domingo, 30 de agosto de 2020

Epístola presupuestaria


 La democracia, cuando nos movemos entre extremos, acaba consistiendo en que los ciudadanos eligen el tipo de equivocación que prefieren. Nombramos a alguien básicamente para que se equivoque en nuestro nombre, lo que nos hace despreciables, acertemos o votemos al equivocador inadecuado. Al menos esto último  piensan las distintas feligresías respecto a los votantes de las otras parroquias. Los pactos son mal vistos entre nosotros tal vez porque, con esas premisas, las coaliciones o los acuerdos vendrían a resultar una suma de equivocaciones. Cuando tras votar se hacen las cuentas y se ven las posibles concertaciones, en España siempre se da por descartado, por inverosímil, aquello que aglutinaría a una gran mayoría de los votantes. Nuestro carácter y nuestra historia no consideran posible ni ven legítima una alianza entre los dos partidos más votados, cosa que sí ocurre en otros países cuando la situación es grave. No se entendería entre muchos de nosotros ese tipo de acuerdo, pues la eterna campaña electoral en que vivimos y la misma forma de oposición que alternativamente han ejercido los dos grandes partidos a través de las décadas han sido en exceso agresivas y descalificadoras. Ya se han ocupado ellos, y aún más algunos nuevos partidos desde ambos extremos, en exacerbar los ánimos y en polarizar la sociedad hasta límites peligrosos. Cada partido ha presentado al otro no como una alternativa peor, cosa lógica, sino como un peligro, cosa exagerada. Hay grupos políticos de peso variable que intentan abrirse paso a codazos pintando aún la cosa más negra. Cordones sanitarios, fascismos o comunismos bolivarianos, catacumbres, fines del mundo y otros desastres vienen de la mano, se nos anuncia, de partidos que para ellos simplemente no deberían existir. Son los extremos, radicales de izquierda o de derecha, siempre desprendiendo un tufo totalitario que intentan disipar echándose aguas de colonia en la careta o sobre una piel prestada que sigue oliendo a chotuno. Son buitres políticos, se alimentan de la descomposición.

Pero si de verdad creemos que la democracia es más que una palabra, una capa de barniz (fina y fácil de perder), una estrategia de sometimiento incómodo y a ser posible temporal, que es lo que viene a ser para algunos grupos y personajes, no cabría argumentar ningún reparo democrático a que un acuerdo entre los partidos que aglutinan a las dos grandes mayorías de votantes se considerara mucho mejor que otro pacto que conceda un poder e influencia inmerecidas a grupos menores en cuanto a respaldo electoral. Incluso a grupos muy minoritarios, sobredimensionados por una ley electoral muy mejorable, como es la nuestra, que premia una implantación firme a nivel local o regional, aunque sea irrelevante a nivel nacional. A veces unos puñados de votos que conceden la preponderancia en una provincia o comunidad de escaños muy baratos, han permitido condicionar, por no decir lo que es, chantajear, a los sucesivos gobiernos de la nación. Un gobierno soportado por el 60% de los votantes podría ser cuestionado con otros argumentos, pero no tachándolo de poco democrático, pues no cabe pensar en otro que lo fuera más.

Llegados a ese punto, los lamentos de los grupos minoritarios que con pactos entre las mayorías, o simplemente con su acercamiento a posiciones de otros situados más al centro, verían reducida su influencia y su presencia en las instituciones a su verdadero peso en la sociedad, bastante más escaso del que pretenden y a veces consiguen. No tendrían más argumento al que recurrir que a esa creencia supersticiosa que les nubla la vista y que les lleva a pensar que son los reservorios de la ética, la razón y la justicia. Pensar así es mostrar su desprecio hacia los votantes, hacia la misma democracia, pues no otra cosa es el atribuirse a sí mismos unas credenciales y un peso que no está respaldado en las urnas. Teniendo el 14% de los votos, que aun no siendo pocos, les dejan como cuarta fuerza política, anuncian con deslealtad  y ya desde el gobierno que su presencia es la palanca de todo lo bueno que de él salga,  e intentan que su programa sea el principal condicionante en el núcleo de la acción del consejo de ministros, especialmente a la hora de encontrar soportes y confluencias para elaborar y aprobar unos presupuestos para todos, con lo que muestran que no han entendido nada. Ni quieren entender en qué consiste la democracia. Lo demás son leyendas propias de monedas en las que se afirmaba gobernar por la gracia de Dios. Desde luego la gracia de los votos no les dan para tanto.

El PSOE ganó las elecciones con 6.752.983 votos. El PP obtuvo 5.019.869. 3.640.063 fueron los cosechados por VOX, y 3.097.185 por Podemos-IU. Ciudadanos 1.637.540. Al PNV votaron en las últimas elecciones casi 350.000 personas, uno de sus mayores éxitos electorales, si no el mayor. Supone el 1,57% de los electores. Los de Esquerra el 3,71, y los transformistas onomásticos de Puigdemont y los suyos, el 2,19%. Bildu el 1,15. Saquen las cuentas y vean si la cosa da para seguir gozando durante decenios del poder desmesurado de decidir si soportar o derribar gobiernos, arrancar competencias inconvenientes o blindar privilegios insolidarios, teniendo su voto siempre en venta a un precio que varía según mercado y estación. ¿De dónde sacas, pa’ tanto como destacas?, que decía el cuplé. Algunos líderes son la chica del 17 del parlamento, derrochando un poder más chuleado que ganado. Hemos visto y vemos gobiernos que, más que un socio, parecen tener una querida. O varias, los más libidinosos. La erótica del poder.

Unidas Podemos prefiere que sea Esquerra quien ponga la tercera pata al taburete presupuestario, previo pago en especie, una especie en peligro que otros queremos protegida. Y esos otros, los que no queremos pagar tan elevado precio, vemos más deseable un acuerdo con Ciudadanos, a pesar de que nunca le perdonaremos habernos privado de disfrutar en esta situación crítica de un gobierno con mayoría absoluta, centrado en solucionar problemas, no en buscar hegemonías ideológicas o culturales, inmune a estirazones, compraventas, malas compañías, chantajes y discursos extremos casi alucinatorios, especialmente con la que está cayendo. Las medidas necesarias de protección  social, de reforzamiento de la sanidad y la educación, como otras especialmente imprescindibles hoy, no son defendidas sólo por ellos, ni pueden ser la cucharada de azúcar que endulce y tape el sabor de otros tragos que a la mayoría le resultarían amargos incluso con tal anestesia. Un gobierno que hubiera dejado en su verdadero lugar a personajes y grupos que hoy condicionan nuestro futuro, cuando su peso real está cercano a la irrelevancia. Ellos verán. Los vetos son peligrosos, sobre todo cuando no se está en condiciones de imponerlos. Luego, al no poder evitar lo inevitable, se te queda cara de tonto y, aunque la peña está acostumbrada a tragar cualquier sapo, incluso a simular y predicar que aprecian su sabor y textura, todo tiene un límite. Hacer apuestas que la cartera no respalda te puede sacar de la timba. Y fuera hace mucho frío.

De todas formas, los eclesiásticos van de farol. Ninguno de ellos renunció para ser ministro a su acta de diputado. Sospechan, temen, saben, que una vez aprobados los presupuestos que, como vemos con los de Montoro, pueden durar dos o tres años, dejarán no sólo de ser imprescindibles, sino necesarios, que deseables nunca lo han sido, lo que les bajará mucho los humos. De ahí su desesperada gesticulación jaleada por su claque unánime. Tal vez después de los presupuestos o haya menos gestos levantiscos y chulescos o los echen del gobierno. Las ganas de hacerlo cada vez son más indisimuladas. Cada discrepancia, retransmitida con premura, refuerza al PSOE más centrado y, salvo ante una peña tan incondicional como poco nutrida, desnuda a Podemos ante el resto de la sociedad. Su afinidad con Esquerra, necesaria para que en las inminentes elecciones catalanas no le ocurra a su marca blanca lo mismo que en Galicia o en el País Vasco, les resta carretadas de votos en el resto de España. En todo caso, pues tontos no son y se la ven venir, ya deben de estar escribiendo el nuevo relato, una novela negra tipo Le Carré, con turbias conspiraciones, espías dobles, bajos fondos y traiciones, un relato que, pase lo que pase, para ellos no puede tener un final a su gusto.

jueves, 6 de agosto de 2020

Epístola ajedrecística

    El conocimiento de hechos ciertamente escandalosos, de ser como hasta hoy se nos dan a conocer parcialmente y por canales poco usuales, protagonizados por Juan Carlos I, culminados por un inducido traslado de residencia a un lugar por el momento no revelado, ha sido un tema con fuerza suficiente para superponerse por unos días a la pandemia y a la catástrofe económica derivada que ha apuntillado una situación previa no excesivamente boyante. Ver tiempos, mensajes y esfuerzos intentando aprovechar la situación para dar curso a ansias ideológicas, para mí inoportunas, mostrará en qué estamos. Mejor dicho, en qué están algunos que cobran por estar en otras cosas. Como es natural, aunque es bastante unánime en la sociedad el rechazo a lo poco que se sabe y lo mucho que se supone de algunos comportamientos del rey emérito, no ocurre así con las consecuencias que unos y otros quisieran derivar de ellos. Empezando por la coalición de gobierno, una mayonesa sin cuajar en la que el vinagre se quiere imponer al huevo y al aceite. Antes o después se cortará definitivamente y habrá que empezar de nuevo con la maza a dar vueltas en el mortero gubernamental a una mezcla mejor. Sobra el fanatismo tan oportunista como inoportuno que flota sin integrar en la superficie de la salsa como chorreones de vinagre, imposibles de cuajar en algo digerible y menos que sea gustoso. Maldito sea Rivera.    Saber que defienden posturas no compartidas por gran parte de la sociedad, lleva a los socios minoritarios del gobierno y a sus más desaforados acólitos en las redes sociales a hacer en la partida arriesgados movimientos sin tener en el tablero figuras ni peones que les respalden. Trucos de tahúr, jugadas de farol, apuestas suicidas alentadas por el hecho de que se juegan lo que no es suyo. Nada tienen que perder, salvo la nómina. Es el ahora o nunca; al menos el ahora mejor que nunca.

