![]() |
| Comiendo en la Explanada de Alicante, para envidia del califa. |
martes, 24 de noviembre de 2020
Epístola califal
viernes, 20 de noviembre de 2020
Epístola de la educación subóptima
Con Gabilondo se perdió tal vez la única ocasión en la
que se estuvo a punto de acordar una ley de educación consensuada, que en eso hubiera sido la primera. Esta nueva
ley nace muerta, como difunta vino al mundo la de Wert. Ahora impongo yo, que
ya te tocará a ti. El proyecto, la ambición, la idea única que las trae el
mundo es derogar la ley anterior, incorporar meaditas para marcar como lobos
los lindes ideológicos del terreno donde se educan los españoles. Mala cosa es que precisamente regular la educación esté en manos de muchos que ni la tienen ni la conocen, con lo que en la tramitación de las sucesivas reformas se habla casi de todo, menos de educación.
Cada partido hace de su capa un sayo, impone, compra, vende, y publica en el
BOE un texto que ya incorpora la necesidad de ser modificado en cuanto el
gobierno de turno cambie. Leyes perpetradas con los días contados, ocho en cuarenta años,
todo lo contrario de lo que la educación necesita, que es estabilidad, sosiego,
recursos, (¿Ubi est la memoria económica?) y lo que le sobra son injerencias de
banderías políticas.
Pocos cambios. Los hay positivos; otros dudosos por inoportunos o innecesarios, no pocos irrelevantes y algunos otros indefendibles. Con seguridad lo más grave, rozando lo criminal, es vender el idioma común y degradarlo a lengua extranjera dentro de parte del territorio nacional. El resto, la mayor parte, sigue igual. Es decir, mal. La lengua castellana se sacrifica para ganar unos pocos votos y, no menos, para evitar recibir otros, gracias a Iglesias, mamporrero de esta demolición gradual de lo común.
Pierden los alumnos con necesidades educativas especiales y agoniza el castellano en algunas comunidades. También la educación concertada, aunque ya veremos. Falta leer la ley completa, que el proyecto, quitando los habituales brindis al sol y declaraciones altisonantes de estos textos, siempre reconfortantes para incautos, es endeble e inacabado. Dejadme los reglamentos, que decía aquel. Luego, los docentes, como siempre, volverán a verse enredados en su eterno tejer y destejer el bordado de Penélope, un premonitorio sudario para el rey Laertes, padre de Odiseo.
No sería de extrañar que, también como se acostumbra, algún orate intente dejar su huella en terminologías y eufemismos, burocracias y protocolos, renombrando una vez más cosas que no conocen y que poco cambian, salvo para enredar, la actividad de una ley a otra en las aulas. A Dios gracias. Y a los docentes que, tras sobrevivir a pie de obra a docenas de ministros y al acostumbrado ping-pong legislativo, se pasan por el forro hasta donde pueden, que no es poco, gran parte de lo dispuesto en las reformas, haciéndolas así digeribles, al menos no tan nocivas como de los despachos salieron. Dado que nadie le pregunta nunca a los docentes qué les aconseja su experiencia acerca de estos temas, nunca se han sentido demasiado interesados ni concernidos por debates y medidas tan alejadas de su quehacer diario. Al contrario, viendo su ámbito y su quehacer tomado al asalto en las batallitas de los partidos, más rechazo que adhesión cosechan unos y otros entre el gremio, pues ambos acaban siendo el enemigo. Fuego amigo, en el mejor de los casos, como ya escribía aquí hace pocos años acerca de la ley Wert. Fue otro parto o aborto legislativo y, si alguna duda dejaba, los recortes en educación, agravados por la señora De Cospedal, muchos de ellos aún no revertidos por cierto, me espolearon a jubilarme echando leches. Con Dios.
La Lomloe, que parece apócope de niña pija, pues ya hay que rebuscar para bautizar leyes de educación en España, se llama nada más y nada menos que Ley Orgánica de Modificación de Ley Orgánica de Educación. La siguiente se llamará Ley Orgánica para Modificar la Modificación de la Ley Orgánica de Educación. LOMOMOLOE, o algo así. No sé dónde leí este epitafio que viene al pelo:
Aquí jaz o mui illustre
Senhor João Mozinho Souza
Carvalho Silva de Andrada...
Sobra nombre o falta losa.
miércoles, 18 de noviembre de 2020
Epístola de abrigo
Es difícil que prohibiendo la mala literatura o la peor de
las músicas se consiguiese dirigir la atención general hacia las buenas. Más
probable es que se creara rechazo hacia unas y otras, si no es que, por llevar la
contra a las imposiciones, lo peor de cada arte se viera promocionado por una
publicidad inmerecida. Las cabezas funcionan así, las de los censores y las de
los que se ven tratados con un paternalismo condescendiente en el mejor de los
casos y totalitario en el peor.
Igual que ocurre con las artes pasa con las ideas. Ni hay
que censurarlas ni publicar en el BOE una lista de las adecuadas. Lo que hay
que hacer es educar y facilitar el acceso a las serias, a las que tienen enjundia
y fuste, dar datos ciertos y herramientas para poder interpretarlos para elegir
libremente. El censor, el impositor de ideas, siempre lleva una liebre
ideológica ajena a criterios de calidad, incluso de certeza. Su campo de
trabajo es el de lo conveniente, lo cómodo para el poder, no el de lo cierto,
algo agravado por el hecho invariable de que suele ser más ignorante que
aquellos a los que quiere estabular el gusto y el criterio. Aunque su intención
fuese buena, si es que puede serlo, inevitablemente recabará críticas de los
más ilustrados y reflexivos, de forma que acaba dirigiendo sus ataques a estos
enemigos cerrando el círculo perverso. La estupidez y la vacuidad suelen
atravesar esas cribas. La censura, si es que alguna puede haber
bienintencionada o necesaria, siempre termina combatiendo la excelencia y promoviendo
un conformismo ovejuno.
