Solía escribir todos los años por estas fechas una epístola
con motivo de mi cumpleaños y el de mi blog. Diez años el último, bastantes más
el fraile que celebra el uno y escribe y pinta el otro, aunque creo que el 2020
no cuenta, por no vivido. Con un buen humor que hoy casi me resulta extraño, mis
escritos estaban redactados desde un cenobio imaginario que entonces no sospechaba
que iba a ser una realidad obligada poco tiempo después. Y ya no va sabiendo
uno qué rezar ni a qué santo encomendarse. Desde ese retiro escribo hoy, desde
mi scriptorium, rodeado de papeles, tintas y vitelas, plumas y pinceles. Pocos
salmos se escuchan en mi celda, guitarras y micros en barbecho, como tantas
otras cosas. La congregación se ha dispersado, cada beguina o begardo en su
eremitorio y así no hay manera de concordar antífonas y gregorianos. Que el
Señor nos perdone, pero el coro va a sonar de pena cuando Él nos junte otra vez.
Mucho debimos pecar cuando nos envía una plaga tras otra, alternada con
tempestades que han llegado a desgajar los árboles que me gusta pintar. Falta
la langosta, aunque mejor no dar ideas, que con lo que hay la de la guadaña está
haciendo su agosto. Dicen que año de nieves, año de bienes. Imagino que no teniendo latifundio los bienes vendrán de rebote, aunque la prosperidad ajena siempre debe alegrar pues, igual que sus males, algo nos salpica a todos, que no hay que olvidar que cada uno tenemos un surco al servicio de nuestra despensa. Pero hasta segar, todo es hierba y ni siquiera ha brotado aún.
Cambiando de tercio, no he llegado, ni mucho menos, a echar de menos mis
anteriores trabajos con los catecúmenos, y menos viendo que hoy se da clase en
neveras con ventanas abiertas, pupilos y dómines equipados como para una
expedición al Ártico, y muy perjudicada la motricidad fina, incluso la gorda, las pizarras con chuzos y los pupitres con reguillo.
No sé si hubiera conseguido entender y aguantar ese gentío arriesgado en el
aula sin tener dónde tomar en el recreo un cortado para evitar cercanías,
aglomeraciones y contagios. Este virus es muy juguetón y selectivo, al parecer,
va infectando por donde le señala el BOE y mantiene un extraño respeto por la
educación, infinitamente mayor que el que por ella tienen gobiernos y
ciudadanos, habitualmente tan parcos en agradecimientos como generosos en
reproches. Acostumbrados a dar lecciones y a tomarlas, no es raro que en estas
circunstancias extrañas y llenas de riesgos el gremio, como otros, esté dando
una lección, destinada como se acostumbra al olvido pasado el trance. Lo único
que añoro del oficio, de sus ritmos y sus cosas, aparte de la compañía y la
conversación de mis colegas, es que partía el tiempo con la espera periódica y gozosa
de unas vacaciones que permitieran recuperar la salud mental dentro de lo
posible. Hoy atravesamos un día continuo y largo, casi sin referencias ni
variaciones dignas de mención, pues solo la nieve desde la ventana o en las
noticias nos recuerdan que estamos en invierno y dudo que este año podamos ir a
ver los almendros en flor, a menos que se pueda ir a los cerros en metro, que
entonces sí.
Nos han encerrado en casa dejándonos en las garras de las
noticias, como en una jaula de tigres y aquí estamos agazapados en un rincón
con la silla y el látigo a ver si las mantenemos a raya, que no sé si
perjudican más los virus o las nuevas, que ni siquiera lo son. Como hoy todo es
verdad, cualquier cosa y su contraria, intentaremos elegir bien a qué carta
quedarnos. Por lo pronto, he iniciado los fastos celebratorios de mi cumpleaños
haciéndome un análisis de sangre. Siempre me tomaba un cortao sujetándome el
algodón para que no me saliera un cardenal, primado ni castrense, en la bisagra
del brazo. Hoy ni eso. Seguramente el infierno de Dante lo era más porque allí
no había bares para que se refrescara la condenación ni para pegar la hebra y hacer
tertulia. Los españoles nos imaginamos el cielo con un bar en cada nube. He
aprovechado para llevar el coche al taller para que le cambien los
amortiguadores, que algo amortiguarán, y ver las esquinas y las aceras sin mesas, sillas y sombrillas
resulta deprimente. Si no el fin del mundo, al menos el fin de un mundo más
amable. Esperemos que todo rebulla pronto y que cuanto antes dé con nosotros la
expedición del doctor Balmis. Mientras tanto se recomienda no bufar.
