Et voilá. Donde menos se espera salta la liebre. La
liebre electoral tributaria, perseguida por gran copia de galgos y golosos.
Bajan unos y otros de las nubes, dejan para luego los encierros culturales y
pisan terrenos del cinco, los de la cartera. Seguramente todos tienen sus
razones aunque ninguno razón, pero, al menos, saltándose sus costumbres, hablan
ahora de las cosas de comer, cuando han visto que sus precios alcanzaban las
dichas nubes donde habitaban y entretenían sus ocios.
miércoles, 28 de septiembre de 2022
Crónica subastante y tributaria
lunes, 26 de septiembre de 2022
Epistolilla italiana, política y frutal
Italia y las orejas del lobo. Abundarán estos días escritos y peroratas,
comentarios, memes y tuits, intentando desrazonar la desafección de los
ciudadanos, que acaban votando a payasos, melones, actores o gañanes, buscando
lo que menos se parezca a los actuales políticos, gremio empeñado en no dejar
inexplorada ninguna ruta de la indecencia. No faltarán los que se refugien es
eso de que la gente está engañada, manipulada, es muy torpe y se ha vuelto a
equivocar, no han entendido los mensajes, votan contra sus intereses y tal y
cual. Para cada partido el principal nicho e impulso de los menguantes votos
son los errores ajenos.
Leo ya en la prensa algunos primeros artículos, escritos con los pelos de punta, como asombrados de lo ya previsto, de los muchos análisis que habrá, mejores y peores, previsibles unos, otros más realistas, ninguno autocrítico. El anterior es el mío, con referencias a España, pero común a gran parte a muchos países occidentales, pues coincidimos en perdernos por las mismas rutas de la irrealidad, más atentos al envoltorio que al contenido del paquete. Al final, ganarán partidos caudillistas, que ya no hay de otros, simplemente sacando algo parecido a un programa rebuscando en los cubos de la basura de los demás, siempre rebosantes. Competencia entre excesos, pérdida de la centralidad, incapacidad para pactar unos mínimos con los más cercanos adversarios, por ser los que nos podrían sustituir, pero dispuestos a la rendición con armas y bagajes, capitulando con la entrega de lo que nunca se debería ceder ante los más extremos y electoralmente irrelevantes, convertidos en decisivos por caudillos con más ambición que principios. En el mundo, entre los que aún la conservan, la democracia para muchos se va convirtiendo en una pejiguera que, como sabemos, es cosa molesta y de poco provecho que acarrea muchos problemas y dificultades. No vamos bien, hermanos.
martes, 6 de septiembre de 2022
Epistolilla conmemorativa y recordatoria
Hace ahora cinco años del inolvidable esperpento totalitario de las
sesiones del Parlament. Desde la tejerada y salvando las distancias, es decir, los mancillados tricornios y los tiros, no habíamos visto nada equiparable en sede parlamentaria. Un
episodio triste y dramático que miraron con condescendiente indiferencia, cuando no con simpatía
cómplice, seguida de silencio vergonzante y después de imposible olvido, muchos amantes de
la Historia y del recuerdo, siempre tan puntillosos con las garantías y observancias
constitucionales por parte de los demás como olvidadizos en cuanto a ellos se
refiere. No suelen andar muy finos acerca de qué convendría recordar y qué no,
aunque pretendan escribir su relato en nuestras memorias. Algunos, empezando
por los separatistas, vienen a resumir en la frase «poner las urnas» toda
aquella pequeña y frustrada revolución de aromas xenófobos y totalitarios
orquestada e inducida desde unas instituciones levantiscas pagadas por todos pero al exclusivo servicio de los delirios de unos pocos, supurados en
aquellas sesiones para la historia de la infamia, con la culminación del golpe
palaciego, esa declaración de independencia con record Guiness con sus 8
segundos, 8, de republiqueta bananera independiente de Damasco. Les ha frenado
más su propio ridículo que la acción de los gobiernos centrales, empezando por
la del indolente tentetieso de Rajoy que, al menos, tuvo un momento de coraje
aplicando el 155, aunque mucho después de lo que hubiera debido hacerlo.
También influyó decisivamente (incluso en Rajoy) el mensaje del rey, cuya
eficacia, acierto y oportunidad recabó tanta inquina entre espumarajos por
parte de los que hubieran preferido ver triunfar el golpe. A partir de ahí, partida de trileros y mercachifles, cosa no nueva, una ópera grandilocuente, una tragedia interpretada por cómicos, una función que llega al tutti final, con el coro cantándole a los protagonistas, —sujetadme, que me conozco:
Poco cabe argumentar y debatir con los que así ven la cosa. Debe ser
cuestión hormonal, ideológica, o psicológica, vaya usted a saber. Pero salen de
fes distintas e irreconciliables. Al menos tengo claro quien está del lado de
la ley, de la Constitución, de la igualdad, de la democracia, de la libertad y
de muchas otras cosas importantes. Esos hechos, al parecer, vienen bien a
determinados proyectos y ambiciones, unas más confesables que otras, les hacen
el caldo gordo, como todas las situaciones embarradas y fangosas, únicas en las
que creen que pueden pescar con facilidad algún pescado agonizante que echar a su
puchero. En aguas limpias lo tienen peor, que los peces les ven venir.
En fin. Ven golpes de estado detrás de todas las esquinas, menos en las de
su barrio y nada hay que se pueda argumentar, pues no va la cosa de derechos ni
de verdades, sino de ambiciones, ideológicas en unos, económicas en otros, con
diferentes proporciones en algunas mezclas y coupages, que de todo hay en la
viña del señor.
Por eso es tan ansiado el control del poder judicial, porque antes o
después tendrá que establecer hasta dónde dan de sí y de no la Constitución y
las leyes, si ciertas cosas se pueden considerar moneda de pago, incluso si hay
que reclamar la devolución de lo mal cobrado y peor vendido en pasadas
transacciones. Y hay que tener los peones allí. Y no hay más. No nos pongamos
estupendos perorando acerca de una indeseada independencia de un poder judicial
que se quiere controlado.
Hace cinco años escribí varias epístolas comentando estos hechos,
lógicamente bajo mi punto de vista, no sé si acertado, pero desde luego no sometido
a otros límites ni intereses que lo que estimo que es bueno para mi país y lo
que creo que lo pone en peligro de supervivencia. Tengo claro cuáles son los
principales problemas de fondo, ajenos a las graves e inevitables coyunturas
pasajeras que afectan hoy a Europa y al mundo, y también quienes son los peores
enemigos del Estado, que hay varios y están dentro, como suele ocurrir. Bueno, también tenemos algún orate fugado a Waterloo, donde las derrotas.
jueves, 1 de septiembre de 2022
Epístola descreída y corrupcional
«A mí no me deis, pero ponedme donde haya», que decía
aquel. No se sabe con certeza quién fue aquel, porque más son los que lo piensan
y practican que los que lo van pregonando. Grandes fortunas se acumularon ya
desde la antigüedad gracias a cargos donde el sueldo, a veces inexistente, se
complementaba con «lo que afanar pudiere». Si te nombraban cónsul, pontífice,
gobernador o virrey, ya se contaba con que al abandonar el cargo el titular
regresaba a casa (ya convertida en palacio) más rico de lo que de ella salió. A
veces, obscenamente rico. Dado que, cada uno en la medida de su situación y
alcances, tenía la aspiración común de acceder a uno de esos beneficios,
prebendas o bicocas, que a veces se podían comprar y vender, patentes de corso
sobre los caudales públicos o privados que los vientos del cargo hiciesen navegar hasta sus garras,
nadie protestaba. Sobre todo, de entre los que podrían hacer escuchar sus
quejas, pues esos y su ambición también estaban a la cola para algún día poder hacer lo
mismo.