Lo malo se combate ofreciendo y facilitando el acceso a
algo mejor. El error y el delito con buenos ejemplos y buenas leyes, nunca
buscando causas remotas que los diluyan en la normalidad y acaben por
justificarlos. Dejando aparte que lo que es bueno para unos puede parecer malo
a otros, y es normal que así suceda, cada sociedad ha ido dando con un mínimo
acuerdo sobre ciertos valores compartidos y la Historia nos enseña que las
sociedades se han derrumbado a la vez que caían esos acuerdos básicos que a lo
largo del tiempo mantenían una cohesión y un sentido de pertenencia imprescindibles.
Esos pactos, símbolos e ideas compartidas permiten y amparan la defensa de
causas no comunes, incluso las minoritarias, siempre que no lleguen a
cuestionar la misma existencia de la sociedad que también a ellas proteje.
Cuando en una sociedad lo común pierde un prestigio que se va cediendo a lo
particular, incluso a lo tribal, va cavando su tumba. Que algunos, incluso
vicepresidiendo el gobierno nacional, hagan peña con los que proclaman que vienen
con la pala a hacer mayor la fosa, no es cosa defendible. Muchos países, tal
vez los mejores, desde luego los más sólidos y democráticos, directamente
prohíben este tipo de sepultureros. Que nosotros no sólo los permitamos, sino
que los financiemos y concedamos inmunidad parlamentaria, es un rasgo suicida y
un elemento más de los que nos llevan a ser un país de interés turístico,
interesante, pero con un porvenir incierto. Nuestro futuro
directamente pasa por darles solo el poder que realmente les corresponde, pues
son electoralmente irrelevantes. Numéricamente lo son, pero nuestras leyes dan
más mando a veces al grumete que al capitán. Algunas minorías locales, con la
complicidad de lo peor de cada casa política del resto del país, se intentan
apropiar de unos territorios, también de unas ideas y de unas causas, que
utilizan para fragmentar y para dividir. En los programas, no digamos en los
comportamientos de algunos partidos y personajes, se defienden no pocas causas
innobles e injustas, amparadas por la tolerancia, tal vez excesiva, de nuestro
marco legal, con una constitución que dice no ser combatiente, eufemismo que
evita decir que se quiso indefensa.
Hay otras causas nobles y justas cuya asunción generalizada
se ve dificultada tanto por la forma equivocada de defenderlas como por tener
la mala suerte de caer en manos de las personas inadecuadas, algunas ya
mentadas. Me refiero a esa clase de vagabundos buscavidas de la política que
dan con una causa o con una idea como el que se encuentra una cartera en la
boca del metro. Podrían haber encontrado otra, pero ven que esa está llena de
billetes y para qué buscar más. Devolverla a su dueño, buscar a quién pertenece
de verdad, y debería ser de todos, ni se les pasa por la cabeza. De forma que
se apropian de lo que no es suyo, aunque argumentan que toda propiedad es un robo en
un alarde de coherencia propio de esa clase de polillas, y se quedan con los
cuartos.
Cuando alguien, una persona o un grupo, se apropia de un
símbolo, una idea o de una causa, ya está pervirtiendo su potencial virtud. No
intentará repartir el hallazgo, extender los beneficios, al contrario,
procurará encontrar razones para excluir del reparto a los que no sean de su
cofradía de Monipodio ideológico. Esto es nuestro, que hacéis aquí defendiendo
lo que nosotros. Buscad otra cartera. Los otros dan por perdida ese billetero,
uvas verdes desde entonces, pero siempre encuentran otra para obrar igual.
Si a esa mentalidad tribal con tendencia a escriturar la
virtud y la ética a nombre de su comunidad de bienes ideológicos, unimos que la
indecencia y la estupidez suele rondar por tal modelo de cabezas, ya tenemos
una combinación peligrosa. Incluso si ven que los billetes de la cartera son
falsos como moneda de cuero, si el primero ha colado y han conseguido
endosárselo a algún incauto, ya no tienen freno. Sus feligreses son los
primeros en dar por buena la mercancía y pasan a extenderla por los mercados. Llegan
a convencerse que sus cromos son billetes de curso legal, o al menos dicen
estar convencidos de su validez, y van ofreciéndolos y pregonándolos cada vez
con mayor osadía. Como en todos los timos, al timado, si percibe el fraude, le
cuesta admitir para sus adentros que es imbécil y lo que hace es procurar ir
desprendiéndose del género y aumentar la extensión del engaño. En economía se
sabe —lo explica la ley de Gresham— que la moneda falsa expulsa a la buena y que
si circulan las dos pronto predominan las falsas, las de chapa, y van
desapareciendo las de oro. Con las ideas ocurre otro tanto, muchas hay que presumen
de un valor facial muy alejado del verdadero, que en este mercado de las
ideologías se debería medir por la proporción de verdad en la aleación, no por
los aplausos de la parroquia. Al final lo que circula es morralla ideológica,
lemas, argumentarios y simplezas.
Vemos circular muchas monedas ideológicas de baja ley por las tabernas, por los mercadillos y, lo que es peor, en muchas tribunas en las manos de lidercillos y próceres que han tropezado con una cartera y bien viven de ella hasta que les dure. Podría haber sido cualquier otra. Charlatanes de la política, vendiendo mantas y regalando peines encaramados en las instituciones, con verborrea propia de Ramonet, que pronto compran los cebos conchabados para animar al público a dar por bueno el género. Aunque su causa sea mala la intentarán vender como oro fino y, si buena fuere, mala cosa es que una buena causa se manche mezclada en malas manos con este tipo de calderilla, pues una mayoría piensa que viendo la choza se conoce al pastor. Y también que conociendo al pastor se deduce la salud del rebaño y la pureza del queso. Estos vividores de la política defienden las causas indignas y manchan y desprestigian las virtuosas. Son una peste.