Un crítico musical puede estar acostumbrado a diseccionar una interpretación para ver si Karl Richter es quien dio con el tempo exacto de los Conciertos de Brandeburgo, si I Musici grabó la mejor versión de la Primavera de Vivaldi o, incluso, si Eleanor Rigby hubiera sido lo mismo sin el arreglo del doble cuarteto de cuerdas de George Martin. Y se puede lucir comentando creaciones de tal altura.
Si, por las circunstancias, se viera obligado a hacer su trabajo acerca de las ejecuciones (musicales) de un rapero, sobre las interpretaciones de la rondalla del hogar de pensionistas del barrio o la Tuna de Teológicas, tal vez no quepa pedirle igual brillantez a sus crónicas.
Es lo que tienen la crítica y el periodismo, como tantas otras cosas. O tienen la rara suerte de que el medio y las audiencias les permitan dedicarse a filosofar, a trabajar sobre un campo concreto y especializado o a hacer crónicas literarias no ligadas a los eventos del día a día, o deberán volar más bajo para ponerse a la escasa altura de la política, con lo que sus crónicas difícilmente podrán alcanzar una grandeza de la que carece la realidad que reflejan. Si lo retratado es penoso, puedes escribir Los Miserables, El Buscón o novela negra, pero si lo que tienes que hacer es una crónica política de la actualidad para llenar la columna, difícilmente podrás librarte de la caspa que retratas. Los ingredientes suelen condicionar decisivamente el guiso. Si son pasables, puede salir algo interesante. Si están putrefactos, ya entra dentro del terreno de lo milagroso sacar algo digerible.
Iñaki Gabilondo deja el comentario diario de la política española. Habla de empacho y de hartazgo. "Creo que sé defender mis opiniones, pero cada vez me cuesta más tenerlas, cada vez me cuesta más afinarlas. El enconamiento partidista y la superpolarización han construido moldes de respuesta rápida, argumentarios para la exaltación, pero no me van, francamente. Para sumarse al día a día de una lucha tan encarnizada hacen falta unas fuerzas que yo ya no tengo y una fe que flaquea", ha reconocido.
Pobres periodistas. Y me refiero a la gran mayoría de ellos, pues hay otros, muy pocos, que merecen menos lástima. Por soberbia, abuso de su poder de influencia, no pocas veces puesto al servicio de bando, complicidad y, sobre todo, por sus silencios. Callar es a veces su mayor mercancía. Otros, usan la información como Al Capone su revólver. Acabo de leer el imprescindible “El hijo del chófer”, de Jordi Amat, sobre Alfons Quintà, uno de los periodistas más influyentes de la Transición, un psicópata que dio un giro a su carrera pasando de destapar a Pujol y a su Banca Catalana desde El País, a dirigir la creación de la televisión autonómica a las órdenes del capo Jordi. Dos criminales, aunque sólo Quintà llegó al asesinato. Tal para cual. No todos son Gabilondo. Ni todos los músicos son Vivaldi.
Que algo no resulte peligroso no significa que sea admisible.
Que no sea penalmente perseguible no equivale a que no merezca otra clase de
condenas y valoraciones. Me refiero a los chats de unos militares retirados en
los que, sin duda envueltos en vapores de ginebra y agazapados en el carácter
privado de sus conversaciones, subiendo los más cafeteros de ellos la puja del más
desaforado de los comentarios anteriores, algunos se van acalorando hasta llegar
a la conclusión de que fusilar a veintiséis millones de españoles dejaría un
país niquelado para los supervivientes. Los que ellos consideran los suyos, los
buenos españoles, los únicos que merecen vivir. Seguramente eliminar a todos aún dejaría un mejor paisaje, que los ríos, cerros y los bosques poco nos iban a echar de menos. Muerto el perro, se acabó la rabia, borrando la vida se acaba con la posibilidad de infección. Si morimos todos, se acabó la pandemia. No deja de ser una solución.
Es difícil, por muchas críticas que uno haya dicho y
escrito de este gobierno, (como antes había hecho con los anteriores), que una
persona normal cuando dice nosotros se vea del brazo de estos trabucaires. Si algo hubiera de cierto en sus ideas, pues nunca falta en ningunas, sus concluiones los descalifican. La
política, en última (o primera) instancia, empieza por evitar que los problemas
y las discrepancias se resuelvan a tiros. Llegados a ese punto ya no se habla
de política, sino del regreso a un pasado de luchas tribales, de exterminios,
de golpes de hacha de sílex en la cabeza del contrario o sospechoso de serlo. Ya
no hablamos de ideas predemocráticas sino anteriores a la civilización,
superadas por ella. Quien habla así debería ver sustituidas sus medallas por un
hueso atravesado en la nariz y acongoja saber que tales aborígenes han tenido
mando en plaza y miles de soldados armados a sus órdenes. También muestran su
cobardía, hablan hoy, cuando se saben impunes, algo nada original, amparados en su edad y en su
retiro, aunque una probable falta de riego no rebaja la gravedad de sus
frases, que los más de su quinta razonan y sienten mejor.