Las antiguas monarquías eran patrimoniales. Aún quedan
algunas que de alguna forma lo son, como también algunas repúblicas. Por la
gracia de Dios, decían, eran dueños de vidas y haciendas en un reino que venía a ser una
finca particular de la que se subarrendaban parcelas en usufructo. Sin títulos similares
expedidos por las alturas, otras formas de gobierno, con parecidas cortes o
camarillas y también con un ejército que, puestos a la malas, venía a ser la última razón y fuente de derecho, se
llegaba y llega a situaciones similares. El asunto y el problema no es el modelo, sino la
condición humana que, dejada a sus anchas, tiende a la corrupción y hace que la
avaricia, el nepotismo y la maldad, entre otras virtudes envueltas en indiferencia ante el
sufrimiento ajeno, hagan del mundo un vivero de abusos e injusticias. Podemos
decir que ha sido algo universal y eterno el que una élite, sea civil,
eclesiástica o militar, haya exprimido al resto de la población, a los
pecheros, paganos o sufragáneos, hasta donde se podía y a veces hasta más allá.
Sin necesidad de acometer grandes estudios ni averiguaciones podemos establecer
que lo normal, independientemente de los discursos teóricos, jurídicos o
teológicos que nunca han faltado para justificar ese sindiós, las más de las sociedades
se han dividido en una mayoría que trabajaba y las pasaba como el que se tragó el
paraguas, a veces en poder del hambre viva, mientras un pequeño número de
privilegiados, disfrutando de un lujo oriental, sufría de gota y colesterol por
unos excesos que, como sus abusos, llegaban a cotas de inmoralidad notables.
Como a veces se les ha ido la mano y les han acabado haciendo el cuello, se ha
aprendido que no conviene estirar de la cuerda hasta el punto de rotura y, a
resultas, la cosa se ha ido moderando, en unos sitios más que en otros, de
forma que en las sociedades más avanzadas y democráticas los partidos más
relevantes, con algunas diferencias, matices y grados de convicción, han
asumido ciertos consensos básicos sobre lo que se ha venido en llamar estado
del bienestar. Conseguidos por ese término medio que conocemos por
socialdemocracia, consolidan (aunque nada es para siempre y Alá es el más
sabio), incluso superan, antiguas reivindicaciones de sus ancestros ideológicos,
avances que hoy dejan a los más extremos sin discurso. Por eso, para tener
clientela y razón de ser, suelen aprovechar ocasionales y razonables descontentos y justas indignaciones para
ponerse al frente de demandas para las que ellos no suelen tener solución,
incapacidad que no han perdido ocasión de demostrar allí donde han tenido la
desgracia de ser seducidos por sus cantos de sirena. Como ellos lo saben, y los
demás también, se tienen que centrar hoy en aspiraciones más etéreas e
ideológicas, a menudo menos compartidas. Con ellas intentan modelar la sociedad
a su gusto, aunque sea a ostias, previa fragmentación en tribus identitarias
que enfrentan entre sí, incluso entre do, para tener clientela y campo de
acción. Cuando alguien es incapaz de saber cómo funciona el motor suele
centrarse en cuestionar el color de la pintura del coche. Lo malo es que
pretendan dirigir el taller.
Estos valles de lágrimas que perviven a lo largo de los
milenios, cierto que en unos se lloró más y en otros menos, se han intentado
hacer llevaderos con la promesa, hasta donde yo sé eternamente incumplida, de un futuro mundo perfecto,
un paraíso postergado, más alcanzable en la otra vida que en esta en clave religiosa, más para las generaciones futuras que para las vivas, en clave descreída. Aunque a veces lo que han heredado es la ruina de sus
abuelos. —Mirad, hermosos míos, os espera el cielo. Vuestros padecimientos aquí
serán recompensados en el más allá. Tanto más cuanto más sufráis a cuenta ahora.
Paciencia, pues, y no envidiéis a quien aquí y ahora vive mejor, que Dios sabrá el porqué de
estas pasajeras diferencias. Ya sabéis lo del ojo de la aguja y el camello. Al
final, todos calvos. Ahora, al tajo. Por lo civil, no me atrevo a decir laico,
viene a ser lo mismo: Proletarios, las vais a pasar canutas cuando nos comamos lo
del reparto. Pero sabemos que vuestros hijos o vuestros nietos vivirán en un
mundo de una abundancia tal que de todo sobrará. Nadie tendrá necesidad de
acaparar, pues (la verdad es que no sabemos cómo) vivirán en un paraíso con ríos de
leche y miel. Sin obligaciones ni agobios, sin envidias, guerras ni pelarzas; paseando por amenas praderas,
pescando, persiguiendo mariposas y cogiendo flores en una sociedad sin clases
ni diferencias. Nosotros, la dirigencia, como avanzadilla, vamos a empezar a vivir
bien ya y os lo vamos contando, que por ahora la cosa no da para todos y a lo mejor no es para
tanto y no es oro todo lo que reluce.
En toda estructura jerárquicamente organizada el trabajo
busca los niveles inferiores. Justo al contrario que la riqueza que, por algún
principio físico al parecer inmutable y de difícil entendimiento, obra al
revés. Al que mora en lo más alto de la pirámide le podemos llamar rey,
presidente, caudillo o duce. Es igual. Él y su abundantísima parentela y
camarilla harán de hojas y de flores. Abajo estarán las raíces gobernándoselas
como puedan para agenciar agua y nutrientes escarbando entre la tierra, como
mineros vegetales, para permitir el esplendor de las frondas de las alturas,
las que ven la luz y saben. Luego, durante y después, vendrán los discursos,
las promesas y las justificaciones. Pero la cosa va así. La humanidad, por
ahora, solo ha conseguido atemperar en algunos momentos y lugares esas
diferencias. Pero las patatas siempre están enterradas y las hojas al solano,
criando venenos y rencores. En los tomates, siendo también solanáceas, ocurre al revés y
son los frutos los que medran y respiran. En el mar y en el Serengueti ya sabemos lo de
los peces grandes y chicos, y lo de los leones y los ñus. La naturaleza es muy sabia,
pero, salvo Walt Disney y demás incautos, nadie con dos dedos de frente ha
dicho que no sea cruel. En ella no rige nada que se parezca a nuestro concepto
de justicia. Más bien es indiferente, y la indiferencia es el máximo
refinamiento de la crueldad.
Yo, que no soy cruel, pero tampoco ingenuo, procuro engañarme con otras cosas. Y no soy nada roussoniano. No comparto su ilusoria creencia en la bondad del buen salvaje, del hombre dejado a sus once vicios, como antaño se inventariaban; aunque ahora hay muchos más, simples variaciones o refinamientos de los antiguos. De la bondad de la mujer tampoco pongo la mano en el fuego, que ninguna se sienta agraviada, pero tampoco salvada por el genérico. Hay quien, no sin argumentos atendibles, apunta a que los siete pecados capitales son el sostén de la vida y de una sociedad que colapsaría sin ellos. A pesar de que la lujuria, la avaricia, la gula y demás, tengan una innegable mala fama, el hecho de que sin lujuria se acababa la especie está fuera de toda discusión, y en ello estamos. Sin estos pecados, y hasta en el pecado es recomendable la moderación, la existencia sería un fracaso, un fraude, un aburrimiento, lo que ha llevado a no pocos a pensar que, en lo tocante a buenas compañías, entre el cielo y el infierno habría mucho que hablar. Sin pulir, un contribuyente es una bestia parda, un cabrón con pintas, al que la educación y la vida en sociedad a duras penas consiguen suavizar sus lijas genéticas. Si alguien es materialista y, en consecuencia, darwiniano social, bueno está, que allá cada uno, pero al menos debería ser coherente. Lo digo por lo de las peras del olmo. Con esos mimbres se va abocetando una teoría, una ideología política, incluso un plan; y luego, viéndolo fracasar una y otra vez, ya no saben a quién y a qué echarle la culpa. Hay utópicas construcciones políticas que han querido mantener una lechería con lagartos. El papel y la teoría todo lo aguantan, pero leche dan poca. Ni las lagartas. Tienen a su favor la engañifa de que encausan a los demás por sus resultados, pero ellos exigen ser juzgados por sus palabras, a menudo hueras.