miércoles, 11 de noviembre de 2020
Epístola vehicular
![]() |
| Busque el García |
Los territorios no tienen derechos. Sólo los ciudadanos pueden tenerlos, no los bancales ni las regiones. Las lenguas no tienen el derecho de ser habladas. Ni nadie a imponer que se hablen ni que no. Son los ciudadanos los que tienen (o deberían tener) el derecho a expresarse en la que quieran o puedan. Reclamar el de ser educado en la lengua que escuchaste alrededor de la cuna, ya es mucho pedir. Cualquier política de imposición en ese terreno, sea la franquista o la de la actual administración catalana, —es decir, la misma— no puede dejar de ser valorada como un abuso con tufo a totalitarismo uniformador. Al parecer, hay una uniformidad indeseable, que abarca todo aquello que quiera ser salvado como común, como cemento que una las distintas gentes y territorios de un país, el nuestro, el de todos. Enfrente hay otra ya más noble, más defendible, esto es, la forzada homogeneidad que lamine las diferencias dentro de cada virreinato. Con las banderas ocurre igual.
¡Viva la diferencia!, pero sólo si es la nuestra. Cataluña
lleva decenios malgobernada por unos fanáticos empeñados en esa obra de
ingeniería social que llaman “construir país”, algo que sólo se puede hacer con
los escombros del único que existe y que cobija a las diferentes comunidades
autónomas. Dudoso invento que cada día muestra más lo frágil de sus costuras, pues
pudiendo ser una buena idea, se hizo a estirazones, y no era diseño que pudiera
funcionar cuando desapareció la débil ligazón de aquellos consensos entre gente
más decente y preparada que la que desde hace lustros soportamos al mando. La
deslealtad secular de algunos territorios debió de ser prevista, incorporando salvaguardas que impidieren aventuras ya intentadas, hoy ya es
tarde. Y el único país existente aquí, la única nación, España, paradójicamente es la única puesta en duda, de nombre impronunciable para los mesetarios y
periféricos desnortados que apoyan estos desafueros supremacistas que hablan de
plurinacionalidad y de la autodeterminación de los pueblos y las aldeas. Menos
de los suyos, que bien se guardarán los de Barcelona de declararse independientes
de Damasco.
Que los promotores de este intento planificado de escriturar
parte del territorio nacional a su nombre sean una pequeña élite acomodada,
ombliguista y xenófoba, con aromas racistas, una especie de extrema derecha
corrupta y excluyente, sea cual sea la denominación que le pongan al producto,
no es óbice, cortapisa ni valladar —Forges dixit— para resultar apoyados por
otros que dicen ser de izquierdas. Lógicamente de la peor y más extremada de las izquierdas
posibles, esas que abominan de reformar la casa y ven mejor arramblar con el
edificio para hacer un chamizo medieval con lo que quede de sus piedras. Será
peor, pero suyo. Trasladan a la estructura del Estado, que quieren débil si es
que quieren Estado, ese instinto fragmentador que les lleva a subdividirse
eternamente en Frentes Populares de Judea, permutando cinco o seis palabras
para bautizar sus infinitas sectas. Intuyen, saben, que sólo en los ríos
revueltos, en la descomposición y en el conflicto tienen ocasión de pescar
algo. Cuando las aguas son claras se les reconoce demasiado bien ya desde
lejos. Cuanto más turbias y enfangadas mejor.
Lo que los separatistas han puesto encima de la mesa como
elemento diferenciador, la almendra de su derecho a ser un nuevo país, siempre ha
sido la lengua. Luego te ponen como ejemplo Bélgica o Suiza, o Canadá. Un solo
pueblo, una sola lengua. ¿Quién dice esto hoy? Lo de la lengua del imperio era
de Nebrija, era lema de la época de los Reyes Católicos, algo en parte intentado
recuperar por Franco, con poco o nulo éxito. No es Vox quien lo dice ahora, aunque a
algunos de ellos sin duda les gustaría; hoy son otros populistas, los Jordis, los Torras,
los Puigdemonts y los Mas. E Iglesias y el converso Rufián, que todo tocino es
poco para mostrar la firmeza de la nueva fe, que de algo hay que vivir bien. Principios,
los justos, no como Sánchez que los tiene todos, eso sí, unos días unos y otros
los contrarios. No, no son los llamados centralizadores, sino los separatistas,
quienes proclaman y aplican tan progresista y conciliador lema en la política
local y en la enseñanza. El castellano, hasta ahora residual, aunque lo fuera
ilegalmente, con este bodrio legal ya será lengua extranjera en la escuela
catalana, por fin. Ahora con todo derecho. Como el inglés, el italiano o el
alemán, el mismo número de horas, pero peor visto, que ni en el recreo debería
usarse. Dos horas semanales en primaria, tres en secundaria y dos en
bachillerato. Sin embargo, ese es el idioma agresor, el que intenta imponerse,
lo que son las cosas o quieren que sean estas mentes calenturientas. Con esta modificación
legal de encargo, pago que santifica los desaires nacionalistas a las
sentencias del Constitucional y las del TSJC, hasta harán difícil el único
recurso actual para reclamar tus derechos lingüísticos en la escuela, ese
miserable 25%, que es acudir a los tribunales. De todo ello tanto el PP como el
PSOE son culpables, por acción o dejación durante decenios, por la recurrente compra
de votos pagando con los menguantes derechos de todos. No le echaré la culpa a
ERC, que vende a buen precio sus votos y gana otra piedra para su obra, arrebatada como siempre a los cimientos de la casa común; tampoco
a Iglesias, mediador y tratante del acuerdo entre payos para la venta de esta
burra legislativa, pues de él y de los suyos nada cabe esperar, ni en esto ni
en nada. El alboroque lo celebrarán juntos. En el PSOE, el pagador en el trato, se escuchan rechinar
algunos dientes, hay quejas acalladas por el sillón en juego, los que razonan
en contra pasan a la lista negra y las navajas están preparadas. Esperemos que
los vaivenes parlamentarios no obliguen a algunos a hacer el ridículo una vcz
más con sus dondedijedigos.