Seguramente el
carácter privado de sus excesos y demencias les evite los problemas que acarrearía el haberlas
publicado en otros medios y todo quedará como disparates de tabernarios en
poder de las uvas, que ese es su registro y su nivel, aunque agravado por su
oficio y sus antiguos desempeños. Esa cosecha del ’63 vemos que se echó a perder
en parte, que el exceso de ventilación arruina vinos y caletres, aunque
no es de suponer que de estas uvas concretas pudiera salir nada mejor, pues en el mismo año cada bancal da frutos distintos. Convivían armados de sus
hachas magdalenienses con otros congéneres más evolucionados y mejor armados,
sobre todo mental y moralmente. Incluso puede ser que algunos de estos neandertales
participaran en misiones que honran al mismo ejército que ellos ahora desprestigian.
Afortunadamente no representan ni al ejército ni al país. Al menos ayudan a
saber, si falta hacía, que los que dicen que esos son de los nuestros, no son
de los míos. No es poca cosa, en esta época tan propicia a las crisis de
identidad y al disparate ideológico, donde pululan varias especies que deberían
ya estar extintas por obsoletas e inadaptadas. Cierto es que otros modelos de fósiles andantes
exhiben los plumajes vistosos de los dinosaurios ya en degeneración y quieran
pasar por productos últimos de la evolución.
No haremos aquí un repaso de casos que pudieran compararse
con este, ya hubo y habrá lugar para ello, ni tasaremos gravedades ni viabilidades de otras sugerencias o
amenazas escuchadas, de la idea o deseo de darle gusto al gatillo o a la
guillotina eliminando enemigos ideológicos, que no pocos hemos leído en
banderías opuestas. Nunca cabe disculpa, menos adhesión. Siempre hemos
condenado todas estas canalladas, vengan de rapero, cantante o activista, con
cargo o sin él. En ningún caso, en ninguna circunstancia y en ningún foro
tienen cabida. La libertad de expresión no ampara estos dislates, hablen de
uno, de diez o de millones; quienes en broma o en serio, sobrios o borrachos, envalentonados
por el ambiente o por la compaña, hablan de eliminar a quienes su talante y su
odio les llevan a considerar que están demás, todos ellos merecen la misma
valoración, el desprecio, por ser parte de la misma mierda, esa que ha hecho trágica
nuestra historia en demasiados momentos. Como la de tantos otros pueblos, pues
el pensamiento totalitario, siempre carente de los frenos de la humanidad y de
la capacidad de admitir la discrepancia, habita en muchas cabezas pero siempre
acaba mostrando el mismo rostro.
Comiendo en la Explanada de Alicante, para envidia del califa.
Abd al-Rahmán ibn Muhámmad Abul-Mujtarrif, llamadoal-Nāṣir li-dīn Allah por los musulmanes y Abderramán III por los cristianos, comendador de los creyentes, vencedor en cien batallas y constructor de Medina Azahara, primer califa omeya de la rica Córdoba, ornamento del mundo, la ciudad más refinada y opulenta de occidente en su época, que a ningún exceso o crueldad renunció en ninguno de sus setenta años de vida, tras cincuenta de reinado y ya próximo a la muerte hizo recuento de los días en que había sido feliz a lo largo de su existencia: catorce.
Quizás siempre le atormentara su origen mestizo, evidenciado por su pelo rojo y sus ojos azules heredados de Muzayna, su madre cristiana, vascona como lo fue su abuela Onneca, hija de Fortún Garcés, y causa de que, a sus espaldas en la mezquita y en el zoco, sus súbditos le llamaran Sanchuelo. Seguramente la alegría de las victorias se viera empañada por volver al palacio con las sedas manchadas de sangre enemiga, que en tres cuartas partes era la suya, y es posible que la derrota de Simancas pesara en su ánimo más que todas ellas. A veces el vino de la vida se agría por pequeñas cosas y tal vez el primer recorrido por los jardines y salones de su mayor capricho, Medina Azahara, fuera amargado por alguna piedrecilla en su babucha o se viera contrariado por el error o el descuido de algún alarife o tallador de yeserías. Es posible que lamentara el naufragio de algún barco de los que traían desde lejanos países los mármoles y maderas que había deseado para su medina, o que el agua de las fuentes no brotara hasta la altura deseada en la alberca de los arrayanes. Es probable que en el harén percibiera más sumisión y temor que amor y aprecio, y que la sospecha y el miedo a la traición no le dejaran disfrutar de banquetes y recepciones, siembre barba en hombro y sin nadie a quien llamar amigo. Las crónicas dicen de él que fue de carácter cortés, benévolo y generoso, inteligente y perspicaz, con intensos escrúpulos morales, aunque dado a los placeres. Esas virtudes no le frenaron de ejecutar a su propio hijo, como su padre había muerto a manos de su tío. Eso lo muestra además como amante y respetuoso con las tradiciones. Bendita la rama que al tronco sale.