    Esa palabra “nunca” es muy fuerte, pues asegurar que algo no ocurrirá jamás es mucho decir. Nada dura para siempre, y las monarquías reinantes en varios de los países más prósperos, democráticos y decentes del mundo, entre ellas la nuestra, también saben que no deberían arriesgar demasiado en determinados lances del juego. No deben llegar a pensar que están por encima del bien y del mal, que su reino no es de este mundo y que sus actuaciones privadas deben quedar fuera del escrutinio de la ley. Que Urdangarín esté en la cárcel y que haya causas abiertas por delitos fiscales sobre las cuentas en Suiza del anterior rey, es muestra de que eso no es así. Que Pujol y otros dirigentes regionales no habiten una celda desde hace años ya no sé decir de qué es muestra.

    Los comportamientos individuales, aun siendo reprobables y perseguibles, no sirven para descalificar instituciones. De hacerlo, ninguna deberíamos conservar en nuestro país ni en muchos otros. La Generalitat de Cataluña y los partidos que la desgobiernan serían ejemplo de instituciones que habría que suprimir si fuese por nivel de corrupción, incompetencia y ejercicio desleal y partidario de sus funciones durante demasiado tiempo. Si revisamos los comportamientos de los jefes de estado de los distintos países del mundo actual podemos encontrar casos de corrupción, de regalos de diamantes o villas de recreo, lujosos coches, comisiones por compras y ventas del estado, incluso de apropiamiento por parte de las camarillas gubernamentales de gran parte de los recursos petrolíferos y económicos de algún país. Lo curioso es que todas estas cosas las encontraremos casi siempre en repúblicas o en las monarquías medievales de países del oriente próximo o lejano, pero no en las europeas. Si se trata de repúblicas nunca se apunta como solución acabar con el régimen para instaurar una monarquía. Cuando se enjuició a Sarkozy o a Chirac, por ejemplo, a nadie se le pasó por la cabeza echar mano de los sucesores del descabezado Luis XVI, último monarca de una Francia que se quitó de encima a un rey para acabar soportando un emperador semidivinizado.

    La casa real británica, que por cierto acaba de lanzar al mercado una ginebra con botánicos de los jardines del palacio de Buckingham, una institución secular que tiene propiedades territoriales del tamaño de provincias y que protagoniza escándalos que han llevado a su Graciosa Majestad a ir borrando de la nómina a la parte de la familia que no da la talla que se le exige a la institución, es escasamente cuestionada. Por no decir nada. Todas las monarquías constitucionales son sistemas que se rigen por los valores republicanos de la democracia parlamentaria, donde la cabeza coronada se limita a cortar cintas inaugurales, leer discursos redactados por el gobierno y firmar leyes aprobadas en el Parlamento. A veces conteniendo las lágrimas al firmarlas, pues la reina, que ha enterrado a varios papas, casi una docena de presidentes de USA y ha visto nacer y morir países y dictadores tras arruinar lejanas repúblicas, atesora más conocimiento, prestigio y fuste que la mayoría de los primeros ministros con los que ha tenido que despachar a lo largo de décadas, apenada por la degeneración general que ha llevado a Gran Bretaña y al mundo a pasar de estar gobernados por dirigentes como sir Winston Churchill a padecer a Boris Johnson, bufón más acorde con los tiempos. Cuestionar lo democrático del sistema sería olvidar lo esencial, que es su dependencia de los poderes que sí han sido elegidos, tanto como la capacidad del pueblo para decidir eliminar la monarquía si llegara a considerarlo conveniente, algo que está muy lejos de ocurrir, allí y aquí. Si tenemos una monarquía es porque así lo votamos mayoritariamente en 1978, aunque algunos o no leyeron lo que votaron entonces o ahora se hacen los olvidadizos en un alarde de esclerosis facial. Si alguna vez en el Reino Unido se optara por una república, lo que entraría dentro del terreno de lo milagroso, el Estado seguiría tal cual, algo que es diferente en nuestro caso. Se cuestiona aquí la monarquía como objetivo lateral, pues el botín buscado es eso que llaman con desprecio “el régimen del 78”, es decir, la época más próspera, democrática y decente de nuestra historia, a pesar de no pocas manchas, muchas de ellas provocadas por algunos de los que hoy la atacan. Algo muy apreciado por una gran mayoría de los españoles.

    La función del rey, especialmente en España, es de representación, de símbolo y garante moral de la unidad. Y si tiene tan poco poder, por decir que alguno tiene, es así porque renunció Juan Carlos al inmenso que pudo haber tenido, a mucho más de lo que quienes desearían sustituirlo se muestran dispuestos a renunciar. Puestos a elegir embajador, símbolo y figura, prefiero a un descendiente de Luis XIV o de Carlos III antes que a los candidatos que me vienen a la mente. Además, se le ha formado para ello desde niño, lo que al menos nos evita ser avergonzados por algún candidato en chanclas. Es justo reconocer que el emérito parece ser que no ha estado a la altura exigible en cuanto a escrupulosidad en algunas actuaciones, si así se probara, pero nunca hubiera podido alcanzar las altas cimas del latrocinio con la perfección y la impunidad con que muchos otros dirigentes electos nos han ofendido.

    Algunas ideologías políticas, tan acertadas en sus análisis de las situaciones injustas y necesitadas de mejora como incapaces de solucionarlas, salvo para sí mismos, tienen ese halo romántico que proporciona la utopía, lo que a cambio les acarrea el lastre de un error inicial acerca de lo que cabe esperar del género humano, del buen salvaje de Rousseau. Hablan de que el pueblo es sabio, siempre tiene razón, de nada es responsable y todo lo merece, y claro, con esos mimbres poco cabe esperar al tomar tierra. Son discursos de oposición, no de gobierno, y si gracias a sus engañosos encantos lo alcanzan, queda al desnudo su incompetencia y su desajuste con el mundo real. Lo cierto es que muchos no creen lo que dicen, pues en realidad desprecian al pueblo en cuyo nombre dicen hablar y muchas muestras dan de ese desprecio. Que las urnas les digan otra cosa y sólo una escasa parte del pueblo les apoye es algo que pasan por alto; tras contar los votos que los revelan como cuarto partido siguen presentándose como únicos portavoces de la gente, del débil, del oprimido, aunque no siempre lo sean. En último extremo parecen apelar, como los monárquicos del antiguo régimen, a un poder merecido, otorgado por la gracia de Dios, algo etéreo que no necesita otros respaldos. Tengo la razón, y basta. Si no alcanzan el poder es por turbias maquinaciones de poderes ocultos, arcanos, o de otros como el judicial, bastardos hasta que sean nobles y legítimos, es decir, cuando ellos los nombren por adhesión a sus doctrinas, como no se recatan de avisar.  

   Me refiero, como se ve y claro está, a los extremistas, a los fascistas de izquierdas, pues tanto han estirado de la palabra y del concepto que han llegado a hacer posible que incluyamos en él a muchos de sus comportamientos y protagonistas. En España, como en el resto del mundo, ambos extremos se confunden, aunque apliquen su fanatismo de forma distinta o a distintas cosas. Decir que son especulares puede hacer que parezca equidistancia, intento de blanquear un fanatismo confrontándolo con otro, pero la culpa es suya. Ambos necesitan de ríos revueltos para nacer y más para crecer. La prosperidad y la justicia los deja sin tablero para jugar su partida, incluso sin partida que jugar, pues sólo la desesperación y el desánimo permiten que sus mensajes a medida, sus lamidas de oreja a parroquias equiparables, refractarias a la realidad de las cosas, encuentren calor y calen en los cerebros menos amueblados u ocupados en otras urgencias.

    Los que provocan este escrito aman la inestabilidad, el empezar de nuevo, pues nada hay que conservar, menos que celebrar, ya que nada ven en nuestra historia que haya que enseñar a nuestros hijos, más motivo de vergüenza que de gloria, según tales personajes, algo muy distinto de lo que podemos ver en esos países que dicen admirar, procurando obviar aquellas cosas que en la comparación con seguridad nos favorecen.

    Leo en las redes, justo cuando se hace pública la carta del rey Juan Carlos cómo, por parte de los guardianes de la decencia y la verdad, poniéndose la venda antes de la herida, se nos avisa de que el facherío, la caverna mediática, la extrema derecha, los de siempre, dirán —diremos— esto y aquello, encontrarán excusas y justificaciones para defender a un rey ya condenado por ellos. Las palabras, grabaciones y manejos de Villarejo, ciertas cuando conviene, falsas cuando no, cosa que para ellos también ocurre con la bondad de los fallos judiciales, son ahora tan incuestionables como convenientes. Afortunadamente y para su disgusto vivimos en un estado de derecho en el que la ley es casi igual para todos, algo que digo sin coña pues, igual que los bancos, su redacción tiende a ser en exceso benevolente con dirigentes políticos de variado pelaje ideológico pillados con el carrito de los helados, desmanes jaleados si ajenos y callados si propios. No olvidemos que las rendijas y prescripciones por donde se nos escapan a diario delincuentes de ese y otros gremios o cofradías son obra y producto de la legislación confecccionada por ellos mismos, algo que siempre prometemos arreglar desde la oposición, pero que ya en el gobierno queda ad calendas græcas. Algo así como la supresión de las diputaciones o la reforma del Senado.