En los estériles debates de las redes se suelen leer cosas peregrinas, no las llamaremos argumentos. En realidad, muchos de los debatientes lo que vienen a decir es que si lo hacen los suyos, bien hecho estará, tanto como si hubiesen hecho lo contrario. Lo que da la cepa, no hay que esperar más. Los más listos y decentes, que los hay, o callan o mantienen una postura tibia, como desentendida, se van por las ramas viéndolas venir, por si hubiera mañana que defender lo contrario y enumeran algunas obviedades sobre la hermosura de las lenguas, la necesidad de respetarlas, algo que nadie discute o alegan que ninguna está prohibida, cosa que nadie afirma. Otros, bastante menos inteligentes, intentan argumentar, y recurren al mismo tono agraviado y lloroso de aquellos que en definitiva vienen a defender. Los que reclaman que el 25 % de la enseñanza que reciben sus hijos sea en castellano son para ellos los malos de la película. Y los que los defendemos también, unos fachas, resignados y ya hechos a recoger y abonar algunas flores que van tirando los que se autodenominan progresistas. Presentan estos últimos a los que se oponen a este engendro legal como si los perjudicados fuesen los abusadores, los que oprimen lingüísticamente a los que quisieran que en Cataluña sólo se hable catalán. Pero la verdad es que los que con su ayuda quitan derechos son los tractorícolas, los verdaderos fachas catalanes, los carlistoides paletos que proclaman desde balcones y despachos oficiales “un sol poble, una sola lengua”, no los otros.
Ni el catalán ni es castellano corren peligro en Cataluña.
Ninguna de las dos lenguas está expuesta a desaparecer en el uso voluntario que
de ellas hagan los ciudadanos. El debate no es lingüístico, sino de hegemonía cultural
y política. Se prohíbe la posibilidad de rotular en las calles en castellano,
incluso se multa a quien lo hace en el cartel de su propio negocio, las comunicaciones
desde y hacia las administraciones solamente se permiten en catalán, el exigido
dominio de la lengua vernácula filtra y tapona la llegada de indeseables e
indeseados funcionarios carpetovetónicos y en la escuela no se habla otra
lengua que no sea la catalana, salvo en las dos horas dedicadas a la Lengua
castellana… Si todas esas anomalías democráticas suponen la normalidad en Cataluña,
difícil es presentar a los castellanohablantes, la gran mayoría, siendo el castellano la lengua materna del 56,2% de los catalanes, como
los que intentan imponer su lengua frente a la catalana, que se quiere hacer
pasar por la agredida, por la necesitada de protección. Ha costado cuarenta
años, pero por fin gracias a estos desalmados de distinto pelaje el castellano
tendrá legalmente el trato y consideración de lengua extranjera, gracias a este
artefacto legal vergonzoso que ERC intenta cobrar por su apoyo a los
presupuestos, con Podemos de mamporrero y la peña de la izquierda mesetaria
dando palmas. Esperemos que el Parlamento impida que se perpetre este
desafuero, aunque pocas esperanzas hay.
Desde balcones y despachos de una administración centrada
en eso que llaman “la construcción nacional”se repetía y repite el lema “Un sol
poble, una sola lengua”, la catalana, que el castellano es jerga de los charnegos
invasores y otras gentes de mal vivir. Hoy, gracias a estos irresponsables
políticos, están un paso más cerca de conseguir su objetivo.
Son los más desfavorecidos los que pagarán el pato, al
precio de acabar teniendo escaso dominio del castellano, pues habrá que ir a
colegios de pago para alcanzar el que sería de ley conseguir en un centro
público. Los promotores del invento llevan a su prole al colegio británico o al
liceo francés, donde enseñan bien el español, que el catalán ya lo llevan de
serie. La izquierda apoya aquí a los más solventes, más a Anna que a Ana, menos a
Arturo que a Artur y más a los Puigdemont que a los Gómez. De paso, estos
inmigrantes de nueva o vieja estirpe, si el castellano es su lengua materna,
habrán interiorizado en la escuela y en la calle que la suya es una lengua
importada, ajena al territorio en que nacieron y viven, lo que les llevará a asumir que son ciudadanos de segunda, parte de esa chusma mesetaria hambrienta y analfabeta,
la tropa de una invasión programada por Franco como algunos han llegado a
escupirles, charnegos que deberían ir olvidando hasta en casa su lengua si
quieren integrarse en ese parque temático nacionalista en eterna construcción.
De todas formas es inútil. Su lengua es la materna para un 56,2% de los
catalanes, la podrán esconder en casa, pero sus apellidos les delatarán. Nunca
seréis de los nuestros, sois gent de fora, Los García, Martínez, Sánchez,
Gutiérrez, esos que enumeraba con sorna Boadella, y que son los más frecuentes
en Cataluña, como en el resto de España, nunca podrán competir para los puestos de postín con los Puig i Casademont,
Formiguera i Margall, o Major i Detall.
jueves, 29 de octubre de 2020
Epístola bélicosa y frenopática
Ya tenía bastante la justicia, entre los estirazones a
sus puñetas, su forzada dedicación a encausar a muchos conmilitones de los que
estirazan y a intentar arreglar problemas o apagar incendios que esos mismos o
provocan o son incapaces de solucionar. Además ahora vamos a convertir los
tribunales en consultorios psiquiátricos.
Las sentencias del procés y de Trapero, como otras que
afectan a todos los partidos salvo excepciones que no conozco, son contadas por
cada uno como la feria, según les va, valoradas según se acostumbra, justas si
favorables, indignas cuando pintan bastos. Ahora llegamos a la guinda, las
detenciones de la camarilla de Puigdemont en lo que parece un episodio de
Amanece que no es poco, el de la invasión, aderezado, como es costumbre en la
casa, con el uso de cuantiosos fondos públicos para financiar sus delirios. El
juicio parecerá un guion de Berlanga o de Cuerda.