Cuanto más extenso, rico y refinado era su reino, más temía perderlo, pues su prosperidad y sus lujos multiplicaban sus enemigos en la tierra y los miedos en su mente. Incluso llegó a correr el rumor de que en la lejana Bagdad habían levantado un minarete más alto que el de su mezquita. Cualquier goce era apagado por la inquietud y nada estaba a la altura de sus merecimientos.
Le faltó frecuentar la derrota y tal vez sufrir la humillación de la enfermedad, atravesar como sus antepasados la aridez del desierto, conocer la privación y soportar la escasez. Tal vez unos días encerrado en las mazmorras que guardaba para sus enemigos le hubieran permitido descubrir más momentos felices al repasar su larga vida. Al menos le hubieran enseñado que no cabe esperar una felicidad eternamente quieta a sus pies, como un esclavo, pues no es pájaro que pueda vivir enjaulado, más bien es balanza que necesita ambos platos para que, con el contrapeso, el fiel muestre el peso cierto y real de los días.
Sin ser califa, uno recuerda muchos más de catorce días felices, muchísimos más que los infelices. Años enteros. Será que nos conformamos con poco o que hemos tenido mucha suerte. O será la pandemia.
Con Gabilondo se perdió tal vez la única ocasión en la
que se estuvo a punto de acordar una ley de educación consensuada, que en eso hubiera sido la primera. Esta nueva
ley nace muerta, como difunta vino al mundo la de Wert. Ahora impongo yo, que
ya te tocará a ti. El proyecto, la ambición, la idea única que las trae el
mundo es derogar la ley anterior, incorporar meaditas para marcar como lobos
los lindes ideológicos del terreno donde se educan los españoles. Mala cosa es que precisamente regular la educación esté en manos de muchos que ni la tienen ni la conocen, con lo que en la tramitación de las sucesivas reformas se habla casi de todo, menos de educación.
Cada partido hace de su capa un sayo, impone, compra, vende, y publica en el
BOE un texto que ya incorpora la necesidad de ser modificado en cuanto el
gobierno de turno cambie. Leyes perpetradas con los días contados, ocho en cuarenta años,
todo lo contrario de lo que la educación necesita, que es estabilidad, sosiego,
recursos, (¿Ubi est la memoria económica?) y lo que le sobra son injerencias de
banderías políticas.
Pocos cambios. Los hay positivos; otros dudosos por inoportunos o innecesarios, no pocos irrelevantes y algunos otros indefendibles. Con seguridad lo más grave, rozando lo criminal, es vender el idioma común y degradarlo a lengua extranjera dentro de parte del territorio nacional. El resto, la mayor parte,
sigue igual. Es decir, mal. La lengua castellana se sacrifica para ganar unos pocos votos y, no menos, para evitar recibir otros, gracias a Iglesias, mamporrero de esta demolición gradual de lo común.
Pierden los alumnos con necesidades educativas
especiales y agoniza el castellano en algunas comunidades. También la educación
concertada, aunque ya veremos. Falta leer la ley completa, que el proyecto,
quitando los habituales brindis al sol y declaraciones altisonantes de estos
textos, siempre reconfortantes para incautos, es endeble e inacabado. Dejadme los reglamentos, que decía aquel.
Luego, los docentes, como siempre, volverán a verse enredados en su eterno
tejer y destejer el bordado de Penélope, un premonitorio sudario para el rey
Laertes, padre de Odiseo.
No sería de extrañar que, también como se acostumbra,
algún orate intente dejar su huella en terminologías y eufemismos, burocracias
y protocolos, renombrando una vez más cosas que no conocen y que poco cambian,
salvo para enredar, la actividad de una ley a otra en las aulas. A Dios
gracias. Y a los docentes que, tras sobrevivir a pie de obra a docenas de
ministros y al acostumbrado ping-pong legislativo, se pasan por el forro hasta donde pueden, que no es poco, gran parte de lo dispuesto en las reformas,
haciéndolas así digeribles, al menos no tan nocivas como de los despachos salieron. Dado
que nadie le pregunta nunca a los docentes qué les
aconseja su experiencia acerca de estos temas, nunca se han sentido demasiado interesados ni concernidos por debates y medidas tan alejadas de su quehacer diario. Al
contrario, viendo su ámbito y su quehacer tomado al asalto en las batallitas de los
partidos, más rechazo que adhesión cosechan unos y otros entre el gremio, pues ambos acaban
siendo el enemigo. Fuego amigo, en el mejor de los casos, como ya escribía aquí hace pocos años acerca de
la ley Wert. Fue otro parto o aborto legislativo y, si alguna duda dejaba, los recortes en educación, agravados por la señora De Cospedal, muchos de ellos aún no revertidos por cierto, me
espolearon a jubilarme echando leches. Con Dios.
