como suele ocurrir, a menudo se llega a la virtud por necesidad, de forma poco meritoria, por decrepitud, por la mera incapacidad para pecar. Ya no es que las uvas estén verdes, es que ni a las maduras llegamos ni nos sientan bien. Ni exprimidas, y menos fermentadas. Luego a luego no nos queda más que la ira, la soberbia y la pereza, si es que siguen siendo pecados, que a lo mejor, ni eso. Además de que hay quien, no sin fundamento, sostiene que esos supuestos pecados capitales son el sostén de una humanidad que desaparecería sin la lujuria y que no prosperaría sin algo de ambición, pues sin ella nadie se pondría a estudiar, a inventar o a descubrir nada, como nadie buscaría la excelencia sin algo de orgullo, tan emparentado con la soberbia. Lo dejaremos aquí, aunque no sin señalar que es malo presumir de una sola virtud, en el caso de que lo sea y además se tenga, pues las virtudes, de existir, se llaman y abonan las unas a las otras y es raro que se den por separado. Por ejemplo, hay plumíferos que intentaban subirse a las afeitadas barbas de Javier Marías porque él fumaba y el crítico no. Tal vez el reprochante no podía encontrar en su persona, aparte de no fumar, nada más que poner en la balanza para sentirse superior a Marías. Hay a quien le ocurre igual con la ciudad, región o país en que su señora madre rompió aguas, dato que esgrime como el principal de sus méritos y la mayor de sus credenciales. Los peores ven ese territorio como bancal donde cosechar hechos diferenciales, esto es, que imprimen una superioridad que cimenta derechos y privilegios.

En otro artículo leo cómo casi toda la antañona plantilla de una no menos venerable imprenta oficial colombiana será despedida tras no ser los operarios capaces, tras largos años de oficio, de superar las pruebas a las que, por mandato constitucional, deben someterse todos los funcionarios públicos, entiendo que con la salvífica y oportuna excepción de los dirigentes y mandamases, que para esos cargos nos vale el señor de marrón que pasaba por allí de los chistes de Gila. Al compás de los tiempos y en aras del progreso, cajistas, encuadernadores y operarios de antiguas minervas serán despedidos por no estar a la altura de las exigencias del momento. Se les declara “insubsistentes”, no sé si queriendo decir extintos, prescindibles, o lo que de verdad significa, esto es, que no tienen razón de ser. Ni de estar. Me informo y veo que en Colombia es el eufemismo adoptado para perpetrar un acto administrativo equivalente a la destitución. El que a dedo nace, a dedo muere. Resulta que, para aquilatar su ciencia y saber hacer, les exigen, entre otras habilidades, manejar una hoja de Excel, recitar los protocolos para organizar y presupuestar una reunión institucional o demostrar la pericia en el manejo de una aspiradora. Como sus puestos eran provisionales, algunos de ellos ejercidos con acreditada eficacia durante media vida, serán sustituidos en esta masacre laboral, que así llama el director al proceso, por otros que atesoren esos nuevos saberes que la ley ve hoy más necesarios en ese arte centenario y exquisito que componer una página con tipos de plomo, alzar, imponer, entintar, dorar una cubierta o un lomo o coser los cuadernillos de un volumen, arcanos y antiguallas de dudosa utilidad en una imprenta. Se trata de la Imprenta Patriótica de Colombia, del Instituto Caro Cuervo, que en 1991 mereció el Príncipe de Asturias de Humanidades.

Será cosa de la edad, pero cuando uno vea cerca a la de la guadaña, bastará con echar mano del periódico para ver cómo anda el mundo, asistir a un desfile de modelos y escuchar la canción del momento para, salvo por la compaña, morir sin excesivos pesares. Viene a mi mente un texto de Umberto Eco en el que un maestro explicaba a un discípulo o catecúmeno suyo cómo, para alcanzar la sabiduría, había que ir a lo largo de la vida, poco a poco, convenciéndose de la realidad de que todo el mundo es gilipollas, el conjunto y sus individuos, sin excepción alguna. Eso sí, alcanzar tal grado de sabiduría es un largo proceso en el que hay que ir siempre dejando a unos pocos a salvo, en número decreciente, hasta llegar, ya en la vejez, a respetar sólo a dos o tres. Luego a uno solo, al amor de tu vida. Justo antes de morir había que desengañarse y reconocer que ese ejemplar y uno mismo también eran gilipollas, para ya, así convencidos, espicharla tranquilos.

* Ilustración de Pablo García en 
https://elhacedordesuenos.blogspot.com/2014/10/la-magdalena-de-prust-motor-del-recuerdo.html