Seguramente no hay forma de evitarles a los togados el papelón,
porque de forma fatal el guion de la película y los diálogos de cada proceso
acaban acercándose dialécticamente al nivel de los hechos y personajes que se
enjuician. Y viendo discutir a un listo con un tonto, a un loco con un cuerdo, al
cabo de un rato es difícil distinguirlos. Un juicio acaba adaptándose al nivel
del juzgado y aunque se trate de un criminal, se le supone un cierto raciocinio.
Tal vez por ello sea hora de tratar el tema independentista desde un punto de
vista psiquiátrico, seguramente la única forma racional de abordar los hechos.
Los acusados, pueden pagar, deben pagar si así se demuestra,
por los robos continuados de dineros detraídos de necesidades reales y urgentes
para financiar los desvaríos y sueños de escriturar a nombre del cártel la
finca catalana que ya tienen decenios en usufructo. Lógicamente las leyes nada tendrán
previsto para estos desajustes frenopáticos, como ocurrió en juicios anteriores
donde se juzgaba una ilusión, un sueño irrealizable, según decía la sentencia. Muy
caro y peligroso pero, al fin y al cabo, todo era ilusión, teatro, circo y
encantamiento. Nadie puede prever la vesanía de alguien que quisiera beberse el
Júcar para secar la comarca o robar un término municipal echando viajes con
camiones llenos de la tierra de los bancales hasta llevársela toda. Sí debería
estar contemplado el penar todo gasto inútil, no digamos nocivo para la
conviviencia. Embajadas para desacreditar al Estado pagadas por los impuestos
de todos, o los fondos desviados para mantenimiento del loco de Waterloo y su
corte a cuerpo de rey, o la creación de una agencia espacial para lanzar
cohetes. Todo pirotecnia.
¿Qué figura legal podrían tener nuestros códigos para quien
reclamare la presencia de mercenarios de un país ajeno y lejano para sustituir
una ocupación que sus desarreglos mentales les hacen figurar cometida por parte
de sus compatriotas? Nadie puede creer que Putin estuviera dispuesto a asumir
la deuda catalana y a enviar 10.000 soldados para apoyar la república bananera
soñada por estos dementes. Lo malo es que ellos sí; no sólo lo creían posible,
sino también deseable. Tratado el tema en un juicio, necesariamente será algo surrealista
y su desarrollo y su sentencia puestos en cuestión. El juez Calatayud, ya acostumbrado
a tratar con adolescentes revoltosos, les mandaría unas pastillas y los pondría a
trabajar en un andamio. O dirimir la cosa en un duelo singular entre Puchi y un
Goliat estatal, y luego ya al trullo. La embajada rusa contesta con sorna que
pocos son diez mil para tamaña epopeya. Eso bastaba en la Anábasis, Ciro contra
Artajerjes, cosa que ya añado yo.
No es para menos la ironía rusa. Si esas peticiones
existieron, bueno sería saberlo y a qué nivel llegaron los contactos, aunque
uno imagina una escena de Torrente. Meras confabulaciones entre hampones, de
fijo agravados por el vodka sus desarreglos mentales, porque si se enteraran en
el palacio de Putin que sus servicios secretos tratan en esos términos con estos pobres incautos
alucinados, destierran a toda la legación diplomática a Siberia. No sé si
Gorvachov, al que meten en el ajo, se molestará en descender hasta estos pantanos
ni para desmentir la fábula, pues lo más posible debió ser que estos sujetos acabaron
dando con algún mafioso espabilado que viera ocasión de sacar algún provecho de esta tropa
que les pedía tropas. Al menos, reírse. Como la demanda de un par de regimientos dejaría petrificados y mudos a los rusos, con su silencio los tractorícolas se animaron a añadir que, de paso, nos pagáis la
deuda, total unos cientos de miles de millones. A cambio, la neonata república,
una potencia mundial, daría por buena la anexión de Crimea y os enviaría un par
de garrafas de ratafía de la del Torra. Y aquí paz y después gloria. Todo se
andará, todo se andará, nos dicen en el Kremlin, —contestaron ya casi repuestos aunque aún perplejos. No
es raro que, como estos mataharis nos cuentan, Puigdemont, al conocer el calado y enjundia
de la operación, se cagara en las bragas. [sic]. Si se lo cuentan a la Marta
Rovira aún estaría llorando. Junqueras ya andaba encargando mil misas con
Tedeum a los dominicos de Montserrat y Mas un traje militar de Armani, con
media arroba de medallas. La sorna de la embajada rusa es explicable y los
únicos informes que llevaría a Moscú la valija serían para describir lo propicio de que
metieran en las redes más mensajes para enredar el cotarro si es que se podía
enredar más, que veían el río revuelto y que eso de andar como pollos sin
cabeza en Cataluña hoy ya no es una metáfora. Pero nada de contar con esta
pandilla tan poco seria ni para beber vodka. Que en cuestiones de religión
mejor no meterse y que nada de considerar la posibilidad de apoyar una
hipotética republiqueta regida por tales descerebrados narcisistas y
avariciosos. Hasta los enemigos conviene que sean serios. Lo dicho, un
descojone moscovita.
Lo malo es que aquí también nos lo tomásemos a broma. No
sugiero que lleguemos al nivel de demencia de esa gran familia siciliana que
desgobierna el Principado, pues sería arduo y estéril obligar a un tribunal a
diagnosticar su patología. Como esto de los 10.000 hijos de san Putin
desfilando por la Diagonal es sólo un sueño de perturbados mentales, procede
hacérselo ver, si acaso, por un tribunal médico, de esos que valoran el grado
de responsabilidad que cabe atribuir a un psicópata. Todo se deberá limitar en lo penal, lo
que no sería poco, a lo real, a la pela, a pedir responsabilidades por usar
millones de euros públicos para financiar disturbios, quemas de calles,
sabotajes y otros desmanes acuáticos. Especialmente grave si se hace, como se hizo, desde
la propia cúpula de la administración autonómica. Si eso no la convierte en
organización criminal, que venga Dios y lo vea.