La Lomloe, que parece apócope de niña pija, pues ya
hay que rebuscar para bautizar leyes de educación en España, se llama nada más
y nada menos que Ley Orgánica de Modificación de Ley Orgánica de Educación. La
siguiente se llamará Ley Orgánica para Modificar la Modificación de la Ley
Orgánica de Educación. LOMOMOLOE, o algo así. No sé dónde leí este epitafio que
viene al pelo:
Aquí jaz o mui illustre Senhor João Mozinho Souza Carvalho Silva de Andrada... Sobra nombre o falta losa.
Es difícil que prohibiendo la mala literatura o la peor de
las músicas se consiguiese dirigir la atención general hacia las buenas. Más
probable es que se creara rechazo hacia unas y otras, si no es que, por llevar la
contra a las imposiciones, lo peor de cada arte se viera promocionado por una
publicidad inmerecida. Las cabezas funcionan así, las de los censores y las de
los que se ven tratados con un paternalismo condescendiente en el mejor de los
casos y totalitario en el peor.
Igual que ocurre con las artes pasa con las ideas. Ni hay
que censurarlas ni publicar en el BOE una lista de las adecuadas. Lo que hay
que hacer es educar y facilitar el acceso a las serias, a las que tienen enjundia
y fuste, dar datos ciertos y herramientas para poder interpretarlos para elegir
libremente. El censor, el impositor de ideas, siempre lleva una liebre
ideológica ajena a criterios de calidad, incluso de certeza. Su campo de
trabajo es el de lo conveniente, lo cómodo para el poder, no el de lo cierto,
algo agravado por el hecho invariable de que suele ser más ignorante que
aquellos a los que quiere estabular el gusto y el criterio. Aunque su intención
fuese buena, si es que puede serlo, inevitablemente recabará críticas de los
más ilustrados y reflexivos, de forma que acaba dirigiendo sus ataques a estos
enemigos cerrando el círculo perverso. La estupidez y la vacuidad suelen
atravesar esas cribas. La censura, si es que alguna puede haber
bienintencionada o necesaria, siempre termina combatiendo la excelencia y promoviendo
un conformismo ovejuno.
Lo malo se combate ofreciendo y facilitando el acceso a
algo mejor. El error y el delito con buenos ejemplos y buenas leyes, nunca
buscando causas remotas que los diluyan en la normalidad y acaben por
justificarlos. Dejando aparte que lo que es bueno para unos puede parecer malo
a otros, y es normal que así suceda, cada sociedad ha ido dando con un mínimo
acuerdo sobre ciertos valores compartidos y la Historia nos enseña que las
sociedades se han derrumbado a la vez que caían esos acuerdos básicos que a lo
largo del tiempo mantenían una cohesión y un sentido de pertenencia imprescindibles.
Esos pactos, símbolos e ideas compartidas permiten y amparan la defensa de
causas no comunes, incluso las minoritarias, siempre que no lleguen a
cuestionar la misma existencia de la sociedad que también a ellas proteje.
Cuando en una sociedad lo común pierde un prestigio que se va cediendo a lo
particular, incluso a lo tribal, va cavando su tumba. Que algunos, incluso
vicepresidiendo el gobierno nacional, hagan peña con los que proclaman que vienen
con la pala a hacer mayor la fosa, no es cosa defendible. Muchos países, tal
vez los mejores, desde luego los más sólidos y democráticos, directamente
prohíben este tipo de sepultureros. Que nosotros no sólo los permitamos, sino
que los financiemos y concedamos inmunidad parlamentaria, es un rasgo suicida y
un elemento más de los que nos llevan a ser un país de interés turístico,
interesante, pero con un porvenir incierto. Nuestro futuro
directamente pasa por darles solo el poder que realmente les corresponde, pues
son electoralmente irrelevantes. Numéricamente lo son, pero nuestras leyes dan
más mando a veces al grumete que al capitán. Algunas minorías locales, con la
complicidad de lo peor de cada casa política del resto del país, se intentan
apropiar de unos territorios, también de unas ideas y de unas causas, que
utilizan para fragmentar y para dividir. En los programas, no digamos en los
comportamientos de algunos partidos y personajes, se defienden no pocas causas
innobles e injustas, amparadas por la tolerancia, tal vez excesiva, de nuestro
marco legal, con una constitución que dice no ser combatiente, eufemismo que
evita decir que se quiso indefensa.