La corrupción está latente en nuestra genética, ya activa de
vivos, y por ende en la sociedad. El gen egoísta, libro de Richard Dawkins, ya explicaba
en 1976 que el gen es bicho que va a lo suyo y, aunque tengamos muchísimos, no
están ahí buyendo para hacer amigos, sino que somos una simple (aunque complicada)
herramienta para que ellos sobrevivan. Somos su pensión. De hecho, compiten entre sí para medrar
hasta conseguir reproducirse, salte o raje y que gane el mejor. —¡Es que no piensas
en otra cosa, Manolo!, reniegan en cuanto se juntan dos cromosomas X a los Y, unos sátiros rijosos. Y, como la evolución de los genes es cosa de una lentitud
exasperante, no cabe suponer que cincuenta años después del libro hayamos
avanzado mucho. Incluso nada hace pensar que no estemos evolucionando a peor, pues
hace tiempo que la evolución biológica ha delegado en la cultural, ha
externalizado el servicio y la cultura ha demostrado que no puede acabar ni con
la muela del juicio ni con el dolor de lomos, salvo recurriendo a la violencia
quirúrgica. Que muchos ejemplares de la especie están degenerando, y con ellos
no pocas sociedades, es un hecho que también admite poca discusión, a la vista está, que a
los hechos me remito. Un neandertal, al lado de algunos especímenes
contemporáneos, incluso de los que tienen mando en plaza, es todo un gentleman.
Compararlos con Aristóteles podría llevarnos a la depresión. Un ancestral grupo
de cazadores recolectores resultaría versallesco comparado con algunos consejos
de ministros y casi todos los de administración. Y sin duda más expertos y
competentes con lo que se llevan entre manos.
Para producirse la corrupción precisa lugar, objeto y
ocasión adecuados, pues la tentación siempre sobrevuela por determinados nichos
ecológicos. Igual que no cabe buscar renacuajos donde no hay agua, el corrupto
acude donde abunda el dinero. Aunque para Dios nada hay imposible, es más fácil
que se produzca en ciudad que en despoblado o en un desierto, salvo si
tiene petróleo o gas, que entonces me callo. Eso es para nacer, que para que se
extienda y prolifere la corrupción necesita un ambiente adecuado de tolerancia
y comprensión, que es su caldo de cultivo, su conditio sine qua non. Es
menester que en la sociedad encuentre quien la oculte o la ampare, si no
moriría por falta de oxígeno.
Incluso hay corrupciones sistémicas que parecen
planificadas hasta su último detalle. No, no me refiero a los paraísos fiscales,
que eso viene después. Tenía en mente el tráfico de drogas. Tenemos unas que
son legales y otras que no lo son. Tampoco es que haya razones especiales para
algunas de esas diferencias de trato. Escohotado lo explicó bien. A veces las
prohibiciones más agravan que solucionan ciertos problemas, por eso son de
temer los que, aparte de prohibir cosas (solo las que a ellos les molestan, los
vicios, gustos y costumbres que les son ajenos), poco más se les ocurre.
Declaramos ilegales unas drogas y, como ocurrió en la ley seca en USA, el
alcohol pasa a la clandestinidad, se elabora de cualquier forma llegando a ser
aún más perjudicial. Y, ¡oh maravilla!, lo que antes se vendía bajo control por unos centavos en bares,
colmados y licorerías, se convierte en un rentabilísimo tráfico ilegal y semioculto en manos
de la mafia. Ponemos entonces miles de policías y jueces a combatir el problema
que nos hemos creado y que hace obscenamente ricos a unos traficantes que ahora
recaudan multiplicado por mil el dinero que antes iba a las arcas públicas,
después de regar miles de economías particulares. Un pan con unas tortas. En
Japón hacen estos días campañas para incentivar el consumo de alcohol entre los
jóvenes, alarmantemente abstemios, con grave quebranto de la hacienda pública.
Entre el amor y el dinero, lo segundo es lo primero. De la salud para qué vamos
a hablar. Los policías y jueces que contienden con esos traficantes para los
que hemos creado un mercado multimillonario rodeado de violencia, muerte y
miseria, ven pasar ante sus ojos mercancías tentadoramente lucrativas y sus
manos acarician sacos de billetes como para asar una vaca, que decía la madre de otro aquel. La carne es débil y
la nómina no es muy fuerte y, claro, alguno se corrompe. Pero en este caso un
policía corrupto es detenido por otro policía decente, como son prácticamente
todos, y juzgado por un juez que también lo es, algo que ocurre salvo en
escasísimas ocasiones. Eso resulta reconfortante, se mancha la persona, no el
gremio y la gente aplaude y duerme tranquila. No ocurre igual en todos los
ámbitos.
Los partidos políticos necesitan dinero. En todos sitios y
a todas horas. Y no poco, porque vivimos desde hace años en eterna campaña
electoral. Hay países donde las donaciones privadas son legales, aunque más o
menos controladas. De forma que es un mal menor conocer quién financia a cada
partido. Cada uno ya piensa por qué y para qué. Mal está, pero se sabe. Nos
ponemos estupendos y limitamos drásticamente esas aportaciones, esos pagos a
cuenta. Prácticamente los prohibimos, lo que no quiere decir que no existan.
Dejando aparte esos pagos dudosos de las puertas giratorias, que no se sabe si
recompensan lo ya hecho o financian y apalabran lo por hacer, las elecciones
dan poder, permiten acceder a la gestión del dinero público, tarro de miel
siempre rodeado de moscas golosas. Aunque hay algunos impacientes desalmados
que directamente se lo embolsan, algo torpe que no tiene mucho recorrido, pues
acaban en el trullo antes o después, la almendra del asunto es cómo usar parte
de ese dinero en cebar una clientela para comparecer a las elecciones con
alguna ventaja. Uno puede intentar favorecer económicamente a posibles votantes,
financiarse una tropa dependiente con ese dinero que, según algunos bandarras,
no es de nadie. Y tenemos los EREs de Andalucía. Podemos conceder obra pública
a cambio de mordidas, comisiones o pagos en especie, cosa también peliaguda,
porque antes o después se sabe y pasa lo que pasa; por no señalar que siempre
se queda pegado algo en los bolsillos de quien administra esa caja B, C o D. Y
ahí está el Bárcenas y la Gürtel. Hay otras variedades, más sofisticadas,
aunque no menos inmorales y perversas. Colocar a toda la parentela y a la peña,
aunque no sepan hacer la o con un canuto, no deja de ser un comportamiento nada
ejemplar que a casi nadie espanta, y que evidente y lamentablemente resulta legal.
Denunciar que derrochar y dilapidar la pólvora del rey en gastos más que
dudosos e improductivos supone una forma no penada de corrupción es anatema. Lo
dejaremos así porque no hay quorum, pero tal vez sea la peor y más dañina de
todas las formas de corrupción económica y administrativa. Porque hoy no
tratamos de otras peores, las que llevan a militantes y coristas a la
complicidad de defender a sus Oltras, Puigdemones, fugitivos de la justicia, sediciosos, golpistas,
incluso a secuestradores y asesinos.
Una administración puede regar con dinero público, vía
subvenciones, pagos por publicidad institucional y otras prebendas a medios de
comunicación afines. Incluso puede comprar la afinidad de los que aún no lo
son. Si alguno no se vende y va por libre, que se han dado casos, nos quejamos
amargamente de sus campañas contra nosotros. Directamente pueden dedicar un
presupuesto que supera al de algunos departamentos o consejerías a apesebrar un
conglomerado de cabeceras de prensa, cadenas de radio y televisión puestos al
servicio, incluso a la esclavitud, del partido en el gobierno. Es hacer que la
sociedad, vía impuestos, nos financie una gigantesca y permanente agencia de
publicidad al servicio del partido, no de quien la paga. Es decir, dinero
público utilizado por una facción o coalición para defender sus particulares intereses
y para atacar a los contrarios, llegando a considerar enemigos a la mitad o más
de los ciudadanos a los que se ofende, ridiculiza y desacredita, para más inri,
con su propio dinero. Sin duda es un refinamiento de la corrupción poco
perseguido, es el abuso perfecto. Pero para alcanzar esas cimas hay que ser
separatista y tener cogidos a los sucesivos gobiernos por salva sea la parte.
Como ya habíamos dicho, para que estas corrupciones puedan ser
algo más que casos excepcionales, inevitables, pero inmediatamente detectados y
condenados, se necesitaría que los conmilitones y simpatizantes de los
corruptos los denunciasen, cosa que entraría dentro del terreno de lo
milagroso, no que los defiendan y justifiquen, como hasta ahora viene ocurriendo.