     Corrupciones ha habido muchas, algunas multimillonarias, otras pequeñas. No salpican por igual a unos partidos y sindicatos que a otros, algunos no han tenido tiempo, pero el parroquiano que justifica lo poco avisa que soportaría lo mucho, poniendo ramitas en el nido que incubará el huevo de la corrupción de los suyos, que asume de antemano. Quien es tolerante con sus propias irregularidades fiscales o laborales ya apunta maneras. Decir, como se suele, que ya salió lo de siempre, la plantilla de Echenique, que ya están los fachas aquí, y otras excusas de mal pagador, es muestra de lo que digo, todo hecho o argumento es bueno si no se aplica en mi contra. Poca decencia política y nula honradez intelectual. Tan escasa como el respeto que merecen.

    Malo es que se nos advierta de lo que no hemos de decir, de lo que tenemos que dejar de opinar, de aquello que hay que evitar pensar para no entrar en ese terreno indecente que empieza justo donde acaba la ideología del que nos avisa, pues todo lo demás es territorio facha. En mi molesta opinión, peor es aún leer que desde una vicepresidencia del gobierno se hable de huida, o desde sus aledaños, se envíe al más deslenguado de sus portavoces a pedir que se retire el pasaporte y se impida la salida de España de alguien que ni está judicialmente acusado de nada, ni encausado. Se huye en el maletero de un coche, como Puigdemont, perseguido por la justicia por sus delitos probados, personaje y hechos para ellos más defendibles. Al menos por el momento no estamos en ese caso con el rey abdicado. No es cuestión de matices ni de formas, es cuestión del concepto que sobre la justicia y el estado de derecho tienen semejante orate y su cuadrilla. Sencillamente temible, dictatorial. En ese ahora o nunca pide ya el gran coro de los más cafeteros empezar a renombrar calles y plazas, que siempre encontraremos en la peña y en sus ancestros ideológicos alguien mejor para titularlas que Juan Carlos I o Juan de la Cierva, como con tantos otros mejores que los proponentes se hizo antes. Por supuesto, es el momento de arrancar del edificio constitucional la clave de bóveda de la monarquía.

    No corráis, hermanos, que con las prisas vais a tropezar, pues tal vez algún día llegará una república y esperemos que si así ocurre sea para bien, que salga mejor que las anteriores; pero hoy sucede que uno de los sostenes de la monarquía es la indignidad de no pocos de sus más acérrimos enemigos. Si queréis una república, si queréis que lleguemos a desearla los que hoy la rechazamos, soltad lastres, que muchos tenéis. No vendrá nunca de la mano de los que montan homenajes en pueblos y villorios del País Vasco a asesinos locales cuando salen de la cárcel, ni de separatistas xenófobos e insolidarios, ni del lumpen okupa, ni de otros de vuestros amigos, que presentáis como avales y señas del régimen republicano. Gran error.

    No caeré yo en la indecencia de generalizar, como hacen muchos de ellos, de decir que todo republicano es así, ni siquiera sugerir que no quepa nobleza, honradez y sentimiento democrático en muchos de los que prefieren y defienden un régimen republicano, aunque lamento que no renuncien a ciertas compañías que manchan su propuesta. Tienen buenos argumentos, razón en algunos de ellos y, por descontado, derecho a defender sus posturas. Sólo estos últimos son los que reconocerán en mí y en otros lo que yo les reconozco a ellos: que es legítimo y decente defender una u otra cosa con la palabra, con el argumento, y no cabe hacer como los más miserables, que de antemano nos avisan y nos descalifican anticipando que vamos a decir cosas que les desagrada escuchar, intentando amedrentar para que no las digamos. Blanden en la mano la tea de quemar herejes, arrepentíos pecadores, renunciad al maligno, sólo en la fe verdadera encontraréis perdón. La jauría en las redes ataca después a los atrevidos. Para esos fanáticos totalitarios, como para cualquier otro modelo de ellos, mi desprecio más absoluto. Vaya en su descargo que, salvo escasos opinantes con criterio, que también los hay, gran parte de los que aparecen unánimes en las redes echando vapores sulfurosos por las narices, no dan para más; se trata de simples ecos, bastante abundantes en los bandos extremos, pero que dicen lo que haya que decir, defienden lo que haya de defender según soplen los aires en su peña. Esos que citan poetas que nunca han leído ni leerán, lloran lo que haya que llorar y ríen lo que haya que reír, comparten todo lo que les llega de su burbuja, que repiten lemas y consignas, pues nunca han pensado nada por sí mismos, son simples figurantes que se encaraman a una carroza que creen triunfal para recibir unos aplausos dirigidos al santo y que por sí mismos nunca llegarían a merecer. En el fondo lo saben. Sus disparates son su minuto de gloria en su parroquia y un hazmerreír para el resto.

    En la situación actual, que llamar desesperada es quedarse corto, creía que habíamos quedado que todos a una, que los esfuerzos debían concentrarse en salir del abismo dejándose de banderías, maximalismos y disputas estériles. Veo que no. Entre el amor y el dinero, lo segundo es lo primero, que diría Corinna; entre la ideología y el sentido común el orden es el contrario. Que no anuncien jaque mate tan pronto, que las fichas para esa partida ni siquiera han salido al tablero.

martes, 21 de julio de 2020

Epístola censora y floral



Abundan los que no leen prensa o escuchan noticiero que no sea afín a sus ideas. Así se anticipan al peligro de que alguien les lleve la contra, cosa inaceptable e inútil, pues forman parte de esos grupos privilegiados que han conseguido atesorar todas las certezas, todas la verdades. De leer libros sospechosos de sostener doctrinas contrarias, tenidas por heréticas y perseguibles, para qué hablar. La fe de un buen cristiano peligra leyendo el Corán o el Talmud. Los Index Librorum et Periodistorum Prohibitorum de cada peña son más amplios que el de la Iglesia en la edad media. Inabarcable es la lista de excomulgados que van dejando a su paso, ora como fachas, ora como comunistas bolivarianos, según el entender y talante de cada feligresía desde ambos extremos. 

    Mirando tales excesos especulares, un bando basa su autoridad y su razón en el aprecio incondicionado por la seguridad y en una tradición mal entendida, para la que todo cambio es malo; otro en el monopolio de una pregonada e inexistente superioridad moral y en la idea de que todo cambio es a mejor, junto a su gusto por los ríos revueltos. Cada uno lee su catecismo y las glosas de los obispos y predicadores que mantienen su ortodoxia, que la herejía es muy mala, la carne es débil y el maligno siempre acecha. Quien evita la ocasión, evita el peligro.

    Hay que evitar riesgos, pues. Sobre todo cuando de alguna forma se es consciente de una debilidad que no se puede reconocer ante los demás. Se evita leer noticias ni tesis que contradigan o cuestionen las ideas propias, que así las intentan proteger los que alguna tienen, tratando de mantenerlas fijas como muelas. Los que no tienen ninguna, que no son pocos, procuran resguardar sus caletres sin cosa que contamine el vacío, siempre confortable.

    Como si de una delicada orquídea se tratase, mantienen su pensar a salvo de aires inusuales, que presuponen fríos y contaminados. No se arriesgan a toparse con insectos, hongos o bacterias que comprometan su vigor. En realidad, esa actitud, en exceso prudente, muestra que quienes así obran conocen la debilidad de sus argumentos, la fragilidad de sus convicciones, el peligro que correrían en caso de ser contrastadas con otras que temen tanto como desconocen, aunque de antemano las desprecien. Lo cierto, también triste y empobrecedor, es que, salvo los más soberbios e irrecuperables, muchos no se fían de sí mismos y de su capacidad para resistir envites ante los que se ven faltos de defensas argumentativas, de anticuerpos dialécticos, de razones que les amurallen frente ataques que otros, mejor armados de razones, sí son capaces de resistir. Rehúyen el debate e intentan usar descalificaciones e insultos como fungicida. Los más listos y atrevidos de entre ellos saben que en el medio natural, en la realidad cruda y salvaje, sólo sobreviven las plantas que superan esos contactos retadores. Fuera del invernadero las más débiles, las que no se avienen a las razones de la situación, mueren. Medran y crecen las fuertes, las que plantan cara y consiguen resistir las condiciones y riesgos de la situación real, a veces cambiante y que exige adaptación y flexibilidad para encontrar un nuevo equilibrio.

    Con las ideas pasa lo mismo que con las orquídeas y otras plantas frágiles y enfermizas. Muchas, por su debilidad natural, por ser semillas resecas y antañonas, poco viables en los campos del presente, o por ser esquejes de plantas exóticas y tropicales que no soportan los fríos locales, sólo perviven en ciertos invernaderos mentales, en esos ambientes artificialmente protegidos que crean una burbuja alrededor de visiones que no sobrevivirían a la intemperie de un debate abierto, como le sucede a la orquídea en un bancal de secano. Es el aislamiento irracional de la secta, inmune a la opinión ajena, a lo cierto, a lo sensato, lo que puede dar lugar a las ideas enquistadas, absurdas, alucinadas que, más pronto que tarde llevan a la perdición a sus acólitos.

    No se determinan a hacerle un análisis de sangre a su credo anémico no vaya a ser que muestre que le falta hierro, anticuerpos, glóbulos blancos, sustancia. Las propias ideas deberían someterse a un chequeo y ser contrastadas con las ajenas, con las discordantes, pues ese es el reactivo que nos indica si su salud va bien. Si se pudieran meter las ideas en un tubo de ensayo y ser expuestas a estos contrastes, tal vez el médico, informe en mano, levantaría la vista por encima de sus gafas y nos miraría en silencio a los ojos durante unos segundos interminables. En el peor de los casos diría —Huy, huy, huy, huy, huy… y nos pondría un tratamiento de choque. Vitaminas en forma de lecturas adecuadas, minerales en cápsulas conversacionales fuera del círculo acostumbrado, un ejercicio necesario, pero no habitual según muestran los análisis; oligoelementos que se dosificarían en párrafos de lectura amarga y desabrida, sin la cucharada de azúcar habitual. Tal vez alguna vacuna teórica, si la hay, alguna pócima lógica inyectable o un cocimiento intelectual en forma de supositorio que enfrentara a nuestro sobreprotegido juicio con el reto del pensamiento alternativo. Algunos casos desesperados necesitarían de una solución quirúrgica; en los más extremos incluso una lobotomía o una extirpación de algunas parcelas del córtex, región del cerebro que genera la conciencia del entorno y de uno mismo.