Lo más penoso no es que sus secuaces, red clientelar y
masas hipnotizadas por el péndulo independentista les den la razón. Gran parte
de esa tropa vive de esto. Lo peor será ver desde otros lares a los tontos de
siempre, los útiles y los inútiles, desviar la atención, una forma de colaborar,
intentándonos convencer cuando estos hechos alucinatorios lleguen a los
tribunales que quien está en duda precisamente son los jueces, no los delincuentes
juzgados. Es lo que llevamos soportando ya muchos años. Sólo por sus robos, que
robos son, y desmesuradamente cuantiosos como corresponde a los discípulos de
Pujol, ya merecían estar en la cárcel tantos o más años que el bigotes o el
Bárcenas, que han robado menos y en otros aspectos son menos peligrosos para la
convivencia que los dirigentes separatistas. Y me refiero a los políticos
presos por los juicios del procés, que bien están donde están, y más cuanto mejor vamos conociendo los planes y actos de ese entorno claramente mafioso y
alucinatorio. La locura es más peligrosa que condenable y no se cura en la
cárcel, pero sólo, como decía, un traslado al psiquiátrico debería sacarlos de
ella.
sábado, 17 de octubre de 2020
Epístola pensativa

Se nos reprocha que es cómoda y posturera la
pretensión de independencia, de una libertad de juicio que a veces declaramos
como aval de nuestras opiniones sobre la actualidad política. Pudiera parecer que con ello se las negáramos a los que nos contradicen. Como siempre
ocurre, no le falta algo de razón a quien eso piense o diga. Nadie hay
verdaderamente imparcial, un cerebro en un frasco que destila cordura aséptica,
sin contaminación de simpatías, preferencias ideológicas, prejuicios, incluso
manías. Detrás de las opiniones siempre hay vivencias, lecturas, compañías,
ambientes y otros condicionantes que hacen de filtro a la hora de analizar unos
hechos o unas ideas.
Eso nos hace previsibles, aunque a unos más que a
otros, es cierto. Cuando conoces a alguien bien, a menudo puedes anticipar sin
equivocarte demasiado qué pensará y dirá acerca de ciertas cosas. También
ocurre a la inversa; quienes nos conocen pueden más o menos prever qué opinión
tendremos sobre un asunto o un tema que surge. Los cerebros se van
encalleciendo y nadie puede presumir de tener una mirada virginal ante lo que
acontece.
La cosa se agrava porque cada individuo no es una isla que produce ideas propias, endémicas, únicas, originales, fuera del tiempo y de la sociedad en la que vive. Hay algunos que mantienen toda su vida la cándida simplicidad de la infancia, sin alcanzar nunca el uso de razón, que aquí está Caperucita y allí el lobo, tras aquellas matas, aunque lo normal es que, conforme se va madurando, hecho el rodaje del magín, cada persona vaya haciendo suyas unas ideas, una forma de ver las cosas, unos condicionantes que son su herramienta para enfrentarse a la realidad. Esta herramienta será más potente y versátil según la cantidad y calidad de las experiencias, compañías, lecturas y reflexiones que haya acumulado hasta el momento. Deberíamos hacer hincapié en lo último, las reflexiones, el pensamiento dejado a su aire, sin compuertas, sin rutas, sin límites. No es algo que debemos dar por supuesto, pues es actividad menos frecuente de lo que pudiéramos suponer. Cada uno haga memoria de cuánto es el tiempo que lleva dedicado a ese menester, barbilla en puño, mirada ausente y a ver dónde nos lleva la cosa.
Hay quien se pone a pensar ya embridado, por otros o
por sí mismo, llegando a echar el freno y detenerse cuando ve que los
pensamientos se van orientando hacia donde no deben, hacia lugares que no
debería visitar alguien que es como uno cree que es. Que esa es otra, que hay
quien dice pensar lo que no piensa, pensando que una persona como él, que es
como debe de ser, no debería pensar como en realidad él piensa. Ni llegar a las
conclusiones a las que con inquietud se ve llegar a menos que pare a tiempo.
Mejor callar y dejarse llevar, esperar a que lo que hoy es incorrecto vuelva a
ser correcto. Incluso llega a convencerse que ha tenido el gusto, la inteligencia
y el acierto suficientes como para atinar pensando exactamente lo que hoy hay
que pensar. No fallo a ningún palo. Me hincho a megustas en el Facebook y en el
Twitter, oye. Acudo a donde sé que me van a dar la razón sin pensar y ninguna
necesidad hay de meterse en la boca del lobo, en el terreno hostil que habitan
los que no piensan como yo, pero piensan. En otros casos, la inusitada
experiencia de discurrir dura poco porque las neuronas empiezan a sufrir
agujetas, como cuando alguien muy sedentario un día decide apuntarse a una
media maratón.
En determinados aspectos, la fe, sea religiosa o política, si es que ambas no son una misma forma de ser y pensar, nos marcan unos límites, ponen en cuarentena e incluso nos privan de conocer datos que serían relevantes para razonar con posibilidades de acierto. A veces se nos limitan o prohíben. Hay que leer esto y no aquello. No hay que hacer caso a fulano, que es un hereje, es falso porque lo han dicho en tal emisora, periódico o cadena. ¡Uy, mengano, si yo te contara! Así las ideas y los comportamientos se juzgan más por su autoría que por su contenido.
Mentarle a alguien su militancia o su fe no es declararle incapaz de pensar por su cuenta, y no sería honesto, y menos elegante, aludir en un debate a esos condicionamientos, de peso variable según personas, para intentar desacreditar al oponente o atribuirte una razón que tus argumentos no sostienen. Si en el ardor del debate, uno incurre en ese error, o así lo entiende el contertulio, sólo cabe presentar excusas. Pero los condicionantes están ahí, operativos y, a veces, determinantes. Una etiqueta política, más si es asumida o pregonada por el interesado, no descalifica, aunque sí autoriza a suponerle determinadas creencias previas, una forma concreta de ver las cosas, unas simpatías hacia unas doctrinas y unas personas, tanto como una animadversión hacia las contrarias. Incluso en algunos casos extremos se cae preso de un dogma, en cuyo caso lo mejor es dejarlos, pues debatir hoy con arrianos y monofisistas, como que no. Sólo se debe debatir con personas que nos merecen respeto. Y que nos lo tienen, al menos lo muestran.