Esos discursos dirigidos a las parroquias propias en los que se viene a decir
que el corrupto propio es buena gente, que tampoco fue para tanto, que los
demás aún son peores, que hay que ver qué pena que metan en la cárcel a este
buen hombre, que fue nuestro compañero, tesorero, presidente o secretario, un
bandido generoso que a tantos y tantos benefició, que todo lo hacía por el
partido… No vamos a tener más remedio que indultarlo. Luego, las peñas, las
parroquias, los mariachis, todos en manada, prietas las filas, cada uno a
defender a los suyos, que viene ser justificar, dar por bueno lo malversado. La
sociedad, con tal ejemplo por parte de quien debería haber evitado esos desmanes,
hace otro tanto, al menos la parte más incondicional de los partidos afectados,
mientras que la menos cafetera mira a unos y a otros, como en el tenis, sin ser
capaz de ver las diferencias abismales que los militantes ven y proclaman y con
las que atizan al enemigo. En fin. El huevo de la corrupción necesita un nido.
Y el nido se trenza con estos mimbres. Tanta confianza en la bondad humana para
acabar concluyendo que no damos más de sí. Ni siquiera los elegidos, y menos algunos
electos.
jueves, 28 de julio de 2022
Epístola disgustada

Cada vez dejo pasar más tiempo entre una epístola y la
siguiente. No es por escasez de temas, más bien por falta de humor. Vamos de una
catacumbre a otra, las siete plagas de Egipto, los cuatro jinetes del
Apocalipsis, nos ha mirado un tuerto o tenemos un gafe por ahí. Poco campo para
el buen humor, ni siquiera para el sarcasmo. Salvo excepciones, para mí estas
epístolas son un refugiarse en la ironía para poder digerir ciertas cosas. No
es que con ellas intente convencer de nada a nadie, dado que en política eso
es un imposible metafísico, pues casi siempre contendemos con los que quieren
que las cosas sean y no sean, a la vez, según autorías y conveniencias. Y menos
cuando los asuntos tratados, unos curiosos, otros aberrantes, con frecuencia se centran en
las miserias, engaños y desvaríos de una clase política que padecemos en un desesperante
in crescendo.
Siendo así, el destinatario final de muchos de mis escritos
sería precisamente un conjunto de encumbrados personajes que nunca van a
leerlos, de forma que me dirijo a dos posibles y pequeños grupos de lectores.
A saber: primero, los feligreses que, con más pasión que fuste y vergüenza,
defienden de oficio cualquier abuso, disparate o desmán que perpetren los cardenales y obispos de su fe, a los que tienen entregada el alma. No digo
la inteligencia, pues el grado de sumisión acrítica alcanzado es tan elevado
que cabe dudar de que, en caso de existir, la ceguera sectaria haya permitido
que tal facultad entre en juego. Por otra parte y en segundo aunque principal
lugar, son destinatarios otros posibles lectores, por mí más apreciados, menos
coriáceos, más reflexivos, a los que nada se descubre; nunca se cuenta nada
que no sepan. Pero a veces sonreíamos, porque la ironía y el humor siempre
se agradecen, hacen soportables ciertas situaciones y, sobre todo, es la mejor
forma de destapar imposturas y falsas superioridades morales, a menudo tanto
más reivindicadas cuanto más ausentes. Quien es de verdad superior en algo no
necesita ser él mismo quien vaya proclamando sus virtudes a grandes voces por
las esquinas, encaramándose en las hornacinas y peanas a falta de otros que los
eleven a los altares. Cacarean en vano pues ya conocemos de antiguo lo huero de
sus puestas.
De eso suelen ir mis epístolas. Nada solucionan, nada
descubren. Si acaso ofrecen el consuelo de mostrar que no nos engañan. Al menos no a todos. Que muchos, no sé si los más, vemos la mano que saca la carta de la manga o escamotea la bolita, que los trucos y milagros del gremio solo
funcionan dentro de cada parroquia. Que tal vez ni somos más listos ni más
enterados, pero que nos gusta equivocarnos solos, con el riesgo de acertar (y
viceversa), actitud siempre mejor que apadrinar y defender, con pasión digna de
mejores causas, errores y abusos ajenos. Incluso llegar al colmo del ridículo
y de la sumisión intelectual, como es el caso, tan frecuente como penoso, de
ver a no pocos defender ideas en las que no creen. Al menos no creían en ellas
hasta hace poco tiempo, a veces días. Incluso dejarán de defenderlas cuando a
toque de corneta se les diga que ahora lo malo pasa de nuevo a ser bueno, lo
inconveniente deseable y lo correcto inadecuado. Es lo que llevan tiempo
haciendo, siguiendo y jaleando sumisos los meandros de un presidente a merced de los vientos y, a su vez, pastoreado por sus socios y apoyos. Pocas cosas tienen algunos de qué presumir,
pero desde luego no de fuste. Son, además, desmemoriados salvo para episodios
concretos, tienen lagunas, algunas de ellas voluntarias, lo que hace de su
memoria algo poco de fiar, nada transvasable, por intermitente, parcial e
interesada. Malas credenciales como para intentar imponer sus selectivos
recuerdos y olvidos como memoria común. El mismo concepto de establecer por
decreto una memoria oficial ya rechina y ofende a cualquier verdadero demócrata,
es decir, no de la rama orwelliana.
Dado que el humor a menudo se edifica con los sillares de
la estupidez y los escombros del ridículo ajenos, siempre hay tajo. Si sus
consecuencias no fueran trágicas podríamos recrearnos eternamente con el hilarante,
aunque descorazonador, espectáculo de ver como el sectarismo lamina el entendimiento,
se desentiende de la verdad, desactiva virtudes como la modestia y el pudor, es
refractario a la objetividad y hace perder el decoro, la razón y la vergüenza. Porque
llega a ser cómico el terraplanismo político que a tantos lleva a defender lo
indefendible, queriendo hacer pasar por razonables y convenientes hasta aquellos
disparates y abusos con que nuestro presidente paga irreligiosamente a socios y apoyos, lo peor
de cada casa. Corta es su mirada, falsa su palabra, hipotecado su criterio, esclava su voluntad y
dudoso su futuro, como elección tras elección les muestran los recuentos.
Errar es humano, pero para llegar al desastre hace falta un ordenador. O una tribu, un arrebañamiento que sume los errores particulares y
los quintaesencie, reste las inteligencias individuales, multiplique la
magnitud del daño provocado y divida la sociedad en buenos y malos. Esto es,
los míos y los demás, los otros, el enemigo.
Lee uno artículos con las opiniones de juristas, doctores,
analistas, supuestas eminencias en sus respectivos campos, lumbreras que,
cuando se adentran en el comentario político, entran a ese mundo por la
estrecha puerta de la militancia o el dogmatismo. Y da pena leerlos. Pasan de
la tesis doctoral a la hoja dominical, la prosa parroquial, bazofia sectaria. Tanto la estadística
como los estudios sociales, no digamos el derecho o la política, son ámbitos
caracterizados por una elasticidad que permite a sus santones prescindir del rigor exigible, emplear sus triquiñuelas y artificios dialécticos para, si no demostrar, al menos defender una cosa y su contraria. Cuentan siempre con que los suyos nacieron ya convencidos, aunque principalmente se dirigen a crear un estado de opinión que condicione a los compañeros de gremio que llegado el momento tendrán que decantarse, dando y quitando razones. Por eso los partidos riñen encarnizadamente por controlar los tribunales que habrán de juzgarles a ellos y a sus acciones. Y
al final, esto es lo que se pretende, y tal vez en eso consistan para ellos esas artes y
oficios donde más se premia a veces el oportunismo servil y la astucia que la
independencia y la moral. Una moral que de esa liquidez se deriva, que no solo
conserva la elasticidad de los mimbres con los que su cesta se trenza, sino
que se diluye en las aguas cenagosas del pensamiento sectario. Aunque
quizás eso de pensamiento sea una exageración por mi parte; si acaso
estrategia, argumentario, lema, letanía y amén. Ya lo decía en otro escrito: es
imposible militar en un partido, con carnet o sin él, y conservar la claridad
de juicio, la imparcialidad. La verdad es que me cito mal, en realidad
terminaba la frase diciendo que era imposible seguir pensando, que viene a ser
lo mismo. Afecta este síndrome de forma dramática a quienes viven de ello, los que no tienen a donde volver que más valgan. Esos no pierden la claridad del juicio, sino todo él, si es que antes lo tenían. Esos matan, a veces más a los propios que a los ajenos. Las excepciones, que las hay, a la espera de tiempos mejores se refugian en el silencio, sabedores de que toda discrepancia se paga, acarrea la hostilidad y el descrédito entre la parroquia y atrae a las hienas y buitres que, como es sabido, se alimentan de cadáveres.