    Lo malo es que ese proceder de avestruz, la cabeza hundida en un agujero ideológico, lleva a sobresaltos, sorpresas, incluso a muertes súbitas. Privadas o electorales. Cuando se nos muere una idea duele. El daño es proporcional a su importancia y, como en las plantas, no es lo mismo que el gorgojo acabe con unas hojas o una rama lateral, que el rayo llegue a desgajar el tronco o a la raíz. Cuando la planta es vieja y el mal está tan extendido y arraigado que ya se ha apoderado de todo su ser, no queda más que cortar o tirar para adelante mientras se pueda. Una persona tiene difícil modificar, y menos prescindir, de una creencia que ha sido el tronco leñoso y endurecido que le ha mantenido de pie, que ha sido el sostén del alma, su armazón religioso, político o vital. Si uno ha devenido cactus, las raíces se pudrirían trasplantadas de un día para otro a un terreno precisamente por una desacostumbrada riqueza del suelo y abundancia de agua. Las plantas hay que aclimatarlas. A algunas les basta con una inusitada corriente de aire para morir, aunque sea aire limpio y fresco. Hay que ir poco a poco, leyendo lo no leído, escuchando lo no escuchado para ir probando a pensar lo impensable hasta alcanzar la cima de cuestionarse lo incuestionable, siempre disfrazado de correcto. Es necesario correr el riesgo de equivocarse. Al final se trata de optar por la libertad intelectual de andar recto frente al fácil sometimiento de abandonarse a la corriente, dejarse llevar por los meandros que serpentean rodeando las correcciones cambiantes, dejar de dar rodeos intentando sortearlas, aunque haya que esquivar los tiros de los que, secos y encaramados en ellas, quieren que mueras en el intento de atravesar el terreno pantanoso de doctrinas mechadas de correcciones impuestas.

    Siendo mala esta actitud, si se limitaran a sí mismos, si permanecieran encerrados en el corral que construyen, el problema sería suyo. Con su pan se lo coman. Peor es lo que ocurre. Su afán censor y proselitista, su talante eclesiástico, les llevan a intentar meternos a todos los demás en su redil, nos quieren mantener dentro de los límites que su cerrazón intelectual y moral establece. No sólo les desconcierta y sorprende que alguien —incluso una mayoría— piense diferente sobre este tema o aquel, es decir que no piense lo que hay que pensar; llegan a indignarse simplemente porque alguien se atreva a plantear dudas u objeciones a lo que para ellos ya es dogma inmutable. Hay temas que quieren intocables, ya cerrados, verdades de la fe sobre las que ni la ciencia ni la opinión ajena tiene nada que decir. Precisamente en muchos de aquellos problemas o ideas acerca de los que existe conflicto, divergencia, debate, es decir, lo no compartido por todos, todo aquello en lo que no sabemos qué acabaremos pensando dentro de un tiempo, ni cuál será la corrección siguiente, tal vez contraria a la actual, pero con seguridad defendida por los mismos con igual ardor.

    La ciencia avanza porque todo su conocimiento es provisional, casi todo lo que hoy es verdad podría dejar de serlo algún día, y con ello se cuenta. No ofende una teoría o una hipótesis alternativa, que se intenta rebatir con argumentos, con datos, si es posible hacerlo. Si no, se acepta, se incorpora al corpus, siempre de forma provisional. Nuestros nuevos inquisidores, calvinistas o papales, nos retrotraen a tiempos y formas anteriores al libre examen. Exigen adhesión inquebrantable a su oscurantismo arrebañado, van persiguiendo Galileos que dicen que sin embargo se mueve, pues toda discrepancia es herejía, la duda debilidad de la fe, y la oposición frontal una patología que requiere, al menos, reeducación, si no hoguera. Estamos hablando del pensamiento totalitario.

domingo, 28 de junio de 2020

Encíclica "Perversi difficile corriguntur"


   “Perversi difficile corriguntur et stultorum infinitus est numerus”, tradujo san Jerónimo de Estridón en el siglo V cuando trasladó la Biblia al latín desde su versión hebrea por orden de Dámaso I. El papa, no el torero ni el académico. No era exactamente eso lo que decía el Eclesiastés, que en su literalidad afirmaba que lo torcido no se puede enderezar y lo que falta no puede contarse. No está mal. La soberbia intelectual propia del oficio le llevó a no limitarse a intentar escribir como Dios, sino a pretender hacerlo mejor. Tamaña inmodestia no le impidió llegar a santo y, en su disculpa, hay que reconocer que decir que “los perversos difícilmente se enmiendan y que el número de los tontos es infinito” mejora el original, aunque se quede corto en su cálculo acerca del número de los tontos y pierda sonoridad en nuestro idioma, una degeneración más del latín. No tengo ni tiempo ni forma de contar los habitantes del planeta en el siglo V, y menos en los tiempos bíblicos, pero hablamos de unos pocos cientos de millones de individuos. Suponiendo que todos ellos fueran tontos, y muchas muestras han dejado de no serlo más que nosotros y algunas de que lo eran menos, aun así la masa total de estupidez sería también infinitamente menor que la que, por todos los indicios, alcanza en la actualidad.

    Muchos libros se han escrito intentando describirla con intención de evitarla, y a pesar de su abundancia y grosor no consiguen agotar el tema, al paso que fracasan en su intención. Menos lo hará este escrito, tanto por falta de espacio y de capacidad del analista, como por la inmensidad del objeto que se estudia.  

    Empecemos por lo obvio: la estupidez es virtud compatible con cualquier naturaleza, carácter, ocupación, doctrina o ideología. Es más, podríamos llegar a pensar que es condición imprescindible para la difusión de no pocas, y parte no despreciable en el contenido y origen de otras. Este desarreglo, que más podríamos llamar irracionalidad, pues así parece que nos ofende menos, es sustancia que abona y estimula la degeneración de cualquier idea, concepto o plan, un factor que multiplica los potenciales desenfoques y efectos perversos de todos ellos. Si en origen una idea no es mala ni cabría esperar de su aplicación consecuencias perniciosas, la imbecilidad acaba encontrando el camino y la manera de conseguirlas. En realidad, usamos este vocablo de tan amplio espectro por comodidad, aunque sus variadísimas formas de manifestarse podrían ser catalogadas con más tino hablando, según los casos, de distintas mezclas y combinaciones de ignorancia, falta de inteligencia, pereza, desapego hacia la realidad, debilidad mental, superstición, prejuicio, dogmatismo y otras virtudes en proporción variable. Unida a la maldad es algo sobrecogedor.

    Es cierto, la más noble de las ideas puede convertirse en aberrante cuando es interpretada o aplicada por la mente de un imbécil. Ya Cipolla nos ilustró acerca de cómo la estupidez puede ser —y de hecho es—, más peligrosa y nociva que la mera maldad, pues lleva a los más tontos a dañar a todos, incluso a sí mismos, sin alcanzar ningún beneficio personal, y menos ajeno. El que es simplemente malvado tiene ciertos límites pues, siendo capaz de anticipar las consecuencias de sus acciones, puede pisar el freno y detenerse a tiempo, antes de la catástrofe. La estupidez no tiene límites, frenos ni barreras; no ve los barrancos ni les teme; afecta tanto a individuos como a sociedades enteras y la Historia está llena de tragedias que desavisados estudiosos intentaron achacar a posteriori a otras causas más complejas e improbables, pues una de sus muchas manifestaciones es precisamente la de hacernos incapaces de verla como uno de los motores ubicuos y eternos de la andadura y de los fracasos de nuestra especie.

    La estupidez compartida, algo pegajoso que embadurna y atrapa con viscosidad de planta carnívora, es ingrediente que aparece en el origen de muchas de las realizaciones más desafortunadas, crueles e irracionales de la aventura humana, que hoy nos parecen absurdas, aunque no estemos demasiado lejos de reeditar algunas de ellas. Eterna y ubicua ha sido la irracionalidad estúpida, siempre en tensión con la inteligencia, que a veces consigue compensarla y muchas otras no. Se entra en terreno peligroso precisamente cuando la inteligencia y la discrepancia empiezan a molestar, cosa que hoy comienza a ocurrir. Sin referirse de forma expresa a esta variable, aunque sí a sus manifestaciones, Gibbon y Spengler, entre otros muchos, estudiaron y describieron sus efectos en la decadencia de algunas civilizaciones. Otros han rastreado su trayectoria y sus consecuencias, a veces trágicas, centrándose en el campo militar o en el académico, en la religión o en la ciencia, en la industria o en las artes. Hay tajo. No existe terreno o actividad en la que la estupidez no haya demostrado ser pieza relevante y actor principal. Lleno está el mundo de batallas perdidas, objetos inútiles y absurdos, costumbres y leyes inexplicables, países riquísimos arruinados, vergeles convertidos en desiertos, edificios desplomados, civilizaciones fracasadas y desaparecidas, doctrinas descabelladas o gestiones criminales defendidas por una amplísima y exquisita feligresía que ve como asumible en aras de la causa la lejana y ajena multitud de muertos de hambre rodeados de abundancia, similar a la que mantiene  bullendo en museos y bibliotecas no pocos libros y obras que quisieron pasar por arte, y así hasta completar una lista inmensa de despropósitos cuya exuberancia nos muestra a la estupidez en todo su esplendor. Sin duda, ha sido y es uno de los motores de la Historia.