Hay otras causas nobles y justas cuya asunción generalizada
se ve dificultada tanto por la forma equivocada de defenderlas como por tener
la mala suerte de caer en manos de las personas inadecuadas, algunas ya
mentadas. Me refiero a esa clase de vagabundos buscavidas de la política que
dan con una causa o con una idea como el que se encuentra una cartera en la
boca del metro. Podrían haber encontrado otra, pero ven que esa está llena de
billetes y para qué buscar más. Devolverla a su dueño, buscar a quién pertenece
de verdad, y debería ser de todos, ni se les pasa por la cabeza. De forma que
se apropian de lo que no es suyo, aunque argumentan que toda propiedad es un robo en
un alarde de coherencia propio de esa clase de polillas, y se quedan con los
cuartos.
Cuando alguien, una persona o un grupo, se apropia de un
símbolo, una idea o de una causa, ya está pervirtiendo su potencial virtud. No
intentará repartir el hallazgo, extender los beneficios, al contrario,
procurará encontrar razones para excluir del reparto a los que no sean de su
cofradía de Monipodio ideológico. Esto es nuestro, que hacéis aquí defendiendo
lo que nosotros. Buscad otra cartera. Los otros dan por perdida ese billetero,
uvas verdes desde entonces, pero siempre encuentran otra para obrar igual.
Si a esa mentalidad tribal con tendencia a escriturar la
virtud y la ética a nombre de su comunidad de bienes ideológicos, unimos que la
indecencia y la estupidez suele rondar por tal modelo de cabezas, ya tenemos
una combinación peligrosa. Incluso si ven que los billetes de la cartera son
falsos como moneda de cuero, si el primero ha colado y han conseguido
endosárselo a algún incauto, ya no tienen freno. Sus feligreses son los
primeros en dar por buena la mercancía y pasan a extenderla por los mercados. Llegan
a convencerse que sus cromos son billetes de curso legal, o al menos dicen
estar convencidos de su validez, y van ofreciéndolos y pregonándolos cada vez
con mayor osadía. Como en todos los timos, al timado, si percibe el fraude, le
cuesta admitir para sus adentros que es imbécil y lo que hace es procurar ir
desprendiéndose del género y aumentar la extensión del engaño. En economía se
sabe —lo explica la ley de Gresham— que la moneda falsa expulsa a la buena y que
si circulan las dos pronto predominan las falsas, las de chapa, y van
desapareciendo las de oro. Con las ideas ocurre otro tanto, muchas hay que presumen
de un valor facial muy alejado del verdadero, que en este mercado de las
ideologías se debería medir por la proporción de verdad en la aleación, no por
los aplausos de la parroquia. Al final lo que circula es morralla ideológica,
lemas, argumentarios y simplezas.
Vemos circular muchas monedas ideológicas de baja ley por
las tabernas, por los mercadillos y, lo que es peor, en muchas tribunas en las
manos de lidercillos y próceres que han tropezado con una cartera y bien viven de ella hasta que les dure. Podría haber sido cualquier otra. Charlatanes de la política, vendiendo mantas y regalando
peines encaramados en las instituciones, con verborrea propia de Ramonet, que pronto
compran los cebos conchabados para animar al público a dar por bueno el género.
Aunque su causa sea mala la intentarán vender como oro fino y, si buena fuere,
mala cosa es que una buena causa se manche mezclada en malas manos con este
tipo de calderilla, pues una mayoría piensa que viendo la choza se conoce al
pastor. Y también que conociendo al pastor se deduce la salud del rebaño y la pureza
del queso. Estos vividores de la política defienden las causas indignas y manchan
y desprestigian las virtuosas. Son una peste.
Los territorios no tienen derechos. Sólo los ciudadanos
pueden tenerlos, no los bancales ni las regiones. Las lenguas no tienen el
derecho de ser habladas. Ni nadie a imponer que se hablen ni que no. Son los
ciudadanos los que tienen (o deberían tener) el derecho a expresarse en la que
quieran o puedan. Reclamar el de ser educado en la lengua que escuchaste alrededor de la cuna, ya es mucho pedir. Cualquier política de imposición en ese terreno, sea la
franquista o la de la actual administración catalana, —es decir, la misma— no
puede dejar de ser valorada como un abuso con tufo a totalitarismo uniformador.
Al parecer, hay una uniformidad indeseable, que abarca todo aquello que quiera
ser salvado como común, como cemento que una las distintas gentes y territorios
de un país, el nuestro, el de todos. Enfrente hay otra ya más noble, más
defendible, esto es, la forzada homogeneidad que lamine las diferencias dentro
de cada virreinato. Con las banderas ocurre igual.