Ejemplo de esta derrota de la inteligencia frente al sectarismo, y hay miles, es un escrito perpetrado ayer por el más eminente que imparcial jurista Javier Pérez Royo acerca de la confirmación de la condena por el caso de los ERES andaluces. Dice, sin mover ni una de sus dos cejas de catedrático de derecho constitucional, que la potestad presupuestaria reside en el parlamento, nacional o regional. Los ERES solo pudieron nacer por la soberana potestad legislativa del parlamento andaluz. Ergo, qué responsabilidad cabe pedir a Chaves o a Griñán de esa decisión colegiada, y por ende ajena. Con un par. Obvia, a mi escaso juicio, tanto esa responsabilidad que se llama “in vigilando” como que no se juzgan los ERES, sino su fraudulenta aplicación, conocida, planificada y consentida; olvida otros casos de mal uso de fondos públicos en los que, siendo otros los culpables, se abrigaban menos dudas, no se entraba en esos considerandos y, sobre todo, que no es eso lo que se dirime ni condena, sino la delictiva aplicación posterior de esas ayudas multimillonarias que se usaron arteramente para mantener una masa crítica de clientes suficientes como para influir en los resultados electorales. Pudo hacerse bien, que es donde el doctor se queda. Pero se hizo mal, durante años, y con el reconocido conocimiento y visto bueno de los condenados y otros cargos en espera de sentencia, que es hasta donde el picapleitos no quiere llegar con sus otrosís. Ellos, (y otros, y otras), conocieron y autorizaron esos pagos improcedentes, a veces para regalar una jubilación anticipada a amigos, parientes y conmilitones que nunca habían trabajado en la empresa beneficiada por esos fondos, en el caso de existir. Incluso cabe dudar, conociendo a la peña, que hubieran trabajado alguna vez en otra. Su firma era imprescindible para perpetrar la malversación, su visto bueno a sabiendas del fraude, los hace prevaricadores. La implicación necesaria de toda la estructura que desatendió los avisos de ilegalidad de los interventores, los hace indecentes. Y, según la sentencia y el sentido común, culpables. A otros no sé si por lo mismo, no más, seguramente por menos, se les tildó de organización criminal. Un abogado debe defender hasta a un asesino en serie, es su trabajo. Pero lanzarse de oficio a la plaza pública a disculpar y justificar estos delitos es para nota. Y buena. Hay que hacer méritos, más de los que ya atesora, que no son pocos, que la judicatura ya sabemos que todos la quieren independiente. Sin duda fue y sigue siendo un buen candidato, aunque ya talludo, para el Supremo o el Constitucional, por parcial, poco ecuánime y nada independiente de los que no se debe depender, que de eso se trata y así los quieren. Justo como no deben ser.
No sé cuál portavoz, porque, dada la rápida evolución del
criterio y de la voz a portar, acaba dándoles la risa tonta al leer lo que
tienen que decir y hay que cambiarlos, va y dice que total solo fue
malversación. Fíjate tú. El argumentario del partido manda decir que ninguno de ellos se llevó un
euro al bolsillo. Ahí te espero, en la doctrina del bandido generoso. Ya se fallará sobre los piezas en que sí
robaron hasta para coca y putas. Casi doscientas piezas separadas quedan por
juzgar. Sin prisas, mientras van prescribiendo.
El paso siguiente a la equidistancia, un paso a peor, en lugar de intentar hacer pasar por iguales comportamientos diferentes, es pretender
buscar diferencias donde no las hay. En realidad es una cuestión ontológica. Los nuestros siempre serán mejores, hagan
lo que hagan. Aquí estamos nosotros para perdonarlos y para defenderlos. En último caso, siempre queda la absolución.
Cabría suponer que los que apoyaron una moción de censura
porque su conciencia no les permitía dejar en el gobierno ni un día más al
corrupto PP, obrarán en consecuencia al ver retratada en sentencia firme la
catadura moral de algunos personajes relevantes y equipos del partido que
pusieron en su lugar en busca de mayor decencia. Les llevaría a presentar otra moción de censura contra sí mismos, y a sus socios a apoyarla y echarlos y echarse del gobierno para dejar paso a otro de un partido menos corrupto. No es de esperar tal coherencia. Los que no
soportaban ser gobernados por partidos con sombra de corrupción, son los mismos
que exigían un gobierno y un presidente que no nos mientan, que no falten a su
palabra. Toma tres tazas. Pero al menos no se engallen, no digan tonterías, no nos tomen el
pelo, que ya va siendo gris. Feijoo y Juanma Moreno comentan la sentencia de forma tierna, comprensiva, versallesca llegando a franciscana, tal vez por no mentar la soga en casa del ahorcado, por lo del mort y el degollat. Seguramente ese es el tipo de oposición que decían querer tener. Es decir, blandita y mejor que la que en estos asuntos ellos practicaron siempre. Ni aun así. La portavoz intenta defenderse atacando, equivocándose en el tono, la ocasión y el contenido. Teatro, puro teatro maniqueo.
Ya dijo Pujol, al que tampoco faltan defensores, en ocasión solemne, con dedo enhiesto y amenazador, cejas en V y barbilla en alto, que desde aquel momento la dignidad era cosa suya, cuando el PSC, al necesitar sus votos en Madrit tuvo que envainarse su acusación del 3% de CIU, a pesar de que era tan cierta como falsa la decencia del prócer catalán, creador después de un garito para promover la ética en la política, que tiene pelendengues la cosa. Ahora tenemos el episodio de la Borrás, que también tiene quien le escriba, en su intento de llegar a marzo para abrocharse 4000 europios al mes de por vida por dos años de presidir esa jaula de grillos.
De forma que las cosas de la res publica te dejan para poco
humor. Incluso cuando la imbecilidad avasalladora o suicida llega al mando en
otros países, y sea Trump, Boris Johnson, Putin, Maduro o Bolsonaro, acaba dando
poca risa porque también te afecta, pues la globalización no se limita a
mercancías y manufacturas, normalmente las acompañan y a menudo las preceden la estupidez
y la maldad, que, separadas o del brazo, tienen infinitas formas de
manifestarse, desde la prepotencia y el egoismo hasta la imprevisión y la incompetencia, pasando por la
mentira, el fanatismo y el desdén por el prójimo, para terminar invariablemente
en algún modelo de afán totalitario.
Podría extender esta epístola o dedicarle otras a temas
como la memoria llamada democrática, los TRANS, el yo si te creo, ejemplificado
con descarnada claridad por Mónica Oltra, que así bailaba que yo la vi. Y de la
mano de Valdoví. Pocas veces se ha escenificado con tal patético ridículo, entre saltos y risas falsas como moneda de cuero, hasta dónde ha degenerado la política, en manos de qué clase de personajes hemos dejado nuestras vidas. De cómo morir bailando por parejas. Otros que ya no suman, que los cuadernos de Rubio nos enseñan que la adición de ciertos sumandos arroja un resultado negativo. De la incomprensible e insultante mesa de negociación de tú a tú que reemplaza y calla al Parlamento para dar voz y poder a los validos de Sánchez y a los separatistas de Aragonés. Allí unos y otros a ellos solos se representan, desde luego no a mí ni a otros millones de ciudadanos, y solo sus particulares intereses y futuros defienden, no los comunes, trapicheando para “desjudicializar” la
política catalana y “blindar” el idioma, frases que ponen los pelos de punta. ¡Por Dios, qué concepto tienen estos señores de lo que es la democracia, la representación popular o la independencia de los poderes del Estado! Lo vemos en la pactada y cómplice inacción del gobierno ante decretos e instrucciones que incumplen una vez más las
sentencias de los tribunales sobre el destierro del español en aulas,
patios y cursos de verano del principado. Otro pago con derechos ajenos. Pero bueno, el PSC ya se sabe, nunca está
claro con quién va, que es lo mejor que podemos decir de ellos, aunque se
adivina. El PSOE ya es solo un decorado, una ciudad del oeste vacía donde se ruedan las películas con guiones que se escriben en la Moncloa, funciones en las que los ajenos a la camarilla más cercana y acrítica hacen de extras sin frase. Un papelón. Como se ve, temas hay, esos y muchos otros, que esto es un sinvivir.