Claro, declararse uno libre de todos estos cimientos a la hora de edificar nuestros argumentos siempre es intentar jugar con ventaja, pues en un grado o en otro todos nos apoyamos en un suelo, que todos creemos firme, aunque pudiera ser pantanoso o movedizo. La realidad es poliédrica y cambiante y no siempre nuestro cerebro elige bien el solar, cuenta con buenos planos y herramientas, ni tiene tanta pericia en el oficio como creemos. Si estamos hablando de imparcialidad, no cabe buscarla en un cerebro juzgándose a sí mismo.
De ahí vienen casi todos los males en el tema que nos ocupa. Antes de juzgar los acontecimientos, la experiencia, la costumbre y el ambiente próximo, —a veces la peña, la iglesia o el partido—, entre otras influencias que no siempre controlamos, nos han creado un mapa del universo posible, con sus límites, sus caminos y sus puertos infranqueables. En ese mapa, nosotros mismos, los nuestros, ocupamos invariablemente el centro, aparecemos en el cerro más alto y desde esa privilegiada altura miramos y juzgamos. La fe y la militancia hacen más pequeño el universo posible, siempre dejan fuera mucho campo, aunque depende del grado de entrega y dependencia respecto a esa fe el tamaño del espacio por donde nos es posible transitar. A veces es amplio, otras muy reducido y su dimensión va pareja con nuestra previsibilidad.
Uno siempre cree, quiere creer, que ve las cosas con ecuanimidad, algo que también les sucede a los demás y es difícil aquilatar a qué nivel de ajuste con la realidad nos llevan a cada cual los condicionantes antes descritos, aunque siempre tendemos a vernos en el espejo mejor de lo que somos. Componemos la imagen que nos devuelve a base de recuerdos y deseos, de ideales y de engaños. No podemos evitar esa autocomplacencia. Seguramente un monstruo se ve como el más bello de los monstruos. Si eso ocurre con una imagen física, qué pensar del Photoshop que aplicamos a nuestras ideas una a una y en conjunto. Esa autoimagen ideológica siempre nos coloca en el lado bueno de la historia, alta la moral, bien peinadas las ideas y vestidos con los ropajes del acierto y de la sensatez. Tal vez esa autoestima sea necesaria para vivir, para salir a la calle y más para opinar, pero no siempre es ajustada y veraz.
Una romana que puede servirnos para no falsear la medida de nuestra ecuanimidad es intentar recordar cuándo hemos criticado a “los nuestros”. Cuanto más se separe de cero el número de ocasiones en que lo hemos hecho, mejor vamos, más creíbles seremos o no lo seremos en absoluto si el osciloscopio da encefalograma plano. Muchos casos podemos ver en que el criticómetro no mueve su aguja más que en un sentido, lo que resta valor y peso incluso a los juicios acertados y las valoraciones sobre las maldades ajenas. La incapacidad de detectar las propias, la autocensura que nos lleva a callar si es que las detectamos, incluso a negarlas si otros nos las muestran, nos indican que nuestras opiniones, además de previsibles, son poco de fiar, hasta cuando aciertan. Si el descarte de todo aquello que en la realidad nos perjudica, a veces el interesado silencio sobre la mitad de ella o el tomar conveniencia por razón, ya devalúa nuestras opiniones, no les busquemos valor alguno cuando se llega a recurrir a la mentira.
jueves, 15 de octubre de 2020
Epístola del derecho romano
Cuando uno se pone a criticar algún comportamiento o
decisión de nuestros políticos, estén en el gobierno, en la oposición, en el
pacto o en esa otra oposición pintoresca y filibustera que parte del gobierno
se hace a sí mismo, sufre inevitablemente el reproche de estar dando la razón a
quien en esa ocasión queda fuera de la crítica. Otro gigante, Sancho. A por él.
Por eso, según a quién se dirija, cualquier crítica debe ir precedida por una introducción
justificativa que acredite tu derecho a discrepar, pocas veces reconocido. Si
me planteas objeciones o matices, no digamos críticas duras, claro está que
eres del enemigo. El pensamiento binario que empapa de sectarismo a los
actuales actores políticos no va más allá de ubicar a los ciudadanos entre los
buenos o los malos. Los primeros, lógicamente, son la primera persona del
plural; los segundos, la tercera. El mundo está lleno, para su pesar, de regulares que, con su escasa y común finura
clasificatoria y onomástica, en un bando entenderán como tabores de tropas
africanas, por lo tanto, franquistas, de esos que ven infinitos más de
los que quedan. Los otros nos creerán de los suyos, al menos hoy.
No les entra en el magín que una inmensa mayoría no somos
militantes ni de su partido ni de los que se le oponen. Les desconcierta la
existencia de personas que se limitan a contemplar asombrados el grado extremo
de ensimismamiento en que viven unos y otros, ese sectarismo avergonzante arropado
por militancias ovejunas que se someten a dar por bueno y jalear todo lo que
hagan y digan las curias de sus respectivas iglesias. Aunque su línea de
pensamiento y acción dé giros y revueltas, cambie, pase de defender una cosa a proponer
o perpetrar la contraria o renuncie a cumplir toda promesa hecha a la hora de
pedir el voto. Para todos estos vainas, la razón es algo patrimonial, heredado
por su familia política, como un título nobiliario. No es prenda que se gane y se
pierda según cómo se obra en cada situación, que unas veces se tiene y
otras no, y nunca entera. No, la razón es toda nuestra y fuera de nuestra razón
queda la barbarie, sea facha o bolchevique.