    Como los vampiros, la estupidez no se refleja en los espejos, por eso tal vez siempre nos parece ajena. Aunque nadie estamos a salvo de ella, no resulta fatalmente perniciosa cuando es esporádica, si no, pocos quedarían vivos. Pero cuando se apodera de alguien ya no hay arreglo, es oficio que se ejerce 24 horas al día y es tanto más perjudicial cuanto más alto llega quien la padece. Hay muchas variedades, grados y campos de aplicación, y todos tenemos por qué callar. Cuando es tenue y solitaria puede pasar desapercibida, incluso pueden quedar desactivados algunos de sus peligros si se dirige a temas o actividades inocuas. Uno puede dedicar su vida a construir catedrales góticas a escala 1:1 con mondadientes, a criar anacondas en el piso o a cualquiera de esas actividades o conductas extremas que te pudieran hacer acreedor al premio Darwin, en reconocimiento de tu aportación a la mejora de la especie por el simple expediente de hacerse desaparecer sin descendencia. Mientras todo ello se sufra en silencio y en soledad, la cosa no va más allá. La sociedad actual puede permitirse esos lujos.

    Lo peor es cuando la estupidez se agremia, se arrebaña, se aúna en una causa común que destile y condense la suma de las estupideces individuales. Las ovejas, aunque sea poco, deben ser más tontas que el pastor, pues de otra forma se hacen librepensadoras y se desmandan. Eso nos lleva a otro de los principios que ni Erasmo, ni Musil, ni Paul Tabori, ni siquiera Murphy o Lawrence J. Peter ni otros estudiosos del tema, han llegado a concretar, hasta donde yo sé. Luego le buscaré un nombre al axioma; por lo pronto podríamos enunciarlo diciendo que para mantener vivas y unidas ciertas organizaciones es necesario que los seguidores sean más estúpidos que el líder, si cabe.

    A veces lo tienen difícil, pues el listón está alto, pero hay gente para todo, incluso los hay capaces de intentar aparentar mayor estulticia de la que les adorna. Así vemos que a menudo en la política actual, un mal sucedáneo, ocurre como en el salto con pértiga, que, aunque parezca imposible, siempre hay quien se las ingenia para saltar un centímetro más, hacia afuera del tiesto, como se acostumbra en el gremio. Estos avances son vertiginosos, de un día para otro, mientras que en el deporte se tarda muchos años, pues es cosa que requiere mucho esfuerzo y dedicación, mucho entrenamiento y estudio. El siglo pasado el listón en pértiga estaba cerca de los seis metros. Veinte años después se ha elevado unos veinte centímetros, a centímetro por año. La estadística nos indica que dentro de cinco siglos el listón se colocará a más de once metros de alto. Ya se buscarán las mañas, recurriendo a nuevas fibras para la vara o a la cirugía, incluso a la incrustación de proteínas o aminoácidos de pulga o de canguro en el ADN del saltante, pero todo apunta a esas elevaciones de listón. En política las previsiones no son tan optimistas ni la cirugía ofrece solución.

    La estupidez es más elástica que la pértiga, se estira y se estira, se dobla, se comba y se cimbrea, pero pocas veces se rompe. Cuando lo hace cambiamos de era, pues si ha alcanzado un tamaño ingente, una masa crítica ya incontrolable, su rotura produce efectos devastadores, en forma de revoluciones, genocidios o totalitarismos, episodios catastróficos siempre dirigidos por un demente, pero imposibles sin el soporte y aliento cómplice de la masa sometida. Por eso apuntaba al principio a la irracionalidad adobada por otros desarreglos como origen de estos disparates, pues hablar de estupidez banaliza sus formas extremas, las hace algo más cercano y casi asumible.

    Ese afán de superación, de ir más allá está presente en el deporte, competitivo por esencia, pero no debe extrañarnos que ninguna otra actividad se libre de entrar en retos y competiciones. Ni san Jerónimo pudo evitarlo. Citius, Altius, fortius… stultior. Aunque muchos campos, oficios e industrias han quedado fuera de ese eterno estiramiento hacia lo que, si no mejor, al menos es más gordo, más aparatoso o más descomunal, como buenos darwinistas, nos mantenemos en la ingenuidad de pensar que todo tiende a mejorar, a crecer, a perfeccionarse. Esa idea acerca del progreso que nos encandila y no pocas veces nos confunde, en sus últimas consecuencias, nos llevaría a pensar que ocurre igual con cosas que dejamos fuera de la ecuación. Por ejemplo, deberíamos sospechar que la estupidez crece, se desarrolla y se propaga con la misma rapidez y eficacia que otros avances, como la rueda, la enología o la altura de los edificios. Es de suponer, pues, que la estupidez ha avanzado con el paso de los siglos, se ha hecho mayor, ha colonizado terrenos hasta ahora vírgenes. Incluso que, como tantas otras cosas, ha visto acelerado su ritmo de crecimiento. No sé si esta visión tan pesimista es sostenible, pues mirando al pasado encontramos en lo tocante a irracionalidad algunas realizaciones aparentemente insuperables. Podemos llegar a la tranquilizadora conclusión de que, de forma generalizada, aún no hemos conseguido ser todos más tontos que nuestros antepasados, aunque estamos en ello. Por supuesto, no caigo en el error de cotejar individualidades. Si me comparo con Platón o con Bach, con las pintoras del paleolítico o con Leonardo da Vinci, dejo a nuestra época a la altura del betún. Si me compulso con un pastor de las estepas de hace dos mil años, de los hunos por ejemplo, en algunos aspectos pudiéramos llegar a pensar que algo hemos mejorado.

    Pero si en el pasado, en cualquier época, podemos ver despuntar cumbres de esporádica genialidad sobre la llanura de una masa desentendida, informe e irracional, hoy vemos paisaje semejante todos los días. Y lo sufrimos. Democracia, igualdad, paz, justicia, ecologismo, tolerancia… Cualquiera de esas ideas y valores, indudablemente benéficos, pasados por el filtro de una estupidez que los vacía de contenido, se pueden tornar perniciosos. Muchos son los ahuyentados cuando ven la igualdad que evitaría discriminaciones usada para crear nuevas desigualdades, la libertad censurada y limitada por libertarios, la paz defendida a hostias o la tolerancia acaparada y racionada por los intolerantes. Una defensa torpe y cerril, a menudo impostada y basada en argumentos equivocados, incluso de mentiras y errores que se sabe que lo son, pero que se esgrimen por hacer gordo el caldo de la causa, pueden llegar a hacer dudoso lo indudable, puesto en duda precisamente por llegarnos de bocas que usan lo falso para defender lo cierto, lo turbio para mostrar lo claro y lo ridículo para predicar lo serio. A menudo esta forma elemental y necia de actuar, perjudica seriamente aquello que tan mal se defiende, pues la oquedad de las mentes, la falsía, y la palmaria estupidez de los orates hacen que se cuestione hasta la ley de la gravedad si se explica como efecto de la acción de alienígenas.

    Buscando en las leyes de Murphy tampoco he encontrado descrito ni nombrado un axioma que existe y es el que podríamos enunciar diciendo que no hay teoría ni idea, por disparatada que llegue a ser, que no sea capaz de recabar defensores, a veces hasta el fanatismo. Cualquier propuesta, sea el terraplanismo, la oposición a las vacunas o la fe inquebrantable en la bondad humana, siempre encuentra clientes, pues hay millones de semovientes que se acogen a las doctrinas con la fe del carbonero, que no necesita ni pruebas ni el soporte de la realidad. Abundan gurús de blancas sayas y luengas barbas que se bajan del Rolls para ser jaleados y adorados por una multitud de sectarios famélicos a los que se les ha adoctrinado acerca de lo conveniente de vivir en la pobreza, cediendo rentas y patrimonios al líder y su cuadrilla, cuya altura de miras y santidad les hacen inmunes a la perniciosa influencia que la riqueza, sin duda, ejerce en el común de los fieles. Sin túnicas ni turbante, pero con semejante proceder y discurso, vemos a muchos profetas alcanzar altas magistraturas en países que nos tenemos por civilizados. Aupados por nuestros votos.

    Por lo pronto, la estupidez sideral de algunos defensores de causas nobles ahuyenta de ellas a las personas que conservan algo de sentido común y de capacidad crítica, hoy ovejas negras, o cosas peores. De esa forma, muchas causas no prosperan, no se generalizan, más por la perniciosa influencia de sus defensores que por los argumentos y oposición de los detractores. Gran parte de la dudosa razón que algunos tienen es la que se han agenciado recolectando parte de la que han  perdido los otros. La razón para el que barre, pues a menudo la poca que uno tiene la ha encontrado escarbando en el cubo de la basura del contrario. Por eso gran parte de las argumentaciones y reproches que escuchamos son de carácter negativo, basados en el rechazo más que en la propuesta. Cuando no se tienen ideas, o las que se tienen no se sostienen solas, es más fácil intentar apuntalarlas con los errores ajenos que basarlas en argumentaciones y propuestas propias, que llegan a ser prescindibles. Se recaban apoyos para la víbora blandiendo el espantajo de la ponzoña del alacrán. Aplicando las leyes de la economía del esfuerzo, como es más fácil, es más frecuente la critica que la propuesta. Si es mucho más sencillo, como ocurre en la mayoría de los casos, no es necesario hacer aportaciones positivas, planes ni propuestas con fuste, pues se alcanza el poder simplemente desnudando al contrario. Aunque el vencedor ande en carnes. Si uno es capaz de dirigir la atención hacia la estupidez y los errores del enemigo, ambos estadísticamente probables y acreditados con frecuencia, no es necesario contraponer inteligencia ni bondad propias, a menudo escasas y a veces ausentes.

jueves, 18 de junio de 2020

Epístola del cuñao

    Una de las figuras que abundan en la confusa y desnortada situación actual, río revuelto en el que intentan pescar legales y furtivos, capuletos y montescos, es el personajillo que la sabiduría popular ha dado en llamar “cuñao”. En realidad no es un actor nuevo. Siempre ha habido sujetos a los que su ignorancia acerca de casi todo les lleva a considerarse capacitados para opinar sobre cualquier cosa, persona u ocupación. De epidemias o de economía, de política o de música, de arte o de ciencia, de todo lo divino y de lo humano tienen algo que decir. Algunos incluso llegan a escribir libros, algo admisible si fueran de ficción, que es su terreno. Todólogos podríamos llamarles con mayor precisión, aunque perdiendo el gracejo y la chispa de las sabias creaciones anónimas que el pueblo hace suyas. Es un síndrome estudiado, un trastorno que se conoce como efecto Dunning-Kruger, que brevemente podríamos resumir diciendo que cuanto más incompetente es una persona más difícil le resulta ser consciente de su propia incompetencia. Da lugar a una desmesurada autoestima poco acorde con la capacidad real y los merecimientos del afectado por este desarreglo mental.