Hace calor, pero la sensación térmica es varios grados más de lo que marca el
termómetro, con los acaloramientos añadidos por las pelarzas inducidas por el
gremio del que hablamos.
La corrupción llegó hasta donde llegó precisamente porque siempre ha habido correligionarios, parroquianos y mariachis dispuestos a relativizar, a hacer comparaciones pretendidamente exculpatorias, cuando no a negar las corrupciones propias. Todas esas cacareadoras gallinas de los desmanes ajenos y ciegas a los propios han incubado el huevo de estos y otros latrocinios. Y vemos que aún siguen en ello.
Los partidos predominantes intentan hacer de los otros una patología, una enfermedad crónica, ni curar ni matar a los enemigos que les apoyan, a los que quisieran absorber o destruir, pero que necesitan imperiosamente para completar los números. Matarlos lo justo. Dejarles que entren en el mundo del poder, pero con poco poder. Si acaso dejándoles incrustar en la legislación algún disparate que les haga sentirse vivos e influyentes. Lo malo, tras decenios de estos mercadeos entre trileros, multiplicados en la actualidad, que a la fuerza ahorcan, es que la legislación y la sociedad quedan hechas unos zorros. A la igualdad hace tiempo que se renunció, y con ella a la justicia.
domingo, 26 de junio de 2022
Epístola paradójica, oltráica y virtuosa
Vivimos unos tiempos en los que no faltan los que presentan
las diferencias políticas, las ideologías opuestas, hoy o líquidas o
enquistadas, como una lucha entre el bien y el mal. Nada más y nada menos que
el maligno infiltrado en los parlamentos, los partidos y los departamentos
universitarios. Incluso se dan los belcebuses a vistas por el Facebook y por
la barra de los bares, que hasta Lucifer se pone al día y alterna. Por eso hoy, para los semovientes
de pensamiento talibánico, que solo se diferencian de los de Afganistán en que
no llevan turbante, no hay discrepancia menuda, pasable, algo sobre lo que
quepa el debate. No se trata de que no estemos de acuerdo, que para ellos eso sería de
aplicación al elegir la marca de cerveza, y no en todos los casos ni regiones; se
trata de algo más grave. Para muchos todo es cuestión de principios, a pesar de
que no dan muestras de tener ningunos que sean activos, quiero decir operantes,
no teóricos, que de esos, en realidad homeopáticos y aguados, dicen tener muchos
y firmes. Y los principios no se negocian. Las ideas ajenas nos llevarían a los
infiernos, dice el dogma y repiten ellos a los demás. Y allá cada uno con su fe
y su imagen de tan inhóspitos lugares.
Llevadas las cosas a esos extremos irracionales y
fanáticos, cada discrepancia, cada opción equivocada, según el gusto o la moral
del predicador, es un escalón que nos acerca un paso más a los avernos. Estos
escalones tan peligrosos, que además no tienen vuelta atrás, pueden referirse a asuntos que a una persona normal, no fanatizada, le parecen opinables,
incluso nimios. Pero para los integristas no lo son. Todo es grave, decisivo,
revelador, hay que recitar a coro un credo sin fallos, sin errores, sin dudas. A
base de progresar, hay quien ya va llegando a la edad media. En su doctrina
entra desde la visión de la historia y la selección de sus episodios más edificantes,
la postura ante las innúmeras identidades en las que los orates de estas nuevas
sectas dividen a la sociedad para enfrentarla, pasando por el amor, odio o
indiferencia ante la bandera, ideas sobre la estructura territorial y la unidad
del país, los separatismos, postulados sobre los trans, la inmigración, la
educación, el mérito y el esfuerzo, la caza, los toros, el gasoil, las zonas
peatonales, los moros y los cristianos, la carne, que es tan débil como
indigesta e insostenible, y así un listado omnicromprensivo y totalizador que
culmina con la peligrosa, por definitoria, simpatía por el Real Madrid o al
Barça. Un buen creyente no falla a ninguno de esos palos. O eres de los
nuestros o de los otros, del enemigo. Sin matices ni tibiezas. No hay pecados
veniales es estas nuevas religiones.
Como eso es un sinvivir, a falta de un buen confesionario
donde conseguir una absolución tras las inevitables caídas, hay un elemento determinante y previo
que alivia y diluye esas exigencias: basta con adherirse a ellas de palabra,
repetir el credo, defenderlo a garrotazos si es menester, negarle al oponente
cualquier astilla de la razón y su lugar en el cielo, a la izquierda del Padre.
Por eso, que no cunda el pánico, parroquianos. Se trata de una moral teórica,
que a nada nos compromete. Basta con defender ese catecismo donde se tercie, pues
la escenificación, el gesto adusto e indignado y la verborrea son suficientes.
Con esos afeites éticos ya se mantiene el tipo, se cumple con el dogma y con la
parroquia. Se trata de no perder el barniz, que la carcoma no se ve tras estos
ornamentos. No hace falta, pues, llevar a la práctica esos principios y normas
que con tanta pasión se defienden. Los tratantes de ganado, vendiendo un burro
o una yegua, se mienten, pero no se engañan. Como todo está inventado, volvamos
al guardar las formas victoriano. Esto no se dice, esto no se hace. Nene, caca.
Al menos en público. Luego ya cada uno se las organiza.
Siendo así las cosas, cuando se establecen o declaman
normas y guías de conducta —que vienen a ser actualizaciones ampliadas de
aquellos libritos sobre las buenas maneras en la mesa y en los salones, una
segunda naturaleza para cuando estaban en público— se trata de límites y
obligaciones que solo se impondrán a los demás. Y, al saberlo, no hay límite a
la exigencia. No es necesario sentirse concernido por esos baremos que pedimos
a los otros, sean el vulgo o los de arriba, mientras estemos abajo; para
nosotros, los buenos, los santos, los profetas, no hay barreras ni listones.
Nos salva la fe. En realidad, es una discusión teológica muy antigua, si salvarse
por la fe o por las obras. Unos se consideran salvos dándose golpes de pecho en
la capilla del santo de su devoción o entonando los salmos adecuados; otros perorando
sobre la maldad ajena, una malignidad que a ellos no puede afectar. Su santidad
será tanto más excelsa cuanto mayor sea la maldad con que consigan caracterizar
al hereje, en este caso enemigo político. La perversidad del adversario puede llegar a ser nuestro único programa político. No hace falta más. Porque puede ser que obremos igual. Incluso
peor. Pero no es lo mismo. Nosotros lo hacemos porque ya nos toca, por
necesidad, por descuido, casi a disgusto, por un perdonable error, no como
ellos, por vicio, porque es su naturaleza. Nosotros somos los elegidos y Dios
sabe por qué hacemos las cosas; nuestro reino no es de este mundo, que todo se
andará, y la justicia terrena nada tiene que decir al respecto. Cuando actúa
contra nosotros es una justicia fascista, una marioneta en manos de las fuerzas
oscuras, esas fuerzas del mal que ya perseguían y condenaban a nuestros
bisabuelos, como nos han contado en casa.