¡Viva la diferencia!, pero sólo si es la nuestra. Cataluña
lleva decenios malgobernada por unos fanáticos empeñados en esa obra de
ingeniería social que llaman “construir país”, algo que sólo se puede hacer con
los escombros del único que existe y que cobija a las diferentes comunidades
autónomas. Dudoso invento que cada día muestra más lo frágil de sus costuras, pues
pudiendo ser una buena idea, se hizo a estirazones, y no era diseño que pudiera
funcionar cuando desapareció la débil ligazón de aquellos consensos entre gente
más decente y preparada que la que desde hace lustros soportamos al mando. La
deslealtad secular de algunos territorios debió de ser prevista, incorporando salvaguardas que impidieren aventuras ya intentadas, hoy ya es
tarde. Y el único país existente aquí, la única nación, España, paradójicamente es la única puesta en duda, de nombre impronunciable para los mesetarios y
periféricos desnortados que apoyan estos desafueros supremacistas que hablan de
plurinacionalidad y de la autodeterminación de los pueblos y las aldeas. Menos
de los suyos, que bien se guardarán los de Barcelona de declararse independientes
de Damasco.
Que los promotores de este intento planificado de escriturar
parte del territorio nacional a su nombre sean una pequeña élite acomodada,
ombliguista y xenófoba, con aromas racistas, una especie de extrema derecha
corrupta y excluyente, sea cual sea la denominación que le pongan al producto,
no es óbice, cortapisa ni valladar —Forges dixit— para resultar apoyados por
otros que dicen ser de izquierdas. Lógicamente de la peor y más extremada de las izquierdas
posibles, esas que abominan de reformar la casa y ven mejor arramblar con el
edificio para hacer un chamizo medieval con lo que quede de sus piedras. Será
peor, pero suyo. Trasladan a la estructura del Estado, que quieren débil si es
que quieren Estado, ese instinto fragmentador que les lleva a subdividirse
eternamente en Frentes Populares de Judea, permutando cinco o seis palabras
para bautizar sus infinitas sectas. Intuyen, saben, que sólo en los ríos
revueltos, en la descomposición y en el conflicto tienen ocasión de pescar
algo. Cuando las aguas son claras se les reconoce demasiado bien ya desde
lejos. Cuanto más turbias y enfangadas mejor.
Lo que los separatistas han puesto encima de la mesa como
elemento diferenciador, la almendra de su derecho a ser un nuevo país, siempre ha
sido la lengua. Luego te ponen como ejemplo Bélgica o Suiza, o Canadá. Un solo
pueblo, una sola lengua. ¿Quién dice esto hoy? Lo de la lengua del imperio era
de Nebrija, era lema de la época de los Reyes Católicos, algo en parte intentado
recuperar por Franco, con poco o nulo éxito. No es Vox quien lo dice ahora, aunque a
algunos de ellos sin duda les gustaría; hoy son otros populistas, los Jordis, los Torras,
los Puigdemonts y los Mas. E Iglesias y el converso Rufián, que todo tocino es
poco para mostrar la firmeza de la nueva fe, que de algo hay que vivir bien. Principios,
los justos, no como Sánchez que los tiene todos, eso sí, unos días unos y otros
los contrarios. No, no son los llamados centralizadores, sino los separatistas,
quienes proclaman y aplican tan progresista y conciliador lema en la política
local y en la enseñanza. El castellano, hasta ahora residual, aunque lo fuera
ilegalmente, con este bodrio legal ya será lengua extranjera en la escuela
catalana, por fin. Ahora con todo derecho. Como el inglés, el italiano o el
alemán, el mismo número de horas, pero peor visto, que ni en el recreo debería
usarse. Dos horas semanales en primaria, tres en secundaria y dos en
bachillerato. Sin embargo, ese es el idioma agresor, el que intenta imponerse,
lo que son las cosas o quieren que sean estas mentes calenturientas. Con esta modificación
legal de encargo, pago que santifica los desaires nacionalistas a las
sentencias del Constitucional y las del TSJC, hasta harán difícil el único
recurso actual para reclamar tus derechos lingüísticos en la escuela, ese
miserable 25%, que es acudir a los tribunales. De todo ello tanto el PP como el
PSOE son culpables, por acción o dejación durante decenios, por la recurrente compra
de votos pagando con los menguantes derechos de todos. No le echaré la culpa a
ERC, que vende a buen precio sus votos y gana otra piedra para su obra, arrebatada como siempre a los cimientos de la casa común; tampoco
a Iglesias, mediador y tratante del acuerdo entre payos para la venta de esta
burra legislativa, pues de él y de los suyos nada cabe esperar, ni en esto ni
en nada. El alboroque lo celebrarán juntos. En el PSOE, el pagador en el trato, se escuchan rechinar
algunos dientes, hay quejas acalladas por el sillón en juego, los que razonan
en contra pasan a la lista negra y las navajas están preparadas. Esperemos que
los vaivenes parlamentarios no obliguen a algunos a hacer el ridículo una vcz
más con sus dondedijedigos.
En los estériles debates de las redes se suelen leer cosas
peregrinas, no las llamaremos argumentos. En realidad, muchos de los debatientes
lo que vienen a decir es que si lo hacen los suyos, bien hecho estará, tanto
como si hubiesen hecho lo contrario. Lo que da la cepa, no hay que esperar más.