    No es la ignorancia, por grande que llegue a ser, condición suficiente para sentar plaza como cuñao. Para que el común llegue a considerar a un opinador sin fuste como pariente se necesitan otras cualidades y características, aunque todas ellas fáciles de desarrollar con poco esfuerzo. Un cuñao como Dios manda necesita alcanzar cierto nivel de estupidez y de ignorancia engreída, suficientes como para dar el siguiente y definitivo paso: conseguir ser ridículo.  No hay que confundirlo con el verdadero crítico, pues entre ellos los hay nobles y con fundamento.

    Es cierto que el gremio de los críticos suele acoger mucho frustrado y no es raro que entre ellos abunden los que se apuntan a los beneficios de encaramarse a una torrecilla mal cimentada para desde allí desollar impunemente a los que crean, interpretan o desarrollan aceptablemente una actividad que el mal crítico intentó ejercer con resultados mediocres. El conocimiento, a veces somero, del tema y de sus dificultades, unido a que el crítico no tiene por qué ser totalmente estúpido, ni suele serlo, le lleva a tomar la prudente decisión de limitarse a juzgar sólo aquello de lo que entiende, aunque él, de antemano, se considere incapaz de hacerlo de forma medianamente aceptable. Incluso puede dar cabida a cierta benevolencia sólo enturbiada por la envidia. Ya Les Luthiers decían de Johann Sebastian Mastropiero que, consciente de su incapacidad creativa, decidió dedicarse a la crítica musical.

    Sí, el oficio de crítico siempre tiene un fondo de frustración, de fracaso. Los mejores de ellos, los más sabios y decentes, llegan a reconocerlo. Steiner, brillantísimo crítico, pensador centrado en las generalidades, la más rara y difícil de las especializaciones, recientemente fallecido para desgracia de la alta cultura, dijo que sólo se reprochaba no haber tenido el valor de enfrentarse a la literatura “creativa”, no haberse atrevido a escribir los libros que quisiera haber escrito. Nos lo cuenta Nuccio Ordine, que publicó como entrevista póstuma el resumen de una conversación mantenida con Steiner durante décadas. Este crítico genial jamás se atrevió a compararse con los escritores a los que interpretaba, a pesar de ser superior a muchos de ellos. También dijo Steiner que se sintió como si le hubieran dado un premio Nobel cuando leyó que Gershom Scholem opinaba de él que no era demasiado estúpido. En eso también se diferenció de muchos otros a los que su propia estulticia siempre les parece poca y dedican sus vidas a acrecentarla y a hacerla pública.

    Como se ve, no echamos mano de Steiner, cuya reciente muerte hemos llorado, como ejemplo de las miserias del crítico. Es una de las cumbres del oficio de interpretar, y llamarle crítico literario o cultural es empobrecer su aportación filosófica, su ayuda impagable para entender la vida, la Historia y la humanidad a través de los libros. De estos escasos guías cimeros para abajo hay un largo camino cada vez más mediocre y estéril. Va desde los críticos honestos e independientes hasta llegar al empleado que redacta al dictado reseñas de libros o estrenos de teatro, música o cualquier arte o actividad que raramente llega a entender. Ni lo necesita pues, como decimos, sus juicios y valoraciones son de carácter comercial, de encargo sometido a intereses ajenos.

    El cuñao vuela más bajo aunque va más allá. Es abundante y ubicuo.  Todo lo abarca alguna de sus variedades, pues no hay tema que escape a su escrutinio y no hay nada ni nadie que se libre de sus vanos consejos y juicios. En realidad, no es el cuñao un crítico, ni en la peor de sus variantes, la de creador o intérprete frustrado, pues ni a ello alcanza. Este ser hueco y venenosillo opina de todo con esa desenvoltura y ligereza que consiente la ignorancia. Suele ser un voceras que siempre cree llevar razón, una razón que no necesita de argumentos pues, aunque opina de oído, cree que su sola opinión basta. Esta variedad va de lo inofensivo, aunque molesto y cansino, hasta lo pernicioso, pues siempre encuentra calor en los más tontos. Pero a ambos se les ve venir, lo que limita su peligrosidad.

    Hablamos ya de otra cosa más grave cuando un semoviente, además de voceras, es un vocero, un portavoz, en cuyo caso ni siquiera necesita creer que lleva razón, pues está al servicio de alguien o de algo, persigue una liebre de la que espera sacar alguna molla en el reparto, aunque casi siempre ha de contentarse con las sobras. Este tipo, que trasciende al verdadero y casi inocuo cuñao, ya es más ruin y despreciable, aunque todo admite mejoras. No tiene demasiados límites ni frenos, pues no se suele detener ante el insulto o la descalificación gratuita. La verdad le resultaría un estorbo si necesitara ser escrupuloso con datos, hechos y realidades. No es su caso.

    Llegamos así al último en decencia, el vocero politizado, ponzoñosa subespecie de cuñao, a veces semiprofesionalizado, otras freelance, que en casos extremos roza lo criminal, superando en peligro y maldad a todo lo anterior. Aspirante a político, sin atreverse a serlo, su labor mercenaria ya no es esporádica, espontánea ni ocasional, su pecado no es picar aquí y allá opinando de lo que no sabe. Su cuñadismo es sistemático, sabe que es un oficio del que se puede llegar a vivir y ello intenta; responde a un guion y se dirige a un público concreto, los creyentes de los que espera sustentarse, un grupo compacto que recibe con calor sus mensajes, justo lo que desean escuchar. Habla a la parroquia, pero siempre se mantiene atento a la mirada del obispo, cuya satisfacción es promesa de futuras recompensas y ascensos. Aspirando a medrar arropado por el grupo al que sirve, resulta ser crítico poco acostumbrado a recibir críticas, incapaz de asumirlas, siempre amparado por la unánime ortodoxia de la feligresía. Tiene garantizados los aplausos, lo que le confunde y le engaña acerca del valor real de sus opiniones, que no sobreviven en campo abierto. Cuando se le cuestiona se sorprende, le sube la tensión, lo que aumenta su agresividad y le lleva a agarrarse con más fuerza a su argumentario, a su catecismo.

    Su audiencia habitual, su caladero, viene a ser una ideofactoría donde se reparte un pienso al gusto de peces desbravados, mansos, de domesticada militancia, poco hechos a mares abiertos, a nadar por libre. Es fácil recuperar la tendencia de la especie, —que solo se supera pensando— a vivir y moverse formando apretados cardúmenes que, como un solo organismo, siguen al primero de la fila de forma automática, sin necesitad de conocer ni la ruta ni el destino, dando inesperados giros y revueltas, pues el primero a veces tampoco sabe hacia dónde va. Se trata de moverse por moverse, mejor cuanto más rápido, que la lentitud y la calma pueden dar lugar a que los individuos se hagan preguntas incómodas. Pueden vivir sin saber que sus movimientos acaban respondiendo a los deseos y rutas de un timón lejano.

    A veces este tipo de vocero consigue pescar a algún incauto, atraerlo al rebaño durante un rato o ya para siempre. Su única aportación positiva es que nos permite a veces conocer un poco mejor a algunos farsantes, especímenes que considerábamos peces semisalvajes, aún capaces de nadar en aguas bravas, de los que se alimentan de sus propias capturas, y que ahora vemos del brazo del vocero, haciendo el papelón de un feligrés más, que comparte sus opiniones y sus consignas, mostrándonos que también eran de piscifactoría y que ya se alimentan del mismo pienso.

lunes, 25 de mayo de 2020

Epístola eclesiástica

Últimamente Pablo Iglesias ha bajado las revoluciones de su disco de vinilo. Así su voz, a menudo chillona, hecha al mitin y a la apresurada arenga frente a las tropas prestas para asaltar los cielos, se torna grave, pausada... y falsa. Incluso a veces, sin los agudos fruncimientos habituales de sus cejas, ya que un buen predicador debe de estar siempre enfadado, desde el púlpito muestra en la mano un pequeño misal constitucional mientras imparte doctrina. Nos sorprendía ese nuevo tono al principio del cambio, súbitamente acaecido cuando profesó los votos ministeriales, un compromiso prometido con reservas que le promovía a vicepresidente del gobierno de un país cuyo nombre le da asco pronunciar y cuya bandera le da repelús, según nos contaba antes de que de forma milagrosa se le apareciera Nuestra Señora de los Pactos. Votos menores. Antes estábamos hechos a que despachara sus peroratas en un tono exaltado y pajarero, facturando sus soflamas cuarteleras con un registro de contratenor y a esa velocidad que permite la repetición de la lección aprendida, del dogma inmutable, de la letanía que sale de la boca de un oficiante que no necesita pensar, sólo repetir machaconamente el artículo del catecismo que toque enseñar a la parroquia. Un estilo de oratoria vertiginosa, verborreica, que ha inculcado a todos los suyos. Y las suyas.