Los partidos más pintureros, sepulcros blanqueados, son las
actuales órdenes reformadas, siempre de vuelta a la pureza de los orígenes, siempre en greña
unas con otras. Para un franciscano nada hay peor que un jesuita, y un dominico
como Dios manda, por un quítame allá esas pajas doctrinales, llevaba si podía a
los otros dos al brasero. Es una mezcla de vuelta a Torquemada y a Trento, al
May Flower y al Index Librorum Prohibitorum, pero en moderno, en progresista,
que no hay palabra peor usada hoy que esta, y mira que sufren maltrato casi
todas. Claro que los hay, muchos y dispersos, en su mayor parte anónimos, pues
no suelen ser los que con más énfasis dicen serlo. Como suele ocurrir con todos
los elogios autootorgados, dime de qué presumes. A la mayoría de los que
fatigan esa palabra en cada frase no se les conoce invento, idea o aportación
personal a la sociedad que pudiera hacerles merecedores de ese adjetivo,
convertido en sustantivo, en marca, en la fachada hueca de un decorado. Se referirán,
si acaso, a la cercanía o pertenencia a un partido o gremio que sí haya
colaborado de alguna forma en algún momento al progreso económico o social. Y,
en ese caso, es un tipo de engallamiento muy similar al del que se siente
orgulloso del acueducto de Segovia. Se trata de la herencia y absorción de méritos
ajenos por ósmosis inversa o cosa así, pero no algo propio, pues el progreso
suele estar más asociado con el trabajo callado que con la oratoria vacua. Hay
muchos, los peores, que lo más grande que han hecho en sus vidas fue acertar en
el lugar donde nacer. Entonces, su madre al romper aguas les transfirió una
superioridad que emanaba del terruño, de sus cerros, de sus monasterios y de su
historia legendaria, de sus vinos y ratafías y, si la hay diferente, de su
lengua. Prefieren ser viperinos que bilingües. Y así les va, aunque siempre
encuentren quien les defienda, con gran menoscabo de la credibilidad de muchos
discursos éticos que mantienen una dudosa relación con la justicia y la igualdad.
Para entenderlos y aquilatar su virtud no conviene limitarse
a seguir sus sermones, a dar por buenas sus etiquetas y profesiones de fe, que su palabra es vana. Y barata. Con
uno que hayamos escuchado a cada parroquia ya es suficiente, porque no suelen
tener más discursos. Lo mejor para enjuiciar —para calar, por hablar con
propiedad— a sus obispos y a su doctrina, es recurrir a Chesterton, un maestro de las
paradojas. O a Pitigrilli, un humorista serio que no le va a la zaga. Este
último basa y dedica su literatura y su humor a desenmascarar con elegancia similares conductas y prestigios, edificados en los solares de la impostación, la falsía y el
engreimiento. Estos vicios eternos y ubicuos son fácilmente detectables en los
casos que nos ocupan, pues nada han inventado, ni siquiera sus errores, sus
contradicciones ni sus falsas promesas. Son unos vividores que a veces las tempestades
hacen recalar en las playas de esta industria en que ha degenerado la política,
poco exigente hoy en inteligencia ni en virtud.
Así, los vemos caer en sus propios cepos, en los hoyos y
trampas cavados para atrapar a otras presas. A veces los vemos bracear intentando
escapar de las telas de araña tejidas para cazar al oponente, o intentando pasar
encorvados por debajo de listones que marcaban el nivel de exigencia que aplican
a los demás, muy lejos del alcance de los propios prescriptores. Otras veces, como en
Sicilia, bailan tarantelas para intentar expulsar los venenos de arañas que solo a
otros deberían picar, aunque a veces los bailes precipitan el desenlace fatal,
más que desactivan ponzoñas, tal vez porque procedían del propio organismo. La
cumbia valenciana del yo sí te creo, abusador, con risas tan falsas como patéticamente insoportables, resultó la puntilla oltráica. ¡Ay, Valdoví! Siempre quedaría el indulto, si es que la
justicia encuentra algo punible, que no siempre la indecencia ni el engaño
encuentran castigo legal. El peor castigo para la señora Oltra será recibir el mismo tratamiento que ella perpetró con sus enemigos políticos. Cuando vea que sus propios compañeros le van dando la
espalda, incluso alguno diga no conocerla, y dejen de contar con ella para
nuevas novedades, renovaciones e intentos de resucitación, verá que la
política, como la vida misma, es muy cruda y que no basta con haber regresado antaño
con una buena pieza de una cacería, término tan utilizado en la política como
en las sabanas de Tanzania. Y que, con su comportamiento, ha apuntillado un discurso vidrioso
e impostado, pues antes de creer a nadie la recordaremos a ella.
El viejo chiste marxista-leninista: “Compañero, te voy a
hacer una autocrítica” señala algo que siempre se exige y se ejerce en casa ajena. Estamos a la
espera de tales signos de vida inteligente en las propias, ya desde hace
demasiado tiempo. El CIS aún publica periódicamente estudios acerca de los
temas que interesan y preocupan a los ciudadanos. Confrontar esa lista de valoraciones e inquietudes con los programas y manías de los partidos podría ser un buen punto de
partida para la reflexión. Hemos perdido y nadie sabe cómo ha sido. Y ha vuelto a pasar. No basta con el recurso al miedo, con el yo o el caos. En la
agenda “progresista” aparecen muchos temas de postín ideológico sectorial que
importan un pimiento a la mayoría de los ciudadanos, cosa demostrada una y otra
vez, a pesar de su insistencia cansina y crispada. Pero el ahora o nunca los
lleva a meterlos con calzador en el debate y, cuando pueden, en el BOE. El propósito
declarado, su afán evangelizador, es conseguir que los ciudadanos se interesen
y preocupen por lo que a ellos les obsesiona, divide y entretiene. Algo positivo
han conseguido de forma indirecta, aunque sea que en masa se considere que uno
de los principales problemas que padecemos son precisamente ellos, esta clase
de políticos, estos que confunden al pueblo con unos de su pueblo. O de su
parroquia. Y que, lejos de solucionar los problemas reales, crean otros nuevos,
a veces insolubles, y menos por ellos, algo que tampoco les preocupa demasiado.
Otra paradoja, otra contradicción, es la manifestación anti
OTAN, con autobuses y bocatas para acarrear fieles de provincias, organizada en
parte desde una Secretaría de Estado del ministerio de Belarra, es decir, por el PC, pues Enrique Santiago también es Secretario General de ese histórico partido, hoy reducido a un ente ectoplasmático que parapetado en el gobierno urde y opera procurando no
darse a vistas, mientras reprocha a Feijoo o a Juanma Moreno que no exhiban con
ostentación la marca del PP, un lastre, según ellos. Manda cojones. No veo yo a
Yolanda ni a nadie de los que quiere suyos exhibiendo la corbelleta y el martell.
Ni nombrar al partido por antonomasia. Putin no es ningún contrapeso
progresista a los desmanes occidentales, como parecen creer estos personajes
del PC que organizan manifestaciones anti OTAN desde el despacho de la
subsecretaría. Eso, si acaso, se hace desde fuera del gobierno, que así no solo
no cuela, sino que al personal se le antoja demasiada contradicción, demasiado apego
al poder, siendo los principios algo, si no ausente, desde luego secundario. Lluis Rabell
hace esa y otras acertadas advertencias desde su blog, como viene haciendo con
otros temas peliagudos, con un discurso demasiado sincero y realista como para
ser visitado por la izquierda caviar, que no gusta de estas finuras, y menos cuando
salen desde dentro de la escasa izquierda aún pensante en ciertas alturas. Mejor leer desde la torre otras cosas
más acordes con sus limitadas y previstas destilaciones mentales.
Aunque hay muchos más dondedijedigos. Hemos visto ya demasiadas veces, como a Sánchez, un virtuoso del cinismo, y a sus socios, apoyos, acólitos y mariachis, defender con igual énfasis y rotundidad una cosa y su contraria. Lo que no era solo malo, sino perverso, inconcebible, se vuelve apropiado y conveniente si hoy les proporciona algún beneficio o ventaja. El engaño pasa de anécdota a categoría, a esencia. La conveniencia es una balanza en la que sus propios intereses hacen de fiel. Inevitable deducir que casi todo en ellos es mentira, que nada hay detrás, ni siquiera doble moral, sino total ausencia de nada que se le parezca. Lo acabamos de ver con la tragedia de la valla de Melilla. Las declaraciones de Sánchez sobre el "problema bien resuelto", difícilmente distinguibles de lo que viene tiempo diciendo VOX y otras personas y partidos, pueden ser ciertas o erradas. Pero cuesta digerirlas sin vergüenza ajena, pues no cabe esperar la propia por su parte, y es imposible asimilar en horas el cambio radical de discurso según de dónde soplen los vientos, según convenga. Pasó con los pactos, pasó con los indultos, el Sáhara y con todo, pues para él todo es reversible. Humo, palabrería, postura. Con la OTAN, con el caso Oltra, con el yo sí te creo, con los inmigrantes, con la venta y compra de armas, con los sediciosos catalanes, con el precio de la luz y la pobreza energética, la regeneración democrática, la independencia judicial, insisto, con todo.