Los más listos y decentes, que los hay, o callan o mantienen una postura tibia,
como desentendida, se van por las ramas viéndolas venir, por si hubiera mañana
que defender lo contrario y enumeran algunas obviedades sobre la hermosura de las lenguas, la necesidad de respetarlas, algo que nadie discute o alegan que ninguna está prohibida, cosa que nadie afirma. Otros, bastante menos inteligentes, intentan
argumentar, y recurren al mismo tono agraviado y lloroso de aquellos que en definitiva
vienen a defender. Los que reclaman que el 25 % de la enseñanza que reciben sus
hijos sea en castellano son para ellos los malos de la película. Y los que los
defendemos también, unos fachas, resignados y ya hechos a recoger y abonar algunas
flores que van tirando los que se autodenominan progresistas. Presentan estos
últimos a los que se oponen a este engendro legal como si los perjudicados fuesen los abusadores,
los que oprimen lingüísticamente a los que quisieran que en Cataluña sólo se
hable catalán. Pero la verdad es que los que con su ayudaquitan derechos son los tractorícolas, los verdaderos
fachas catalanes, los carlistoides paletos que proclaman desde balcones y despachos
oficiales “un sol poble, una sola lengua”, no los otros.
Ni el catalán ni es castellano corren peligro en Cataluña.
Ninguna de las dos lenguas está expuesta a desaparecer en el uso voluntario que
de ellas hagan los ciudadanos. El debate no es lingüístico, sino de hegemonía cultural
y política. Se prohíbe la posibilidad de rotular en las calles en castellano,
incluso se multa a quien lo hace en el cartel de su propio negocio, las comunicaciones
desde y hacia las administraciones solamente se permiten en catalán, el exigido
dominio de la lengua vernácula filtra y tapona la llegada de indeseables e
indeseados funcionarios carpetovetónicos y en la escuela no se habla otra
lengua que no sea la catalana, salvo en las dos horas dedicadas a la Lengua
castellana… Si todas esas anomalías democráticas suponen la normalidad en Cataluña,
difícil es presentar a los castellanohablantes, la gran mayoría, siendo el castellano la lengua materna del 56,2% de los catalanes, como
los que intentan imponer su lengua frente a la catalana, que se quiere hacer
pasar por la agredida, por la necesitada de protección. Ha costado cuarenta
años, pero por fin gracias a estos desalmados de distinto pelaje el castellano
tendrá legalmente el trato y consideración de lengua extranjera, gracias a este
artefacto legal vergonzoso que ERC intenta cobrar por su apoyo a los
presupuestos, con Podemos de mamporrero y la peña de la izquierda mesetaria
dando palmas. Esperemos que el Parlamento impida que se perpetre este
desafuero, aunque pocas esperanzas hay.
Desde balcones y despachos de una administración centrada
en eso que llaman “la construcción nacional”se repetía y repite el lema “Un sol
poble, una sola lengua”, la catalana, que el castellano es jerga de los charnegos
invasores y otras gentes de mal vivir. Hoy, gracias a estos irresponsables
políticos, están un paso más cerca de conseguir su objetivo.
Son los más desfavorecidos los que pagarán el pato, al
precio de acabar teniendo escaso dominio del castellano, pues habrá que ir a
colegios de pago para alcanzar el que sería de ley conseguir en un centro
público. Los promotores del invento llevan a su prole al colegio británico o al
liceo francés, donde enseñan bien el español, que el catalán ya lo llevan de
serie. La izquierda apoya aquí a los más solventes, más a Anna que a Ana, menos a
Arturo que a Artur y más a los Puigdemont que a los Gómez. De paso, estos
inmigrantes de nueva o vieja estirpe, si el castellano es su lengua materna,
habrán interiorizado en la escuela y en la calle que la suya es una lengua
importada, ajena al territorio en que nacieron y viven, lo que les llevará a asumir que son ciudadanos de segunda, parte de esa chusma mesetaria hambrienta y analfabeta,
la tropa de una invasión programada por Franco como algunos han llegado a
escupirles, charnegos que deberían ir olvidando hasta en casa su lengua si
quieren integrarse en ese parque temático nacionalista en eterna construcción.
De todas formas es inútil. Su lengua es la materna para un 56,2% de los
catalanes, la podrán esconder en casa, pero sus apellidos les delatarán. Nunca
seréis de los nuestros, sois gent de fora, Los García, Martínez, Sánchez,
Gutiérrez, esos que enumeraba con sorna Boadella, y que son los más frecuentes
en Cataluña, como en el resto de España, nunca podrán competir para los puestos de postín con los Puig i Casademont,
Formiguera i Margall, o Major i Detall.