 Todos hemos asistido a algún funeral o a otra ceremonia religiosa o civil en la que el oficiante expide su homilía o declama su alocución en un tono funcionarial y desentendido, desganado por rutinario, soportado con incomodidad y rechazo por unos asistentes para los que la situación que da pie a la prédica es nueva, personal, imprevista y a veces trágica. Hoy acude a menudo este obispo gubernamental a la misa de pontifical en diócesis ajena, tenida por propia, quitando una y otra vez la palabra al ordinario, que aprieta mandíbulas y espera tiempo y ocasión de poder desterrar a este fray Gerundio levantisco a un curato lejano. Esta curia, sólo unida por la necesidad y la conveniencia, que no por el dogma, ya huele a cisma desde su primer conciliábulo, pues en un consistorio cardenalicio no cabe más que un papa. Uno de los dos, o ambos si ninguno de ellos afloja el abrazo del oso, acabará en Avignon o en Peñíscola, sin avenencia y sin futuro. Espero que no arramblen con el nuestro.

 Sus sufridos alumnos de la universidad ya conocerían bien ambos registros del personaje, de actor más que de docente. Toda su vida pública es representación; pero teatral no política. Desafortunadamente para él, como para muchos de los suyos, queda una incómoda y surtida colección de vídeos, declaraciones y entrevistas en la que nos muestra de forma cristalina qué es lo que verdaderamente piensa y siente, siempre opuesto a lo que ahora dice y hace. Sus comportamientos de hoy nos sugieren que, si el libreto anterior era sincero, toda su obra actual es fingida. Ha ido contradiciendo y malbaratando con sus hechos todas y cada una de las virtudes que con su talante inquisitorial exigía a los demás; ha caído en todas las trampas que había colocado para sus enemigos, miembros de una casta que combatía y desacreditaba hasta que pudo instalarse y pasar a formar confortablemente parte de ella. Le protegen hoy de los asedios que promovía y tanto le gustaban, jarabe democrático si son contra los demás, los agentes que sólo le emocionaban caídos en el suelo y recibiendo patadas; vive donde predicaba que los buenos no debían vivir, cobra lo que peroraba que un santo varón no debía cobrar y su movimiento, más que partido, ha hecho del nepotismo un código de conducta. Van a los cargos en parejas, como la Guardia Civil. Sus feligreses todo se lo perdonan, incluso cargan con la infamia de dar su visto bueno a la mudanza del jefe a mejor barrio. Amén.

 Sin duda la ciencia de gobernar es el arte de avanzar hacia los ideales serpenteando para adaptarse a las circunstancias, de moverse con la cautela que siempre conviene cuando se atraviesa terreno desconocido. Mal se compadecen el acierto y la oportunidad con la cerrazón de aplicar recetas aprendidas, siguiendo la ruta de un mapa antiguo y heredado que no contempla lo que ha cambiado el terreno desde que se dibujó para otros tiempos y otras geografías. Otras virtudes tiene, sin duda, este segundo Pablo Iglesias, aunque pocas veces son buenas las secuelas. Nadie carece totalmente de ellas, aunque su indudable inteligencia la guarde para otras situaciones. No puede presumir de ser modesto ni flexible, de ser capaz de cambiar la estrategia pergeñada cuando soñó el plan de batalla que le permitiría rendir el castillo. Su principal enemigo es igualmente terco, aunque es más fuerte que él. Y no se llama Sánchez o Casado; se llama realidad.

 Decir que Pablo Iglesias no es un buen socio no es descubrir nada. Ya lo sabíamos antes; incluso Pedro Sánchez, que ya anticipaba insomnios propios y ajenos. En realidad, no es un socio ni un aliado, sino un cabecilla rival, ambicioso y levantisco, que se ha unido a las tropas gubernamentales en busca tanto de supervivencia personal y política como de botín electoral. Sus sumisas mesnadas abandonarán el flanco que se les encargó defender cuando pinten bastos, pues otra es su guerra. Lo va haciendo ya cada día, dando lugar a que el gobierno tenga varias oposiciones fuera y una dentro, no menos agresiva, a la que encima no se puede desenmascarar como merece. Personalizo el problema en él, pues poco más ha dejado detrás ni al lado. Como todos los caudillos autoritarios no permite que a su sombra crezca un posible sucesor que no sea de la familia. Si acaso, una Evita de Perón. El macho alfa de la manada de lobos, vencido el competidor que le reta, le perdona la vida cuando le ve ofrecer su cuello rendido. Sabe el lobo hoy más fuerte que el segundo mejor debe vivir como sucesor, pues es el futuro de la manada. Iglesias no tiene tan amplias miras. Su manada es él, el resto ya son soldados sin cara. Los círculos se han ido haciendo oblongos, difusos, y han sido forzados a decir que sí tantas veces al amado líder que languidecen llevando una vida ectoplásmática, fantasmal, muy parecida a la inexistencia. Un instrumento y un parapeto ya tan inoperante como innecesario.

 Siguiendo la costumbre y maneras de todo caudillo, Iglesias es un fulanista que, como cualquier dictadorzuelo en potencia, se considera providencial, sólo sujeto al escrutinio de la historia, pues su reino no es de este mundo. Como otros, antiguos o actuales, sufren la alucinación de que obedecen a un mandato popular, son la voz del pueblo. Al menos lo fingen, pues contar los votos sí que deben saber y suponen el 12,84%, cuarta fuerza política. Magro respaldo para imponer su programa, atribuirse lo bueno y desentenderse de las medidas poco populares que todo gobierno debe tomar, a veces a disgusto y a contrapelo. La realidad manda, tiene la culpa y, sobre todo, estorba. ¿Quién es la realidad para contradecirme? Lo de la reforma laboral pagada a Bildu es uno de los muchos ejemplos de todo lo que venimos contando sobre falta de realismo, de lealtad y de unidad de acción, señal de ausencia total de estrategia, un aliño de probaturas dando palos de ciego sin acertar casi nunca en la cucaña. Por unos cochinos votos se olvida de toda negociación con las fuerzas sociales, empresarios y sindicatos, que ahora se niegan a hacer de comparsas y a ser moneda de cambio. Totalmente indecente abusar, dentro de los contactos previos a una nueva prolongación del Estado de Alarma, y aprovechar el trance para colar de rondón decisiones contrarias a la parte sensata del consejo de ministros, que casi se entera por la prensa. Afortunadamente le han parado los pies y esperemos que le animen a utilizarlos para retirarse a sus habitaciones. Esta situación excepcional no es algo que le autorice a tapar bocas y acallar conciencias, como quisiera. De la gestión de la pandemia ya hablaremos cuando toque, pues de los errores al respecto, muchos y graves, no sólo a Iglesias habrá que pedir cuentas.

 Unidas Podemos es un estorbo, un lastre para el gobierno. Lo fue desde el minuto uno. Si mala es su compañía, los números no dan siquiera para que al menos permitiera prescindir de otras aún peores. Queda maldecir a Albert Rivera que, con soberbia e irresponsabilidad equiparables a las de los dos socios de este gobierno semi bicefalo, capitidisminuido y en greña, impidió una solución que reflejara la irrelevancia de todos los extremos y que una inmensa mayoría considerábamos mejor, como el tiempo se va encargando de demostrar.

martes, 5 de mayo de 2020

Epístola paleontológica


    A pesar de la inabarcable cantidad de información, de registros, de libros y recuerdos que la Historia nos ofrece, la Humanidad en cada momento acaba creyendo, a veces dejándose convencer, que hechos y situaciones ya vividas por otros, a veces de forma recurrente desde hace siglos o milenios, son cosa nueva y original, no disfrutada o padecida anteriormente. Una de las formas del adanismo. En nuestros juicios y creencias hay más de olvido que de memoria, siempre selectiva y filtrada por el presente. Eso nos impide aprender lecciones que el pasado nos intenta ofrecer sobre las pestes, los afanes totalitarios, el recurso a la violencia, los extremismos y otros problemas que siempre están de vuelta si es que alguna vez se fueron.

     La sociedad en su conjunto acaba siendo un organismo que piensa y actúa como lo hace la medianía gris de las individualidades que la componemos, no podría ser de otra manera, pues una equivocada preferencia por valorar y promover una igualación equilibradora, supuestamente democrática, tiende a difuminar o a eliminar los pensamientos e ideas más sabias y convenientes. Por alguna extraña e inevitable ley de nuestra naturaleza las más estúpidas y dañinas son eternas e inextinguibles. Siempre he pensado que en un grupo las inteligencias particulares se contrarrestan más que se suman. Las divergentes memorias particulares hacen casi siempre imposible la existencia de una memoria común, compartida, que no pocas veces se intenta imponer.

     A veces la sociedad se comporta como lo haría cualquiera de sus individuos, que llegan a creer ser los primeros que viven y sienten, para bien o para mal, lo que a ellos les ocurre. Así cada enamorado cree haber inventado el amor y con él la vida; cada artista cree haber reinventado su arte, cada madre o padre sufre la incomprensión de sus hijos y viceversa, algo eterno que esos vástagos reeditarán en carnes propias y, pasados los años necesarios, escucharán salir de sus bocas las palabras que rebatían a sus padres y sus orejas escucharán sus antiguos reproches en la voz de su descendencia. La sociedad tiene inevitablemente un instinto conservador, biológico, de supervivencia, siempre en tensión con las pulsiones innovadoras, a veces revolucionarias. La rebeldía y el desprecio a las “buenas costumbres” por parte de los jóvenes ya escandalizaban a Sócrates y a otros muchos, cada uno en su momento, e imagino que los jovenzuelos auriñacienses las tendrían tiesas con sus padres musterienses cuando pretendieran cambiar un modelo de hacha que había servido bien durante casi 100.000 años. Cambiar por cambiar, les reprenderían. Exactamente igual que actúa cualquier otro incauto que en toda época se pone a pensar de esa forma siempre presente, la del que intenta detener el tiempo y poner presa a los cambios. Siempre encontramos el miedo a lo nuevo, que no hay que confundir con la conveniencia de conservar la parte que ha servido bien, aunque sea como cimiento de las novedades. Es el pensamiento del escalador que no suelta una mano hasta que se ha agarrado bien con la otra, que no falta quien pretenda soltar las dos. Los barrancos y las simas están llenos de sus restos y los de sus compañeros de aventura.