Todos tenemos contradicciones. Pero no vivimos de ellas. Y
además, no somos presidentes del gobierno, ni ministros, ni liderzuelos de
partidos de virtudes menos reales que teóricas, ni aspiramos a serlo. Los que
sí lo son no dan la talla. En ellos, solo sus mentiras son grandes y cada vez
les van empequeñeciendo más. Superioridad moral dicen. Milongas. Dice Maite
Rico a propósito de Sánchez, aunque ya avisa que sería aplicable a muchos otros,
que "El problema de las personas amorales es que siempre van dos pasos por
delante, porque se saltan los límites (decencia, rectitud) que constriñen a los
demás"
Terminemos no cayendo en los mismos errores descritos y pongamos sobre la mesa que los aludidos no tienen el monopolio de esas miserias, que aquí el más tonto hace relojes. La incapacidad de reconocer aciertos o buenas intenciones al adversario es algo, por desgracia, generalizado y es un problema más agravado cuanto mayor es la cercanía o dependencia a los partidos, todos defendidos por sus parroquianos con razón o sin ella. Pero en esa guerra de trincheras ideológicas, aunque les pese y les sorprenda, la zona más habitada es la tierra de nadie y los votos que, en su mayoría, son prestados, hoy señalan que el hartazgo por la crispación, el guerracivilismo, el enfrentamiento fanático y los comportamientos sectarios, son algo mayoritario. Tanto como hacia la ineficacia, la estulticia, la parálisis y la ruina que les suelen acompañar.
jueves, 2 de junio de 2022
Epístola futbolística
La verdad es que a mí ni me gusta el fútbol demasiado, salvo estos partidos. Ni entiendo, ni siquiera he pisado en mi vida un campo de fútbol. Lo que me gusta es ver al Madrid hacer rabiar a los que con demasiada frecuencia me hacen rabiar a mí por cosas más importantes. ¡Cómo no los voy a querer! Y me refiero a la plantilla del Madrit. Casualmente, todo este variopinto conglomerado hostil de personas de ceño fruncido que hacen, con poco éxito por cierto, vuduses, conjuros e invocaciones a los orishas y otros espíritus malignos para que el Madrid pierda, sufren y penan cuando yo me alegro y disfruto, también por motivos ajenos al deporte. Enemigos envidiosos y sectarios que se duelen y afligen cuando gana el mejor equipo del mundo, algo que admite poca discusión.
Es un disfrute, un placer de dioses, escuchar a los locutores de Rac1, la cadena pública secuestrada por la secta indepe, cantar los goles del Madrid entre lágrimas, sollozos y lamentos. ¡Gol!, dicen flojito, con desesperación, la 'o' reducida a un golpecillo vocal de décimas de segundo, un estertor susurrado con voz grave y quebrada, pero echando espumarajos por la boca. Como si te estuvieran contando que han pisado una mierda. Es un descojone escuchar estas retransmisiones penitenciales que tienen la alegría y el ambiente de un sepelio.
Ha ganado el Madrid otra vez la Champions, y van catorce, señores, para su desesperación y la de sus pares, «Sense fer absolutament res», dicen airados y escocidos. Para ellos, como para muchos otros cuando no son los suyos los que juegan, el portero no es jugador, no cuenta. Que lo pare todo no es un mérito que sumar al equipo del que es uno más, aunque sea decisivo. Sí, Curtois parando lo que no está en los escritos y Vinicius marcando en una de las dos ocasiones en que han tirado a puerta con fuste, anulado injustamente un gol marcado en la otra, han ganado otra copa, que hasta segar todo es hierba. Después de vencer al Inter de Milán, al PSG, al Chelsea, al Manchester y ahora al Liverpool, es decir a los equipos con más pasta petrolífera o rusa del mundo, incluida toda la liga inglesa, uno detrás de otro. No les inquieta la calaña de los dueños y patrocinadores de los equipos a los que el Madrid ha vencido en buena lid. Milagro, dicen. Muchos milagros me parecen. El caso es, sencillamente, que jugando contra el Madrid se acojonan, se aplatanan, les tiemblan las piernas, se rinden, se desesperan. Les queda llorar, como hacen hoy los más fervientes antimadridistas, para regocijo de los que no lo somos. Como decía, este año para los antimadridistas viscerales, san Joderse cayó en sábado.
Porque no se trata de ser madridista o del Betis. Ya lo sé, y ellos también. No hablamos de rivalidad deportiva, de una pasión, a veces cercana a lo irracional, pero siempre legítima y entendible, por unos colores. De lo que yo hablo, pues de eso se trata, no es de deporte, sino de política. Y de la más mezquina, de la más absurda, que ya no va quedando de otra. Salvo excepciones que no conozco, todos los simpatizantes mesetarios de los indepes, militantes forofos de la peor de las izquierdas —si es que lo que defienden y predican puede llamarse así— son antimadristas de oficio. No falla ni uno; es parte del catecismo tribal.
Los demás, cada uno es de lo que prefiere, por muy distintos motivos y querencias. Y está bien, es normal que así sea. Nada que decir. Claro queda a qué clase de antimadridismo visceral y ajeno al fútbol me refiero. Los que siempre han dicho que el suyo era més que un club, han conseguido que el Madrid lo sea de verdad para una multitud de personas. Además, ser antimadridista, que ahí es donde más gracia le veo a la cosa, es una de las mil y una opciones ideológicas y culturales pretederminadas, elementos del kit de esa izquierda beluga que va a acabar desapareciendo, a Dios gracias, a base de perder el tiempo en estas y otras fijaciones similares. Son los sufrimientos de estos los que me alegran el día cuando gana el Madrid.
Al decir todo esto, hay quien te llama anticatalán. Ni más, ni menos. Como habitan y promueven la confusión, quieren hacer identificar al separatismo con Cataluña, cosa que a veces los más listos no llegan a pensar, aunque sí se lanzan a sugerir. Eso revela la intención de exportar su confusión, la que les lleva siempre a darles la razón a los que no la llevan: ellos, los separatistas, y nadie más que ellos, son Cataluña y, por tanto, a estos orates corresponde representarla, hablar en su nombre. Y el resto a decir amén. Atacar con argumentos a los indepes y sostenes (o sujetadores) mesetarios, o reírse de su odio al Madrit, te hace anticatalán.
Apaga y vámonos. Desde luego, nunca he confundido al pueblo con unos de su pueblo. Los neofascistas que se creen y actúan como dueños de Cataluña son una cosa, impresentable, por cierto, y otra muy distinta la gent de fora, los charnegos, o los catalanes no abducidos, la mayoría más sensata a la que llaman botiflers, una multitud que los padece y está de ellos, de sus abusos y de sus delitos, como yo, hasta los mismísimos. Esa es la única víctima individual o colectiva que, real o supuesta, con razón o sin ella, no encuentra defensores entre ese sector de la progresía local. De los que, desde fuera, apoyan a lo peor de Cataluña y les ceden la exclusividad de representar a todo un pueblo, dando por bueno que, como toda buena secta, desdeñen y avasallen por herejes a gran parte de él, ya llevo años publicando mi opinión, que nada me ha hecho cambiar, más bien lo contrario.
No, yo no soy futbolero, y menos anticatalán. Ya he explicado las razones de mis simpatías, mi placer al ver rabiar a los antimadridistas, que no son los seguidores de otros equipos, contra los que nada tengo, sino los que por motivos ajenos al deporte odian al Madrid y desean su fracaso. Esos, que rabien. Porque, intentar confundir a tales personajes siniestros con "los catalanes", así a granell, como que no. Se me puede creer si digo que siempre me han alegrado los triunfos internacionales del Barça, como los de cualquier otro equipo español. Si hubiera llegado el Barça a la final, me hubiese alegrado su victoria, en el improbable caso de que hubiese ganado, que esa es otra en estos momentos, aunque en otros entre Messi, Iniesta y dos o tres más, lo ganaran todo. Seguramente en eso esté la diferencia entre mi actitud y la de estos previsibles antimadridismos políticos, que nada tienen que ver con el deporte, sino que, como siempre repito, son uno más de los gadgets inexcusables que no pueden faltar en el kit del buen izquierdista de salón. Una forma más de padecer, de perder la clientela y la razón. Y, a veces, el oremus.