Funciona así en muchos de los temas, pero el de la
independencia del poder judicial puede ser paradigmático. Se presenta como
argumento encandilador precisamente lo que ni unos ni otros desean, la
independencia de ese poder, pues todo lo que todos hicieron y hacen se encamina
a eliminarla; toda reforma viene a aumentar sus desportillos, a dejarla cada
vez más en manos de quien hoy puede abusar de una posición favorable y pasajera
por la aritmética parlamentaria. Al hacerlo, lo que en realidad muestran es su
deseo de utilizar la justicia, un poder cuya independencia marca la diferencia
entre una democracia y una dictadura, para conseguir que el suyo sea lo menos pasajero posible. Cada una de las reformas perpetradas han ido empeorando sucesiva e invariablemente esa independencia que ningún partido defiende más que cuando está en la oposición,
de forma que las grandes palabras y los encendidos discursos están demás. No
consiguen con estos brillos retóricos deslumbrar a los ciudadanos que aún
mantienen una costosa independencia de criterio y son lo suficientemente masoquistas
para ir siguiendo esta novela negra ambientada bajo las luces del parlamento y
en las sombras de los suburbios del hampa partidista. Una mayoría se
desentiende, por aburrimiento, rechazo, asco o porque con sobrevivir ya tiene
faena. La pandemia acerca estos comportamientos a lo criminal. Hace tiempo que gran parte de los ciudadanos dejaron de creer que la solución a sus problemas pueda
llegar de tales irresponsables cuya única misión parece ser mantener el mando
si lo tienen o conseguirlo cuando están en la oposición. Tal vez no haya más en sus cabezas.
Nos miran como insectos.
Sin duda un político debe intentar alcanzar el poder. Es
condición para poder llevar a la práctica su programa, en el caso de existir
algo que merezca tal nombre. Poco a poco, lo que acaba ocurriendo es que el
medio se convierte en fin, no queda tiempo ni fuerzas para más. Hay que ganar,
luego ya se verá. Al menos ganando todo se ve desde una posición más cómoda, el
sillón es más blando, de paso que podemos recompensar a los que nos han ayudado
a llegar hasta aquí, que dada nuestra incapacidad, han tenido mérito.
Nuestros dirigentes se encuentran enredados en eso que se
conoce como dilema del prisionero, aunque agravado porque lo que se juegan no
sólo a los dos les afecta, sino a todo el país. Incluso a ellos en menor medida
que a los que sufren sus desacuerdos. Dos personas pueden no cooperar incluso
cuando al no hacerlo se perjudican las dos. Ahora vemos que incluso cuando
todos somos los perjudicados. Un dislate no se tapa con otro. Y menos con una
infamia. El bloqueo de la renovación de estas instituciones judiciales,
defensor del pueblo, Consejo de TVE, por parte del PP, algo impresentable, no
se corrige con un abuso aún mayor por parte del gobierno, como es el idear una
estrategia más conveniente para sus propósitos indisimulados de asaltar estas
instituciones, evitando preceptivos informes, procedimientos, retorciendo el espíritu
de la ley, los equilibrios y todo lo que la Constitución había previsto para
evitar que el poder judicial, y esos otros, fueran absorbidos por el ejecutivo,
ni siquiera por el legislativo. Nos acercamos a Polonia, por no viajar al
Caribe. Europa ya les ha visto asomar la oreja y ha avisado que la cosa empieza
a oler mal.
La estrategia previa de ir intentando en manada desacreditar
el poder judicial, al que presentan hostil, dominado por los otros, cala entre
la tropa, algo previsto y habitual, pero también entre parte de la población.
Una población que ve cómo la justicia interesadamente puesta en duda acorrala
la corrupción precisamente de aquellos a quienes se intenta presentar como dominadores de una
judicatura colonizada y sin criterio. Vemos a quién se juzga, qué condenas
reciben, qué casos ocupan la actualidad desde hace años. También, y paradójicamente, dejamos de
ver en lugar protagonista, cuando no prescribiendo por distracciones y retrasos
de la justicia, corrupciones inmensas, a veces impunes, perpetradas precisamente por los que se
quejan de que quienes les deben juzgar están al servicio de sus oponentes,
muchos de ellos ya en la cárcel. A Pujol y su clan no se les auguran tales
padecimientos. Los socios del golpe posmoderno catalán también tienen cierto
interés en influir en estas reformas y nombramientos y la liebre que llevan
unos y otros es rápida, pero visible. Que
el socio levantisco del gobierno pase por ciertos problemas judiciales, aunque
parapetado tras la inmunidad de sus cargos, tal vez explique ciertas prisas,
como el procés catalán explicaba otras urgencias y abusos similares. Podrá
explicar, pero nunca justificar que un indigno vicepresidente del gobierno oriente
y amenace poco sutilmente a la judicatura, advirtiendo desde su alta posición
institucional que sería inverosímil para él o los suyos el verse imputados en
nada ni por nada, dejando a otros adláteres de viperina más suelta, si cabe, la
misión de hacer declaraciones aún más inquietantes si llegaran a verse en el
banquillo, como casi todo hijo de vecino bajo sospecha se ha visto y se ve.
Ellos, como venimos diciendo, no tienen que acreditar ni demostrar ninguna decencia
ni virtud, puesto que todas son suyas. Al menos eso creen y predican. El resto
ya lo hace la fe de cada uno.
El Partido Popular lanza a sus feligreses a justificar lo indefendible en periódicos, tertulias y foros, el bloqueo a una renovación a la que obliga la Constitución. El PSOE y Podemos hacen lo propio con su parroquia y los ponen a argumentar las bondades de arramblar con los últimos resquicios de independencia del poder judicial. Servidumbres y miserias de la militancia. Otros partidos y apoyos, a ver qué pescan, que las redes siempre les son favorables en las aguas revueltas. Indecencia contra infamia en la romana de la justicia, que la balanza es algo más moderno y preciso. Y la casa sin barrer.