     Hay otras personas, no necesariamente jóvenes, que consideran que el cambio posee un valor por sí mismo, que todo lo antiguo es desechable en bloque, que toda mudanza es a mejor de forma fija e inevitable y que las sociedades evolucionan, como supuestamente hacen los organismos vivos, siempre hacia modelos más perfectos. Tal vez esto y lo del párrafo anterior sea lo que divide a las gentes en dos grupos dotados de cerebros distintos que enfrentan la vida y sus problemas con valores y filtros diferentes. A veces irreconciliables. Como en todo, in medio virtus, son necesarios ambos puntos de vista e imprescindible es intentar conciliarlos dentro lo posible.

     Todo ser vivo, además de único, es un milagro en sí mismo, una rara excepción entre billones de fracasos. Supone el final de una cadena ininterrumpida desde la ameba, una serie continuada durante millones de años de antepasados exitosos que nacieron y vivieron lo suficiente como para dejar descendencia. Todos los seres vivos actuales somos los supervivientes de una lucha de millones de años. Ello debería evitarnos pensar que nuestra rareza es por normal menos milagrosa, minusvalorando una historia prodigiosa, siempre en el filo de la navaja. Si uno solo de los eslabones de esa cadena que nos une con las estrellas hubiera fallado, no estaríamos aquí. Ni mi gato, ni mi geranio. Ni quien lee estas líneas.

     Es un prodigio que olvidamos, a pesar de que es la base de la grandeza y valor de cada ser vivo, siempre único, siempre valioso, irreemplazable. Es algo que obviamos o que damos por supuesto, como resultado inevitable de un proceso que estamos muy lejos de comprender y que con demasiada frecuencia interrumpimos cortando el último eslabón de una de esas cadenas casi infinitas. Cambios ambientales, catástrofes o la simple lucha por la vida y por los recursos hacen que ni en la naturaleza, —menos en las sociedades—, se dé ese imaginario progreso lineal, sin retrocesos ni errores, pues por cada éxito, sustanciado en la capacidad de medrar hasta dejar descendencia, ha habido innumerables intentos fallidos, infinitas rutas equivocadas y otros tantos callejones sin salida que han llevado a la desaparición a gran parte de las probaturas. Especies, y también naciones e imperios. Por una catástrofe natural o por un cambio ambiental al que la determinación fatal de su cuerpo o la rigidez de su comportamiento instintivo les hizo incapaces de adaptarse. En el caso especial de los humanos interviene otro factor determinante: las decisiones equivocadas. Un factor diferencial, la capacidad de elegir, algo que nos permite apartarnos del determinismo al que están sujetos el resto de los seres y que puede jugar a favor o en contra, puede ser la solución o la ruina. 

     Los registros fósiles nos muestran vistosos ejemplares cuyo tamaño monstruoso, su especialización irreversible o la aparición de otra especie que les roba la cartera de su hábitat, les condenaron a llegar hasta nuestros días hechos piedra, no andando o volando. También hubo sociedades, otrora exitosas, que hoy conocemos por sus ruinas.

     Y escarbando entre esas ruinas, históricas o geológicas, encontramos algunos prototipos que eran una hermosura, a veces vestidos para carnaval con vistosas crestas o amenazadores cuernos, con corazas, las primeras plumas de colores o con cuellos desmesurados que sostenían sus menguados cerebros. Murieron sin descendencia por eso: por su desmesura; casi siempre porque eran seres engreídos y lentos que comían demás cuando las condiciones ambientales les vaciaron la despensa y recomendaban comer menos y correr más. El gigantismo seguramente suponga una degenerada adaptación a un medio pasajeramente favorable, un abuso, un crecimiento excesivo y derrochador que la naturaleza penaliza atando su suerte a la de esa perecedera prosperidad. Un anticipo de ciertos magnates o dictadores, pasados o actuales, salvando las distancias.

     La evolución nos muestra que aquellos altivos, descomunales y estrambóticos mostrencos del jurásico han llegado a nuestros días como gallinas, gansos o colibríes, forrados de plumón. Sobre si tal mudanza ha sido mejora o degeneración, hay opiniones, aunque son hechos que no necesitan sentencia, sino constatación. En todo caso, esos juicios quedan para nosotros, y suelen dirimirse en el terreno de la utilidad, incluso de la belleza en el mejor de los casos, aunque para la naturaleza sea algo indiferente. Incluso tiene tiempo y paciencia para empezar la obra casi desde el principio, cosa que ha hecho varias veces. Aprendamos, aunque a nosotros sea precisamente la falta de tiempo lo que nos limita e impacienta. Tampoco estaría demás, a mi escaso juicio, renunciar a encontrarle razón o utilidad a cualquier excrecencia, plumero, mancha, verruga o espolón que un ser vivo pueda lucir pues, no pocas veces, tal caprichosa originalidad es una probatura, un ensayo de la naturaleza que, explorando todos los caminos, anda a ciegas y no pocas veces quedan en bichos y plantas restos peregrinos e inútiles de esos ensayos, para disfrute de estudiosos incapaces de reconocer que no saben, y además ignoran, para qué coño sirve ese pedúnculo tan chusco que le sale al bicho en la cresta. Hay cosas que no sabemos. Muchas más que las que sí. Aun así abundan los todólogos, que otros llaman “cuñaos”.

     Algunos sujetos que viven presos de ideologías vetustas, de esas que pretendían o que aun hoy pretenden tener la explicación y la solución para todo, —pues también hay ideologías cuñadas, como las hay fósiles—, siguen proponiendo lo mismo hoy que hace dos siglos, como si nada hubiera cambiado, copiando una vez más el guión  que anticipaba un futuro que fue desmentido cuando llegó otro en lugar del previsto, curias defensoras de una fe que, ignorante de la naturaleza humana, insiste en aplicar al presente recetas que ya eran dudosas e inoperantes en el siglo en que se crearon, y rugen hoy creyendo ser tiranosaurios o megaterios, siendo en realidad cansinosaurios y dogmatodontes que cacarean pavoneándose de sus bellos plumajes. Ellos verán. Los cangrejos, otra especie antigua, también creen andar hacia adelante. Hoy hay otras creaciones políticas, que sería exageración llamar ideologías, que son demágogicos aprovechamientos del nicho ecológico que crean las situaciones comprometidas, como hienas y buitres viven de los cadáveres en descomposición. 

    Si buscamos otra vez ejemplo en el reino animal, vemos de forma poco esperanzadora que, en realidad, las especies triunfadoras han sido las cucarachas, los insectos en general, las tortugas, los tiburones y algunos modelos también antiquísimos de helechos, lagartos y dragones. A los buitres, más recientes, tampoco les va mal. Eso demuestra que no siempre pervive o triunfa lo que quisiéramos, ni lo más hermoso, ni lo más conveniente. El evolucionismo aplicado a lo social pudiera llevarnos a los mismos resultados. O a otros diferentes, que diría Rajoy, pues todo pudo, puede y podrá ocurrir de otra manera, de otras muchas maneras, y siempre hay mil imponderables que pueden torcer el destino en direcciones imprevistas. No hay que confiar en unos supuestos fines de la Historia, muchas veces confundidos con los propios, en una dirección prefijada que sí o sí ha de llevarnos a donde nos dice el manual. Una Historia regida por una razón, un sentido y un objetivo, el abuso de una idea de Hegel que, por cierto, murió en una epidemia de cólera. Tal vez este final luctuoso sea la causa del eterno cabreo de muchos malintérpretes de esa teoría cuando ven que la Historia, siempre terca, se sale de los carriles por ellos previstos y preparados.

     Lo que evoluciona en nosotros, aunque no siempre a mejor en la amplia variedad de nuestra especie, es la cultura, que por lo que es el cuerpo ahí tenemos a la muela del juicio. Sin ella —y me refiero a la cultura, no a la muela—, sin su barniz, el de las tradiciones exitosas, las cesiones e hipocresías que engrasan la convivencia, sin ciertas creencias que nos eleven del suelo, a falta de la cooperación y de la protección a los más débiles, seríamos lo que sin la cultura y la educación somos, unas bestezuelas, a pesar del desmesurado e infundado optimismo de Rousseau y de su amplia descendencia ideológica al respecto. El hombre es un animal más y sin la cultura es sólo eso, un animal. Eso respecto a su bondad natural, más que dudosa, porque su viabilidad sería también endeble sin la protección de la comunidad, sin el algodonoso entorno que nos hemos construido evolucionando ya solo culturalmente. Sin estas armas sociales tenemos como individuos menos probabilidades de sobrevivir en nuestro entorno que un neanderthal tenía en el suyo.

     La humanidad sensata, la parte numerosísima de ella siempre azuzada y cercada por los que no lo son, es la que intenta adaptarse al mundo que le tocó vivir, reconocer sus límites y trabajar para mejorarlo hoy hasta donde sus fuerzas puedan, no sacrificando el presente en aras de un hipotético futuro pluscuamperfecto, una malversación del paraíso de las otras religiones no laicas, y es la mayoría que, hoy como siempre, sufre estirazones y embestidas desde los extremos donde habitan los otros dos tipos de individuos, más ruidosos que benéficos: los que se aferran a su modelo de hacha, mitad panglosianos y mitad fósiles, que marchan conformes y gozosos hacia su extinción y, desde la otra parte, la de los eternos desubicados cuyos cuerpos habitan un presente que no les gusta, mientras sus mentes añoran una utopía a la que no pueden mudarse a vivir, ese paraiso citado donde llueve el maná, lo que les impide dedicarse a mejorar la realidad de su presente y les lleva a vegetar en un lamento eterno. Su romanticismo tiene un prestigio que no merece. El problema que existe desde que el mundo es mundo es que uno u otro de estos dos tipos de mostrencos del jurásico a veces acaban haciéndose con el mando y alternándose en él. Se necesitan mutuamente, pues son las dos caras de una misma moneda.